Genealogías de clases medias

“El relato arquetípico se convirtió en relato de origen de la clase media argentina”, dice el antropólogo cultural Sergio E. Visacovsky, en uno de los múltiples ensayos y ponencias compilados por él, por Ezequiel Adamovsky y por Patricia Beatriz Vargas en el libro Clases Medias, recientemente editado por Ariel. El libro es en sí mismo una indagación sobre los estratos medios latinoamericanos. Los textos hablan de estadísticas y datos duros, pero también del material altamente sensible en lo simbólico que encarnan esos sectores que, cada uno a su manera, han generado una identidad que a su vez los diferencia de los sectores más bajos, de los que muchos de sus miembros provienen.

El relato de origen de la clase media argentina es distinto entre otras cosas porque está basado en un hecho demográfico incontrastable, en una acción política con pocos precedentes históricos, como fue llevar a cabo una sustitución de población en las últimas décadas del siglo XIX, y con ella “blanquear” al país. Visacovsky habla de un relato que en su trabajo expone en la historia de Saúl, y es arquetípico porque miles y miles de familias reconocerían su propia historia en ella, aun salvando las enormes diferencias que hay entre cualquier historia personal y otra. Habla del hijo de inmigrantes que pudo completar su escuela primaria y que fue luego asalariado en una empresa estatal, hasta que decidió tener su propio emprendimiento y supo de la movilidad social ascendente: sus hijos recibieron educación universitaria, él creyó que “estaba hecho” porque podía dejarles a ellos sus ahorros de toda la vida. Pero en el 2001 lo agarró el corralito. Se quebró el círculo virtuoso de relato de origen: pese al “sacrificio” y al “esfuerzo”, pilares omnipresentes en el origen de la clase media, la realidad no hizo caso, como lo había hecho durante varias décadas antes. El “sacrificio” y el “esfuerzo” se demostraban en el trabajo. El desempleo generalizado de los ’90 tiró abajo esas certezas sobre la naturaleza casi inercial de la clase media. Tanto como que el ahorro era la base de la fortuna. El ahorro fue tragado por los bancos. Entonces aparecieron otras interpretaciones, como “en este país nadie hace la plata trabajando”. Este último latiguillo, nacido al calor del aliento neoliberal, salpica a la política por un lado –“para votar políticos que roben, mejor votar empresarios”–, y a los estratos más bajos por el otro: “¿Querés planes? Andá a laburar…”, como si fuera una decisión personal conseguir un buen trabajo donde el sacrificio y el esfuerzo den sus frutos, y no el resultado de algo más complejo como puede ser, sin ir más lejos, el contexto macroeconómico y político de un país o una región.

Precisamente, en su ensayo Visacovsky se detiene en “la narrativa” que surge de ese relato, que –vale la pena aclararlo, porque esta palabra ha sido tan vapuleada y mal usada que suena a “invento”–, en lo que concierne a este tema, es la sucesión de hechos reales sobre su biografía familiar que alguien se cuenta a sí mismo y que transfiere a las nuevas generaciones, una perspectiva de lectura de esos hechos, un sentido dado y algunos valores como pilares de un círculo que se transmite como virtuoso. En el relato arquetípico de la clase media argentina, en muchísimos casos hubo inmigrantes europeos provenientes de los rincones más castigados, especialmente trabajadores rurales desempleados en sus países de origen por la introducción de la tecnología en el campo. Entre 1871 y 1914 llegaron 5.900.000 inmigrantes, de los que más de 3 millones se quedaron como residentes permanentes. La gran mayoría recaló en el campo, aunque con el correr de los años se fueran deslizando a los centros urbanos, buscando trabajo en la industria y los servicios. La Argentina fue efectivamente un país de movilidad social ascendente, pero eso empezó a verse más claramente una generación después, cuando el hijo fue doctor: fue desde el principio una movilidad intergeneracional, basada en la estabilidad obtenida por los padres que, sacrificándose y esforzándose, lograron que sus proles obtuvieran educación de mayor calidad que la que ellos mismos trajeron de Europa.

