La harta

–Mirá que le pongo nafta al tanque, ¿eh?
–Sí, la verdad que sí.
–Mirá que tiro del carro, ¿eh?
–Sí.
–Mirá que riego la planta, ¿eh?
–Bueno, Mayra, ya te entendí. Terminala con las metáforas.
–¡Es que me canso, vieja! ¿Estamos jugando un doble o un solitario?
–¿Pero le dijiste? ¿Hablaste con él?
–Hablo hasta por los codos, pero le entra por un oído y le sale por el otro.
–¿Qué le dijiste?
–¡Que estoy cansada, vieja, que no puede ser que nunca, nunca, nunca me saque un conejo de la galera! Llega, casi no saluda, se sienta en el sillón, prende la tele, cuando le pregunto algo hace que no oye, se sienta a comer, bosteza y se terminó el día… ¿Yo vivo con un hombre o con una radio sin pilas?
–Bueno, Mayra, él no está en el mejor momento…
–¡Desde que lo conozco no está en un buen momento!
–Bueno, Mayra, pero tenele un poco de paciencia…
–¿Y a mí quién me tiene paciencia? ¡Tendrías que verlo! ¿Se acabó el papel higiénico? ¿Otra vez carne al horno? ¿Qué te pasa que estás tan asexuada? ¡Asexuada, dice el tipo, como si él fuese insaciable! ¡Menos mal que estoy asexuada, porque cuando estoy sexuada me entero yo sola! Traca traca y se acabó.
–Sí, te entiendo. Pero dale crédito, que es un buen padre…
–¡Pero no es el mío! ¡Ojalá fuera un papito! ¡Pero parece mi ahijado! ¿Me servís más Coca? ¿Me tapás los pies? ¿Me ponés el colirio? ¿Me hacés una tostada?
–Ay, suena aberrante.
–Es aberrante, es impúdico, es… Yo no doy más.
–¿Pero vos, cuando le hablás, qué le decís?
–Le digo: yo no tengo problema en seguir trabajando, en seguir haciendo la comida, en seguir cuidando a los chicos, en seguir ocupándome de que no falte el dentífrico ni las flautitas, pero querido, de vez en cuando, alguna vez, ¡haceme florecer!, ¡poneme abono!
–¿Y él qué dice?
–Nada.