Hace poco estuvimos en Niceto para escuchar a Dick el Demasiado. Me dejé convencer, porque aunque la cumbia electrónica es tan moderna, no deja de replicar a la cumbia que me impidió dormir durante casi un año. Mis vecinos de abajo eran en ese entonces decenas de chaqueños llenos de chicos que cada fin de semana cumplían años o tomaban comuniones, y la cumbia invadía mi casa esas madrugadas. Yo intentaba dormir cerrando las ventanas y poniendo burletes, pero el sonido a ese volumen (la cumbia no puede ser escuchada a bajo volumen, se desnaturaliza, pierde una de sus condiciones naturales) se filtraba como la lava de un volcán, y era de fuego todo lo venía de abajo. Era de fuego el clima de ese baile entre cerveza y vino de damajuana. Era de fuego el tenor del lenguaje que cargaba los gritos y las carcajadas de hombres y mujeres, como si no hubiese niños, como si los niños que cumplían años o tomaban comuniones fueran la excusa (tener tantos niños era parte de esa estrategia) para que cada sábado y domingo esos hombres y mujeres tuvieran su ceremonia de liberación, su territorio propio de fiesta y fiesta y fiesta, hasta el amanecer. Era de fuego, también, el arma de uno de los hombres, que me había dejado entrever cuando una noche, ya pasadas las cinco, les toqué el timbre llorando, porque estaba descontrolada por el cansancio y el aturdimiento. Mientras una de las mujeres me decía que iban a bajar el volumen (siempre me decían lo mismo), el hombre me dejaba ver el arma. Definitivamente, la cumbia había quedado sellada en mi memoria como la banda de sonido de algunas de las peores noches de las que puedo acordarme. (more…)