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	<title>Sandra Russo &#187; cine</title>
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		<title>El sinsentido</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Nov 2007 06:00:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
				<category><![CDATA[cine]]></category>
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		<category><![CDATA[sociedad]]></category>

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		<description><![CDATA[No es algo sobre lo que uno se ponga frecuentemente a pensar. Uno no piensa en el sinsentido. Mientras se busca el sentido de las cosas, al sinsentido se lo padece o se lo goza. A uno no puede serle indiferente el sinsentido. Desde el primer instante del despertar, como personas sueltas y como especie [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20071103/notas/na36fo01.jpg" align="left" />No es algo sobre lo que uno se ponga frecuentemente a pensar. Uno no piensa en el sinsentido. Mientras se busca el sentido de las cosas, al sinsentido se lo padece o se lo goza. A uno no puede serle indiferente el sinsentido. Desde el primer instante del despertar, como personas sueltas y como especie mamífera con conciencia de su finitud, no hacemos otra cosa que intentar darle un sentido especialmente a lo imprevisto, a lo accidental, a lo doloroso. Necesitamos algo que justifique o explique lo que nos da tanto miedo.</p>
<p>Es que hay algo muy amenazador en el sinsentido. Hay una desorganización que no soportamos, una multiplicidad de posibilidades que nos sobresalta, una cantidad de desvíos que nos angustia. “No tiene sentido” es una frase hecha que hemos murmurado, seguramente, muchas veces, todos. “No tiene sentido” nos hemos dicho cuando algo parecía desobedecer a una lógica de la que presuntamente participamos todos.<span id="more-157"></span></p>
<p>“No tiene sentido” es una frase tan cerrada sobre sí misma, un cofre que encierra una verdad tan espeluznante, que esa frase depende de un tono para volverse, por fin, entendible.</p>
<p>“Esto no tiene sentido” puede ser dicho por alguien que ha perdido las ganas de seguir.</p>
<p>“¡Esto no tiene sentido!”, ya puntuado con un tono más arriba, puede ser dicho por alguien que se ríe mientras se deja besar.</p>
<p>Pero es cierto que hay otro sinsentido, más cercano al de Lewis Carroll y su non-sense, que nos salva, si nos sobreviene, de ser rehenes de eso tan viscoso que es la sensatez. Lo sensato, después de todo, es un valor burgués que si no es administrado en su justa medida, implica bajarle la persiana a lo maravilloso. El exceso de sensatez lleva muchas veces a la pusilanimidad. Somos instruidos en medidas pequeñas de placer, en gotas homeopáticas de estallido. Creemos, porque así funciona la máquina, que la docilidad de la sensatez nos protegerá de la intemperie.</p>
<p>Cuesta mucho aceptar que no hay más que intemperie. Esa era la frase clave en El cielo protector, de Paul Bowles, cuya versión cinematográfica, que dirigió Bernardo Bertolucci (y que aquí fue titulada, con tan asqueroso criterio, “Refugio para el amor”). Pasa como al descuido. Port Moresby está agonizando y Kit desespera. Recuerda que un año antes, mirando una tormenta que se acercaba, Port le había dicho: “La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos cuándo, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todas esas cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces más recordarás cierta tarde de tu infancia, una parte que es parte tan entrañable de ti que no puedes concebir tu vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizá ni eso. ¿Cuántas veces más mirarás salir la luna llena?”.</p>
<p>Recuerdo muy vívidamente que cuando vi la película, y ya había leído dos o tres veces la novela, me impactó mucho que al final apareciera Bowles diciendo a cámara ese fragmento del capítulo XXIV, porque era el que yo había subrayado y comentado en los márgenes de las hojas del libro. La idea de El cielo protector es precisamente ésa: la de esa inercia que nos lleva a vivir nuestras vidas como criaturas que no se esfuerzan por obtener alegría, que no están predispuestas a la alegría, como si el tiempo no fuera, en definitiva, el bien más escaso de todos.</p>
