Me dejaron pensando
Hola, queridos.
Es la primera vez que escribo algo especialmente destinado a este blog, que hasta ahora se ha limitado a reunir sólo artículos ya publicados. La ocasión lo merece.
Ustedes saben que canal 7 levantó Dejámelo pensar, el programa que conducíamos diariamente desde hace un año y medio con Boy Olmi (un sueño de persona, un encanto hecho hombre).
Me duele, me duele, no puedo evitarlo. Me duele que me hayan engañado, psicopateado, jodido. No tengo naturalizado este estado de indefensión y de indignidad al que mucha buena gente que me conoce y me quiere llama “la tele”, “es la tele”, “así es la tele”. Yo les pregunto: “¿Pero así también es la tele pública?”, y ellos contestan. “La tele y la guita, la tele y el poder, así es la tele”.
Te quiero mucho Claudio, te quiero mucho Ernesto, te quiero mucho Hugo, pero no veo por qué debo masticar un atropello meciéndome con ese latiguillo, “así es la tele”, cuando tengo miles de motivos personales para no hacerlo. Para empezar a levantarme no el programa sino el ánimo, diré que escribo esto con la mayor de las ventajas, y en realidad sólo lo hago alumbrada por esa misma ventaja: no busco nada y no espero nada, en lo personal, de la política de medios de este gobierno, cuyos funcionarios me han maltratado.
Desde esa libertad puedo hacer lo único que en realidad me importó siempre, ya que lo otro vino por añadidura: escribir.
Podría escribirlo en Página/12, mi lugar de pertenencia y permanencia, que me dio su apoyo, y podría decir esto de otra manera en sus páginas. Pero no quiero decirlo de otra manera.
Doy talleres de escritura desde hace muchos años y a mis alumnos les digo siempre que hay impulsos de estilo que hay que respetarse y permitirse, con la menor cantidad de restricciones posibles, porque forman parte de un palpitar de la propia escritura. Que crece, decrece, cambia a medida que vivimos. Somos cuando escribimos. Así que este impulso de estilo me lo voy a permitir en este espacio, sin causarle problemas a nadie.
Rosario Lufrano me cagó. Esa es la verdad. Y yo no sé muy bien, todavía, por qué recibí de su parte tanta pero tanta hostilidad de género. ¿Podemos hablar de este tema?
Hace rato que muchas de nosotras somos mujeres fuertes. Pero me pregunto hoy, en el balance, a qué le llamamos fortaleza las mujeres, y qué tipo de fortaleza merece ser defendida, buscada, celebrada. ¿Podemos hablar de este tema, ya? ¿Del mal uso del poder por parte de algunas mujeres? ¿Podemos hablar de cómo, tantas veces, pero tantas que una termina mareada, una mujer con poder lo usa más discretamente con los varones que con las demás mujeres?
Hasta que me llamó para pedirme que me incorporara al canal con algún programa diario (y lo hacía que porque alguien se lo había sugerido, que en estos casos de funcionarios flamantes haciendo buena letra equivale a un “ordenado”), yo no había pensando jamás en mi vida en Rosario Lufrano. Una sola imagen: cubriendo las elecciones chilenas cuando se terminaba la dictadura de Pinochet, recuerdo haberla visto haciendo un móvil en un hotel en el que se reunía la Concertación. Me acuerdo de haberla visto (estaban también Sylvina Walger, Miriam Lewin y Olga Wornat, capítulo aparte) haciendo un móvil para una radio. Yo estaba también empezando: en esa elección que ganó Patricio Aylwin, transmitía a Página/12 desde el fax de la embajada argentina, entonces a cargo de Spinoza Melo, ¡¡capítulo aparte!!
En mis talleres trabajo mucho con Roland Barthes, y desde la facultad que “Mitologías” es uno de mis libros de consulta y cabecera. Aprendo de la mirada de Barthes. Cómo y dónde colocar el ojo para observar algo cotidiano y asombrarse. Esa es la esencia de la escritura. Del asombro nace lo interesante. Ese fue el espíritu de la idea de Dejámelo pensar: poner en juego cada día un tema cotidiano cualquiera, y batirlo con ideas, historia, estadísticas, literatura. Yo creo que a Barthes la idea de hubiese encantado, y que de haber sido Barthes el director ejecutivo de canal 7, a mí me habría ido mejor que con Lufrano. ¿Ponemos aquí un “ja ja”? Pónganlo ustedes, yo estoy depre.
