Confrontación

La palabra anda por las bocas y los editoriales de algunos grandes medios, y a fuerza de ser repetida cobra cuerpo y se hace discurso. Ese discurso se acopla con otro, o mejor dicho, se casa con él: es el que encontró al vicepresidente Cobos como encarnación con chapa institucional como principal portavoz, aquella vez que dejó entrever su voto “no positivo” cuando declaró que había que “buscar consensos y no votos”. Esa declaración fue celebrada especialmente por la oposición, que estaba buscando desesperadamente votos y no consenso. Son los vaivenes, los pliegues de los discursos que se erigen masivamente para vestir eufemismos en los mejores casos, y para mentir descaradamente, en los peores. Quién sabe qué consenso pueden haber hallado entre sí y de cara al futuro y a la manera de hacer política, por ejemplo, Bullrich y Lozano, o Solá y Morales. Se ignora la amplitud o la profundidad de ese hipotético consenso, más allá de haber aunado, precisamente, votos.

La palabra “confrontación”, entonces, quedó ahí flotando y sigue siendo repetida, y seguirá a merced de quienes, ya en los diarios de ayer, por ejemplo, en el editorial de Clarín y en la columna de Eduardo Van der Kooy, levantan la figura de Alberto Fernández como la de quien, en virtud del consenso, se niega a la confrontación. Pues bien: habría que revisar entonces a qué exactamente le están llamando “confrontación”. ¿Habrá sido el ánimo “no confrontativo” de Fernández el que lo llevó a dar su primera entrevista como ex jefe de gabinete a Julio Blanck y el propio Van der Kooy? Fernández estuvo presente, junto al presidente del PJ, Néstor Kirchner, en la asamblea de la Carta Abierta, en la que se habló de un tema central en la crisis actual: la parcialidad, la toma de posición no declarada como tal, y hasta muchas veces la mala intención de los grandes medios respecto del Gobierno en su pelea con “el campo”. Nadie que haya padecido, sufrido y observado con discernimiento o lucidez el tratamiento periodístico de la crisis, como se presume que debió haberlo hecho Fernández, podía sentarse a dar esa entrevista sin una sola palabra crítica al respecto. Fernández lo hizo. Se sentó allí a dar sus razones como si se sentara ante neutrales. ¿Ese estilo “no confrontativo” es el que reclaman los sectores opositores a los que Fernández satisface? ¿Lo “no confrontativo” incluye la evaporación de ideas que hasta un día antes eran dadas por ciertas? ¿Lo “no confrontativo” incluye el “gracias a ustedes por invitarme” y diluye el maltrato, el agravio, la difamación grosera u homeopática hacia un proyecto con el que, por otra parte, se insiste en seguir defendiendo?

“Gracias a ustedes por no presionarme y por no hacerme decir lo que no debo decir”, dijo Fernández. Esa frase contiene muchísimo más de lo que dice, y es que Fernández no es un niño de pecho, pero los espectadores tampoco. Hay lealtades que no se proclaman. Se actúan. Y hay agachadas que no se corresponden con el presunto estilo “no confrontativo”, sino con ambiciones personales tan, pero tan desbocadas, que no hace falta ponerles texto. Fernández les pone el cuerpo. Lo demás se cae de maduro.

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