La caja

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Entre los lugares comunes más tramposos que circulan en este país desde el año pasado, puede ubicarse a “la caja”. Primero fue una palabra casi inevitable en bocas opositoras para referirse al ministro Julio De Vido. Elisa Carrió, que ahora desbarranca con sus visiones del Estado de Israel “invadido” y con una presunta violencia doméstica en Olivos, fue pionera en hablar de “la caja”. En innumerables intervenciones públicas señaló a “la caja” como el objetivo inconfesable que movía una u otra política de Estado. Mientras se instalaba a “la caja” como una recaudación negra que serviría básicamente para financiar campañas políticas del oficialismo, otros dirigentes opositores tomaron la posta y con el tiempo, “la caja” salió de la esfera del Ministerio de Planificación y se extendió a cualquier decisión oficial. El colmo fue una declaración de Bussi, hace una semana, quien después de todo el camino recorrido, la saliva derrochada y la presión ejercida, concluyó: “Está demostrado que las retenciones tienen por objeto la recaudación”.

En un punto uno no puede menos que preguntarse si le están tomando el pelo, si se quedaron sin letra o si mezclan cinismo con regla de tres simple. ¿Qué otro objetivo podrían tener las retenciones o los impuestos de cualquier tipo, acá y en cualquier país del mundo, que la recaudación fiscal? Es como denunciar: “Está demostrado que las vacunas tienen por objeto la inmunización” o “Está demostrado que los candidatos tienen por objetivo ser elegidos”.

Pero cuando se habla de “la caja” se dice otra cosa que ya no es necesario explicar porque el sentido común argentino fue perforado por un subtexto. “La recaudación”, así, también se escapa a la lógica de cualquier Estado bajo cualquier gobierno. Implica que “la recaudación”, como “la caja”, son un botín espurio del oficialismo, que no buscaría gobernar, timonear la crisis, subsidiar, invertir, compensar a sectores vulnerables, financiar obra pública o sostener empleos, sino solamente mantener narcisísticamente al kirchnerismo en el poder. En este punto, el uso retórico de “la caja” anula la dimensión de un proyecto político concreto o la aspiración a un diseño de país que no sea el del granero del mundo, al que se busca restaurar por las buenas, las malas y las más o menos. El manotazo discursivo que incluye la apelación a “la caja” neutraliza de ese modo algo central: precisamente, la dimensión de un proyecto político concreto, y la aspiración a otro modelo de país.

La inclusión de “la caja” en las presuntas denuncias que hacen vistosos opositores no hace más que negarle al Estado su pretensión de ser un jugador importante en las peleas por el poder. Es necesario leer entrelíneas, en estos momentos en los que hasta los países que promovieron todos los achicamientos del Estado se refugian en él para poner un poco de orden en el caos que sembraron los mercados. Sería preferible e interesante saber qué papel le asignarían al Estado los que se van perfilando como candidatos a cualquier cosa. Ese rol asignado permitiría coincidir o disentir con ellos, porque de ese rol asignado los ciudadanos podríamos deducir qué modelo de país tienen en mente. Pero para eso deberían dejar de hablar de “la caja” y sincerar su ideología, porque es de rigor que si aspiran al poder, aspiran a la administración del Estado. ¿Qué harían con él? ¿Lo desfinanciarían? ¿Lo adelgazarían? ¿Lo invisibilizarían? La escena política argentina se volvería más seria si nos contaran eso.

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