Desencuentros por tevé
Thursday, July 23rd, 1998
Están enamorados. Ella es casada, él viudo. Desde que el amor explotó entre ellos como explota el amor entre la gente –de golpe y a veces inconvenientemente–, maniobraron como pudieron para verse a escondidas, pero no mucho, porque los dos son buenos y los buenos no engañan (mucho). Pactaron un encuentro para un día cualquiera frente a una comisaría, y ese día Roxy tendría que haber hecho los deberes: decirle al marido que basta, y estar lista para embarcarse con Panigassi en el verdadero amor. Llegó el día y ninguno de los dos tiene pensado ir, porque en el ínterin pasó de todo –primera pregunta: ¿por qué en la vida real nos pasa tan poco? Segunda pregunta: ¿por qué en las tiras de la tele pasa tanto y parece que nunca pasara nada?–, pero se sabe que el amor es más fuerte, así que Roxy va y mientras espera le pregunta al policía de guardia si no vio a un hombre canoso y corpulento. El policía le dice que circule. Espera y espera, pero no confía en su felicidad y apuesta que él no vendrá. Se va. El, mientras tanto, lee el diario en su casa, seguro de que Roxy jamás abandonará la calma del matrimonio para aventurarse en las oleadas del amor, pero un impulso previsible hace que tire el diario y salga corriendo –como Meg Ryan en Sintonía de amor, cuando planta a su novio para ir al Empire State en busca de un hombre con el que nunca ha cruzado una palabra–. Panigassi llega cuando Roxy ya se ha ido, y le pregunta al policía de guardia si no vio a una mujer de pelo lacio y celular en la mano, pero en la comisaría hubo cambio de guardia y éste policía es otro, así que le dice que circule. (more…)
Inventaron el escrache, que primero parecía un gesto de impotencia, desarticulado, casi una travesura de adolescentes que no podían padecer la adolescencia como lo hace todo el mundo –peleándose con sus padres, descubriéndoles sus defectos, desarmado esas figuras ideales de la infancia– simplemente porque sus padres no están. Ni siquiera están muertos: están en ese estado anterior a cualquier duelo, en ese territorio siniestro de la desaparición.
Veníamos de un viaje largo, de esos en los que no hay reservas de hoteles ni citytours sino cafés al paso y corazonadas, pocas ciudades y muchos pueblos. Habíamos inventado un itinerario que se desdibujó rápidamente, y un día, al salir de Salzburgo hacia París, dijimos, con el auto ya en marcha: “¿Y si vamos a Amsterdam?”. Y fuimos.