Historias de miedos y fragilidades

Por Silvina Friera.

En las arenas movedizas de los géneros narrativos que maneja, Sandra Russo se siente como en casa con el falso light: textos amables, ligeros y de rápida digestión, que experimentan con lo trivial o lo intrascendente, lo que se escucha en las colas de los bancos, en los supermercados, en bares y en taxis. Pero tras esa leve capa de sobreentendidos, se despliega la densidad de los miedos y las fragilidades. La perplejidad y el desconcierto son dos de los hilos conductores que se perciben en los cinco libros de la periodista y escritora, que PáginaI12 ofrecerá a partir de mañana a sus lectores: ArqueTipas, ArqueTipos, Erótika y Perdonen nuestros placeres (dos libros en uno), No sabés lo que me hizo y Cleopatra y otros cuentos. “La escritura es un modo de autoconocimiento y hay que aprender a activar las partes más interesantes de uno mismo para cada registro. Hay que dejarse pegar, inquietar por los textos. El periodista trabaja con la guardia muy alta y con ropa de fajina, pero en estos registros hay que bajar la guardia, ponerse la joggineta o el baby doll y circular por otras zonas de uno”, explica Russo.

Los textos de ArqueTipas, publicados originalmente en las contratapas del suplemento Las/12, son diálogos entre mujeres que conforman una especie de coro de voces femeninas “con las que no siempre nos identificamos”. Russo explora las contradicciones entre lo que es y lo que tiene que ser una mujer. “Tenemos una tara nacional: si sos inteligente, no podés usar cremas antiarrugas. Son pelotudeces que tenemos metidas en el cerebro porque la realidad te está diciendo todo el tiempo que no es así. Sos jefa de hogar, te ganás tu guita y no querés tener patas de gallo y te da bronca que se te caigan las tetas. Vivimos en un país que no permite que afloren más personas con múltiples registros en los medios gráficos y que se den la libertad de no ser trascendentes ni los más inteligentes de la cuadra. Creo que hay que reivindicar todos los territorios personales, no solamente los políticamente correctos”, señala la periodista y escritora en la entrevista con PáginaI12. “En el registro del falso light, el tono puede ser hilarante, pero por abajo pueden ir otras cuerdas más sordas o más pesadas, envueltas en una especie de packaging ligero. Me gusta leer ese tipo de literatura y me detengo mucho a ver cómo los autores que me gustan trabajan esos climas de aparente banalidad y al mismo tiempo logran inquietarte.”

–¿Por qué el diálogo no es un registro tan frecuente en el periodismo y en la literatura?

–Está bueno pensar qué es el diálogo para nosotros, ahora que se estuvo hablando tanto de diálogo eufemísticamente. Hace tres meses que estamos hablando de diálogo cuando en realidad nadie quiere dialogar con nadie y no hay una interacción de ideas. En estos diálogos de ArqueTipas lo que me interesaba era que la voz de una mujer fuera modificada por la voz de la otra, salvo cuando hay personajes que específicamente no se dejan modificar, que están en un lugar muy obsesivo. Para hacer buenos diálogos tenés que capturar ciertas cuestiones de la oralidad, y eso implica que mientras estás escribiendo, vayas escuchando lo que dicen esas mujeres, de la misma manera que uno espera que cuando el lector o la lectora los lea, vaya escuchando esas voces y esos tonos. En todo lo que escribo trato de deshacerme de la obligación de ser graciosa. Lo que me interesa es que el lector lo lea, si surge algo gracioso, mejor. Por eso muchos de los remates son muy abiertos, y en lugar de ir por el lado del gag humorístico, me refugio en el desconcierto porque me parece que ahí hay algo de lo femenino.

–¿Cómo explica ese desconcierto?

–Siempre me concentro en equilibrios inestables. Los vínculos y los roles de los hombres y las mujeres, tan transitados que prácticamente uno no sabe qué más se puede agregar, salvo lo fenomenológico, algo nuevo que esté pasando, son territorios que interesan a la gente porque seguimos construyendo vínculos sobre arenas movedizas. Lo que se está moviendo son nuestros roles. Una de mis ideas recurrentes, que está presente en muchos de mis libros, es que las mujeres no tenemos tanta problemática con la fortaleza. El problema aparece con la debilidad.

–¿Por qué con la debilidad?

