Otra manera de estar inseguro

Esta semana, el día en que el presidente Macri ordenó bajar los cuadros de Néstor Kirchner y Hugo Chávez de la Casa Rosada –dos días después de que el suegro de Sergio Massa, Fernando Galmarini, pidiera que se vuelva a subir el de Videla–, en las redes sociales se multiplicó por mil una placa de Crónica que mostraba una imagen de la Rosada, ya sin cuadros: “En la pared, quedó la grieta”.

Ya pocos la niegan. Masticamos grieta. Dolorosamente, porque esto no se elige, más bien brota frontal de nuestra historia. Por más que bajen todos los cuadros de los próceres y los de los líderes políticos que reivindica una buena porción de la Argentina, la historia no se detiene. Es, en todo caso, cada día más descarnada, y algo de su dimensión brutal, ahora, nos vuelve a decir qué grande y potente es lo que intentan a cada paso suprimir, borrar, empequeñecer, ensuciar, pasar al olvido. Qué tipo de construcción antagónica elaboró el kirchnerismo, que el establishment necesitó generar un nuevo dispositivo de poder, no aplicado hasta hoy en ninguna parte del mundo, en el que cada transnacional ocupa un ministerio, JP Morgan está en persona asesorando desde un ministerio público sobre las decisiones financieras de un Estado, se monta un cerco mediático cerrado a las críticas opositoras, se decide incluso quién será la oposición, una vez sacado de juego al verdadero adversario, que bien puede ser el kirchnerismo o cualquier otra fuerza política que desde la base de esta sociedad esté dispuesta a volver a apostar a la política de masas para frenar esta evidente entrega del país. Se llame como se llame, la oposición a este gobierno debe enmarcarse claramente en la defensa del Estado como regulador de la economía y en la inclusión social. Lo demás es pasto en Reyes.

Volviendo a los cuadros, Kirchner y Videla encarnan hasta ahora, para la Argentina contemporánea, dos opuestos de tipo de poder. El peor tiempo de Videla llegó con los Kirchner, según el mismo dictador llegó a pasar en limpio. No es casual la hilacha que dejó expuesta el ministro de Cultura porteño, Darío Lopérfido, poniendo en duda lo que significa Videla, es decir la dictadura, el genocidio, el terrorismo de Estado, minimizando el tema en números. No es casual tampoco que esa soltura de boca con la que fueron dichas esas palabras, le haya costado a este gobierno una ola de rechazo nacional e internacional, al mismo tiempo también que desde el exterior se suman los rechazos a la detención irregular de Milagro Sala. Lopérfido se extralimitó porque hizo visible un fondo que Cambiemos intenta todavía disimular con los chistes y las fotos del Presidente, y gracias a la banda de imagen y sonido de este país, que son los grandes medios, donde los periodistas dan consejos amables sobre cómo ventilarse sin usar el aire acondicionado, mientras no hay números ni falsos ni ciertos del Indec, mientras las marchas de despedidos llenan de olor a angustia muchas calles de este país y las marchas de militantes y autoconvocados se multiplican como hongos en todo el país, en ese raro secreto que consiste en no ser nunca una noticia. El desprecio, la inexactitud y la impunidad con la que se presentan medidas que claramente marcan un cambio de paradigma y un retorno veloz hacia una nueva etapa neoliberal, la insistencia en que esas medidas son la consecuencia inevitable del modelo kirchnerista, y no el implante forzado de un saqueo que está a la vista, completan la escena, que tampoco se agota ahí.

En 50 días, muy lejos del festival (con b larga, Michetti dixit) de la alegría, el gobierno macrista exhibió un fondo cuyo clímax fue protagonizado hace ocho días por agentes de Gendarmería que dispararon a mansalva contra niños de la 1-11-14. Ese ataque, que fue negado durante tres días por la ministra responsable de Seguridad pero del que había imágenes, audios y testimonios, además de un seguimiento fiscal, pone en otro contexto los dichos de Lopérfido. Y pone en otro contexto, también, lo que van o no van a apoyar del gobierno de Macri los diputados peronistas que pretenden hacer una oposición “amigable”.