<p>Bowles decía en esa novela en la que Port y Kit Moresby se internan en el desierto, y van desestructurándose a medida que se alejan de la civilización y se sumergen en la otredad de las tribus beduinas, que uno está demasiado expuesto cuando percibe que detrás de ese cielo protector bajo el que nos amparamos –nuestras costumbres, nuestros sobreentendidos, nuestras ceremonias, nuestras rutinas– no hay nada. Ese es el sinsentido insoportable.</p>
<p>Después de la Primera Guerra Mundial florecieron las corrientes artísticas que elevaron el sinsentido a un valor cargado de un sentido nuevo. Fue una respuesta a la presunta racionalidad que condujo a la guerra. Fue un sinsentido profundamente político el de esos surrealistas y dadaístas que preferían que la Biblia y el calefón estuvieran expuestos, que se hicieran visibles en sus instalaciones y sus películas y sus fotografías, puesto que el sentido que había pretendido tener la política había desembocado en una carnicería. La política es, de alguna manera, otro cielo protector para la gente; debería ser eso lo que represente un representante para un representado.</p>
<p>Una nueva etapa política implica estar una vez más, colectivamente, deseando que todo tenga un sentido.</p>
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		<title>El empleo del tiempo</title>
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		<pubDate>Mon, 25 Oct 2004 06:00:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
				<category><![CDATA[cine]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img align="left" src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20041025/notas/NA24FO10.JPG" />Debería agregarse a la lista de los pequeños placeres de la vida: llegar a casa cansado, prender la televisión, comprobar que en los canales de aire lo único que dan son porquerías, hacer zapping y descubrir que en el cable justo está por empezar una película francesa. El pequeño placer se convierte en placer con todas las letras (incluyendo esa cuota de vértigo de los placeres con todas las letras) si esa película es El empleo del tiempo, de Laurent Cantet, el mismo director que con Recursos humanos hizo, de algún modo, un malabarismo similar para internarse en cuestiones que en manos de otro podrían ser panfletarias, pesadas, recurrentes, y en las de él son historias que dicen mucho más de lo que muestran. Allí se detenía en el borde contradictorio y conflictivo de la relación entre un padre obrero y un hijo ejecutivo. Escarbaba en esa relación a través de un relato que daba vuelta la trama previsible: el padre estaba orgulloso de su hijo, pero el hijo no podía estar orgulloso de un padre que negaba su propia dignidad. El hijo había llegado a donde el padre lo había empujado: a eyectarse de su clase, a ser parte de la patronal, pero eso no era para el hijo algo para agradecer, sino algo para reprochar. Bajo la simple idea de “querer algo mejor”, el padre había criado no a su hijo sino a un hijo del sistema. <span id="more-22"></span><br />
En El empleo del tiempo, Cantet sigue profundizando en la subjetividad capitalista y mete la cabeza en una problemática curiosa, abismal, tan íntima y tan social al mismo tiempo que por sí sola es un hallazgo: qué hacemos con el tiempo, cómo lo invertimos, en qué, el tiempo como mercancía, el tiempo como banda ancha de intercambio de comunicaciones productivas, como mera posibilidad de remar hacia la plusvalía, el tiempo alienado y enajenado de sujetos que no son dueños sino empleados de sus días. El tiempo como herramienta de uso y lucro, y al mismo tiempo como amenaza, si está vacío. Cantet exhibe criaturas domesticadas hasta el límite de la cordura. Expropiadas de su vida, es decir de su tiempo, de sus días y de sus horas, de sus cinco minutos, de su ocio. ¿Qué es la vida si no es tiempo?</p>
