Publicaciones archivadas

La celosa

–Se lo dije. Clarito como el agua. Se lo dije todo.
–¿Qué le dijiste?
–Que yo no me chupo el dedo. Que me di cuenta de lo que pasa entre él y su secretaria.
–¿Se lo dijiste?
–¡Obvio! El otro día llegué imprevistamente a la oficina… Bueno, imprevistamente no, pero llegué quince minutos antes de lo previsto.
–¿Y?
–¡No sabés cómo estaban!
–¿Cómo estaban!
–Déle charlar. Continuar leyendo…

La información

El domingo escuché en el lapso de una hora, en tres canales distintos y en boca de periodistas que la pronunciaban en diferentes sentidos, la frase según la cual “la primera víctima de una guerra es la verdad”. No recuerdo haberla escuchado con tanta insistencia y tanto afán en otras guerras. Ese mismo día, con la respiración cortada por las imágenes que Al Jazeera puso al aire y que mostraban con más crudeza que los cuerpos de los norteamericanos muertos el pánico inyectado en los ojos de los norteamericanos tomados como prisioneros, tuve la rara certeza de que hay ideas que suben a la superficie de la conciencia colectiva recién cuando se quiebran, cuando estalla la paradoja que encubren, cuando se asientan en un debilitamiento de su propio sentido. Quiero decir: seguramente la primera víctima de toda guerra es la verdad, pero también, seguramente, el hecho de que en esta guerra esa frase sea tan frenéticamente revisitada indica que, esta vez, al menos una forma de la verdad está pugnando por encontrar, literalmente, su aire. Continuar leyendo…

La ocupada

–¿Claudia?
–Ay, sí, uf, qué hacés.
–¿Estás ocupada?
–Uf, ay, sí, ¿qué hacés?
–¿Te llamo en otro momento?
–Sí, no, no, contame.
–No, no tengo nada para contarte.
–Ah, ¿y entonces?
–¿Y entonces qué?
–No sé, qué sé yo, qué hacés. Continuar leyendo…

Lo inevitable

Lo inevitable suele ser inevitable, entre otras cosas, porque nadie lo evita. Esa es la media batalla ganada de lo inevitable: ser, por definición, imposible de evitar. Lo inevitable es un muro, un abismo, una aplastadora de conciencias, una picadora de voluntades, el punto sobre la i de la palabra fin, una película cuyo guión empieza por el desenlace. Hay cosas que se nos muestran como inevitables porque mostrándose así se hacen todavía más inevitables. Lo inevitable acobarda, arrincona, desalienta.
Vivimos en un país salido de control, en un país periférico que no le importa a nadie, un detalle en un mundo a punto de salirse de control. Otra vez los diarios dan cuenta de millones de personas en América y Europa desmarcándose de lo que está por suceder. Está por empezar una guerra inevitable pero esa guerra significará, además de los muertos inevitables, la instauración de un nuevo orden inevitable. Continuar leyendo…

Estética mapuche

Una de las más antiguas leyendas araucanas se pregunta qué fue primero, si la plata o el oro. Y lo explica a partir de una curiosa historia de violencia doméstica: el Padre Sol le pegó a su esposa, la Madre Luna, y ella lloró. Sus lágrimas fueron tantas que dieron origen a la plata. Como todo golpeador que se precie, cuando advirtió el alcance de su error, el Padre Sol lloró a su vez: sus lágrimas dieron origen al oro. Ergo, la plata es más antigua que el oro. La plata es femenina y el oro es masculino. Esa antigua tradición dejaría sus huellas en la orfebrería de los Andes, donde a un lado y al otro de la cordillera, según las épocas, diferenciados o asimilados, habitaron araucanos, pehuenches, tehuelches y mapuches. Continuar leyendo…

Lencería

–Te tengo que pasar un dato bárbaro.
–¿Sí?
–Encontré un lugar donde venden segunda selección de lencería de encaje. Me compré unos conjuntos a-lu-ci-nan-tes.
–¿Sí?
–Me compré un conjunto negro con el corpiño push up y la bombachita calada que no sabés lo que es.
–Qué lindo. Continuar leyendo…

A qué jugamos

Dicen que Maradona, en su época dorada, sabía antes que ningún otro hacia dónde iba a ir la pelota. Anticipaba. La anticipación era una de sus grandes virtudes como jugador. Saber jugar a cualquier cosa implica conocer y aceptar las reglas del juego, se las respete o no. Desde la sociología vienen un par de nociones que explican los juegos colectivos. Illusio, interés: las dos, usadas de este modo, remiten a un baño de inmersión: ése en el que cada uno está metido –según su vocación, su profesión, su instrucción, sus hábitos–, inmerso a su vez en un ensueño colectivo, que nos hace tomar por “naturales” artificios como las instituciones o la política. Illusio, por ejemplo, que lleva directamente a la palabra ilusión, tiene su raíz en ludus (juego). Pierre Bourdieu la trabajó como si significara “estar en el juego, creer que vale la pena jugar”. Interés se desliza desde su etimología de inter-esse (¿parezco Grondona?) a “formar parte” o “participar”: es decir, creer que el juego es relevante. Ilusionados o interesados, ambos términos nos hablan de gente inmersa, gente arrobada, bajo influencia: complejos sistemas de creencias, intrincados laberintos de sobreentendidos, sofisticadas articulaciones de ideas y acciones se ponen diariamente en marcha protagonizadas por personas que juegan un juego social. Continuar leyendo…

La infiel

–Pensá bien lo que vas a hacer. Es un buen hombre.
–Parecés Delfy de Ortega en “El amor tiene cara de mujer”.
–¿Quién?
–Pensá bien lo que vas a hacer. Es un buen hombre. Te quiere, te respeta, no te hace faltar nada, usa escarapela en las fiestas patrias…
–¿Sos tarada, vos? ¿Solamente hay que decirte lo que querés escuchar?
–Carolina, hace dos años que entre Héctor y yo no pasa nada.
–¿En qué sentido?
–En el único. Continuar leyendo…

Dos locas

Probablemente parte de su extravío hayan sido los vínculos que terminaron enloqueciéndolas. Probablemente, porque nunca lo sabremos; ellas ya habían iniciado el lento camino a ese extravío cuando, en estos dos casos, el de Marta Meza y el de Lourdes Di Natale, entraron al estrecho pasillo del poder con mayúsculas por la vía femenina más previsible, la del amor. Continuar leyendo…

El gustito de la soledad

“He oído todas las excusas que puedan inventarse las mujeres. No tengo talento. No soy importante. No tengo estudios. No sé hacerlo. No sé qué. No sé cuándo. Y la más ofensiva de todas: no tengo tiempo. En tales casos, siempre experimento el impulso de colocarlas boca abajo y sacudirlas hasta que me prometan no volver a decir mentiras.” Este párrafo de Clarisa Pinkola Estés, autora de Mujeres que corren con lobos, abre el libro escrito por las psicoterapeutas Adriana Arias Stodola y María Cristina Lobaiza Estrada, de próxima aparición y al que titularon Locas y fuertes (relatos de mujeres) –editorial del Nuevo Extremo–. Continuar leyendo…



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