Publicidad1 Escritorio
Publicidad Tablet
Publicidad Movil
Archivo

enero 2007

Browsing

En el año 2005 fui invitada a reflexionar acerca de los desafíos del tango de cara al futuro. El resultado fue el libro “El tango, mañana” (once artículos y un cuento). El artículo que yo escribí se transcribe a continuación. Los demás artículos pueden leerse aquí.

A mi abuelo paterno no llegué a conocerlo. Se llamaba Francisco. Era peluquero. La familia vivía en el barrio de Montserrat, sobre la avenida San Juan, en un conventillo. Delante de la casa estaba la peluquería. El cliente más famoso de mi abuelo Francisco fue el Mono Gatica. A lo mejor el Mono vio la foto alguna vez, sentado en el sillón de peluquero de mi abuelo. La foto de Rosano, el pueblo natal de Francisco, estuvo siempre ahí a la vista, enmarcada al lado del espejo. Era la foto de un paisaje calabrés. Un pueblo desolado en las alturas desde donde se veía el Adriático y el verde profuso de los olivos y los árboles cítricos. Francisco murió dos años antes de que yo naciera.

Se comenta por ahí que Abel era nómade y Caín, sedentario. Y hay hasta quien dice que la historia de la humanidad puede leerse en función de la oposición, el rechazo, la necesidad de expulsión que sienten los sedentarios por los nómades.
Abel era pastor y Caín, labrador. Uno deambulaba junto a su rebaño de acuerdo con el clima y con el estado de la tierra. No estaba atado a un lugar sino a un estado de cosas: iba tras él, en un continuo microclima que creaba su propio desplazamiento. El otro echaba raíces, se definía a sí mismo como parte de un solo paisaje, le ponía nombre a su lugar de origen, creaba una bandera, componía un himno, y reglamentaba las condiciones en las que los extranjeros podían atravesar su territorio.

El otro día, Roxana Kreimer, filósofa y mi amiga, dijo que una virtud es un punto medio entre dos defectos. La valentía, dijo, por ejemplo, es el punto medio entre la cobardía y la temeridad. Nunca lo había pensado así. Uno digiere la palabra virtud como si ella recubriera un punto máximo de algo.

[Reseña escrita por Julián Gorodischer acerca de Dejámelo pensar, programa televisivo en el que participo diariamente en canal 7 junto a Boy Olmi. La nota original está acá.]

Una de las preocupaciones de Sandra Russo, periodista de Página/12, es “hacer contacto” a través de sus textos. En las contratapas de este diario, el “yo” no se despliega por el interés autobiográfico en sí, sino con pretensión de “rebote” colectivo. En la conducción televisiva de Dejámelo pensar (lunes a viernes a las 16, por Canal 7), acompañada por Boy Olmi, retoma los rasgos de estilo de una prosa que no apela a la figura de autoridad para legitimarse, sino que pretende “hacer girar la asociación a un autor (según explicó a Cecilia Sosa en una nota de Radar) como si fuera la tapa de un termo, hasta que haga clic. Si no escuchás el clic, la nota se te cae. El clic puede venir a través de la forma o el contenido, pero en algún lado tenés que escucharlo. Si no se te hace a vos, tampoco se le hace al lector”. La misma teoría se aplica –por lo visto– al espectador televisivo.

¿Me parece a mí, o ya pasó esto de que la temporada marplatense comience “pasada por agua”, y que en todos los canales de televisión haya noteros enviados a La Feliz que, como llueve, no pueden ir a la playa a mostrar chicas y entonces dicen en cada entrada que Mar del Plata está “pasada por agua” y merodean por no sé qué avenida en la que venden pulóveres y hacen entrevistas a matrimonios maduros que caminan abrazados o a matrimonios jóvenes que aunque sonríen están tensos porque ya no saben qué hacer con sus hijos, que chillan todo el tiempo?