<p>Un ejecutivo es despedido. Sobre él pesa no sólo la responsabilidad de su familia sino también las enormes expectativas de su padre. El hombre calla. No se anima a decirlo. Miente. Pasa el día por ahí, vagando, habla por celular con su esposa, le dice que tiene reuniones hasta tarde, se sostiene en la simulación del ocupado. Se queja de la sobrecarga de trabajo: es el slogan que lo enmarca. Cuando no puede más, sigue mintiendo. Inventa un trabajo en Ginebra como funcionario de la ONU. Se muda solo. Su familia comprende que todos deben hacer un sacrificio. Una buena carrera profesional es algo por lo que todo el mundo sabe que hay que pagar. ¿Pagar con qué? Principalmente, con tiempo. Después de todo, cada día y desde que nos hacemos cargo de nosotros mismos, ¿qué ofrecemos a cambio de un salario? Nuestro tiempo: nuestras vidas.</p>
<p>La trama va derivando hacia costados oscuros. El tiempo sin empleo, el mal uso del tiempo, arrima al protagonista al mundo del delito, de la estafa. El tiempo vacío lo va corrompiendo. La película de Cantet se abre en dos grandes líneas argumentales. Una va por la superficie, describiendo cómo en una sociedad hipercompetitiva las personas privadas del uso previsible del tiempo van ahogándose en tiempo: van languideciendo entre horas muertas. Sin trabajo no hay nada. Y va mostrando cómo, cuando el tiempo está muerto, se llena de fantasmas y se advierte que esos fantasmas no son tales: en ese submundo habitado por seres fuera de serie en el sentido más literal posible, germina el delito. Pero por otro lado, la visión del protagonista cargando como una cruz su propio uso del tiempo toca una cuerda más profunda, existencial: ¿qué nos han hecho? ¿Qué ha pasado para que haya personas que no tengan, de sus propias vidas, ninguna idea desanudada de la idea de la producción? Se lo ve a él vestido como para una reunión de directorio, durmiendo en el auto, deambulando por la calle, comiendo en bares, hablando por teléfonos públicos, pasando el día entero en un sillón confortable en una empresa corporativa en la que ve ejecutivos y secretarias hacer lo suyo, nada, constatar citas, comunicar estadísticas, defender proyectos, moverse mutuamente el piso. Sentado en ese sillón del que después un guardia lo echará con buenos modales –él está bien vestido, el guardia es respetuoso con un hombre de impermeable tan caro–, uno ve no a un hombre: es un cobayo que se ha quedado sin su jaula. Y eso somos: cobayos que reclamamos jaula. En 1996, también francesa, la crítica literaria Viviane Forrester escribió en su libro El horror económico: “En la actualidad un desempleado no es objeto de una marginación transitoria, ocasional, que sólo afecta a determinados sectores. Está atrapado por una implosión general, un fenómeno comparable con esos maremotos, huracanes o tornados que no respetan a nadie y a quien nadie puede resistir. Es víctima de una lógica planetaria que supone la supresión de lo que se llama trabajo, es decir, los puestos de trabajo. Pero aún hoy se pretende que lo social y económico están regidos por las transacciones realizadas a partir del trabajo, cuando éste ha dejado de existir. Las consecuencias de este desfasaje son crueles. Se trata y se juzga a los sin trabajo, víctimas de esa desaparición, en función de los criterios propios de una época en la que abundaban los puestos de trabajo. Despojados de empleo, se los culpa por eso, se los engaña y tranquiliza con promesas falsas que anuncian el retorno próximo de la abundancia”. Cantet acierta a dar con un tema que reúne como pocos la marca social en la piel más fina y virgen de un hombre común. El empleo del tiempo es una película de una fuerza política notable, justamente porque exhibe la carne viva, la privacidad más llana de un personaje que va cayendo lentamente, que va siendo expulsado en cámara lenta de la moral. La película da su estocada en la perfección de un título. Todos somos empleados del tiempo. En su libro, Forrester hacía una pregunta que se puede retomar hoy aquí, a la vista de miles y miles de hombres y mujeres que ni siquiera se dicen desempleados, porque eso supondría haber tenido un empleo y haberlo perdido. Un desocupado es algo menos que un desempleado. La pregunta es ésta: “¿Pero qué sucede con el derecho a vivir cuando éste ya no funciona, cuando se prohíbe cumplir el deber que da acceso al derecho? ¿Qué sucede cuando se vuelve imposible cumplir con la obligación?”.</p>
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