Es difícil entender qué quiere decir Diego Bossio cuando declara que “quiere que a Macri le vaya bien”. Fuera del cliché de la retórica política gagá, que pretende algo parecido a “la unión entre argentinos”, es otra lectura de esa declaración la que surge empujada por el dolor colectivo que ya comenzó a expandirse: si a Macri le va bien, si tiene quórum y prosperan sus DNU y se profundizan sus políticas, este será el modelo opuesto al que millones de personas, hasta parecía que el propio Bossio, defendieron en los últimos años. Las políticas económicas de Macri conducen directamente al hambre, la desocupación y nuevas indigencias cuya perspectiva es aún más grave si el universo sindical las deja afuera, si las excluye. Gran parte de los pobres e indigentes de los 90 nunca llegaron a formar parte del movimiento obrero organizado. No se pudo. Se quedaron en el 30 por ciento sin trabajo formal que si tuvieron red fue por las organizaciones sociales. Este capitalismo no es el de los 40 y también es muy distinto al de los 90. Nos acecha un imperio sin base territorial que intenta privatizar el país entero, con su población adentro. Este nuevo laboratorio neoliberal ya ha exhibido su visto bueno a la violencia institucional.

Las señales se desparraman en la vida cotidiana. Se han visto jóvenes salir de sus trabajos en una fábrica de Flores, y ser palpados de armas contra la pared por portación de cara, algo de lo que esa generación no tiene memoria. Se han visto ciudadanos de mediana edad intentar cruzar la Plaza de Mayo y ser interceptados por policías que decían tener órdenes de no dejar pasar a nadie con alguna remera kirchnerista. Se ha visto a otro hombre pasar por la misma situación, aunque como vestía camisa lo que se le objetaba era que llevara en las manos cartulinas. Se ha sabido, como publicó ayer este diario, de policías que se presentan de pronto en Caballito y dicen tener órdenes de pedir los datos y la identificación de todo un edificio. Se han visto muchos más videos y se han conocido muchas más historias de adolescentes prepoteados por fuerzas de seguridad, haciéndolos bajar de colectivos a la madrugada para mostrar los documentos.

Hoy millones de ciudadanos no se sienten seguros. Acecha un nuevo tipo de inseguridad, que conocemos perfectamente (la otra, por cierto, no ha cesado, pero la televisión perdió interés en esos temas). Se multiplican los perfiles falsos en Facebook, porque miles de usuarios tienen miedo a perder sus trabajos, aunque sean de planta permanente, o incluso si tienen empleos privados, por su identidad política. Los padres y las madres les insisten a los hijos adolescentes que lleven sus documentos cuando salgan a la calle. De pronto, en solamente 50 días, se inaugura la mirada institucional sobre un nuevo enemigo interno.

Lopérfido, incontinente, dejó que miráramos un poco más de frente a este monstruo polifacético que tiene mucho de kirchnerismo al revés, de espejo negro. Uno siempre se acuerda de eso que contó Filmus, que cuando lo fue a ver al presidente Kirchner en 2003, después de la asunción, lo encontró absorto mirando las calles, que llevaban más de una década de incendio y dos años de sangre. Filmus cuenta que no se animaba a entrar viéndolo a Kirchner de espaldas mirar las calles. Y que de pronto se dio vuelta y le dijo: “¿Sabés una cosa, Danielito? Yo no voy a reprimir”.

Este espejo invertido y dado vuelta que vivimos nos retrotrae incluso a momentos anteriores a los 90, a esa larga noche en la que perdimos por completo nuestra condición de ciudadanos y quedamos expuestos a la indefensión frente a un Estado represivo. Hay algo en el estilo del ataque a la murga del Bajo Flores, hay algo en ese pasaje siniestro de que el atacante sea quien está en el barrio para proteger, algo en ese “volverse locos” de pronto y descerrajar a ciegas sus armas sobre un grupo de gente del que salían, clarísimas, las voces infantiles llorando, hay algo en esa saña que intentó ser pasada por alto institucional y mediáticamente, y que nos pasma. Sobreimprimirle a este escenario un discurso negacionista del genocidio sería regar el terreno por el que puede volver lo peor. Este miedo a las instituciones –un miedo que se siembra ejemplarmente en Jujuy–, unido al miedo a las fuerzas de seguridad, es una de las bases de este modelo. Macri no sólo baja el cuadro de Néstor. Baja el cuadro para bajar sus políticas inclusivas y de derechos humanos de la memoria colectiva. Eso está fuera de su alcance.