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septiembre 2003

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Todo el mundo tiene en la familia a alguien como Elena Cruz. No digo a alguien que admire a Videla, sino a alguien que les ponga apodos a las cucarachas y les pida perdón a las babosas antes de envenenarlas. En casi todas las familias hay o hubo alguna tía loca y excéntrica que babeaba al saludar y era el espanto de los chicos besados, que apenas la veían empezaban a refregarse la mejilla. Alguna parienta fuera de cauce que salía a la calle con el batón desabotonado, que se robaba caramelos en el kiosco, que buscaba camorra con las vecinas o amenazaba a los chicos del barrio a escopetazos de gas comprimido si alguno había osado tocarle las hortensias. No hay familia ampliada que se precie sin una loca de esta especie. Siempre se trata de una loca, no de un loco, y acaso a esa figura de la loca latente en el imaginario colectivo apeló hace tres décadas la dictadura para descalificar a aquellas mujeres que comenzaban a dar vueltas alrededor de la Pirámide de la Plaza de Mayo.

Mientras el pelo era largo y la raya estaba al medio, no había ningún problema. Eso es lo que tenían la niñez y el hippismo: el pelo no daba trabajo. Casi ni me acordaba de que tenía pelo. Nunca me hice la toca, ni me hice rulos ni me lo sequé con secador, y a esa mala costumbre debo el recuerdo de una neumonitis en una Carlos Paz súbitamente nevada hace tanto que ni quiero decirlo. Pero un buen día, hace ya unos años, paf, me rapé. Y recién entonces descubrí una costumbre masculina asimilable a una costumbre femenina por excelencia: ir a la peluquería.

Venía de estar tres horas en la Favaloro intentando inútilmente despertar a mi padre para darle de comer. En su ensoñación, en la que cayó después de una operación y cuyo origen los médicos todavía estaban investigando, le hablé. Le dije que hay un señor que todos los días pasa por su negocio de Quilmes para preguntar por su salud. De pronto, y sin salir de su limbo, mi padre se levantó la mascarilla de oxígeno y con cierta dificultad, eligiendo cuidadosamente las palabras, dijo:

–Tengo la sensación de que nadie es mi enemigo.

El suspiro de alivio generalizado de ayer a las ocho de la noche, cuando Mauricio Macri reconoció su derrota, no sólo indicó que Aníbal Ibarra ganó estas elecciones. A pesar de que las haya ganado, no es conveniente olvidar la tensión de esta última semana, con rumores de empate técnico o posibilidades ciertas y a su vez reñidas para ambos. No es conveniente olvidar eso porque ésta es la ciudad en la que vivimos y la que seguirá gobernando Ibarra. Una ciudad habitada por gente pero también por consignas encarnadas en la gente, consignas a su vez emparentadas con demandas y creencias que el simplismo voluntarista de muchos de nosotros pudo haber enturbiado de tal manera que las leyéramos mal, o incompletas.

Emma Bovary se había casado con un hombre respetable, había tenido su soñada boda, había lucido su vestido de novia, había salido, por fin, de la casa de sus padres y había comenzado una nueva etapa de su vida. En su luna de miel se repetía: “Estos son los días más felices de mi vida”. Pero era mentira y ella lo sabía, porque mientras se repetía esa letanía obligatoria suspiraba y se autocompadecía. No eran los días más felices de su vida. No le alcanzaba ni el hombre respetable, ni la boda soñada, ni el vestido de novia, ni la casa propia. No sabía muy bien lo que anhelaba, pero lo que anhelaba no era lo que tenía. Y así era Emma Bovary por definición. Nunca lo que tenía era bastante. Siempre habría algo mejor. Y es que siempre hay algo mejor.

Emma Bovary se había casado con un hombre respetable, había tenido su soñada boda, había lucido su vestido de novia, había salido, por fin, de la casa de sus padres y había comenzado una nueva etapa de su vida. En su luna de miel se repetía: “Estos son los días más felices de mi vida”. Pero era mentira y ella lo sabía porque mientras se repetía esa letanía obligatoria suspiraba y se autocompadecía. No eran los días más felices de su vida. No le alcanzaba ni el hombre respetable, ni la boda soñada, ni el vestido de novia, ni la casa propia. No sabía muy bien lo que anhelaba, pero lo que anhelaba no era lo que tenía. Y así era Emma Bovary por definición. Nunca lo que tenía era bastante. Siempre habría algo mejor. Y es que siempre hay algo mejor.