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	<title>Sandra Russo &#187; contratapa</title>
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		<title>El rescate mitológico</title>
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		<pubDate>Sat, 16 Oct 2010 06:00:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Xtian Rodriguez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mientras este miércoles veía cómo los mineros chilenos iban saliendo de la cápsula Fénix después de ascender por el ducto que atravesaba la montaña, pensaba que el impacto mundial que estaban teniendo esas imágenes seguramente deparará a la expresión “salir por el ducto” un destino en el lenguaje global. El rescate mismo, su esencia, su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mientras este miércoles veía cómo los mineros chilenos iban saliendo de la cápsula Fénix después de ascender por el ducto que atravesaba la montaña, pensaba que el impacto mundial que estaban teniendo esas imágenes seguramente deparará a la expresión “salir por el ducto” un destino en el lenguaje global.<span id="more-275"></span></p>
<p>El rescate mismo, su esencia, su fascinación, consistía en ofrecer al espectador una imagen que era al mismo tiempo un fantasma, una hilacha del inconsciente, un punto de sentido a la vez político, social, científico, narrativo, audiovisual, épico, morboso, existencial. En fin, “el ducto” era llamado también “cordón umbilical”. Y los mineros estaban atrapados en “las entrañas” de la tierra.</p>
<p>La situación era, por su descripción casi seca, un cuento de terror. De terror de época, además: entre los espectadores había millones de fóbicos posmodernos que transpiran si un ascensor se queda cinco minutos parado. Allí había treinta y tres cabalísticos hombres pertenecientes al mítico trabajo de mineros, que yacían desde agosto seiscientos metros bajo tierra en el desierto de Atacama. Esa historia hubiera terminado como tantas otras centenares de miles en la historia de las minas. La mina es en sí misma un lugar sacrificial de América latina. Lo que llevó a Evo Morales a Chile no fue solamente su obligación como presidente para recibir al compatriota en su regreso a la superficie, sino también su conciencia ancestral de lo que es una mina. Potosí es un símbolo del sufrimiento humano.</p>
<p>Lo que hizo de esta historia en particular la Gran Historia no fue sólo la resistencia de los mineros, sino la cobertura de esa resistencia: fue una catástrofe en la que las nuevas tecnologías de comunicación permitieron restablecer la esperanza y la cooperación entre quienes esperaban el rescate y los rescatistas.</p>
<p>Al mismo tiempo que corría en nuestras mentes la película que ya veremos en los cines, mientras hubo que soportar otra vez el relato de los ex rugbiers uruguayos, mientras el rescate, en fin, encontraba un destino de espectacularización sin precedentes, otras películas aptas para menos público reforzaban la historia. Películas de otro orden, tan subterráneas como el agujero en el que los mineros permanecían atrapados.</p>
<p>Uno de los alcances más fuertes de esta Gran Historia reside ahí, en su faz polisémica, en su constante juego entre realidad y metáfora. La expresión “volver a nacer” después de un peligro de muerte se desplegó esta semana en Chile en su máxima extensión. La escena se ajustaba increíble, casi arteramente a esas palabras: los mineros yacían en las entrañas de la tierra, eran alimentados y provistos en la resistencia de meses a través de la “paloma”, que llegaba por el “cordón umbilical”. Todo Chile, representado en los rescatistas –también en los funcionarios, particularmente en el exultante ministro de Minería y el presidente Piñera–, era la obstétrica que los devolvería a la vida.</p>
<p>Más allá de todos esos elementos narrativos densos, consistentes, el espectáculo en sí mismo del rescate lo que ofreció fue la visión repetida y nunca del todo asimilada de hombres que “salían del ducto”, esto es: volvían a nacer. La estrechez terrorífica del ducto, su largo descomunal en proporción a su ancho, lo desconocido, lo peligroso del destino allá abajo, las traiciones de la mina, la contingencia misma de la vida era lo que estaba en juego en cada viaje de ida y de vuelta.</p>
