Publicaciones archivadas

Intimidad

Uno de los ensayos que el novelista norteamericano Johnatan Franzen compiló en su libro Cómo estar solo trata sobre la intimidad. Termina, ese texto, con Franzen mirando por la ventana de su departamento: ve que en el edificio de enfrente, una pareja se prepara para salir. El hombre se pone su camisa blanca y mira televisión mientras su mujer se pasea por el living con una toalla en la cabeza y una bata blanca. Mantienen entre ellos diálogos cortos, probablemente informativos: puede ser que el hombre le esté preguntando a ella cuánto tiempo tardará en estar lista o que ella le esté preguntando a él quiénes irán a la fiesta. El hombre no termina de vestirse: algo en la televisión le ha interesado. La mujer sale del living y al instante vuelve a entrar, todavía con el turbante de toalla en la cabeza. Se repasa las uñas con un esmalte cuyo color Franzen no logra distinguir, pero que seguramente es rojo. El matrimonio no se mira. El le responde lo que ella le pregunta sin despegar los ojos de la pantalla y ella lo escucha sin dejar de mirarse las uñas. Continuar leyendo…

Con “ustedes”, Repetto

“Volvamos a la calle”, decía el cartel gigante que desplegó la producción de Domínico, el programa de Nicolás Repetto, en una esquina cualquiera de Buenos Aires, donde lograron un tumultuoso asado callejero entre vecinos. Si el cartel hubiese rezado “Conozca a su vecino”, la escena, mostrando la repartija de choripanes entre los habitantes de varios edificios, hubiese sido otro cantar. Pero no era ése el espíritu de la producción, sino volver a la calle, bajo la tesis, sobre la que Repetto insistió en sus dos emisiones, de que los argentinos de todas las edades y condiciones padecemos de un síndrome de claustrofobia alimentado por “la inseguridad y los secuestros”. En el primer programa, el chiste fueron los hermanos Korol jugando un picadito en un piquete, como quien dice “dale alegría a mi corazón, amargo”. Curioso personaje este Repetto que ya no es Nico sino un hombre de mediana edad buscando sintonía con “ustedes”. “Ustedes” han perdido la calle. Yo vengo a ofrecer un choripán. Continuar leyendo…

Una vela para Ezequiel

–Seguí derecho, seguí derecho –le gritaba Claudio a Ezequiel la noche del 14 de septiembre de 2002. Estaban en el Riachuelo, luchando contra el lodo, la putrefacción y el dolor de los culatazos que les habían pegado en las cabezas. Antes de obligarlos a meterse en el agua, los policías habían hecho una ronda alrededor de ellos, y se habían turnado para pegarles. En el agua, en la noche, Claudio se había agarrado de una rama y veía cómo Ezequiel nadaba, oscilante, en dirección al Puente Uriburu. Pero Ezequiel no escuchaba. Precisamente, su hipoacusia había enfurecido a los policías de la 34. Había sido el más golpeado de los tres amigos que unas horas antes la patrulla policial levantó de la esquina de Constancia y La Cruz bajo la presunta sospecha de que habían robado un taxi. Ezequiel, Claudio y Julio salían de bailar en una discoteca de Constitución. Habían ido a esa esquina a tomar un remís para volver a Mataderos, donde vivían. Continuar leyendo…

El brillo invisible, la sed verdadera

(Sobre Almendra, cuando Página 12 editó el CD de la reunión de 1979)

Hace poco me reencontré con una carta que en 1979 una chica de diecinueve años mandó al Expreso Imaginario. Esa carta tuvo un notable rebote en el correo de lectores de la revista. La carta hablaba, un poco ingenuamente, de cierto tipo de soledad generacional. Muchos se sintieron identificados, menos una tal Laura Ponte, que opinó que la autora de la carta era una groupie de cuarta. Laura, que resultó ser la lesbiana que Roberto Pettinato lleva en su interior desde hace tanto, después de todo tenía razón. Un par de meses después de la carta y en parte gracias a ella, no podía creer lo que me estaba pasando. Era la jefa de prensa de Almendra. Continuar leyendo…



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