En un trabajo de campo realizado entre 2004 y 2008, Visacovsky se abocó a mostrar “los usos sociales del relato de origen de la clase media en la Argentina”. Habló con personas afectadas por la crisis del 2001, gente de “clase media” según las tipificaciones más corrientes, identificados con esa identidad social. En sus testimonios aparecían invocaciones a ese relato de origen (los padres o abuelos que habían llegado de Europa y se habían sacrificado sin descanso para que sus hijos “tuvieran un futuro”). Va de suyo que al señalarse tan certeramente ese sacrificio inicial de una generación que llegó de Europa con “la cultura del esfuerzo”, ese relato se autoatribuye esa cultura, diferenciándose de personas con otras procedencias y sin padres ni abuelos europeos, como si ese origen transatlántico fuera la explicación del “esfuerzo”, y la localía hubiese sido la explicación de la “vagancia” de los que “no progresan”.

Saúl tenía 77 años cuando el antropólogo Visacovsky lo entrevistó. Vivía con su esposa Rosa en un departamentito de Flores. Sus padres habían llegado de Lituania en 1920 y se habían afincado en la colonia Montefiore, de Santa Fe. Recordaba las tareas agrícolas de sus padres, los despertares al alba. A su edad, seguía lamentando que sólo él, el menor de los hermanos, hubiese tenido “la suerte” de hacer completa la escuela primaria. Los mayores habían salido a trabajar al campo desde chicos, a la usanza rural de entonces. Su memoria era muy selectiva en ese tramo: estaba “agradecido” por haber progresado, pero no retenía muchos recuerdos de aquel período de escasez de su vida. Todo eso estaba guardado en una idea-fuerza: él había progresado por “el esfuerzo” de sus padres. “Ellos querían darnos un futuro.”

El futuro fue suyo. De toda aquella familia, en él se concretó la movilidad social ascendente una generación después del arribo inmigrante. Se trasladaron a Buenos Aires, fue empleado estatal de gas y luego se independizó y fundó su pequeña fábrica de cepillos y escobas. Perteneció a esa clase media que en los ’80 conoció Europa y en los veranos llenaba Mar del Plata. Todo fue bien, como indicaba el relato de origen: esa clase media estaba “destinada” a un horizonte en el que cada vez le iría mejor y en el que, a su vez, los hijos podían seguir ascendiendo.

Pero llegó la crisis de 2001, la más grande debacle económica recordable, y con ella muchas historias personales y generacionales parecidas a las de Saúl volaron por los aires. Visacovsky recuerda sus entrevistas de 2004, con “ahorristas” o “bonistas”, algunos de los cuales estaban embargados por el aura de la pérdida. Saúl había puesto todos sus ahorros en plazos fijos en dólares. En el relato, recordaba que en esos tiempos se sentía seguro, que no lo inquietaba su propio futuro, que descansaba en la idea de que “todo seguiría yendo bien”. Pero en 2004, Saúl y su esposa Rosa vivían de una jubilación y de la ayuda de sus hijos. ¿Qué había pasado? En lo externo de los relatos personales, en la macroeconomía y en la cultura, habían sucedido cosas que hicieron del esfuerzo algo inservible. Intangiblemente, a la clase media argentina se le estrelló su patrón de comportamiento justo. Las políticas neoliberales destruyeron la íntima certeza de que el sacrificio tiene premio. Pero funcionó un dispositivo que encubrió que, cuando efectivamente el sacrificio tiene premio, es porque hay condiciones externas y generales que lo permiten. Y si bien estas historias coinciden con la realidad, porque de lo que se habla es de esfuerzo y sacrificio concretos y reales a los que millones de personas se abocaron y abocan para mejorar sus condiciones de vida, no necesariamente pertenecen ni han pertenecido excluyentemente a la clase media. El esfuerzo de los sectores populares no ha sido menor, ni deben ser menos las historias en las que ese esfuerzo nunca rindió frutos, décadas enteras en las que esa movilidad social ascendente ni siquiera se produjo entre generaciones.

En el relato de Saúl, que no es un cuento, sino la manera en la que él se explica a sí mismo y a los demás la realidad, ese estallido de valores fue a parar a un argumento defensivo y al mismo tiempo funcional a una genealogía de la clase media que la constituye por diferenciación ya no sólo lejos de los sectores populares, sino también de la política: “Pero yo hice mi plata trabajando, no como otros”. Desde aquel relato de origen tatuado a fuego por una cultura asentada, la genealogía virtuosa de la clase media emergía como una denuncia sobre “los no virtuosos”. Esto es: los políticos y los pobres de origen no europeo. Vaya si ésa no es una trampa, y vaya si tantas veces no somos solamente los portadores de una cultura, sino además sus rehenes.