El sol del juez

Rancas no era un pueblo cualquiera. Era, en los ’50, un caserío quechua como tantos otros, incrustado en los Andes Centrales, pero su peculiaridad era que, aunque pocos lo recordaban, Rancas había entrado en la historia el 2 de agosto de 1824. Ese día, en la plaza del caserío, el general Simón Bolívar hacía aprestos militares y se preparaba para la victoria del ejército independentista en la batalla de Junín, que tuvo lugar muy pocos días después. Aquel 2 de agosto, Bolívar contaba con 7900 soldados de infantería, 1000 de caballería, 6 piezas de artillería. Eso era todo. El ejército realista estaba diezmado, pero aún era mucho más fuerte, y dominaba el Alto Perú. En Rancas, Bolívar pronunció su última arenga antes de la gran batalla, la definitiva.

“¡Soldados! Vais a completar la obra más grande que el cielo ha encomendado a los hombres: la de salvar al mundo entero de la esclavitud.

”¡Soldados! Los enemigos que vais a destruir se jactan de catorce años de triunfos. Ellos, pues, serán dignos de medir sus armas con las vuestras, que han brillado en mil combates.

”¡Soldados! El Perú y la América toda aguardan de vosotros la paz, hija de la victoria, y aun la Europa liberal os contempla con encanto porque la libertad del Nuevo Mundo es la única esperanza del Universo. ¿La burlaréis? No. No. Vosotros sois invencibles.”

Casi ciento cuarenta años después de aquel día histórico, llegó a Rancas el poeta y periodista peruano Manuel Scorza, enviado por el diario en el que colaboraba para cubrir una revuelta campesina. No era ni sería la única. Rancas fue uno de los escenarios de los Andes Centrales donde se libró, durante más de una década, entre 1950 y 1962, una sucesión sangrienta de luchas y masacres de campesinos comuneros que pelearon a pura derrota contra la súbita entrada en el territorio de otros invasores, otros buitres, las multinacionales mineras –en ese caso la Pasco Corporation– que comenzaron a cercar los cerros, con la complicidad del poder político y el aparato judicial peruano.

Lo que Scorza vio en Rancas, eso de lo que se enteró, le cambió la vida, al punto de que dejó de ser poeta por unos cuantos años y se convirtió en novelista. Decidió que su mejor aporte sería el legado narrativo al que se abocó durante los años de su exilio en México, Buenos Aires y París. Escribió su saga de cinco novelas titulada La guerra silenciosa (Redoble por Rancas, Garabombo el Invisible, El Jinete Insomne, La Tumba del Relámpago, Cantar de Agapito Robles). No podría haber tenido mejor nombre ese entretejido de historias en las que los vivos planifican sus estrategias con los muertos y en las que los débiles tienen líderes con poderes sobrenaturales.

Nadie se acuerda de que aquella primera gran incursión de un nuevo modo de producción capitalista en el corazón de América del Sur fue equivalente a una nueva guerra por la independencia, sólo que en lugar de ejércitos independentistas y monárquicos, los que se enfrentaron fueron los tristes cholos que lucharon por retener la propiedad de sus tierras ancestrales, contra el aparato político-jurídico que ya estaba alineado junto al poder económico transnacional. Esas cinco novelas de Scorza, un escritor de una estatura nunca menor a alguno de nuestros conocidos consagrados, deberían volver a zumbar entre nosotros, porque para eso fueron escritas: para recordarnos que no fue sin sangre y sin resistencia que aquí llegó el mal vivir.

En una entrevista de 1979 que cada tanto pasan en el canal Encuentro, se puede ver y escuchar a Scorza –fallecido prematuramente en un accidente aéreo a principios de los ’80–, revelando lo que muchos de quienes fuimos sus lectores en nuestra juventud ignorábamos: que la saga de La guerra silenciosa no es una invención, ni una ficción, ni una imaginería indigenista, sino el modo en el que un periodista devenido novelista pudo narrar una serie de masacres que quedaron ocultas y calladas. Hay muchas fotografías de Scorza con los protagonistas de sus novelas. El héroe de Redoble por Rancas, Héctor Chacón, el Nictálope, quedó detenido apenas terminó aquella revuelta. Es estremecedor escuchar a Scorza relatar que Chacón quedó detenido en la selva amazónica durante quince años. “¿Para qué le podrían rejas a una cárcel en la selva? Es la selva la que no deja que te escapes”, dijo. Cuando llegó al poder Velasco Alvarado, los libros de Scorza eran furor mundial, traducidos a 30 idiomas, y Chacón, gracias a esos libros, era una celebridad que día a día se pudría un poco más en la selva. El presidente peruano decidió su libertad. Scorza pidió viajar en el helicóptero que se dirigiría a liberar al reo de Rancas. Y allí fue, a sobrevolar la selva y a darle la noticia al Nictálope: un libro le permitía la libertad.

