Un fragmento de Lo Femenino

¿Qué es lo que hace que la especie humana genere sistemas de poder tan inequitativos entre géneros, que conciba a las mujeres como seres suprimibles o carentes de dignidad humana? Y en eso que lo genera, ¿qué tenemos que ver las mujeres?
Hay algunas explicaciones aproximativas. La más clásica es la de Friedrich Engels: de un estado bucólico y promiscuo, la humanidad pasó, con el descubrimiento o la invención de la propiedad privada, a la falocracia que convierte a los varones en poseedores de cosas y mujeres, mientras las mujeres ocupamos el rol de posesiones, y debemos ser felices por ello. Controlar la propiedad privada llevó inevitablemente al control de la sexualidad femenina, ya que ahí aparece la noción del linaje, que más allá de lo emocional se dirige a la cuestión más material de la herencia. Según Engels, la propiedad privada condujo a “la derrota histórica mundial del sexo femenino”.
Otra explicación la aportó en el siglo XX la psicoanalista Nancy Chodorow, con su teoría sobre el temperamento masculino. Chodorow ubica la violencia masculina como un aspecto del avance de dominación “tenaz, casi transhistórica” de los varones en lo público, mientras así de amplio es el mandato de lo privado sobre las mujeres: son al mismo tiempo reinas y esclavas de lo privado. La maternidad y la educación son los roles asignados, “en uno de los pocos elementos universales y duraderos en la división sexual del trabajo”. Vuelve a aparecer la diferencia entre maternidad y maternazgo, esto es: lo natural, lo biológico, son los momentos de la concepción y el parto. Lo accidental, lo cultural, “lo psicodinámico”, es la exclusividad materna en el cuidado del hijo. No hay nada que indique como “menos natural” al cuidado compartido del hijo, con el varón o con la comunidad.
La idea retoma a Freud porque en esa misma escena de la cara del bebé contra el pecho de la madre, en esa satisfacción temprana y fundante de la vida, nace el complejo de Edipo, pero en una variación feminista. La maternidad prolongada en el maternazgo como si fueran una sola y misma fase, ese “rol” que damos por sentado como si nos viniera en los genes, y de ahí no viene, tiende a hacer que las niñas se identifiquen con sus madres y experimenten el apego que las hará crecer con la misión del maternazgo ya incorporada, y que los varones experimenten el desapego, y se vuelvan rápidamente competitivos y dispuestos a la separación y la huida a lo público: la escuela, la calle, el trabajo, el bar, el partido, el estadio de fútbol, lo masivo. Freud nos recordaría que los hijos varones se alejan de las madres por el miedo inconsciente a ser castrados. Huyen con tanto ahínco que corren hasta donde está el poder.
.
.
(Fragmentos extraídos de LO FEMENINO, Aproximaciones a las mujeres como enigma, de SANDRA RUSSO. Editorial Debate)

También podría interesarte

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.