El otro lado de la vía

La clínica queda en Quilmes, pero del otro lado de la vía. Quilmes Oeste, cuando yo era chica, era otro mundo. Vivir del otro lado de la vía era ser diferente, tener otras costumbres, otros ritos, como ser de otro club. Mi madre lentamente fue trasladándose al otro lado de la vía. Sus confusiones empezaron hace años, los reemplazos de una palabra por otra fueron llegando como gotas, una tras otra. Sus esfuerzos por retener una idea terminaban irritándola. La veía luchar contra ese vacío que se le plantaba en la cabeza como una semilla maligna. El vacío crecía desmadejado en esa mente que despacio, sin tregua, se enredaba con imágenes de diferentes épocas de su vida. Hace unas semanas un ataque la mantuvo hablando sin parar días y noches enteras. Allí estaban, delante de sus ojos, invisibles para mí pero carnales y evidentes para ella, sus hermanos, su padre, su casa de la infancia. Estaba internada en una clínica común, a la que van los enfermos que deben guardar cama. La gente loca no es bien recibida en esas clínicas. Altera al resto. La habían atado a la cama y habían levantado las barandas. Ella las empujaba y me decía: “Estamos detenidas porque vos no sabés conducir”. Mi madre nunca fue muy piadosa conmigo, de modo que no me extrañó que atribuyera su estado a mi falta. Eso somos las mujeres, después de todo. Lo que no tenemos, lo que no sabemos, incluso lo que no perdimos.

El brote se extendió y fue tan arrasador que muy pronto la derivaron a la clínica que está del otro lado de la vía. Un lugar apacible en el que los enfermos no guardan cama, y tampoco sabría decir si guardan algo. ¿Qué es la locura? ¿Dónde queda ese otro lado, ese revés de la trama que estampa la locura en los ojos de quienes la padecen? ¿Por qué los locos parecen guantes dados vuelta, como decíamos los jóvenes de ayer? Un guante dado vuelta no puede esconder nada: el guante dado vuelta exhibe la obscenidad de su interior, la forma tosca de sus costuras. Todo lo que los cuerdos callamos, lo que velamos, lo que suavizamos, lo que pretextamos, lo que disimulamos, ellos lo muestran. La enfermedad los priva de los escondites y de las estructuras. Fluyen, ahí, casamientos y velorios, muertes y nacimientos, amores y dolores, ternura y ferocidad, la carne viva de los sentimientos, de lo que no se pudo digerir, lo que quedó atascado en una historia, la horrenda y apabullante debilidad de alguien que soltó las riendas y sigue viviendo como un caballo desbocado, asomado al vértigo de sí mismo.

Hoy llegué a la visita media hora antes. Pedí permiso porque tenía que ir a trabajar. Estaban todos cantando. A coro. Cantaban una canción de amor. Tenían puestas unas cintitas rojas en el cuello, como un mínimo vestuario de coristas extraviados que sin embargo perseguían la nota exacta. Mi madre estaba sentada y aplaudía. Ella nunca cantó. Ni cantó ni bailó. Esta tarde estaba sentada y sonreía, mientras sus actuales compañeros de ruta disfrutaban ese rato previo a las visitas. Mi madre siempre se ocupó de su casa. Su casa fue su reparo pero también, sospecho, la baranda que la separó del mundo, la que la dejó detenida, aunque fue ella, ciertamente, la que no aprendió a conducir. Pienso en la que ella era, antes, cuando todavía la enfermedad no había asestado semejante puñalada en su centro. Fue una mujer compleja con una vida simple. Una mujer plegada que debe haber querido desplegarse. Cuando me vio, hoy a la tarde, llegar de improviso, me hizo señas para que me sentara a su lado a escuchar al coro. Mientras las dos aplaudíamos la segunda canción, acercó su cara a mi oído y me dijo: “A mí me hubiese gustado ir a la luna”. Cuando uno se familiariza un poco con la locura, no es tan difícil escuchar sus desvíos. “¿Y por qué no fuiste?”, le pregunté. “No me alcanzó la voz”, contestó ella.

Y si me pongo a escribir esto es porque creo que hay un tipo de extravío que es el de mi madre pero no sólo el de ella. Y en su homenaje, me gustaría dedicar estas líneas a aquellas mujeres que quisieron ir a la luna pero llegaron al otro lado de la vía, a todas esas mujeres de esa generación difícil, tan inconsciente de sus derechos y sus límites, tan encerradas en sus cocinas y en sus mandados y en sus mandatos, a esas mujeres frágiles que adoraron y envidiaron que sus hijas fueran tan diferentes, casi como las hijas de las otras que ellas fueron sin saberlo. A esas mujeres a las que no les alcanzó la voz.

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9 Comentarios
  1. maria luz dijo

    ¿Podrías explicarme, por favor, por qué ese párrafo final? Es que me pareció que todo lo anterior se derrumbaba…

  2. Rain dijo

    Me ha impactado lo que has contado: que nunca bailó ni cantó …
    y al llegar al final, se me ha quedado un nudo en la garganta .

  3. María dijo

    Sandra, hubiera querido escribirte apenas terminé de leer este artículo en Página/12 en agosto de 2005. Ahora por suerte lo encuentro en tu nuevo blog, y tengo la oportunidad de decirte cuánto me conmovió.

