El péndulo estúpido

–Mmmm…. ¿No sobreactúa?

Esta observación, referida a Néstor Kirchner, viene repitiéndose en charlas de bar y artículos periodísticos desde hace un par de semanas. El “Mmmm…” deja entrever cierta vacilación no exenta de una dosis de adhesión. Quien dice “Mmmm…” está diciendo: estoy de acuerdo con los puntos sobre las íes a los militares, con la purga policial, con el visto bueno a las extradiciones, con la voluntad de anular las leyes de punto final y obediencia debida, con el apriete a la Corte, en fin, con todos esos Grandes Rasgos K, pero el “¿No sobreactúa?” deja entrever a su vez cierta adhesión no exenta de una dosis de vacilación. La frase completa significaría: estoy de acuerdo con las medidas que el tipo ha ido tomando en estos meses, pero todo junto, todo coherente, todo seguido, todo tan fuerte… ¿Qué gato encierra?

¿A qué se le llama, en este contexto, sobreactuación? ¿Qué tipo de sobreactuación se le achaca, desde estas críticas incipientes, al señor ese que últimamente se hace llamar Pingüino? Depende de de quién provenga la crítica, puede tratarse de sobreactuación, de fortaleza, de progresismo, de buenas intenciones, de contacto con la gente, de liderazgo o de voluntad de pelea con las corporaciones. Pero humildemente me pregunto: si los militares que mandó a guardar se fueron a guardar, si Nazareno ya disfruta de su jubilación de privilegio, si la purga policial y la tolerancia cero al delito policial da sus frutos, si hasta las fuerzas armadas ahora se inclinan por juicio y castigo autóctonos antes de que lleguen las extradiciones, ¿cuál vendría a ser la sobreactuación?

Cuando éramos chicos se usaba una pregunta: ¿cuál es la diferencia entre estar enamorado y creer que se está enamorado? Era una pregunta retórica, medio boba, adolescente y sin respuesta. No hay ninguna diferencia entre una y otra cosa. Lo que sí hay es neura, y gente que, ya crecidita, se sigue preguntando cosas por el estilo.

Hace algunas semanas, la revista Noticias publicó una nota de tapa que se llamaba “Oficialitis”, en la que daba cuenta del apoyo acrítico de actores sociales, dirigentes y periodistas al nuevo Gobierno. Quien esto escribe figuraba entre los enfermos, según José Antonio Díaz, que firmaba la nota, de “oficialitis”. La nota no me pareció gran cosa y ver mi nombre en ella no me provocó, tampoco, ninguna sensación de agravio. Qué sé yo. Así son las cosas: cada semana hay que tener un tema de tapa. Pero aquel fue, tal vez, uno de los primeros movimientos del péndulo tradicional, según el cual, y necesariamente, desde un pensamiento crítico hay que ubicarse en contra del poder de turno, y no perder jamás la pose del tábano que molesta al caballo con su aguijón resplandeciente. Ese movimiento pendular, creo ahora, tiene matices, y no advertirlos puede ser una torpeza intelectual. Una cosa es seguir manteniéndose alerta y con la guardia alta ante pasos en falso, desviaciones o abusos del poder, y otra cosa muy distinta es verse compelido a estar en contra del poder, aunque del poder emanen hechos y conductas con las que uno acuerda.

Como dice el ex filósofo Mariano Grondona, hoy más parecido a una tía chillona que evalúa si es más humillante que te viole un enano o un gigante, la gente “es ciclotímica. Ayer estaba con Menem, después con De la Rúa… hoy son mala palabra”. El detalle es que entre que la gente estaba con Menem o con De la Rúa y el actual escarnio que significan esos dos nombres hubo gobiernos horrorosos que tiraron al inodoro cada una de sus promesas. No es que la gente sea ciclotímica: es que Menem y De la Rúa son traidores.

La historia de la humanidad, con ese criterio, es absolutamente ciclotímica. Siempre a un período de determinadas características le sigue otro de características opuestas. El famoso movimiento pendular no deja de actuar nunca, y ya en el reinado de un extremo comienza a empollar el reinado del otro. Somos, de alguna manera, rehenes de ese movimiento pendular. Algo de esto debe haber en el extraño mapa electoral del país yde la Capital. Si no, cómo se explica que mientras a nivel nacional Néstor Kirchner concentra, en virtud de sus políticas de gobierno, una imagen positiva acojonante, en la Capital, este nidito progre, un emblema del establishment como Mauricio Macri pelee cabeza a cabeza la Jefatura de Gobierno. Debe haber unas cuantas razones, incluida la campaña de Boca, pero me animo a suponer que en ese mapa también interviene, acelerado, el famoso movimiento pendular. Por lo menos una porción de la torta de Macri está compuesta por progres agotados del progresismo –conozco a unos cuantos–, pero no agotados en cualquier momento, sino justo cuando el progresismo tiene su oportunidad. De alguna manera, se cuela ahí el horripilante elitismo de cierta vanguardia que se piensa a sí misma, siempre y por definición, a contramano de los grandes consensos. A esa vanguardia desprevenida la realidad ahora la corre a la derecha.

Me da menos escozor la “oficialitis” que los movimientos pendulares estúpidos.

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