Thelma

Empezó el Mundial y, como cada cuatro años, las agendas locales bajan un escaño para darle lugar al Entretenimiento Perfecto que atraviesa transversalmente a la población global. La oportunidad sirve para apreciar en su verdadera dimensión qué significa una agenda periodística. “Subir” o “bajar” temas no implica que la relevancia de esos temas sea menor o mayor, sino que es el resultado de decisiones editoriales que a su vez “suben” o “bajan” la información sobre diversos acontecimientos sobre los que después se habla en la calle, en las casas, en los ascensores, en las oficinas, en fin, en la vida real de la gente común y corriente, que se entera de “lo que pasa” a través de los medios de comunicación.

Ese es el poder del editor y, podría decirse que más allá de cada medio en particular, mucho más allá de algún multimedios específico, más arriba del piso de arriba de cada una de las empresas periodísticas de una gran parte del mundo, hay un Gran Editor que quizá no sea una persona con nombre y apellido, sino un entramado de intereses estables e inestables, un revoltijo de carne con madera, un viento dominante que hace que en la dinámica cotidiana del funcionamiento de los medios, un hecho se convierta en una noticia y otro hecho no. Esa es la vulnerabilidad del público y de las audiencias: si ya nos de-sayunamos hace rato de que aquella objetividad de la que alardeaban hasta hace tan poco tiempo siempre fue un eufemismo, seguimos ignorantes de lo que los medios de comunicación deciden omitir. Por eso existe una noción pergeñada con largas luchas y saberes que se llama derecho a la información. Ese derecho suele ser abstracto y sólo visibilizado en oportunidades excepcionales. Hoy sabemos, por ejemplo, que durante la dictadura los medios de comunicación violaron sistemáticamente el derecho a la información y algunos de ellos no a regañadientes, sino haciendo negocios con los que presuntamente los censuraban. Otros, o los mismos, se prestaron a falsas notas y falsos reportajes pactados con las fuerzas armadas, como fue el caso de Thelma Dorothy Jara de Cabezas, una de las primeras Madres en dar vuelta a la Pirámide, que a sus 52 años fue secuestrada por un grupo de tareas de la Armada y llevada a la ESMA, de donde la sacaron por lo menos dos veces para que “concediera” entrevistas a periodistas cuyos medios habían hecho el arreglo. Esto es: que esos medios sabían que el reportaje no se lo estaban haciendo a una madre de un “subversivo” arrepentida de no haberlo “criado mejor”, sino a una detenida-desaparecida cuyos aparentes sobrinos y amigos, presentes en la entrevista, eran sus propios captores, los que terminado el asunto la devolvieron a campo clandestino.

Esta semana declaró ante el juez Torres en la megacausa ESMA quien fue director de la revista Para Ti, de Editorial Atlántida, durante 1979, Agustín Botinelli. La declaración indagatoria se había postergado infinidad de veces, ya que tuvo lugar nada menos que veinte años después de que Thelma Jara de Cabezas realizara la denuncia para que se investigara quiénes habían sido los responsables militares y civiles de que, aparte de su secuestro, ella saliera, en la edición del 10 de septiembre de 1979, en Para Ti, hablando pestes contra los organismos de derechos humanos. “Habla la madre de un subversivo muerto” era el título. En la bajada de nota se hacía referencia y se usaba como disparador –y al mismo tiempo de explicación del “hallazgo periodístico”– a una entrevista casi igual que había publicado el diario “norteamericano” News World. Ese diario no era norteamericano, sino uruguayo, y pertenecía a la Secta Moon. Allí había aparecido la desaparecida Thelma Jara de Cabezas como una señora de clase media acongojada por la “muerte” de su hijo Gustavo, de 17 años, y “estafada”, “utilizada” por los organismos de derechos humanos, que buscaban el desprestigio del país.

