Publicaciones archivadas

Sapos y sapitos

Luis Barrionuevo se queja de que Cristina Fernández es mandona. Y dice que a él no le vengan a hablar de militancia y trayectoria, porque le sobran, igual que a las compañeras (Chiche y Olga). ¡Luis Barrionuevo! Otra vez en escena merced al Congreso Nacional Justicialista, cuyo pintoresco desarrollo, incluidas las peleas de peluquería según la lectura macho-irónica de Aníbal Fernández (en todo caso no se trata exactamente de La peluquería de Don Mateo, donde las chicas se limitan a repetir el libreto que les escribe Gerardo; nunca se sabrá, en estas parejas peronistas, quién escribe el libreto; ni Chiche ni Olga, y mucho menos Cristina, aparentan ser chicas decorativas), trajo a la luz aquello que tanto trajín de Estado, en los últimos meses, había hecho olvidar. ¿Cuál era la agenda pública en aquellas elecciones en las que Néstor Kirchner entró raspando con el 22 por ciento de los votos? A ver si refrescamos la memoria, tanto que hablamos estos días de la memoria. No vayamos treinta años atrás, ni siquiera treinta meses. Cuando se votó la última vez, ¿a qué se le dijo que no? Continuar leyendo…

Hoy

Empiezo a escribir estas líneas antes de las diez de la mañana. Todavía, en el Colegio Militar, están colgados los cuadros de Videla y Bignone (aunque alguien ya convirtió el cuadro con la cara de Videla en objeto de culto, y en su lugar, dentro de un rato, el presidente Kirchner encontrará una foto ampliada). Continuar leyendo…

El kamikaze de Bush

El domingo, una amiga por teléfono y un vecino por el portero eléctrico, los dos sin radio ni televisión a mano, me preguntaron: “¿Qué pasó en España?” A la respuesta “Ganó el PSOE” le siguieron minifestejos de ocasión. España se volvió significante. ¿Cómo leerla? Desde el día del atentado, los españoles dieron señales de una revuelta intestinal. Ahí es donde fueron tocados, en su costado más íntimo y débil, en esos trenes cargados de trabajadores y estudiantes que acaso habían participado, en su momento, de las multitudinarias marchas contra la guerra. Desde las explosiones, el paisaje español ofreció innúmeras postales de esos impulsos colectivos en los que intervienen tanto la racionalidad como la intuición, y donde se pone en juego tanto el impacto devastador del suceso que acciona como shock, como la información que ya se tenía y que sin embargo había perdido su capacidad de escándalo. Quiero decir: sin los 200 muertos y los 1500 heridos, ganaba Aznar.
Cuando tuvieron lugar esas marchas cuyas pancartas rezaban “No en mi nombre” (no vayas a la guerra en mi nombre, no mates iraquíes en mi nombre, no invadas a nadie en mi nombre, no te alíes con Estados Unidos en mi nombre, no te asocies al club de los dueños de la verdad de facto en mi nombre), todavía Bush, Blair, Rice, Powell, Rumsfeld y los quince o veinte cerebros que se propusieron redibujar el mapa global ubicándose ellos en el puesto de ombligo, cacareaban la amenaza de las armas químicas y el poder satánico del tal Hussein. Después mataron infinidad de civiles iraquíes, confesaron que lo de las armas químicas fue una excusa, se hicieron con el petróleo, mostraron al tal Hussein derrotado y absorto ante un médico que le hacía sacar la lengua, y ya. Continuar leyendo…

Con los mayores respetos

A lo mejor porque era tan lindo, o porque era tan cool, o porque era tan televisivo, porque tenía éxito, porque tenía ideas y sus ideas funcionaban, o a lo mejor porque ganaba plata, o porque fue un pionero en entrecruzar temas duros, sórdidos, oscuros, con una estética que los hacía atractivos para las generaciones que mamaron, con la leche templada, el vértigo del videoclip; a lo mejor porque era audaz y se le notaba, porque parecía siempre en ascenso, siempre para arriba; a lo mejor por todo eso, cuando Juan Castro habló de “infierno”, hubo un malentendido. Continuar leyendo…

El corset

Si uno lo piensa, es delirante, pero estas cosas pasan así: en un país periférico, hambreado artificialmente, saqueado por cuatro o cinco castas de políticos y burócratas locales aliados núcleos del poder globalizado, de instituciones vitales corroídas para llevar adelante ese saqueo, un gobierno se propone restaurar una de ellas, la Corte Suprema de Justicia. Para evitar caer en los antiguos juegos de jueces-mayordomos, decide proponer nombres de candidatos y someterlos al criterio de la sociedad civil y sus instituciones. Primero propone a uno que es resistido por “garantista”, paradoja sólo concebible en un país periférico y hambreado artificialmente no sólo de manera literal, sino además de manera simbólica. ¿O un juez puede ser otra cosa que un garante de la ley? Después propone a una mujer de currículum intachable y trayectoria pródiga en reconocimientos internacionales a su desempeño. Pero apenas ese nombre es propuesto, el dispositivo de poder se pone en acción, usando a algunos medios como amplificadores y gestores de una primera y gran polémica. Los enviados y cronistas de temporada sobrevuelan sobre la candidata rasqueteando en el diálogo afable hasta encontrar puntos de fricción útiles para hacer la nota que buscan, y en este punto es que la generación compulsiva de la noticia trastrueca los hechos y se funde con la noticia ya encontrada: ey, escuchen todos, tenemos una candidata a jueza de la Corte Suprema que es proabortista y atea militante. Continuar leyendo…



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