Los héroes de esas novelas tienen poderes especiales, pero si son héroes es porque sobre ellos recae la responsabilidad de la lucha, y si se los mira de cerca esos poderes son atributos que les pertenecen sólo porque los ponen al servicio de su comunidad. El Nictálope podía ver en la noche, y así espiaba al enemigo. Fernando Espinoza, que se transformó en Garabombo el Invisible, podía pasearse delante de los hacendados y los soldados sin ser visto. Scorza explica en la entrevista que ese poder que la novela le concede está tomado de lo que le pasaba a Espinoza en la realidad: gritaba sus demandas delante de cualquiera, incluso de los jueces y terratenientes, pero nadie se daba por enterado. Era invisible porque nadie lo miraba ni escuchaba. Como toda su comunidad. El Jinete Insomne, Raimundo Herrera en la vida real, está tomado de un comunero que según le contaron cabalgó 21 días y noches para medir las tierras que le habían sido robadas a su pueblo en 1705. Scorza reflexiona sobre un juicio que dura doscientos cincuenta años. ¿Puede haber realismo a secas en una región en la que pasan cosas como ésas? Scorza negó con la cabeza cuando le contaron la historia de Raimundo Herrera. “Alguien que hace eso se muere”, dijo. “Murió”, le contestaron. “Llegó al pueblo con la misión cumplida y al día siguiente falleció.” Algo pasaba con el tiempo, era un tiempo distinto el que vivían los quechuas. Quizá por eso ahora mismo las agujas del reloj del Congreso boliviano no van para adelante, sino para atrás. Para recuperar ese tiempo cuya detención, en las novelas de Scorza, hace detenerse a las aguas y a los pájaros, que quedan quietos en el aire. Las historias y escenas que recrea y completa Scorza en las cinco novelas son miles y extraordinarias, pero la inicial, con la que empieza, es sencilla y a la vez enorme, para dar cuenta de la ética de un pueblo lleno de quechuas ignorantes y vulnerados, y la de un juez que en ese pueblo representaba al Perú blanco y entregado al gringo: un día, en la plaza de Yanahuanca, el juez Montenegro, que realizaba su caminata diaria, perdió una moneda. Alguien le gritó que un sol se había caído del bolsillo de su traje negro –el juez nunca más será aludido por su nombre; será solamente “el traje negro”–, pero el juez no lo oyó y era tanto el miedo que inspiraba, decidiendo por la vida, la muerte, la libertad o la cárcel para cualquiera y por cualquier cosa, que nadie más osó recordárselo. Pasó un año entero esa moneda caída en el mismo lugar. La iban a ver de noche los borrachos, los niños se arremolinaban a su alrededor, las vecinas la observaban cuando pasaban a su lado. Nadie osaba tocarla. El sol del juez siguió en su sitio, tirado a la vera de la plaza, hasta que un año más tarde el propio Montenegro, en una de sus caminatas, de repente la vio. “¡Un sol! ¡Miren lo que encontré!”, dijo el traje negro, enfundando la moneda en su bolsillo, sin saber que era su propio sol el que la comunidad había tutelado durante doce meses, sin permitir que nadie la embolsara. El juez se alejó esa tarde con el sol en el bolsillo, convencido de su buena suerte.

En la entrevista de 1979, Scorza cuenta una ancestral tortura china, que consistía en enlazar a un hombre vivo con un hombre muerto. A medida que el muerto se pudría, el vivo enloquecía. Una tortura atroz. “De las más atroces que he escuchado –dijo–. Eso es lo que ha pasado en nuestro continente, cuando se decidió mantener a los indios como esclavos. Nadie puede ser verdaderamente libre si está enlazado a un esclavo.”

En estos días, otro juez proveniente de lo blanco del mundo se erige en todopoderoso y cree poder enlazar la vida de millones de personas a un destino de exclusión y de desgracia. La recuperación de las voces del Nictálope, de Agapito, de Garabombo, de esos héroes colectivos que la historia de lo blanco del mundo ha extraviado, quizá nos indique, como afirmaba Scorza en aquella entrevista, que la verdadera lucha ha sido siempre entre los que pelean por sí mismos, y los que tienen noción de que son parte de algo que los supera y los trasciende.

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