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diciembre 2009

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Seguramente los apropiadores de niños sienten amor por ellos, o al menos eso deben creer. Quién sabe qué siente alguien que oculta una verdad atroz; que obliga al ser presuntamente amado a una reciprocidad que él mismo viola. Nadie está, sin embargo, preparado para fingir toda su vida. Ese amor que los apropiadores sienten por esos bebés que hoy son hombres y mujeres de treinta y pico debe haber tenido fallas, grietas, lapsus, desbordes inevitables de la verdad. Un hijo apropiado debe saber, en alguna parte sí, alguna forma de la verdad. Seguramente huele el tufo de ese amor, su hedor, el rastro de un crimen. Hay cuatrocientas personas todavía viviendo esas tensiones soterradas.

Es miércoles. El televisor está encendido en el otro cuarto. Escribo escuchando entrecortadamente las voces de las víctimas de “la inseguridad”, que se juntaron en el Congreso. TN. Acabo de llegar desde la otra marcha, la que organizaron algunos movimientos sociales contra los dos años de gestión de Mauricio Macri. Me senté en un bar de Avenida de Mayo y vi a algunos turistas sentarse a tomar licuados, preparándose para “ver pasar piqueteros”.