Publicaciones archivadas

El otro lado de la vía

La clínica queda en Quilmes, pero del otro lado de la vía. Quilmes Oeste, cuando yo era chica, era otro mundo. Vivir del otro lado de la vía era ser diferente, tener otras costumbres, otros ritos, como ser de otro club. Mi madre lentamente fue trasladándose al otro lado de la vía. Sus confusiones empezaron hace años, los reemplazos de una palabra por otra fueron llegando como gotas, una tras otra. Sus esfuerzos por retener una idea terminaban irritándola. La veía luchar contra ese vacío que se le plantaba en la cabeza como una semilla maligna. El vacío crecía desmadejado en esa mente que despacio, sin tregua, se enredaba con imágenes de diferentes épocas de su vida. Hace unas semanas un ataque la mantuvo hablando sin parar días y noches enteras. Allí estaban, delante de sus ojos, invisibles para mí pero carnales y evidentes para ella, sus hermanos, su padre, su casa de la infancia. Estaba internada en una clínica común, a la que van los enfermos que deben guardar cama. La gente loca no es bien recibida en esas clínicas. Altera al resto. La habían atado a la cama y habían levantado las barandas. Ella las empujaba y me decía: “Estamos detenidas porque vos no sabés conducir”. Mi madre nunca fue muy piadosa conmigo, de modo que no me extrañó que atribuyera su estado a mi falta. Eso somos las mujeres, después de todo. Lo que no tenemos, lo que no sabemos, incluso lo que no perdimos. Continuar leyendo…

Una pregunta

Hace unos días, en un reportaje que fue tapa de este diario, el secretario de Cultura de la Nación, José Nun, afirmaba que “un programa cultural puede tener 20 puntos de rating”. ¿Podría? Uno desea creerlo. Uno desea sospechar que, hasta ahora, las veces que se ha intentado insertar la noción de cultura en la televisión lo que se ha hecho, en general, es amagar con la academia y dejar a todo el mundo bostezando. Que se ha partido de la falacia recurrente de que “el público consume lo que le dan”, como si la cuestión se redujera a trocar el pan y circo actuales por programas con moraleja o catálogo, con gente de buenas intenciones pero desbarrancando, ay, en el plomazo. La realidad es que hay un tipo de cultura que tienen pocos y de la que carecen millones. Uno desea apostar, junto a Nun, a otra concepción de la cultura, a otra estrategia para informar y formar, pero el verdadero desafío televisivo corre por otro carril: ¿qué estrategia elaborar para divertir o para entretener? Ese programa cultural que podría tener 20 puntos de rating, ¿qué tipo de cultura difundiría? ¿Cuál, en un país pauperizado y vulgarizado, arrasado en sus modelos y referentes, analfabetizado y gobernado por planillas de las que todos desconfían pero ante las que se arrodillan? Continuar leyendo…

Paraguas húngaros

¿Qué pasará por esas cabecitas? ¿Qué versión de cómo pasaron las cosas se darán a sí mismos y entre ellos? ¿Es la mentira un arma exógena, epidérmica, estratégica, o es un autoengaño que utilizan los dos para contarse a sí mismos su propia historia oficial? Como fuere, durante años, este país dependió de las decisiones de estos hombres, que dejaron a su paso una pira ardiente y un tumulto de despojos. El riojano sigue prometiendo salariazo, aunque ya en sus épocas de esplendor supo explicar que las promesas de campaña son como buenos augurios de Navidad, o sea nada. El cordobés sigue prometiendo convertibilidad, y no hay argumento que le pongan enfrente que lo saque de la baldosa en la que está parado, desde la cual dice ver un helicóptero radical huyendo como inicio de las siete plagas, y acaricia el recuerdo de argentinos comprando paraguas húngaros como la postal de la panacea gauchesca. Continuar leyendo…

El paquete del pasado

En los últimos años, la palabra transversal atravesó atravesada diversos esbozos de proyectos que terminaron abortados. Siempre que se usó esa palabra fue para dar cuenta de intentos de amalgamar a bienpensantes que, uno por aquí, otro por allá, tenían cosas importantes en común. La transversalidad, tal como en general fue entendida, surgía de la constancia de que los dos partidos que históricamente se alternaban en el poder, el peronismo y el radicalismo, zanjaban sus diferencias ideológicas y de clase con una concepción de la política siamesa: el pacto de Olivos los mostró unidos por el estómago. Fueron el peronismo y el radicalismo los responsables, como partidos, de hacer nítida la idea de que, con unos o con otros en la Rosada, el poder político era un simple testaferro de los verdaderos intereses en juego. La democracia, así, terminó siendo aceptada como el mejor de los sistemas conocidos, pero también como un juego perverso de simulacros cada vez más dañinos. Un “como que” la gente vota a alguien para que la represente, a conciencia de que no lo hará. Continuar leyendo…



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