<p>Pero además, el dispositivo mediático permitió no sólo darle el baño mitológico al rescate, sino convertir a los mineros en treinta y tres personas identificables, con nombre y apellido y con historia. Esto no es menor, toda vez que los mineros de todo el mundo han sido y son seres esencialmente anónimos, cuyas muertes las lloran los propios, pero que para los ajenos son gajes del oficio.</p>
<p>No le fue posible a casi nadie sustraerse a la visión recurrente de esos rescates. En principio, porque los medios de todo el mundo suspendieron programaciones enteras para entregarle a la Gran Historia su condición de record de audiencia, ya comparada con el primer viaje a la Luna. Pero también porque esta Gran Historia dice algo de los ductos por los que no nos animamos a pasar.</p>
<p>No es casual esa comparación. La Luna era un objetivo espacial y al mismo tiempo un abstracto y extracto emocional para aquellos millones de espectadores, como lo sigue siendo ahora. Esto es, un lugar hasta donde querer mucho a alguien, algo que se pide como prueba de amor, una metáfora.</p>
<p>El rescate de los mineros fue su contracara, más acorde con la sociedad de consumo global en la que vivimos, plagada de aislamiento, de individuación y fobia. Es sobre esa base en la mirada que el espectáculo del rescate vino a mostrar solidaridad, cooperación y organización. Hay hambre de todo eso en la superficie, y los mineros fueron pródigos en eso. Vino a hablar también de la necesidad y la efectividad de los liderazgos, y de la fortaleza emocional de un puñado de hombres toscos. Habló de inteligencia fáctica, porque todo lo que vimos tuvo que ver con inteligencia. La adaptación al mundo es posible sólo con inteligencia, pero de un tipo que no es la que califican los maestros en las escuelas. No somos entrenados en ella.</p>
<p>El mito siempre replica en su fondo algo de lo que tiene su forma. Resume en una historia y en unos personajes cuestiones básicas de la condición humana, preguntas sin respuesta, encrucijadas intolerables. En ese sentido, el éxito del rescate chileno ha calmado a la audiencia, como tienen por destino los mitos calmar la angustia de ser todos nosotros criaturas que, en un momento dado, deben optar.</p>
<p>Y en otro sentido, fue también disruptivo que el hombre que tomó para sí la responsabilidad de mantener unidos y resistentes a sus compañeros, el último en salir, Luis Urzúa, el que era esperado por el presidente Piñera para celebrar la coronación del éxito, haya sido capaz de salir del ducto y sobreponerse a su propio mito: lo primero que dijo es que deben cambiar las condiciones laborales de los mineros chilenos. Ahí se termina el mito y empieza la política.</p>
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		<title>Posiciones tomadas</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Sep 2010 06:00:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En la televisión se registran algunos memorables diálogos entre periodistas y alumnos secundarios porteños. Exhiben la desinformación de algunos periodistas sobre un tema sobre el que, sin embargo, tienen posición tomada. Porque las posiciones se toman, igual que las escuelas. El periodista, desde el estudio, reprueba, descalifica la toma de las escuelas, y les da [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En la televisión se registran algunos memorables diálogos entre periodistas y alumnos secundarios porteños. Exhiben la desinformación de algunos periodistas sobre un tema sobre el que, sin embargo, tienen posición tomada. Porque las posiciones se toman, igual que las escuelas.<span id="more-272"></span></p>
