Los niños que huyen

En esa dimensión cultural que todavía llevamos incrustada en el sentido común, la de Estados Unidos sigue siendo una democracia ejemplarmente asociada a la idea de libertad. Pero hay datos duros de la realidad que nos permiten advertir con qué fuerza, con qué resistencia, con qué poder de mando algunos significados descargan su arbitrariedad ideológica sobre algunos significantes. Esa realidad ofrece un múltiple menú de problemáticas en las que se transparenta una decadencia global de “lo norteamericano”, y no sólo en lo que pueda referirse a plazas financieras. Empezando por algunas de sus problemáticas internas y de rabiosa actualidad, la palabra “militarización” ha sido usada muchas veces en las últimas semanas, tanto en referencia a las protestas brutalmente reprimidas en Ferguson, donde un policía asesinó a mansalva hace diez días al adolescente negro Michael Brown, como un poco más al sur, donde las autoridades migratorias hablan de “militarizar” la frontera con México, donde decenas de miles de niños menores de edad, provenientes de países latinoamericanos en guerras no convencionales, esperan la deportación. Esta es probablemente la crisis humanitaria más sigilosa de la historia, descontando la crisis humanitaria crónica africana.

En una nota publicada esta semana en el diario mexicano La Jornada, Angel Guerra Cabrera comentaba las protestas de Missouri. Las comentaba sin sorpresa. La sorpresa es, de cualquier modo, que un caso de intolerancia racial en Estados Unidos sorprenda a alguien. Guerra Cabrera habla de causas antiguas y profundas, “causas conocidas hace tiempo por los que buscamos información en fuentes alternativas y no nos creemos el cuento de la democracia estadounidense”. Un trazo grueso: en Ferguson, dos tercios de la población es negra, pero más del 95 por ciento de las fuerzas policiales están integradas por blancos; el alcalde es blanco; cinco de los seis concejales de la ciudad son blancos, además de que también son blancos los siete miembros de la Junta de Educación local. Otro trazo grueso: en 1997, una ley del Pentágono autorizó a las fuerzas armadas a pasar personal “sobrante” a las policías locales. Muchos pueblos del interior profundo de Estados Unidos son patrullados por hombres pertrechados y tanquetas de las que se pueden ver en Afganistán.

A principios de agosto, el norteamericano Tom Hayden escribió otra nota titulada “Hijos de las guerras”. Allí desplegaba información sobre la crisis de los menores inmigrantes, un tema enorme, complejo, increíblemente invisibilizado por los grandes medios, dedicados a mostrar la violencia en Siria o en Irak. Desde hace meses, decenas de miles de niños centroamericanos huyen solos hacia la frontera norteamericana, atraviesan de diversas formas el territorio mexicano, y cuando llegan son capturados y encerrados en enormes galpones, donde se apiñan y esperan una decisión sobre sus destinos.

Hayden toma nota de la doble vara entre la recepción de niños cubanos en otras décadas –la CIA llegó a montar la Operación Peter Pan, una atroz acción psicológica que hizo creer a muchos padres cubanos que la revolución les quitaría la patria potestad y enviaría a sus niños a hacer trabajos forzados a la Unión Soviética; miles se lo creyeron–, a quienes la democracia norteamericana les abría los brazos para salvarlos del comunismo. Ahora, a esta generación de niños que logran filtrarse por sus fronteras después de atravesar quién sabe qué infiernos, Estados Unidos no les da la bienvenida, no son un botín simbólico para exhibir como un triunfo de las libertades individuales “inherentes” al capitalismo, sino más bien todo lo contrario: esos 52 mil retenidos en la frontera de lo que hablan es del estruendoso fracaso de las políticas que, a instancias de Washington y bajo su propia concepción de los problemas latinoamericanos, tomaron en los últimos tiempos los gobiernos de Honduras, Guatemala y El Salvador. Los contribuyentes norteamericanos estaban orgullosos de arrebatarle niños al comunismo; los contribuyentes actuales enfervorizan sus diatribas contra tener que hacerse cargo de esos niños. Siempre que se produce una corriente migratoria desesperada, como no puede serlo de otra manera el hecho de que miles y miles de niños sin hogar ni futuro en sus propios países marchen en masa hacia esa frontera, lo primero que habría que preguntarse es: ¿de qué huyen?

