Publicaciones archivadas

Qué es la política

“La política siempre ha tenido que ver con la aclaración y disipación de prejuicios”, escribió Hanna Arendt en unos apuntes que luego fueron compilados en un texto que se llama “¿Qué es la política?”. Allí, afirma que una pregunta tan obvia y llana como ésa sólo es necesario formularla cuando han estallado todos los estándares morales, y una sociedad debe nacer de nuevo, refundarse, y aprender, como los recién nacidos, a hablar. En el habla social, sin embargo, a diferencia del habla que el niño pequeño va adquiriendo en sus primeros años, siempre hay un pasado que se arrastra, siempre hay traumas que devienen en la forma de prejuicios. Ese estallido que supone la refundación incluye desilusiones, estafas, engaños, corrupción. El hecho de que vivamos rodeados de prejuicios, dice Arendt, es de algún modo intachable: constituye un mecanismo defensivo que nos permite, colectivamente, no empezar siempre de cero. El prejuicio, así, es una manera de asimilar experiencias pasadas, de reducir el estado de alerta al que estaríamos permanentemente condenados si tuviéramos no ya que prejuzgar, sino que juzgar cada acontecimiento cotidiano, y esto incluye los acontecimientos políticos. Continuar leyendo…

Monedas

Tendría unos veintipico y llevaba una mochila al hombro. Campera turquesa, rulos negros, voz gruesa, aspecto de albañil o de mozo. “Un pesito, deme un pesito”, le pedía a la kiosquera de Bulnes y Mansilla. La mujer negaba con la cabeza, asustadiza, y miraba alrededor buscando apoyo en algún testigo ocasional. “Pero un solo pesito, qué le cuesta”, insistía él, apoyado en el vidrio del kiosco, golpeándolo suavemente con el puño cerrado.

Después de tres o cuatro firmes negativas de la kiosquera, el muchacho vino hacia mí, que estaba parada en la puerta del edificio de al lado. “Dame un peso, ¿tenés un peso?”, me preguntó. Yo sí tenía. Mientras revolvía los bolsillos buscando la moneda, para llenar esos segundos nerviosos, le pregunté para qué necesitaba el peso. Me extrañaba la precisión del pedido. No decía una moneda, no decía ayúdeme, no decía tengo cuatro hijos y perdí el trabajo. “Y para qué va a hacer, madre. Vos para qué querés la plata. Necesito un peso”, dijo él, impaciente. Le di el peso. El lo guardó en la palma de su mano izquierda. Alcé los ojos y lo miré. Duró menos que un instante, menos que un segundo, menos que una medida cualquiera con las que se puede calcular el tiempo. Dos ojos clavados en dos ojos y ese guiño, esa señal imperceptible tallada en el silencio y en la complicidad de un acto absolutamente ajeno a eso que vulgarmente se entiende como pedir o dar limosna. Continuar leyendo…

Achicarse

Hace un año nos habíamos encontrado en el mismo lugar, el club, y casi a la misma hora, mediodía de domingo. Ella es psicóloga y su marido es arquitecto. Entonces, hace un año, a él le habían recortado el sueldo fijo en el estudio en el que trabajaba y a ella comenzaban a írsele los pacientes, más angustiados que nunca por la crisis pero acorralados por la falta de trabajo. Ya había empezado el achique. De arriba para abajo, de abajo para arriba. Todos sacando agua del bote para mantenerse a flote.

Hace un año los dos decidieron suspender el abono de tenis y convencerse de que en un país con millones de situaciones límite, límite en serio, uno no puede quejarse porque tiene que suspender un abono de tenis. Empezaron a ocuparse entre ambos de algunas cosas de la casa que antes confiaban a una señora que iba tres veces por semana, y que además cuidaba a la hija de ocho años hasta que ellos llegaran. “Mi trinchera es la plancha”, me dijo ella aquella tarde. “Odio, aborrezco planchar. Ahora Odilia viene solamente los jueves pero yo le junto todo y plancha ella. Pero lavar, hacer las compras, limpiar, cuidar a Tami, de todo eso nos encargamos nosotros.” Continuar leyendo…

Por qué se llora a Favaloro

Sobre el suicidio de René Favaloro planean desde el sábado pasado viejos fantasmas argentinos, viejas creencias que las últimas décadas fueron erosionando impiadosa y fatalmente. Acaso la palabra clave que encarnaba Favaloro y que su muerte agujereó en la percepción colectiva sea expectativa. Esta fue una sociedad que se forjó al calor de expectativas, de ilusiones, de un porvenir que para muchos nunca llegó y para otros vino y fue alejándose de nuevo y de a poco.

La expectativa de la inserción y el ascenso social para las primeras generaciones de argentinos, los hijos de los inmigrantes, se concentró durante muchos años en aquel hijo del zapatero y la modista –o del peluquero y la operaria– que se haría doctor. La figura del médico simbolizó para la pequeña burguesía en formación el destajo de la dicha, la justificación del inconmensurable sacrificio de haber quemado naves y haber empezado otra vida de este lado del mar. Favarolo no provenía de una familia rica, había trabajado como médico rural, estampó su nombre en una Fundación y en una Universidad merced a la excelencia de su trabajo, generó a su alrededor un halo de honorabilidad que en la sociedad del marketing se llama simplemente chapa, pero que en la Argentina aquella, que ha perdido ahora tal vez un último exponente visible, significaba otra cosa: la honorabilidad de un nombre era un valor por el que la gente era capaz de muchas cosas, algunas extremas. Continuar leyendo…



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