<p>El periodista, desde el estudio, reprueba, descalifica la toma de las escuelas, y les da a los estudiantes entrevistados un papel al que ellos no se acoplan. Hay desacople. Hay pretendidos y presuntos imbéciles imberbes o idiotas útiles, antiguas versiones de jóvenes politizados; el rigor discursivo de esta época los describe “chavistas”.</p>
<p>El periodista insiste en entrevistar a vagos y a infiltrados, a inconscientes, a quilomberos, a militantes inconfesos. Es una pesquisa completamente innecesaria. Quiere hacerlos confesar algo vergonzante, pero que a los pibes los enorgullece. Eso sucede cuando hay un cambio de paradigma (sí, claro, yo estoy haciendo política, por eso tomo la escuela. Periodista deconstruido).</p>
<p>Los pibes son muy claros y tienen su propia sintaxis bajo control. Saben expresar sus ideas mucho mejor que el periodista, pero lo que pasa es que, como hay desacople, no son escuchados. Explicar pormenorizadamente los pasos que dieron antes de las tomas, las asambleas, los petitorios, los pedidos de audiencia. No hubo respuesta a nada, y tomaron las escuelas. Pero el periodista sordo insiste, y ahora pasan a padres de esos que nadie querría tener, que afirman: “Estos vagos no quieren estudiar”.</p>
<p>Los adolescentes, entre otras cosas, se enorgullecen de hacer política porque no esconden la esencia de la revuelta secundaria, así como nunca en la historia un grupo de interés emergente reniega de ella: por lo contrario, la inercia de la emergencia lleva implícitos el orgullo de la conciencia y la reivindicación del acceso a un derecho.</p>
<p>Estamos acostumbrados a pensar la ampliación de ciudadanía sólo en términos de inclusión de pobres. En la ciudad de Buenos Aires tiene lugar un fenómeno distinto de ampliación de ciudadanía: gracias a las tomas, las voces de los secundarios llegan a nuestros oídos, se hacen escuchables. Gracias a las tomas, una nueva generación más, nacida y criada en democracia, se sacude los prejuicios y los insultos de Edu, que no hace más que replicar el argumento de Macri cuando le preguntan por sus listas negras. Contrapregunta: “¿Usted está a favor de los tomas? ¿Usted está a favor de un delito?”. Palabras de procesado.</p>
<p>El tema estuvo presente y sigue. No es un tema de la agenda de Magnetto, como explica didáctico en un tape revisitado Mariano Grondona. Esta agenda es distinta. Es la misma que incluye la vigencia de la ley de medios y al envío del caso Papel Prensa a la Justicia. Las posiciones dominantes mediáticas han perdido en la Argentina la capacidad de marcar esa agenda. Eso equivale a una pérdida irreparable de su poder simbólico. La realidad no circula ni se espeja hace mucho en esos medios. Pero se les impone. En la ciudad se ve mejor. La fractura entre la realidad y el guión macrista puede ser disimulada, y de hecho lo es, afanosamente, por los grandes medios. El tratamiento que le están dando los canales de noticias al tema de las escuelas tomadas revela, por si hiciera falta todavía, que su naturaleza es claramente disciplinadora y parte de la propaganda de un Estado de derecha.</p>
<p>Pero lo que no estalla en los estudios de televisión, ni en las primeras planas, estalla en la calle. Contra el guión que no duda en deslizarse a la mentira, choca un discurso sólido, no posmoderno, no cool, no light, no de prepa norteamericana. Los secundarios se comportan como ciudadanos. Tienen la autoestima de los ciudadanos, y desde ahí plantean sus derechos y demandas. Por las mismas paredes rotas y heladas de la ciudad más rica del país pueden haber pasado otras generaciones que naturalizaron su malestar cotidiano y el maltrato estatal hacia ellos. Pero esta generación de adolescentes exhibe a un sector que habíamos olvidado, tan seguros como nos hacían creer los medios de que los jóvenes usan peinados raros y son sólo emos, mirandas o casi ángeles.</p>
<p>La ciudadanía se amplía en una nueva imagen de los jóvenes argentinos contemporáneos, que piensan en política. Quizá sean una consecuencia de eso que decía Foucault sobre el poder: que no sólo reprime sino que también produce. La década del ’90 produjo los movimientos sociales. El macrismo produjo una generación de jóvenes que tuvieron como ministro de Educación a alguien como Abel Posse. Produjo escuelas vaciadas y desprovistas, becas recortadas, cierre de talleres. En consecuencia, produjo estas tomas, les proporcionó una causa. Que es la defensa de la educación pública y gratuita.</p>
