Publicaciones archivadas

El nombre de Zulemita

Ahora que ya pasó el furor por El nombre de la rosa, sólo los estudiantes de Comunicación siguen leyendo a Umberto Eco. Le debemos todos, los interesados en la semiótica y los que no, el haber expulsado del claustro y haber derramado sobre la gente más o menos común y corriente la poderosa, cardinal y formidable importancia de eso que llamamos nombre. Lo que Eco hizo en su momento de máxima popularidad fue combinar algunas nociones académicas, ésas que dan cuenta de la relación entre significantes y significados, con una trama policial y con el ámbito fascinante de un monasterio medieval: allí, en los monasterios medievales, se practicó más que ningún otro culto el del misterio. Cuando aún la escritura y la lectura eran artes de pocos, los monjes cristianos medievales llevaron a cabo la cruzada secreta y titánica de mantener el misterio de los signos lejos del mundo, al que consideraban inmundo.

El mundo, sin embargo, explotó en signos imparables, prolíficos, indetenibles. Y alguien llamó rosa a la rosa y nombrándola la hizo todavía más rosa. A tal punto, que es inconcebible pensar en la rosa y no pensar en su nombre. El nombre de la rosa la contiene, la delimita, la prefigura, la determina, la distingue y la marca. Eso es lo que hacen los nombres: dan origen. Continuar leyendo…

Hogares nuevos

Si esta época tiene alguna característica que la particularice, es precisamente la proliferación de características opuestas. No hay tendencias, sino pares de ellas, y todas son radicales, extremas, neuróticas. Cualquier relleno trae aparejada la falla por la que el relleno desaparecerá, provocando cierta clase de vacío que derivará en diversas formas de protesta (o de esperanza, si hablamos de las dicotomías que nos nublan). Protestas (o esperanzas) individuales, porque cada vez más nos autopercibimos como Robinsons Crusoe, y los hay por millones. Cada vez más creemos que aquello que nos pasa a todos nos está pasando exclusivamente a cada uno de nosotros.

Entre los miles de pares de tendencias opuestas existentes, una, por ejemplo, se ubica en las corrientes migratorias que convierten a las nuevas ciudades en desiertos poblados por millones de personas que arriban a ellas en forma de protesta por el desamparo de sus lugares de origen, y en forma de esperanza: los ilusiona conseguir un empleo, por ejemplo. Pero al mismo tiempo, la burguesía abandona las ciudades y las cambia por countries, en forma de protesta por la baja calidad de vida que ofrecen las grandes urbes, y en forma de esperanza: la ilusiona volver a conectarse con macetas y palas y atardeceres y grillos y bicicletas. Continuar leyendo…

Rodrigo y la TV


Parece ayer pero fue hace ya algunos años que los talk shows televisivos sacudieron la pantalla con su sucesión de historias que de tan inenarrables e inverosímiles levantaron la sospecha de que su mayor atractivo, que era la vida real, no era más que ficción. En su momento de mayor expansión, generaron la ilusión de que la televisión por fin ponía su ojo en el afuera, y que a través de la rendija de los talk shows se podía acceder a la casa del vecino.

Después de que el rating comenzó a abandonarlos, surgieron tres series de programas cuyo crescendo, hoy, vuelve a la televisión una caja autorreferencial que explotó con la muerte de Rodrigo. Por un lado, se multiplicaron los programas de chimentos, que blanquearon las reglas de juego del mundo del espectáculo. El “ladran, Sancho” de Cervantes pero biodegradable: un mix de vidas públicas y privadas degradadas hasta límites revulsivos, arte en el que Moria Casán obtuvo su medalla de oro cuando llevó a su programa a sus dos maridos, a los hijos en común y a los otros para desnudar en público y con pantalla caliente esas miserias domésticas de las que nadie está exento, aunque casi todo el mundo tiene el buen tino de no andar colgando pasacalles para advertirle al barrio que el marido no le cumple. Continuar leyendo…



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