Publicaciones archivadas

Morirse de risa

[Un cuento del norteamericano Stephen Dobyns indaga en los diferentes tipos de risa posible, y a través de un relato disparatado hunde a sus lectores en el tema de la carcajada existencial.]

–¿Dirías tú que seriedad y miedo están relacionados?

–Yo creo que la seriedad está influida por el miedo –dijo Harriet, y pensó en la seriedad de su marido y en cómo éste la exhibía cual si se tratara de una prenda. Su risa, por lo general, había sido una risa irónica o sarcástica o prepotente; una risa siempre crítica y, por ende, seria. ¿Era posible reír sin pretender establecer juicio alguno? La vida de Jason Plover había sido un edificio construido para demostrar la solemnidad de su empeño. Pobre Jason, muerto por caída de cerdo: su fin había desbaratado todas las premisas de su vida. Continuar leyendo…

Adictos a lo no dicho

La palabra adicción lo dice todo. En su interior late, precisamente, aquello que no se dice. Adicción es la falta de palabra, y aquellos –casi todos, más o menos, en algún momento de nuestras vidas– que padecieron alguna adicción saben que, si se puede salir de ellas, es porque, seguramente con ayuda, se pudo acceder a la instancia en la que eso que estaba mudo, habló. La adicción a las drogas legales o ilegales siempre delata un dolor. Un dolor por lo que encubre, por lo que disfraza o disimula. Las adicciones –a las drogas, a una persona, al trabajo, a la comida, al shopping, al juego– tapan algo impronunciable. Las adicciones cubren vacíos y ponen sobre la mesa una verdad que los que han gambeteado ése o cualquier otro vicio no quieren escuchar, porque aunque se sea una intachable madre de familia o un impecable corredor de bolsa, esa verdad nos roe a todos: la vida cuesta. Afuera de las propagandas de galletitas o de las teleseries de amor, la vida duele. En este sentido, los adictos de cualquier especie funcionan como los locos de una familia. Son espejos en los que nadie quiere verse. Recuerdan, a los cuerdos, que la locura les camina al lado. Continuar leyendo…

El regalo

–Llamada express. Problema candente.
–¿Qué te pasa?
–El martes cumple años Laura.
–Sí, ¿vas a ir?
–Sí, claro. Por eso te llamo.
–¿Qué pasa? Continuar leyendo…

La comunión

–¡Silvi!
–¡Luli! ¿Cómo andás, tanto tiempo?
–Bien, ¿y vos?
–Bárbaro. ¿Qué contás?
–Te llamo para avisarte que el jueves que viene Camila toma la comunión. Es a las cinco de la tarde, en la iglesia de las Hijas de la Divina Lágrima. Después hacemos algo en casa, sencillo. Bueno, están invitados. Continuar leyendo…

El living y la pieza del fondo

En la pieza del fondo, ellos hablaban de la vuelta de Perón. En el living, nosotros escuchábamos a Pescado Rabioso. La casa era una casa de clase media, suburbana. Una familia típica: padre, madre, dos hijas. Los que en la pieza del fondo hablaban de la vuelta de Perón eran los amigos de la hermana mayor y la hermana mayor. Los que en el living no hablábamos de nada, mareados como estábamos por el humo y la música que impregnaban el aire, éramos los amigos de la hermana menor y la hermana menor. Entre ellas se llevaban solamente cuatro años. Una franja de tiempo delgada. Pero por ahí, justo por esa franja, pasó la historia su guadaña. Continuar leyendo…

La desconectada

–Yo no sé qué me pasa.
–¿Qué te pasa?
–No sé.
–¿Por qué? ¿Qué te pasa? Continuar leyendo…

¿Y esto?

Desde hace una semana no hago más que toparme con gente aterrorizada con la posibilidad de ser confundida con oficialistas. Es más, conozco varios que tiemblan porque de lo que tienen miedo es de convertirse en oficialistas, lo cual ya sería el colmo. “No estaba preparado para esto”, me dice un amigo periodista por teléfono. “Es tremendo”, agrega. “Tantos años de pensamiento crítico y ahora me exprimo el cerebro y no me sale criticar nada”, sigue. “No puede ser”, lo consuelo. “Vas a ver que van a pisar el palito”, lo aliento. “Eso espero”, dice él. “Si no, ¿de qué voy a vivir? ¿De qué me voy a disfrazar? ¿De simpático?”, continúa. “Algo anda mal: todo va bien”, concluye. Continuar leyendo…

El casamiento

–¿Viste que se casan Mariana y Ernesto?
–¡Sí! ¡Ayer recibí la invitación por mail!
–Yo también. No lo podía creer.
–Bueno, ellos hace rato que venían con la idea.
–¿Sí? A mí Mariana nunca me comentó nada. Continuar leyendo…



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