<p>A los motivos de alegría que tenemos, sin duda hay que sumarles el debut de visibilidad de este sector de nuestros adolescentes, porque están escribiendo el primer capítulo de una nueva batalla cultural.</p>
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		<title>Lo nacido</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Aug 2010 06:00:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[política]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En 2001 solía escucharse que algo no terminaba de morir y algo no terminaba de nacer. Con esa expresión nos era más inteligible la tensión extrema que vivíamos. En esa encrucijada se debatía un país tan acostumbrado a las crisis que aquélla, con su tropel de desgracias colectivas y personales, tardó en mostrar su verdadera dimensión. Lo que pasó fue tan border, tan límite, que quizá todavía estemos bajo estrés postraumático.<span id="more-268"></span></p>
<p>Una primera ficha bajó cuando Domingo Cavallo anunció aquella medida que, según el ex presidente De la Rúa, fue “muy bien recibida por la gente”: el corralito primero y el corralón después hicieron comprender de golpe, como una muela extraída sin anestesia, que la impiedad del neoliberalismo, aplicado sobre los sectores del trabajo durante una década, caía ya filosa y sin control, sobre las clases medias y altas. Por cierto hubo sectores que se autoprotegieron y hasta hubo los que usufructuaron aquel país en demolición. Los fondos buitre vuelven cada tanto a recordarnos que de las tragedias sociales siempre hay quien se alimenta, y en consecuencia quien las propicia.</p>
<p>Pasamos meses viendo gente golpear con palos y ollas las puertas de los bancos, mientras otros se peleaban en los cajeros automáticos porque se vaciaban muy rápido: todo el mundo quería retirar sus doscientos cincuenta pesos semanales. Vivíamos con nuestro propio dinero racionado, mientras asimilábamos lo inimaginable, la ruptura más bestial del contrato entre los ciudadanos, por un lado, y las empresas privadas y el Estado, por el otro. Era aquel Estado neoliberal el más intervencionista que conocimos fuera de las dictaduras. Imaginen si Perón, versionado tirano, hubiese incautado los depósitos o se hubiera robado los ahorros de millones de personas.</p>
<p>Quizá todavía estemos bajo estrés postraumático, porque el trauma fue grande y de una profundidad tal que no puede disiparse en diez años. Y sin embargo hay momentos, muchos, casi todos, en los que la oposición parece descontar que eso ha quedado en el pasado. Hay memorias personales en suspenso, bloqueadas, biografías de gente de mediana edad que incubaron aquella desesperación. Cuando los ahorros de la clase media fueron incautados, los golpes con palos en las rejas de los bancos o los acampes en sus puertas no adquirían la forma de la violencia: estaba muy claro que eran precisamente la única respuesta, impotente, frente a la violencia de un sistema fogoneado, alentado, propagandizado, ejecutado, disfrazado por una clase política perteneciente a los partidos tradicionales, que había hecho una transacción vergonzosa con su poder de representación. Aquel bipartidismo engamó a los dos principales partidos en un único proyecto. Aquel proyecto no sólo era aberrante por su esencia, sino también por su fracaso intrínseco, como se puede ver ahora en España o en Grecia.</p>
<p>No éramos vírgenes de neoliberalismo cuando Domingo Cavallo, que había sido el bisturí menemista, fue elegido como el bisturí de la Alianza. No éramos vírgenes, éramos cómplices o imbéciles. Nuestras mayorías lo eran. Consintieron. Corrompidas, confundidas o manipuladas, quién sabe, pero digerimos con pasmosa naturalidad que quien había sido la quintaesencia menemista siguiera en el Ministerio de Economía del gobierno en el que se depositaba una esperanza. Hemos administrado muy mal esa esperanza, como quien administra mal sus pasos y vuelve a tropezar con la misma piedra.</p>
