Los negros y los estudiantes

No en todas las épocas, al menos no con tanta intensidad, se puede todos los días leer entrelíneas un diario global, o más precisamente desencriptar la realidad –uno de sus aspectos, sobre todo: el opaco– uniendo algo que pasa en México con otra cosa que pasa en España con otra cosa que alguien dice en China con otra cosa que estalla en Estados Unidos, u otra cosa que es “noticia” en la Argentina. En un mundo global la explicación es global y la escena también.

Fort Apache es un programa que conduce Pablo Iglesias, recientemente elegido como secretario general de Podemos, hoy la primera fuerza en intención de votos en España (y la primera fuerza política en el mundo que está siendo capaz de convertir lo virtual en carnal, es decir, de trasladar la evanescencia de la virtualidad en verdadera política, que es el terreno en el que intervienen los cuerpos). Fort Apache dedicó una emisión entera, hace un par de semanas, a analizar en una mesa con dirigentes de Podemos y de Izquierda Unida, con periodistas e intelectuales, algunos conceptos clave de la obra de Ernesto Laclau. Esos conceptos son complejos, no aptos para un prime time. Viendo esa emisión de Fort Apache, uno reconfirma la idea de que una televisión pluralista debe incluir también una programación que no les tenga miedo a los conceptos complejos. La complejidad de nuestro mundo deja inermes a poblaciones que se han acostumbrado solamente a dejarse entretener. Hay quien se quiere informar y hay quien incluso se quiere formar políticamente viendo televisión.

Una parte del programa estuvo dedicada a analizar desde diferentes perspectivas la idea del “significante flotante” de Laclau, es decir la posibilidad de resignificar y reorientar la potencia política de una palabra; también sus “cadenas de equivalencias”, es decir ciertas trayectorias históricas de algunas frases o palabras, y su aplicación “lógica” en situaciones “ilógicas” (alguien gana una rifa y grita “Viva Perón, carajo”); y la “vereda antagónica”, que a través de una dicotomización producto de una nueva lectura de la realidad permite nuevos realineamientos, pero sobre todo nuevas posiciones colectivas en relación con una problemática específica. Podemos ha tomado “Democracia o corporaciones”, esa que conocemos por aquí, pero la que más usa es “Casta o pueblo”.

A propósito del tema de los antagonismos, el jefe de campaña de Podemos, Iñigo Errejón, hizo una aclaración en ese programa que bien viene a cuento de lo que iba a pasar unos días después en Ferguson, Estados Unidos. “Quiero aclarar esto porque alguien puede estar preguntándose bueno, ¿y por qué dicotomizar? ¿Por qué no podemos seguir viviendo reconciliados? ¿Por qué tienen ustedes la voluntad de dividir a la sociedad? Hay que explicarlo, porque si no parece una pura voluntad guerrerista, y no, no, no se trata de una voluntad de romper. Se trata de que igual que todo régimen se constituye invisibilizando algunos dolores, sólo la emergencia de esos dolores en un plano nuevo, en una dicotomización nueva –que la hay en toda política transformadora–, permite a alguien poner sobre la mesa su dolor, y hablar de aquello que le dolía pero que no podía expresar políticamente.” Y para dar un ejemplo concreto, agregó Errejón: “Es como decirle al movimiento de derechos civiles de los negros en Estados Unidos, oigan, ustedes, con lo bien que nos llevábamos hasta ayer, que éramos una gran familia, ¿por qué tienen que venir a dividirnos, porque tienen que polarizar? En ese polarizar está siempre la posibilidad de democratizar algo nuevo”.

Pocos días más tarde ardió Ferguson, donde un fiscal, después de escuchar a un jurado compuesto por nueve blancos y tres negros, les dio más verosimilitud a los testigos blancos y decidió no levantar cargos contra el policía Darren Wilson, quien en mayo acribilló de seis balazos al adolescente Michael Brown. Ardió Ferguson y siguieron ardiendo cada vez más ciudades, en protestas que a todas luces no reflejaban solamente la injusticia contra Michael Brown, sino que dejaban emerger la sensación colectiva de impotencia frente a un statu quo que una vez y otra vez y siempre y cada vez victimiza a los negros y naturaliza esa victimización.

(Un párrafo entre paréntesis para mencionar a Ayotzinapa. No hay que dejar de hablar de Ayotzinapa. Podría decirse lo mismo, pescar la misma estructura de hartazgo intolerable y emergente frente a la situación de victimización imparable de sectores destinados al sacrificio. En México no son los negros, son los jóvenes. Las mujeres jóvenes, a las que matan en la frontera norte, y los varones jóvenes que no se pliegan al reclutamiento narco, en el sur. Los 43 de Ayotzinapa son apenas 43 entre miles y miles por los que vergonzosamente nadie habló. Preguntar por los 43 equivale a preguntar por los otros 20.000.)

Una crónica magnífica sobre Ferguson, que la periodista norteamericana Amy Goodman, junto a Denis Moynihan, publicó en Democracy Now esta semana, abría con una cita de Martin Luther King, pronunciada en marzo de 1968, tres semanas antes de ser asesinado: “Mientras se siga postergando la justicia, siempre estaremos al borde de estas noches oscuras de disturbios sociales”. Goodman relata que entrevistó a algunos manifestantes frente a la comisaría de Ferguson, en la noche helada del lunes pasado. Para entonces ya había habido enormes protestas e incendios de algunos edificios. También, para ese entonces, las policías locales y federales habían desplegado una “batería sorprendente de equipamiento y armas militares, lo que expone cómo el Pentágono ha estado repartiendo silenciosamente el arsenal de guerra excedente de Irak y Afganistán en miles de poblados y localidades del país”.

Con el control de la ciudad ya en manos de la Guardia Nacional desde una semana antes del fallo del Gran Jurado, ya con los barrios negros acordonados, esa noche igual miles y miles salieron a las calles. Todo ardió y sigue ardiendo todavía. Goodman recordaba en la crónica a Martin Luther King y los disturbios a los que se refería en 1967, que eran los que azotaron durante semanas a las poblaciones de Newark, Nueva Jersey, Detroit, entre otras. Los sucesos de Ferguson dicen que estructuralmente el racismo sigue intacto en Estados Unidos, a pesar de lo que podría indicar el color del presidente Obama. Con el color no alcanza. Decía Martin Luther King: “No alcanza con que yo me presente ante ustedes esta noche y condene los disturbios. Hacerlo sería irresponsable sin condenar al mismo tiempo las condiciones intolerables que existen en nuestra sociedad. Tengo que decir esta noche que los disturbios son el lenguaje de los que no son escuchados”.

El lunes pasado, en Ferguson, Goodman refiere haber hablado con un joven que se enfrentaba a la policía antidisturbios. “Vamos a sacudir el cielo”, le dijo el joven. “Podía verse su aliento en el aire helado de la noche –agrega ella–. El joven estaba temblando de frío, pero no se iba a ninguna parte. Ese fuego, ese compromiso inextinguible, y no las brasas ardientes de los edificios, es lo que más deberían temer aquellos que se benefician con la injusticia.”