Hortensia

Mi madre fue la menor de nueve hermanos criados en el campo, en Saladillo. Cuando ella era muy chica las cosas no iban bien, y la familia puso rumbo al conurbano. Se instalaron en Lanús. Allí el abuelo trabajó de albañil, y los hermanos fueron creciendo, casándose, mudándose cerca, teniendo sus hijos, trabajando de empleadas de comercio, kiosqueros, obreros, carniceros. La incertidumbre y los problemas económicos de esa familia ampliada fueron a lo largo de los años los de los sectores populares. Eran de los que, ahí abajo, recibían las palizas de las políticas que se tomaban arriba. En los ’90, los golpeó el desempleo. Mi madre, en cambio, tuvo suerte, porque se casó con mi padre, que también tuvo suerte. Mi padre había crecido muy humildemente en un conventillo de Montserrat y había empezado a trabajar casi púber como cadete en Lutz Ferrando. Con otros dos compañeros, a fines de los ’50, muy jóvenes y audaces, alquilaron un local, contrataron a un óptico y abrieron su negocio en Quilmes. Les fue muy bien en relación con sus expectativas, a las que traían de sus hogares, en los que otros hermanos changueaban o eran viajantes o inquilinos inestables. A aquellos tres ex cadetes emprendedores les fue muy bien porque tuvieron sus casas, sus autos, porque veraneaban en Mar del Plata todos los enero, porque sus mujeres se dedicaron a criar a sus hijos y a ir a tomar el té en las casas de las vecinas, porque pudieron darles una buena educación a sus hijos. Les fue bien en ese sentido, en el de la movilidad social ascendente, en el de tener todas las necesidades básicas cubiertas y tener un resto para el disfrute. Continuar leyendo…