<p>El menemato terminó como una pesadilla de las formas, como la pizza con champán, una cuestión de estilo. Se supuso que la compostura radical, que la forma presentable de lo radical remediaría la enfermedad neoliberal. Qué otra cosa fue el hechizo del Pensamiento Unico. Aquel bipartidismo lo encarnó. Las políticas no se cuestionaron. Naturalmente, los intereses hegemónicos de las corporaciones mediáticas colaboraron mucho en el estrés postraumático.</p>
<p>Recién ahora estamos en condiciones de preguntarnos cuánto de nuestra historia reciente, con las correspondientes ciclotimias de la opinión pública, fue manipulado, operado desde los grandes medios.</p>
<p>Quizá se deba al estrés postraumático que ni siquiera ahora nos espanta colectivamente hablar de ajustes. A la luz de los hechos legislativos de esta semana, conviene recordar que llegar al ajuste implica un inevitable llegar a la deuda. El neoliberalismo no es un laberinto, sino la línea recta más corta hacia el desastre, y de ese desastre, de esa ruina, de ese sentimiento general de humillación, deberíamos recuperar la memoria entera, ya liberada de las riendas que al caballo que es la historia siempre sujetaron los discursos de las posiciones dominantes.</p>
<p>Lo que se nos propone desde cada posición no específica ni inscripta en un modelo completo enmascara la llaga que todavía está abierta. La de nuestro fracaso.</p>
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		<title>Curiosidades argentinas</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Feb 2010 21:10:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El miércoles estaba entrando a un restaurante porteño con algunos miembros de la organización barrial Túpac Amaru. Milagro Sala venía media cuadra más atrás, con su marido y otros compañeros. Cuando estábamos por entrar, un policía federal que estaba con otro en la puerta del restaurante de enfrente me miró y me hizo una seña. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El miércoles estaba entrando a un restaurante porteño con algunos miembros de la organización barrial Túpac Amaru. Milagro Sala venía media cuadra más atrás, con su marido y otros compañeros. Cuando estábamos por entrar, un policía federal que estaba con otro en la puerta del restaurante de enfrente me miró y me hizo una seña. Nos detuvimos. El policía, un hombre de mediana edad, cruzó la calle y vino directo hacia mí. Yo debo haber retrocedido un poco y la cara se me debe haber puesto involuntariamente tensa: el policía estiraba su mano, iba a agarrarme el brazo.<span id="more-243"></span></p>
<p>–No te asustés que estoy emocionado, boluda –me dijo él riéndose, y entonces le vi el brillo en los ojos. Pero era raro. ¿Por qué un policía habría de emocionarse al verme? Nunca me había pasado y no pensé que alguna vez me pasara que un policía federal me abrazara en la calle y me felicitara por mi trabajo. El se separó de mí y me mostró su placa. Leí en un voz alta su apellido, porque él me estaba sugiriendo que en su nombre estaba la explicación de esa emoción. No me lo dijo, pero bien me hubiese podido repetir: “Boluda”. Lo que dijo fue:</p>
<p>–El apellido no. Las iniciales.</p>
<p>Las leí también en voz alta:</p>
<p>–J. D.</p>
<p>Hubo un instante de silencio.</p>
<p>–¡Juan Domingo! –grité.</p>
<p>El pegó una carcajada, asintiendo. Nos reímos mucho todos. En eso llegó Milagro, y para el tipo ya fue el colmo esa sorpresa. La hundió en sus brazos –ella es muy menudita–, y se largó a llorar en su hombro. Un peronista de cuna peronista, con padres que decidieron ponerle Juan Domingo. Un policía federal.</p>
<p>Milagro también es peronista desde niña. Su madre adoptiva, de quien estuvo distanciada muchos años pero a quien siempre amó mucho, y sigue haciéndolo, le escribió una vez una carta a Evita y tuvo respuesta. Le llegó una de aquellas máquinas de coser de las que habla la leyenda. A Jujuy llegó aquella Singer. A Jujuy nunca había llegado nada.</p>
