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agosto 2012

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De una manera que no deja de ser asombrosa, tomando un rumbo cada vez más verosímil pero a través de caminos impensados, día a día se suceden hechos políticos que confirman el fin de un ciclo y el principio de otro. Esta semana se linkearon entre sí dos contenidos de la agenda mundial: por un lado, Julian A-ssange emergió como algo más que el ha-cker platinado que le dio a Estados Unidos uno de sus peores dolores de cabeza, difundiendo las enaguas mal cosidas de su política exterior. Assange, lo que le sucede y lo que le sucederá, ya es un símbolo de la libertad de expresión que surge de los nuevos soportes y coyunturas históricas y que todavía no alcanzamos a conceptualizar, disciplinados como fuimos para creer que la libertad de prensa es eso que defiende la SIP.

“Lo esencial es invisible a los ojos” parecía, a los doce años, un gran descubrimiento. Varias generaciones experimentaron el vacío en el estómago que provoca una revelación repentina cuando comprendieron esa frase que El Principito le decía a su rosa presumida, tan segura ella de que de su aspecto fresco y apimpollado dependía todo su ser. A esa afirmación de El Principito podrían suscribir hoy, a dúo desafinado, Fiona y Schrek, que significan más o menos lo mismo. Si hay algo esencial que permanece más allá de lo visible, entonces eso hace a lo visible algo accesorio. Pero esa frase corre en el sentido inverso al mandato de la época que atravesamos, en la que se afirma ininterrumpidamente, en miles de mensajes simultáneos, que el amor entra por los ojos. O sea, todo lo contrario.