Publicidad1 Escritorio
Publicidad Tablet
Publicidad Movil
Archivo

agosto 2007

Browsing

La primera vocación que creí tener fue la sociología. Me inscribí en un año desafortunado, 1976, y ya he relatado en alguna oportunidad la sórdida experiencia que fueron esos pocos meses, tratando de saber qué materias uno estaba cursando o quién era el profesor titular: eso sucedía mientras las Fuerzas Armadas tomaban las primeras medidas, que incluían la desaparición de gran parte del cuerpo docente de esa carrera.

En la contratapa del sábado 11, “María en el bosque”, escribí sobre los trastornos alimentarios de mi hija de quince años, acompañando, creo, un interés de ella por testimoniar públicamente sobre este nuevo tipo de dolor que ataca a las adolescentes. Hasta ahora mi trabajo como periodista me había puesto muchas otras veces frente a personas de todas las edades que querían testimoniar sobre sus diversos tipos de dolor. Hablar es una manera de descargar, y en este caso de vomitar, pero con un mundo simbólico ya acolchando el síntoma, con el Yo a salvo entre los símbolos que ordenan nuestra relación con el mundo y los demás.

La vi como nunca la había visto ni me imaginé que la vería. Esa tarde en que abrí la puerta de su cuarto ya intranquila porque no contestaba a mis llamados, la vi arrodillada al lado de una palangana. Estaba con el pelo atado y comía un tostado de jamón y queso que sostenía con las dos manos. Iba a comerlo y a vomitarlo. No pude decir nada. Cerré muy despacio la puerta del cuarto y bajé la escalera sintiendo que los escalones eran las ramas de un árbol.

El que no se dio cuenta hasta ahora es porque se colgó. Los hombres son los objetos sexuales por excelencia en una época en la que los atributos femeninos están sobrevaluados y los masculinos yacen en un basural de paradigmas. Ahora todos queremos ser femeninos: las mujeres y los hombres, porque hemos descubierto que los hombres habrán experimentado históricamente la tenencia del poder, pero las mujeres hemos entretenido nuestras sensibilidades.

Todos los hombres quieren ser sensibles. Y hacen bien. Nuestros hombres son acolchados. Son comprensivos. Son mimosos. Son expansivos. O por lo menos les gustaría serlo. Hoy es un valor masculino la sensibilidad, y no la fuerza. Se trata de un brusco y vertiginoso cambio de rasgos de género.