    Mi viejo estuvo internado en un geriátrico durante tres larguísimos años. Fue víctima del mal del Alzheimer, enfermedad que tiene el tino de combinar demencia y vejez (claro que para muchos la senilidad le quita gravedad al asunto. Como si ser viejo y estar loco fueran, de entrada, más o menos lo mismo). El hecho es que sentí mucho tus palabras, y volver a leerlas me emociona igual que aquella primera vez.

    Por algún motivo, me dan ganas de mandarte un beso aunque no te conozca. Así que ahí va.
    Éxitos con este nuevo proyecto (otro entre tantos, ¿no?).
    De parte de una fiel lectora.-

  4. Poli dijo

    Casi por casualidad encontré este articulo, he vivido la experiencia de ver como la locura brotaba en mi padre, el cual comparto las observaciones tus observaciones pero considero que no es privativo de un género, mas bien tiene que ver con no poder hablar, decir, expresarse.
    A mi esta experiencia me bloqueo, leer este articulo fue en cierto sentido “despabilador”.
    Muchas gracias por no temer compartir esta vivencia.

  5. […] Se llama El otro lado de la vía, y en esa nota, publicada el año pasado, relaté el proceso de locura que vivió mi madre y que terminó con su internación en una clínica psiquiátrica. Fue algo personalmente arrasador, y dudaba si contar públicamente algo tan íntimo. Pero yo no hago un periodismo tradicional; creo que tengo tanto que ver con el periodismo como con la literatura. Y a través de esa nota comprobé una vez más, pero de una manera muchísimo más energética que nunca, que cuando uno pone en juego en un texto algo personalísimo, paradójicamente, si tiene suerte puede contactar con algo personalísimo del lector. En la nota, el relato terminaba con una reflexión que para mí es una certeza: hubo una generación de mujeres, la de mi madre, que huyeron de sus deseos y cumplieron a rajatablas lo que se esperaba de ellas. Creo que hay un tipo de demencia o extravío característico de esas mujeres, nuestras madres abnegadas, porque no querían abnegarse: querían otra cosa, pero nunca descubrieron qué. Eso es demoledor. Y fui chequeando, con lectores de esa nota, que circuló mucho, que para mí fue un modo de expulsar mis demonios, pero para mucha gente fue un espejo en el que mirar algo que se olía y se percibía, pero no tenía nombre ni discurso que lo abarcara. Este es un ejemplo de algo en lo que creo profesionalmente: hay que hacer un periodismo de lo privado, así como se hace literatura de lo privado. Es necesario reflejar en medios masivos impresiones y versiones de lo que nos pasa puertas adentro de nuestras pieles, y de nuestro contacto con los otros. Lo personal, reza la máxima feminista, es político, y así como también se hace historia de la vida privada, el periodismo tiene que hacer relevamientos de los espíritus de época. Eso lo hacen los escritores. En otros países, como México o España, es frecuente que los escritores tengan espacios regulares en medios masivos. En la Argentina, por suerte, existe Página/12. […]

  6. comunicacion patagonica dijo

    Hola Sandra!. Me gustó mucho el texto, pero sobre todo comparto tus reflexiones sobre por qué escribir sobre algo personal de la forma que lo hiciste. También considero que las historias de vida de otras personas permiten al periodismo y las ciencias sociales, la posibilidad de contar el mundo recuperando también las apreciaciones subjetivas, sin perder perspectiva sobre las cuestiones que compartimos. La vida de los periodistas también es parte del mundo, y contribuirán a comprender el mundo si es que se las trata de esta forma. Hace poco hable sobre los migrantes internos en mi blog, soy también migrante, mi familia también lo es. Escribí sobre el desarraigo, y el impacto en la vida de las personas que abandonan la vida rural por la urbana. Curiosamente recibí la crítica de un colega por ese texto, tal vez no lo escribí con tu maestría pero si con la misma intención.

  7. Alicia dijo

    Ay Sandra!!!!
    Cuánta sabiduría para responderte.
    Para saber cuál fué el motivo que le impidió volar
    Si
    No le alcanzó la voz.

    Será por éso que me gusta ayudar a cantar a los que creen que no pueden?
    Lástima no haberla conocido antes…

  8. Anónimo dijo

    Que lindo que puedas escribir asi, es la capacidad de poder extirparle belleza a una situacion tan de mierda, la vida está llena de paradojas, es genial que puedas plasmar una de ellas asi. Te felicito! Aguante 678! Se agradece tb la existencia de ese programa que tanto nos abrió los ojos! saludos
    cecilia

  9. Eduardo dijo

    Sandra, después que se fué mi madre solo nos quedó su hermana, a quien ibamos con mi hermano a visitar periodicamente al Hospital Estevez.
    Entiendo por lo que escribiste, que reemplazaste en alguna medida los ojos cerrados de dolor por una mirada de ternura cuando evocás esa parte de tu vida.
    Me parece que Vos también,cuando te reconciliaste en algún grado con esto que les ocurrió ,descubriste que es mejor consagrarse a recordar y entender desde la aceptación que solo se encuentra en el vinculo del corazón, que entregarte a la tristeza.
    Perdoname si no atiné a decirte, en pocas palabras, que hermoso es tu homenaje.
    Hasta siempre, Eduardo

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