Por qué se llora a Favaloro

Sobre el suicidio de René Favaloro planean desde el sábado pasado viejos fantasmas argentinos, viejas creencias que las últimas décadas fueron erosionando impiadosa y fatalmente. Acaso la palabra clave que encarnaba Favaloro y que su muerte agujereó en la percepción colectiva sea expectativa. Esta fue una sociedad que se forjó al calor de expectativas, de ilusiones, de un porvenir que para muchos nunca llegó y para otros vino y fue alejándose de nuevo y de a poco.

La expectativa de la inserción y el ascenso social para las primeras generaciones de argentinos, los hijos de los inmigrantes, se concentró durante muchos años en aquel hijo del zapatero y la modista –o del peluquero y la operaria– que se haría doctor. La figura del médico simbolizó para la pequeña burguesía en formación el destajo de la dicha, la justificación del inconmensurable sacrificio de haber quemado naves y haber empezado otra vida de este lado del mar. Favarolo no provenía de una familia rica, había trabajado como médico rural, estampó su nombre en una Fundación y en una Universidad merced a la excelencia de su trabajo, generó a su alrededor un halo de honorabilidad que en la sociedad del marketing se llama simplemente chapa, pero que en la Argentina aquella, que ha perdido ahora tal vez un último exponente visible, significaba otra cosa: la honorabilidad de un nombre era un valor por el que la gente era capaz de muchas cosas, algunas extremas.

Desde hace mucho tiempo estamos acostumbrados a que los ricos quiebran pero no dejan de ser ricos. Lo previsible en este país de hoy es que las empresas se vacíen, que los fondos se desvíen a las Caimán, que la medicina haya dejado de ser un ejercicio en el que los pacientes no sólo tengan voz sino que incluso tengan cuerpo: los cuerpos que se entregan al cuidado de la medicina son cápitas, planillas, números, incidentes necesarios para que el sistema siga funcionando, pretextos de ese sistema.

Este es un país, ya sabemos, pródigo en climas y ombúes en las pampas, constructor de avivados y de piolas, plagado de pragmáticos que están más interesados en cómo contar lo que hacen que en hacerlo. Lo que este país ha mezquinado desde hace mucho es gente honorable, hombres y mujeres que funcionen como señales luminosas para el ejemplo. No es que no los haya habido, pero el problema de este país no son los iluminados sino los iluminadores. Quizás el problema hayan sido las luces, que enfocan siempre otro estilo de éxito, otra forma de ser argentino.

El disparo que Favaloro eligió darse en el corazón llegó al corazón de toda esa gente que sigue llorando a las puertas de su Fundación. Viejos y actuales pacientes que encontraron allí otro tipo de expectativa, la de vida, y la encontraron, aun sin coberturas cinco estrellas, aun viniendo de pueblos perdidos. Esa gente llora por Favoloro y llora también por los hijos que se hicieron doctores y atienden kioscos, por la confirmación de que aquellos viejos valores en los que fueron educados ya no sirven, y por la ausencia de un hombre que hasta su muerte voluntaria parecía sostener esa ilusión.