Quiero decir: a mí no me importaba ni la pantalla, ni el sueldo, ni el cartel, ni un carajo más que Dejámelo pensar. La potencia política del programa era lo más atractivo, lo más excitante. Soy perfectamente conciente del peso político del trabajo periodístico, y el mío intento usarlo a favor de lo que me parece bueno o justo. No es ninguna novedad que desde el principio del gobierno de Néstor Kirchner entreví un proyecto político que me cautivó. Entreví junto con ese proyecto, que ahora conduce Cristina, cambios profundos en la vida simbólica argentina. Y no habrá nunca un cambio político real si antes no se produce un quiebre en la vida simbólica argentina, formateada por la derecha.
Vuelvo a septiembre del año pasado, porque hasta entonces yo ya sabía que Lufrano no me tenía en alta consideración, pero eso no me afectaba. Las dos productoras de planta del canal se chiflaron y me declararon la guerra. Déjenme decirlo así, porque si me explayo pasamos a otro registro. Las minas se metieron con mi vida personal, sin que en mi vida personal hubiera nada reprochable (en criollo: sentimental y sexualmente, no le quité nada a nadie, ¿ok?). Digo esto porque por canal 7 se ha echado a correr el rumor de que el programa fue levantado por “problemas de alcoba”, y de alcoba no hubo nada. Sobre ganas de alcoba no puedo saber ni opinar.
Que estas minas me declararan la guerra implicó faltas de respeto imperdonables, un desprecio también imperdonable por el producto que estábamos haciendo, y una falta de profesionalismo como nunca he visto en treinta años de carrera. Dos minas locas, ¿está claro? No el canal, ni la gente del canal, ni el SAT ni la UTPBA ni minga. Esas dos minas.
Lufrano desmanejó la situación. Así de simple. Dejó hacer. Dejó humillar, dejó difamar, dejó caer el programa. Puso a su informante personal como “negociadora entre las partes”, cuando no había nada que negociar. Lufrano no volvió a hablar conmigo desde antes de que Dejámelo pensar saliera al aire. Tal fue su calidez. Tal fue su interés en el programa.
No soy idiota, y sé que los ciclos empiezan y terminan. Pero no de esta manera. Cuando terminamos de grabar, a principios de diciembre, yo venía de estar aislada en el camarín dos meses, ya que la informante oficial de Lufrano me sugirió que no volviera a entrar a la oficina de producción (¿Así es la tele? Así es la tele cuando todo sale como la mierda, yo diría, y Lufrano lo sabía perfectamente).
En diciembre le pregunté a Gustavo López, presidente del Directorio de Medios Públicos, si el programa iba a estar en la grilla de este año o no. Verán: éramos un equipo de siete personas que debíamos planificar nuestro año laboral. Ese era mi equipo. Yo tenía que decirles algo sobre la continuidad o no del programa para que buscaran o no otro trabajo. López me atendió amablemente, y me dijo que él quería saber algo: cómo me llevaba yo con Boy. Lo adoro, le dije, ya sin entender absolutamente nada de la realidad virtual de canal 7. Me dijo que en la grilla que le habían presentado el programa estaba, pero que Lufrano le había dicho que había que revisar la dupla de conductores, porque Boy y yo nos peleábamos mucho y la tensión traspasaba la pantalla. ¿Así es la tele pública? Guau, dan escalofríos. Con Boy nunca pero nunca en un año y medio de programa diario tuvimos un problema.
Es así que me considero expulsada de la pantalla pública, porque es verdad que me ofrecieron la conducción de un programa precioso sobre Medio Ambiente, pero amigos, yo no soy conductora de copetes, no me veo, no me sale y no me interesa. Y me lo ofrecieron después de tocarme tanto el culo, que si decía que sí era porque me gustaba.
Hay una frase de Mario Benedetti que mencioné un par de veces en Dejámelo pensar: “Uno no siempre puede hacer lo que quiere, pero siempre tiene el derecho de no hacer lo que no quiere”.
El programa de Promofilm que me ofrecieron era muy atractivo, pero a lo que me niego es a formar parte de la televisión pública que gestiona Lufrano. No sólo le retiré mi voto de confianza, sino que este texto es en sí mismo un voto de desconfianza. Ser mujer no implica estar a la altura. Ni implica transparencia ni buena leche. Mi triste experiencia en canal 7 me indica que el género no es por sí mismo defendible. Hay mujeres, en todo caso, que no le hacen honor.