–Estamos desarrollando una puesta en escena de la feminidad de esta época. La toma de riesgo no está en lo visible sino en lo invisible. Muchas mujeres de mi generación sienten nostalgia de algo que nunca vivieron, sienten nostalgia de un marido muy protector, muy proveedor, o que se hacía cargo de las situaciones, que eran sus propios padres, pero nunca tuvieron maridos así, siempre tuvieron maridos que daban por hecho que las mujeres son lo más fuerte del mundo. A nosotras nos han tocado parejas feministas (risas). Los hombres son mucho más feministas que las mujeres; han encontrado mujeres fuertes y ellos lloran, son sensibles, dudan, retroceden y a nosotras nos falta ese derecho a lo alocado, a lo que no tiene demasiado sentido.

Si en los diálogos de ArqueTipas invitaba a sus lectoras a mirarse en el espejo de la obse, la impaciente, la apasionada que invierte su tiempo en amores contrariados o la autocrítica (que se ve gorda, con várices, patas de gallo, no tiene trabajo, ni novio ni marido), en los textos de ArqueTipos, con una buena dosis de licencia ficcional, mucho humor e ironía en la descripción del tipo de varones (el banana, el complicado, el casado, el tímido, el hipocondríaco, el de gusto dudoso, entre otros), pegaron instantáneamente entre los hombres. “A los varones les encanta que una hable de ellos. El día que salió el texto del protector en Las/12, todos creían que había escrito sobre ellos, todos tenían una idea de sí mismos como muy protectores –recuerda Russo–. Los varones tienen necesidad de saber qué atributos valoran las mujeres porque están muy desorientados. Los problemas de género grosso no los tienen las mujeres, los tienen los varones. Se fue la exigencia del macho proveedor, pero cuál vino. No saben, y tienen miedo de que no les dé el piné. No saben si tienen que llorar, si tienen que extrañar, si tienen que sufrir, si se tienen que declarar. Están completamente desorientados.”

Cada vez más fronterizos con la ficción, los textos de Erótika y Perdonen nuestros placeres (dos libros en uno) y No sabés lo que me hizo son los puentes que conducen a los siete relatos de Cleopatra y otros cuentos. “Los escribí para probar –dice Russo–, no había pensado hacer un libro de cuentos, pero los cuentos y mi primera novela, Edad Media, que todavía no publiqué, son territorios donde me siento extranjera. No soy una cuentista ni una novelista.” En al menos tres de los relatos –Verde manzana, Néstor y Alicia y Corset– los personajes tienen que lidiar con algo de ellos que no es muy confesable en público. “Lo que estoy buscando en esas ficciones son situaciones donde uno puede contactarse con el otro, no importa si es un desconocido, y que hacen explotar cosas que están invisibles. Toda la narrativa tiene que ver con encontrar situaciones que hagan visibles lo que en la realidad uno percibe, pero lo tapa, lo controla.”

–¿Cómo trabaja los núcleos autobiográficos en los cuentos en comparación con los textos periodísticos?

–Los manejo de manera inversa. El núcleo autobiográfico en una nota periodística lo considero válido porque tengo una primera persona en la que confío. A lo largo de los años aprendí a depurarla y sé perfectamente que no me engolosino con la primera persona. La uso para atrapar a un lector. Recuerdo una frase de Kureishi: “Si escribís en primera, existís”. Claro que esa primera persona tiene que ser cautelosa con lo que va a contar porque toda tu vida no le interesa a nadie. Ese núcleo autobiográfico está al servicio siempre de otra cosa, nunca es lo más importante, siempre es un disparador para hablar de otras cuestiones. En cambio en los cuentos, esos núcleos autobiográficos también son disparadores, pero para una inmersión más profunda. Y la única manera de producir esa inmersión es desfigurando lo autobiográfico. Presto situaciones que viví y cada uno de los personajes sale disparado para otros lugares. Por eso no me preocupa si en dos cuentos aparece el mismo núcleo autobiográfico, el de la viudez, que está en Cleopatra y en Verde manzana. Yo me expongo mucho en lo que escribo, expongo a la gente que conozco y la gente se pelea conmigo. Lamento haber perdido dos o tres amistades, pero no lo puedo evitar: el que me cuenta algo sabe que quizá desfigurado, deformado, mezclado con otra cosa, puede aparecer en mis textos. Ahora no me quieren contar nada más. ¿De dónde voy a sacar los temas? ¡De las cosas que me cuentan! Hay gente que se siente expuesta de una manera rara en su interioridad, porque no pongo nombres ni apellidos, pero se reconocen y eso los hace sentir mal. A veces cuento cosas de más (risas).

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