Publicaciones archivadas

El empleo del tiempo

Debería agregarse a la lista de los pequeños placeres de la vida: llegar a casa cansado, prender la televisión, comprobar que en los canales de aire lo único que dan son porquerías, hacer zapping y descubrir que en el cable justo está por empezar una película francesa. El pequeño placer se convierte en placer con todas las letras (incluyendo esa cuota de vértigo de los placeres con todas las letras) si esa película es El empleo del tiempo, de Laurent Cantet, el mismo director que con Recursos humanos hizo, de algún modo, un malabarismo similar para internarse en cuestiones que en manos de otro podrían ser panfletarias, pesadas, recurrentes, y en las de él son historias que dicen mucho más de lo que muestran. Allí se detenía en el borde contradictorio y conflictivo de la relación entre un padre obrero y un hijo ejecutivo. Escarbaba en esa relación a través de un relato que daba vuelta la trama previsible: el padre estaba orgulloso de su hijo, pero el hijo no podía estar orgulloso de un padre que negaba su propia dignidad. El hijo había llegado a donde el padre lo había empujado: a eyectarse de su clase, a ser parte de la patronal, pero eso no era para el hijo algo para agradecer, sino algo para reprochar. Bajo la simple idea de “querer algo mejor”, el padre había criado no a su hijo sino a un hijo del sistema. Continuar leyendo…

Darks

Para un periodista, hay crónicas que son muy difíciles de hacer. Uno tiende a pensar en noticias dolorosas, impactantes, sangrientas. En masacres, en catástrofes, en accidentes. No, ésas no son las más difíciles. Si un editor quiere poner a prueba a un cronista, puede mandarlo a cubrir el Día de la Primavera en los bosques de Palermo. Así sí te quiero ver. ¿Cómo escribir algo que valga la pena, cómo ver algo más que el lugar común en ese rito que permanece imperturbable a lo largo de los años mientras sólo sus protagonistas van cambiando? ¿Cómo apuntar algo más que “con alegría, los estudiantes desafiaron a la lluvia” –porque, es fija, cada año, ese día siempre llueve–? Es difícil hacer esa crónica porque el cronista no puede ver nada más allá de las guitarreadas parecidas a las de Luján, los porros atrás de un árbol, las parejitas besándose, el pasto lleno de basura, en fin, ese folklore encarnado por cada nueva generación, pero fijado de antemano dentro del corralito de un día y un espacio: el Día del Estudiante, que coincide con el Día de la Primavera, lleva inscripto su paisaje, su borde y su desborde, su tibia y anticipada decadencia, su presunta explosión de alegría, la homologación del estudiante al capullo, el alineamiento del adolescente al brote que se sale de la vaina por mostrarse en flor. Continuar leyendo…



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