Mujeres en el poder

Una de las más de cincuenta réplicas que tuvo en el país el asesinato de Wanda Taddei por parte de su marido, Eduardo Vázquez –desde 2010 fueron asesinadas por sus parejas o ex parejas más de 250 mujeres; cincuenta de ellas fueron prendidas fuego–, tuvo lugar en la capital de Tucumán, en el barrio 240 Viviendas. El ejemplo es azaroso, pero indica que ese impulso criminal incendiario no anida en un ámbito, en una geografía, en una clase social, sino en un tejido profundo y viscoso de una masculinidad patriarcal que degenera, cuando se desborda, en el deseo criminal de verlas arder.

Amelia Rosa Acosta tenía 41 años y siete hijos con Pedro Tártalo, de quien se había separado un tiempo atrás de la noche del último 8 de febrero. Tártalo ya había sido violento. Había denuncias y exclusión del hogar. El ex marido vivía en una casa que le habían prestado en el mismo barrio de la capital tucumana. Esa noche entró al ex domicilio conyugal, encontró allí a su ex mujer y a uno de sus hijos, de 18 años, y se puso a discutir violentamente. Le recriminaba a Amelia una presunta infidelidad, como las tantas que había imaginado cuando estaban casados, para después ponerse fuera de sí cuando ella las negaba, y ahí sí la fajaba y se sentía su dueño.

Esa noche Tártalo le tiró alcohol a Amelia en la vagina y la entrepierna, la zona de ella que él le reclamaba. Después le prendió fuego con un encendedor, igual que Vázquez. Amelia ardió en unos segundos, aunque su hijo se quemó las manos tratando de apagar el fuego que la envolvía. Tártalo fue corriendo a la casa de su madre, que quedaba a dos cuadras, porque ella, Guillermina, era enfermera. Cuando llegó la suegra, Amelia ya tenía el 80 por ciento del cuerpo quemado y no había nada que hacer. Estuvo internada una semana antes de morir. Tártalo se entregó y quedó detenido.

En una crónica que publicó en febrero el diario La Gaceta, se describe la escena del Hospital Padilla, adonde Amelia fue derivada en su agonía. Dos mujeres lloraban, una junto a la otra, sentadas en una silla del pasillo. Eran la madre de Amelia y Guillermina, la madre del incendiario. “Estaba como loco”, dijo Guillermina de su hijo. “No sé por qué le recriminaba por una infidelidad. Ella es incapaz de eso, es una mujer excelente.”

Se ignora si Amelia tenía o no algún nuevo vínculo con alguien, pero hubiese sido una mujer igual de excelente si lo hubiera tenido. Quizá, en esa expresión confusa, culposa y sincera de Guillermina, quede latiendo nuestra propia confusión, nuestra propia culpa y nuestra propia sinceridad a la hora de tomar las riendas de nuestros derechos. Lo que se forja en veinte siglos no se disipa en uno. Lo que se forja en veinte siglos de supremacía de género, todo lo acumulado a lo largo de esos siglos, se hace costra y raspa contra lo cotidiano. Y es en lo cotidiano en lo que se agazapa y rebrota, monstruoso.

Hace una semana, cuando las calzas de la Presidenta provocaron una urticaria de comentarios que iban desde lo protocolar hasta lo psiquiátrico, pasando por el buen gusto y los dictados de la moda, pensé que, más allá de las calzas, los cinturones, el maquillaje, el color negro, las carteras y los collares de perlas, en ese registro de críticas lo urticante, lo incómodo, es un cuerpo femenino en el poder. El poder no es el lugar reservado a un cuerpo femenino. No está previsto. No hablo apenas del poder político, sino de la microfísica del poder que se desparrama por lo cotidiano, y multiplica para abajo a los fuertes y a los débiles. En las historias de violencia de género siempre hay un varón que estalla brutalmente porque no es capaz de tolerar que algo le ha sido arrebatado: las víctimas son castigadas indefectiblemente por desobedecer, por desabnegarse. Le han arrebatado al victimario su poder sobre ellas.

Todavía muy lejos de los celos, y mucho más lejos todavía de un motivo verosímil para sentirlos, suele haber una camisa mal planchada, una comida recalentada o fría, una tardanza en volver del paseo, demasiadas llamadas con amigas, una forma de sentarse que no gusta, una palabra de más u otra de menos, un tono de voz que no se admite, una diferencia de opiniones. En todos los casos, ella no hace lo que él quiere. En eso se resumen todos los desencadenantes de tantos crímenes impunes, y en eso reside el femicidio: en matar a una mujer que no hace lo que el asesino quiere, aunque lo que quiera él la violente o la vuelva a ella contra sí misma. Eso es todavía el patriarcado, un sistema jarárquico de géneros en el que los varones –y las mujeres que no rompieron el velo de ese sistema que conforma su propia escala de valores– se adjudican la distribución y administración del poder cotidiano. Por eso un cuerpo femenino en el poder no está en el lugar indicado. La que de pronto dice “me voy”, en cualquiera de las formas que esto implique, puede ser castigada. En la escena que se ve hay varones que no perdonan ese empoderamiento femenino, que no lo toleran, que sienten que ese cuerpo femenino en el poder –el de la distancia, el de la autoestima, el de la propia identidad– los amenaza, los reemplaza, los humilla.

La semana pasada, según consignó en este diario Mariana Carbajal, tuvo lugar un Seminario Internacional sobre Justicia de Género, organizado por la Corte Suprema y la Comisión Interamericana de la Mujer de la OEA. Entre las disertantes que vinieron estaba la jueza chilena Cecilia Medina, quien tuvo a su cargo la redacción del fallo de la Corte Interamericana contra el Estado de México, por los femicidios cometidos en Ciudad Juárez (que empezaron a mediados de los ’90; hasta ahora, se estima que fueron asesinadas unas 700 mujeres de entre 15 y 25 años). Medina indicó en su discurso que es “muy difícil” que en los tribunales los miembros de los Poderes Judiciales puedan identificar todavía algunas violaciones a los derechos humanos de las mujeres, porque el patriarcado pesa en los párpados con los que ven y se interpretan los hechos que se relatan en los estrados. La invisibilidad de la violación de esos derechos persiste en hombres y en mujeres. Nos hace falta seguir rompiendo el velo que impide advertir que, en términos de equidad de género, hay cosas que son comunes y que están mal. Medina dio un ejemplo claro: cuando una mujer no puede salir de su casa porque su marido no la deja, nadie asimila ese hecho a una privación ilegítima de la libertad. ¿Y qué es, si no?

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