Verosímil

Y entonces una ex secretaria habló. Los diarios se hicieron eco del testimonio de alto voltaje, porque se trataba de una ex secretaria del senador justicialista por Río Negro Remo Costanzo. Y porque la denuncia por el pago de coimas en el Senado para sacar la Ley de Flexibilización Laboral llegaba a involucrar a un ex presidente radical. Y porque si lo que denunció en su momento Mario Pontaquarto era verdad, vaya los alcances del viejo Pacto de Olivos: peronistas y radicales podrán no ponerse de acuerdo en cuestiones políticas o ideológicas, pero muchos consumaron un acuerdo implícito para robar a cuatro manos.

En narrativa existe algo que se llama “el verosímil”. Es algo cuyo significado se desprende de la misma palabra: la trama y todos sus detalles deben guardar un orden y un desorden que se ajusten en todo momento a lo que el lector toma como verdad. El verosímil es una copia de la verdad, algo parecido a la verdad, una mentira, una ficción que debe respetar el molde de la verdad para que el lector entre en el juego y acepte involucrarse intelectual y emocionalmente con un relato que, sin embargo, sabe de antemano que es falso. Cuando leemos una novela o miramos una película nos reímos o lloramos porque el verosímil funciona.

En el caso de las coimas en el Senado, hubo dos verosímiles superpuestos, y es interesante observar cómo se desarrollaron y traficaron, en ambos casos, una verdad que quizá recién ahora pueda salir a la luz.

La denuncia que empezó con Moyano, siguió con Alvarez y terminó con Pontaquarto arrepentido y denunciando, era una de las más graves de la democracia. Un Poder Ejecutivo comprando con vil dinero al Poder Legislativo para sacar una ley de conveniencias inconfesables, echa por tierra con todos los supuestos democráticos. Quiero decir: el nivel de corrupción que revela ese hecho es de tal magnitud, que por sí mismo borra la democracia. La desdibuja, la caricaturiza, la aplasta, la idiotiza, le quita su entidad, la deja boba.

Algo raro pasó con esa denuncia, que nunca hizo parar las rotativas ni sacó gente a la calle. Era tan siniestro lo que esa denuncia ponía en evidencia, era tan asqueroso, tan sin retorno, que más allá de los interesados en cambiar de tema, hubo una especie de frenada colectiva. La Justicia y los medios colaboraron, por supuesto, pero no encontraron mayores resistencias. La gente necesitaba aferrarse al verosímil de la democracia, necesitaba incluso gritar “que se vayan todos” indiscriminadamente, para aceptar después que no sólo muchos dirigentes honestos volvieran al ruedo, sino que incluso volvieran los que estaban sospechados nada menos que de haberse hecho ricos con valijas de esa calaña.

“Nunca subestimes el poder de la negación” es una buena frase. Había que aferrarse a algo, y este país sostuvo, mientras había signos de desintegración, el verosímil de la democracia, con llaneros solitarios que llegaron incluso a cortar a Pontaquarto en la edición de un programa bajo el argumento de que “no se puede tener en pantalla a un corrupto confeso”. Con los corruptos no confesos no había ningún problema.

Pero al mismo tiempo, como le pasa a la gente neurótica, otro verosímil latía en las conciencias y en las inteligencias de millones de argentinos: ¿es posible que un gobierno como el de Fernando de la Rúa haya operado de una manera tan infame, con cómplices del justicialismo, para modificar la vida laboral de este país y hacerla más vulnerable, más barata, mucho menos digna? Claro que es posible. ¿Cómo no va a ser posible si los ratis viven de eso desde hace décadas, si la política es para ellos un curro fenomenal?

Y entonces una ex secretaria habló. Porque en la causa hay un nuevo juez y porque ahora cree que tiene garantías, la secretaria dijo que ella misma vio el dinero. ¿Estupor? No, confrontación de verosímiles. Algo así como: esto es tan bestial que no puede haber pasado, pero acá han pasado cosas incluso mucho más bestiales y hay que seguir andando. Y que se vayan todos es una manera de que no se vaya nadie, a esta altura qué duda cabe. Y que se vayan todos es un señuelo para no discriminar entre denunciantes y denunciados.

Un tribunal de cuentas cordobés gasta 150 pesos en medias, pétalos de rosa, vino tinto y vaselina, y la noticia recorre las radios, los programas de televisión, las charlas de sobremesa. Es un país donde hay sospechas serias de que un grupo de senadores de la Nación vendió su firma por unos cuantos miles de pesos, la palabra vaselina es todavía un atractivo mediático indiscutible, y conductores y locutores se divierten preguntándose: “¿En qué la habrán usado?”.

Los senadores del 2001, y aquel grupo de funcionarios denunciados, hoy deben estar preocupados porque una ex secretaria habló, y en estos casos suele pasar, como en las películas norteamericanas que terminan bien, que a los testigos les cueste hablar, pero cuando uno empieza siguen otros. Aquellos asambleístas del 2001, aquella gente movilizada debería agarrar esta denuncia como un perro de presa y seguirla hasta sus últimas consecuencias, para gestar un nuevo verosímil, uno que no responda ni a una democracia escenográfica ni a una democracia miserable. No se van a ir todos, como se pedía en aquel tiempo, pero algunos, decididamente, se tendrían que ir, y no a sus casas.

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