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enero 2013

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Leo “Lecturas de verano”, el título que ya le puse a una nota que no está escrita. Cuando se escribe y uno está desconectado, dos o tres cambios más abajo que en el ritmo habitual, puede pasar. Puede pasar que uno escriba un título, algo que le venga antojadizamente a la cabeza, y que después se deje llevar. En narrativa es un recurso perfectamente válido, como lo es para algunos escritores empezar por el párrafo final, y después dejar que la historia venga sola –recuerdo que eso ha contado, por ejemplo, Abelardo Castillo–.

El mundo entero atraviesa un momento histórico del que cuesta hacerse cargo, porque el dinamismo es tal que nuestras mentes no logran decodificar, leer y dimensionar el alcance de cada suceso, aunque cada día está más claro que esos sucesos se concatenan y se vinculan, y si no que alguien explique cómo puede ser que los republicanos denuncien que Barack Obama es “populista”. Hay realidades nacionales que se funden en las realidades regionales, que a su vez se insertan de un modo nuevo e imprevisible en la realidad global, desquiciada como nunca. Los fondos buitre, a los que la oposición política y mediática se emperró en disfrazar de “inversores”, son el síntoma del desquicio, la enfermedad autoinmune de un dogma delirante. Nos ha tocado, como decían los chinos en su famosa maldición, una época interesante, en la que el que se aburre es pavo o extemporáneo. Y los que insisten en leer el presente como una mala réplica del pasado –los que aquí, por ejemplo, se aferran como a su osito preferido al 2001–, poco a poco van quedando expuestos en la desnudez de su impotencia para atajar lo nuevo.