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mayo 2003

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Sería interesante saber cuántos de los votos que formaron parte del célebre 22 por ciento fueron votos convencidos. Uno tiene la impresión, a ojito, de que buena parte del porcentaje que pasará a la historia estuvo formado por votos a regañadientes, por votos a los empujones, por votos ariscos. Y eso por no hablar de los, a mi humilde entender, mal llamados votos útiles, como si algunas de las mejores cosas de la vida no se lograran cuando uno logra unir lo útil y lo agradable. Como fuere, aquí lo tenemos a Kirchner, asumiendo después de dos semanas sorprendentes. Para empezar, si me remito a la semana pasada y escribo tres o cuatro líneas sobre Menem, va a sonar extemporáneo: es increíble, pero en seis días el tipo fue derecho al pasado. Fue. Para seguir, de la presunta y casi lógica especulación acerca de la debilidad intrínseca de alguien que llega a la Presidencia con la magra feta del 22 por ciento, esta semana pasamos, Kirchner y un montón de gente, a otro estado. Un estado como de fotoshop: no diré que Kirchner esta semana parece más buen mozo, pero sí que sus intervenciones fueron vistas, oídas e interpretadas con una de las mejores predisposiciones que recuerde. Y para terminar (este párrafo), ¿no hay en el aire cierta alegría?

Termina la carrera política de Carlos Menem. ¿Algo más terminará con ella? ¿Qué expresó y dejó de expresar ese hombre que en estos últimos meses fue mutando como un hongo transgénico, recorriendo el camino que va desde la soberbia de quien siempre ha sabido esconder ases en la manga, hasta el desequilibrio de quien decreta un día soleado y se sigue mojando? ¿Qué encarnó y dejó de encarnar ese estilo político, el más claro, reconocible y revulsivo de los que surgieron de la mitad del siglo XX para acá? ¿Terminarán con él esos tics argentinos que le permitieron muñequear y despilfarrar desde el patrimonio del Estado hasta cada una de sus promesas? ¿Acabará con él la costumbre autóctona de jurar en vano? ¿O cambiaremos de ídolo y nos dedicaremos a adorar al que, de turno, venga a mentirnos y a llamarnos Marta? ¿Será Carlos Menem y su ocaso el ocaso de las pesadillas que soñamos juntos? ¿O seguiremos atragantándonos con nuestra propia bilis de avivados, de locos lindos, de cancheros, de los más piolas de la cuadra?

Qué estrés para un embarazo estas tres semanas de suspenso. Y justo al principio, cuando las náuseas y los mareos abruman a las primerizas. Viéndola el domingo en el balcón del Hotel Presidente, cruzando los brazos y haciendo las señas de quien vino a ofrecer su corazón, mientras a su lado su marido se atravesaba con las sílabas complicadas, Cecilia, sin dejar de sonreír ni un instante –aunque con esa boquita irremediablemente fruncida– parecía disimular bastante bien el extrañamiento de su estado, en todos los sentidos que se desee aplicarle a ese concepto. Marido y mujer, él y ella, estaban domesticando el sapo de la segunda vuelta. Todo indica que se habían preparado para otra cosa. Todo indica que desde que se conocieron se estaban preparando para otra cosa.