Mardel

¿Me parece a mí, o ya pasó esto de que la temporada marplatense comience “pasada por agua”, y que en todos los canales de televisión haya noteros enviados a La Feliz que, como llueve, no pueden ir a la playa a mostrar chicas y entonces dicen en cada entrada que Mar del Plata está “pasada por agua” y merodean por no sé qué avenida en la que venden pulóveres y hacen entrevistas a matrimonios maduros que caminan abrazados o a matrimonios jóvenes que aunque sonríen están tensos porque ya no saben qué hacer con sus hijos, que chillan todo el tiempo?

Nunca supe, ni cuando yo misma era arrastrada por esa avenida en la que venden pulóveres, ni mucho después, cuando nadie me arrastró y fui con marido e hija a replicar una escena de mi infancia, qué tienen de especial esos pulóveres. No son lindos ni baratos. Pero es lo que hay que hacer cuando llueve en Mar del Plata: comprar pulóveres.

Eso es lo bueno en Mardel: siempre hay algo que hacer (¡parece la frase de un notero!). Mardel, más que una ciudad balnearia, parece un centro de operaciones veraniego en el que sus visitantes reaccionan casi por acto reflejo: hay que ir a la playa si hay sol, y si se va a la playa, hay que aplaudir cuando un niño se pierde, hay que jugar a la paleta o al tejo, hay que meterse en el mar y gritar que el agua está fría, pero hay que salir de ella diciendo que está divina, hay que pasear por el puerto, comer cornalitos, ir al casino, hacer cola para varias cosas, quedarse mirando las estatuas vivientes, y hay que ir al teatro, a ver piezas ligeras en las que el público se ríe antes de que los personajes hagan nada.

Tengo un grupo de amigos bastante más jóvenes que yo, con los que en verano solemos terminar nuestros correos con la oración: “We Love Mardel”. Es como una declaración de argentinidad rendida, de sobreadaptación aclimatada, algo en lo que a veces experimentamos en otros ámbitos y que, creo, es lo nos hace entendernos tan bien pese a la escalera de edades, un estar ni de ida ni de vuelta, sino más bien un querer estar en alguna parte. Querer pertenecer. Nos interesa mucho pertenecer a alguna parte, pero por ahora no nos sale.

El otro día, uno de ellos, Christian, mandó un correo desde Mardel. Se fue a pasar el fin de año con su pareja, y fue todo un acontecimiento porque su pareja acaba de salir del ropero. En ese correo, se despidió contento porque se iban a sacar una foto con los lobos de la Rambla. Y yo le creí su alegría, porque no era cínica. Christian no es cínico. No había un aire previsible de icono kitsch en su mirada de los lobos. Le gustan en serio, pero no porque les vea a esos lobos marinos algún atributo estético, obviamente. Creo adivinar que Christian ve en esos lobos un atributo ético.

Y una foto ahí con su pareja me parece que tiene posibilidades de integrar un álbum de familia. Una familia nueva, es cierto, diferente a esos matrimonios que van a comprar pulóveres, pero familia al fin. ¿Una familia nueva? Desde hace tiempo tengo la percepción de que los heterosexuales les hemos transferido a los gays algunos valores muy importantes. La estabilidad, sin ir más lejos. Los caracterizan esas dos etapas por las que los heterosexuales no pasamos, al menos no fácilmente: una profusa y promiscua vida sexual, y una tardía estabilidad feliz. No tengo la menor idea de si esto es lo que les pasa a los gays, pero sí sé que son las imágenes que transmiten.

Los matrimonios heterosexuales, en cambio, transmiten fastidio. Los dos han dejado de vivir demasiadas cosas por el otro. Al menos eso era el matrimonio heterosexual tradicional. El de Mardel. El matrimonio cuya meca es Mardel. El matrimonio que Mardel recibe con los brazos abiertos. Me imaginaba el otro día que alguna vez podríamos ser nosotros, los de “We Love Mardel”, los que llegáramos primero que nadie en el año a La Feliz, y que fuéramos interceptados por la policía caminera y aplaudidos por funcionarios municipales y un grupo de porristas, e invitados a bajar del auto para tomarnos un champán en la garita: eso sí sería un buen recuerdo. La diferencia entre aquella ciudad balnearia de nuestra infancia y la actual es que nuestros padres, cuando nos sacaron la foto con los lobos, no sabían que era tan fácil deshacer, desviar, rehacer el curso de la propia vida. Ellos gozaron de esa ignorancia porque su época los protegió de las elecciones individuales. Creo que nuestros padres nunca se preguntaron si les gustaba Mardel: a Mardel se iba.

Hoy nuestros matrimonios pasan por la prueba de encastrar no dos personas de orígenes a veces psíquicamente opuestos, sino por su obligación de ser también la mejor elección siempre, porque nos sentimos burgueses si no revisamos nuestras elecciones con crisis recurrentes.

Digo que Christian les atribuye a los lobos de la Rambla un atributo ético, porque aunque no lo dice para él esa postal implica su infancia suburbana, Merlo a full, un descanso de este otro tiempo en el que todo está permanentemente abierto, hasta los kioscos, y también nuestros destinos.

“We Love Mardel” quiere decir: añoro el tiempo en el que no existía la pregunta ¿qué quiero?

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