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julio 2006

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[TEATRO › ENTREVISTA CON CECILIA ROTH, PROTAGONISTA DE “DIAS CONTADOS”.]

[En la obra de Oscar Martínez, la actriz encarna a una escritora de mediana edad a quien las circunstancias obligan a dar un golpe de timón. Cecilia Roth, que vivió un estreno teatral en Buenos Aires después de doce años, sostiene que este texto la ayudó a madurar: “Por fin dejé de ser adolescente”.]

Cecilia Roth toma té de jengibre con limón. En tazas preciosas, en el living de su casa preciosa, que esta tarde está iluminada no sólo por el sol de media tarde que entra por las ventanas, sino también por las flores que le regalaron en el estreno de Días contados, la obra escrita y dirigida por Oscar Martínez, y que comparte con Claudia Lapacó, Alejandro Awada y Gustavo Garzón. Cecilia está radiante. El pelo rubio recogido, la cara limpia, los músculos relajados por fin, después del debut y de la noticia de que no hay más localidades. Recuerda entre carcajadas una frase de Augusto Bonardo: “El éxito siempre triunfa”. Es cuidadosa. Habla de lo que quiere hablar. Se desliza muy cautelosamente hacia otras zonas cuando la charla la provoca, pero regresa a su eje sin irse por las ramas ni tentarse con hacer diagnósticos ni elaborar teorías.

“¿Qué harías vos si secuestran a tu hijo? ¿Te alcanzaría con matarlos? No, no te alcanzaría. Querrías ver cómo les arrancan los dientes, uno por uno. Querrías ver cómo sufren.” Darío dijo esto esta semana, hablando con Radio Mitre, desde Israel. Darío fue miembro del ejército israelí y ahora defiende sus ideas de esta manera. Su testimonio despertó una airada respuesta de oyentes que, judíos y no judíos, advirtieron que un botón de la camisa de Darío estaba abierto, y por él entrevieron el corazón mismo del odio.

Nuestras madres nos hacían el Toddy. Y nos untaban las tostadas con mucha mermelada para que almacenáramos energía. Esa parte era encantadora, pero también es cierto que cuando los platos ya estaban lavados, las camas hechas, el marido y los hijos alimentados, ellas rumiaban su insatisfacción por los rincones, y algo se les iba incrustando en el rictus a medida que envejecían. Fueron ellas, si mal no recuerdo, las que más énfasis pusieron en que estudiáramos. Tener una carrera era la utopía de aquellas amas de casa atornilladas al televisor y viviendo aventuras delegadas en las actrices que se salían precisamente de madre cuando el flechazo las unía inevitablemente a un pobre, a un rico, a un hombre que no era el indicado. Ellas vivieron la vida indicada, encerradas y abnegadas, pero no nos inculcaron la abnegación, la cualidad que durante siglos fue la virtud por excelencia de la buena mujer.

¿Quién podía venir a terminar de arruinarme mi tarde melancólica pero digna, tristona pero honrada? Quién podía ser: un taxista.

Definitivamente, tengo que optar por el bondi. Y eso que este taxista tenía piercings por todas partes, en la nariz, las orejas y el labio. Es decir, no era el típico oyente del Negro Oro, pero así y todo apenas subí y sin que mediara ningún diálogo, descerrajó:

–Se tiraron a menos.