El nombre de Zulemita
Friday, July 28th, 2000
Ahora que ya pasó el furor por El nombre de la rosa, sólo los estudiantes de Comunicación siguen leyendo a Umberto Eco. Le debemos todos, los interesados en la semiótica y los que no, el haber expulsado del claustro y haber derramado sobre la gente más o menos común y corriente la poderosa, cardinal y formidable importancia de eso que llamamos nombre. Lo que Eco hizo en su momento de máxima popularidad fue combinar algunas nociones académicas, ésas que dan cuenta de la relación entre significantes y significados, con una trama policial y con el ámbito fascinante de un monasterio medieval: allí, en los monasterios medievales, se practicó más que ningún otro culto el del misterio. Cuando aún la escritura y la lectura eran artes de pocos, los monjes cristianos medievales llevaron a cabo la cruzada secreta y titánica de mantener el misterio de los signos lejos del mundo, al que consideraban inmundo.
El mundo, sin embargo, explotó en signos imparables, prolíficos, indetenibles. Y alguien llamó rosa a la rosa y nombrándola la hizo todavía más rosa. A tal punto, que es inconcebible pensar en la rosa y no pensar en su nombre. El nombre de la rosa la contiene, la delimita, la prefigura, la determina, la distingue y la marca. Eso es lo que hacen los nombres: dan origen. (more…)
Si esta época tiene alguna característica que la particularice, es precisamente la proliferación de características opuestas. No hay tendencias, sino pares de ellas, y todas son radicales, extremas, neuróticas. Cualquier relleno trae aparejada la falla por la que el relleno desaparecerá, provocando cierta clase de vacío que derivará en diversas formas de protesta (o de esperanza, si hablamos de las dicotomías que nos nublan). Protestas (o esperanzas) individuales, porque cada vez más nos autopercibimos como Robinsons Crusoe, y los hay por millones. Cada vez más creemos que aquello que nos pasa a todos nos está pasando exclusivamente a cada uno de nosotros.