Publicaciones archivadas

Vidas de papel

Detrás del club Santa Catalina, en Luis Guillón, partido de Esteban Echeverría, hay un manojo de casas de papel. O cartón o chapa, o madera o junco, o cualquier cosa: esas casas se han ido construyendo con las sobras de otros. Ahí, a la vera del club Santa Catalina, gente con nombre y apellido como Marcelo Sánchez o Javier Quintana o Juan Ferreira venían pidiendo a la municipalidad que les sacara literalmente de encima unos eucaliptos centenarios que amagaban con venirse abajo, poniendo en peligro a sus familias. El municipio no contestaba, y no es difícil deducir por qué: a los árboles centenarios hay que cuidarlos, hay consenso generalizado, a esta altura, sobre el valor ecológico de un árbol centenario. Un árbol que tarda tanto en crecer, un árbol testigo de un siglo. A los niños se les enseña en las escuelas el valor de los árboles, sobre todo de los árboles centenarios. Hay que respetar a la naturaleza. Amarla como a una diosa madre tantas veces vulnerada. Pero esos eucaliptos que se agitaban amenazantes con los vientos no dejaban dormir tranquilos a los jefes de esas familias, que vivían en casas precarias pero no eran familias precarias. ¿Cuántas veces se confunden una cosa y la otra? ¿Cuántas veces todos creemos que en casas sólidas viven familias sólidas y en casas prefabricadas familias prefabricadas? Un día Juan Ferreira se hartó de temerles a los árboles, y a machetazos se deshizo de uno. El municipio lo multó. Esa gente. Cuenta la leyenda que cuando les dieron parquet lo levantaron para hacerse un asado. Ahora talan los árboles centenarios. No entienden, no entienden. Continuar leyendo…

Coincidencias

–Sos un político honesto… –empieza Matías Martin, pero el público lo interrumpe con chiflidos. Está leyendo la siguiente pregunta del programa que conduce desde principios de enero por Telefé, Coincidencias, en el que un grupo de participantes debe elegir una opción entre varias ante una situación planteada por la producción. Va sumando puntos el que más veces coincida con la mayoría: el público de las enormes tribunas –las mismas que se usaron para Trato Hecho– también pulsa un botón y vota. Continuar leyendo…

El límite

¿Treinta mil fueron bastante? ¿Comió el monstruo lo suficiente tragándose a treinta mil personas? Retumba la frase del fiscal Julio César Strassera al final de su alegato. Aquel Nunca Más que intentaba, más que cerrar un ciclo histórico, inaugurar uno nuevo. El hambre de víctimas, sin embargo, siguió intacto, aunque homeopático. La democracia quedó instalada, lo que no es poco. Pero el monstruo aprendió a comer de a uno, de a dos, de a diez, a elegir sus bocados selectivamente. El monstruo, más que aprender a no engullir, aprendió a disimular. Y siguió, sin ir más lejos y sin provocar en absoluto a las instituciones, comiéndose a los que no comen. O a los más débiles, o a los que nacen sin oportunidades. Continuar leyendo…

La miga del pan de la muerte

“Volvete a San Isidro, acá no tenés nada que hacer”, le decía un chico, desencajado, a Juan Carlos Blumberg, que había sido abucheado y escupido en Once, adonde llegó, según dijo, para solidarizarse con los familiares de las víctimas. Poco antes, Raúl Castells y Nina Peloso tampoco fueron bien recibidos cuando se acercaron para pedir la renuncia de Aníbal Ibarra. En la plaza, más tarde, según consignó este diario, una adolescente de 16 años, Nadia, que perdió en la tragedia a su hermano y a su novio, se constituyó en la señaladora de pancartas que podían desvirtuar el sentido de la concentración, como las de la FUBA o las de la FTC: Nadia las señalaba y a su alrededor brotaban centenares de chiflidos, en un coro improvisado que obligaba al repliegue. En el foro de los Callejeros, desde donde se convoca a la marcha del próximo jueves, el volante consensuado incluye el expreso pedido de ir solamente con velas y de marchar en paz, “sin banderas de ningún partido político”. Continuar leyendo…

El azar de la no-tragedia

Fue un pedido de las Madres del Dolor que rápidamente corrió de boca en boca, ayudado, ese sábado sin diarios, por la caja de resonancia televisiva: que fuera un fin de año sin pirotecnia en señal del duelo colectivo. A las doce, pareció abrirse una brecha en ese pedido: petardos y cañitas volaron como siempre, parecía que como siempre, pero no. Fueron dos, tres minutos interminables y sonaron como una fuerte irreverencia. Después, el silencio se hizo eco del estado de ánimo general. Este 31 no hubo nada que festejar, y si algún deseo sensato pudo elaborarse esa noche desquiciada en la que decenas de familiares esperaban todavía en las puertas de la Morgue Judicial que les entregaran los cuerpos de sus chicos, seguramente ese deseo tuvo que ver con lo importante y no con lo anecdótico. Los golpes descomunales a los que arrojan este tipo de tragedias funcionan como resaltadores de lo importante. Qué desear, sino que los hijos estén bien, que no les pase nada, que salgan y que vuelvan. Pero cómo desear eso sin desear además vivir en un país en el que no sea el azar el responsable de que justo ese techo no se caiga, de que justo esa discoteca no se incendie, de que justo esa noche alguien estúpido o alguien borracho no decida jugar a la ruleta rusa con las vidas de los demás. Cómo desear que nuestros hijos vivan sus vidas sin que los estemos controlando o tutelando permanentemente, sin desear además vivir en un país en el que no sea el azar el responsable de que no sea justo hoy que todo estalle. La sensación que sobrevuela el ánimo general es que estamos abandonados al azar de la no-tragedia. Continuar leyendo…



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