Thelma Jara radicó esa denuncia en 1984. Ese mismo año, según publicó en una entrevista a fines del año pasado el portal Infojus, el fotógrafo Tito La Penna, que en ese entonces y desde hacía varios años trabajaba en la revista Humor, fue con un cronista a hacerle un reportaje a un juez. Esa tarde, según relata en esa nota, uno de los secretarios del juez con quien se puso a hablar mientras se extendía la entrevista le dijo que estaban investigando a la Editorial Atlántida, más concretamente a su editor responsable, el ya fallecido Aníbal Vigil. Le dijo que intentaban saber qué periodista y qué fotógrafo habían realizado una falsa entrevista a una madre detenida-desaparecida en la ESMA, a la que el represor Ricardo Miguel Cavallo había sacado de allí para la nota. La Penna le preguntó en qué año y en qué bar había sido esa entrevista. El secretario le dijo que en 1979, en un bar de Figueroa Alcorta y La Pampa, en el Bajo Belgrano. “Selquet”, le contestó La Penna. “El fotógrafo fui yo.” En esos años había trabajado en la Editorial Atlántida, y ese día el jefe de fotografía le había dado un papelito con una dirección y ningún dato. La dirección era la de ese bar y la entrevistada era Thelma Jara de Cabezas.

Tito La Penna declaró como testigo en esa causa a fines de 2013. Aportó el nombre del periodista, Eduardo Scola, que también declaró. La nota había sido encargada a Scola por el director de la revista, Agustín Botinelli, quien esta semana deslindó toda la responsabilidad en Aníbal Vigil, pero pidió, además, como medidas probatorias de su defensa, que se cite a declarar a los periodistas Mario Mactas y a quien fuera jefa de Redacción de Para Ti, Lucrecia Gordillo.

En la entrevista con Infojus, La Penna relató que aquel día, cuando Scola y él llegaron al bar, había sólo dos mesas ocupadas. En una estaba esa señora, con tres jóvenes. En otra mesa, al fondo, había otros tres hombres. Dijo que fue una entrevista corta. Que lo único que recuerda de lo que decía la señora es que usaba la palabra “desaparecidos”, que en ese momento no se escuchaba. Que cuando llegaron el periodista se sentó a la mesa y él se quedó parado, para sacar las fotos. Que les presentaron a los jóvenes que estaban con ella como amigos del hijo y sobrinos. Que uno de ellos le pidió que no les sacara fotos, que hiciera planos cerrados de Thelma. Que sacó dos rollos con fotos prácticamente iguales a la que salió publicada, un retrato. Que esos rollos no les pertenecían a los fotógrafos, sino a la empresa. Dijo que Thelma tenía el aspecto de “una linda señora de clase media”.

El represor Cavallo le había dicho a ella, unos días antes: “Lo hacés si querés. Acá no se obliga a nadie a hacer lo que no quiere. Pero si no querés, puntos suspensivos…”. Los “puntos suspensivos” eran los Fokker que tiraban prisioneros al río. Antes de la entrevista, la llevaron a comprarse ropa y hasta a la peluquería. Thelma tenía que tener el aspecto que observó La Penna: una mujer “bien”, y “libre”.

Cuando en 1976 había desaparecido su hijo Gustavo, Thelma fue una de las primeras madres en organizarse y fue secretaria de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Formó parte, en 1979, junto a Lita Boitano, del grupo de madres que viajó a México para intentar entrevistarse con el papa Pablo VI cuando se firmó el Documento de Puebla. Fue infructuoso. Después tuvo que volver a Buenos Aires porque su marido agonizaba en el Hospital Español. A la salida del hospital la secuestraron.

En esas entrevistas falsas publicadas en News World y Para Ti, Thelma Jara denunciaba “a las organizaciones que presuntamente defienden los derechos humanos” y daba a su hijo por muerto. En la nota de Para Ti se le preguntaba: “¿En quién confía hoy?”, “En Dios”, decía ella. “¿Y qué le pide hoy a Dios?”, “Que no haya más madres desesperadas ni chicos equivocados”. Cuando terminó la entrevista, a Thelma le sacaron el disfraz de señora libre y la devolvieron al cautiverio. Días más tarde se publicó la entrevista, en cuya bajada se anunciaba “Un testimonio esclarecedor y tremendo que descubre los métodos de la subversión”.

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