Muchos huyen de las pandillas, de las maras vinculadas con el narcotráfico, sobre todo los de El Salvador. Con un entretejido social devastado después de la intervención militar norteamericana y reaganista en los ’80 –que dejó 75 mil muertos–, una generación creció sin padres, ni casa, ni educación, ni trabajo. Fue la primera generación que intentó emigrar a Estados Unidos, que primero los alentó a hacerlo. Pero miles de ellos fueron arrestados masivamente en Los Angeles y deportados nuevamente a El Salvador. Habitantes de un país invivible y echados de otro país que manejaba los hilos, ésos fueron los primeros integrantes de las maras: los niños que crecieron en un país en el que el neoliberalismo había roto todas las redes de contención imaginables. Los niños que huyen ahora, más de una década después, probablemente estén intentando escapar de un destino cantado, que es el del delito al que ellos mismos serán obligados y del balazo en la nuca asegurado antes de llegar a los 30.

En Guatemala, también bajo el gobierno de Reagan, con la participación de su embajada y el apoyo de grupos católicos de ultraderecha, también se llevó a cabo una masacre que eliminó a unos 20 mil indígenas. Después, Clinton pidió disculpas, pero los muertos no resucitaron. De aquella época data el surgimiento de un enorme sector de huérfanos, cuyos hijos, ahora, son los que quieren sacar la cabeza.

Y en Honduras, como se recordará, en 2009 hubo un golpe de Estado que a Mirtha Legrand no le interesaba. No obstante, como tampoco lo que estaba pasando les interesaba a los grandes medios de comunicación, transcurrió silenciosamente la última masacre: fue contra miembros de la resistencia, miles de campesinos y más de un centenar de periodistas por cuyos derechos ninguna organización vistosa del rubro reclamó. Miles de niños se quedaron solos. Esos son los que intentan escapar ahora.

El presidente Barack Obama, en tanto, a pesar de toda su aparente buena voluntad en materia de derechos, como el de la salud pública o las leyes migratorias, permanece encorsetado en un sistema de valores, en una cultura política que le lima día a día el poder. No es sólo el poder de Obama. Es el poder político, en todo su significado, lo porte Obama o cualquier otro. El Pentágono y el Departamento del Tesoro hacen lo suyo mientras, en el Congreso, los republicanos frenan una y otra vez las iniciativas presidenciales que fueron promesas de campaña y en consecuencia una obligación de representación política por parte de un presidente cuyo Nobel de la Paz licuó el significado de la paz.

No hay paz si no se respeta a los niños. A los de Honduras, los de Guatemala, los de El Salvador, los de Gaza, los de Costa de Marfil, los de Camerún, los de Eritrea, los de Sudán, los de Missouri. Son los niños y los jóvenes, hoy, en el mundo global, los más desguarnecidos, las generaciones abortadas antes de despuntar la adolescencia. Escapan de Centroamérica, escapan del Africa subsahariana, escapan de los lugares periféricos en los que el poder global dominante, en complicidad con pequeños sectores locales beneficiarios de cualquier desgracia, han destruido, antes que ninguna otra cosa, la política.

En toda esa parte del mundo, regida por lo que dicta Washington, cebada por la venta de armas, acechada por guerrillas confesionales, por pandillas sanguinarias, por reacciones fundamentalistas, los niños que escapan están diciendo que no tienen futuro, y lo están diciendo literalmente. Escapan para sobrevivir, y en ese caso deberían ser refugiados, no deportados. Pero serán devueltos. Si las vidas de esos niños no le interesan a nadie, de qué paz, de qué libertad, de qué valores algunos tienen el impudor de seguir hablando.