<p>El peronismo está marcado con ese bautismo de reconocimiento de ciudadanía que obtuvieron en los ’40 y ’50 millones de argentinos que hasta ese momento no figuraban ni siquiera en las preocupaciones electorales de los políticos argentinos. Cuando Perón llegó a la Secretaría de Trabajo, lo que se estilaba en este país era el fraude. Era más fácil para los partidos tradicionales y para los ocasionales arribistas al poder gestar un engaño o un golpe que incluir a los oscuros y a los desharrapados como objeto de satisfacción política. Eso que ahora llaman “clientelismo” indiscriminadamente cuando se trata de pobres, no era ni siquiera necesario antes de Perón. El “clientelismo”, aun indiscriminadamente, supone un canje de satisfacción. Un canje tramposo y antidemocrático, es cierto, pero los que le reprochan al peronismo su “clientelismo” son los que también hablan de “populismo”. Las clases dominantes argentinas eran predemocráticas cuando nació el peronismo. No querían ni siquiera comprar a los pobres. Simplemente los explotaban a destajo, sin considerar el poder como algo distinto a su propiedad privada.</p>
<p>Hasta Perón, este país fue un ágora cocoliche, un vip berreta, una careta con un tajo racial marcado en el medio. Nunca lo revisamos ni lo admitimos, pero este país creó su ilusión de identidad con un feroz gesto de racismo. La ciudadanía era hasta entonces más que una condición, una aptitud. Se era apto si se era blanco, porque si se era blanco se había comido en la infancia y se había ido a la escuela. Posiblemente con sacrificios, por supuesto, incluso hasta con pobreza. Esa primera exclusión histórica fue racial.</p>
<p>Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero algunas no han cambiado nada. Ya escribí alguna vez que ese sentimiento de pertenencia que expresa el peronismo me es ajeno y que sólo puedo percibirlo, empatizar con él, rendirme ante su evidencia. Pero aunque no puedo afirmarme en esa identidad, porque no la reconozco en mí, tampoco puedo dejar de comprenderla en toda su contradictoria y magnífica dimensión movimientista.</p>
<p>Le toca ahora encarnar al peronismo disidente la versión del peronismo que no negó ni siquiera Perón. Es cierto que no es menos peronista ese peronismo. Eso lo refleja con maestría la película de Juan José Campanella, El secreto de sus ojos. Un personaje como ese violador incluido en la trama siniestra en la que derivó alguna vez el peronismo de derecha funde la historia particular en la general. Esta es la contradicción no resuelta del peronismo, pero quizá no se trate ya de una contradicción, sino de dos dicciones totalmente diferentes, dos fuerzas condenadas a competir por un nombre y una identidad. Me temo que nunca ninguna será más peronista que la otra. El contradictorio era Perón y cada fuerza refleja una parte de ese hombre que amplió fenomenalmente las bases de la política argentina.</p>
<p>El antiperonismo, en cambio, no es tan contradictorio. Es lineal en su asco a los males modales, en su selectividad estética y en su abyecto lamento por los privilegios perdidos. Y en los sectores medios, es un lamento peor: como dijo inmejorablemente Carlos Barragán, “si los negros viven como uno, uno siente que tiene una vida de negro”.</p>
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		<title>Chile y Bolivia</title>
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		<pubDate>Sat, 23 Jan 2010 21:13:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ya hacía unos años que a la Argentina había vuelto la democracia, y apenas un par que este diario existía. Me tocó en suerte una cobertura inolvidable: ir a Chile a cubrir las elecciones con las que Augusto Pinochet se despedía. No se despedía del todo, porque había hecho una Constitución a su medida y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ya hacía unos años que a la Argentina había vuelto la democracia, y apenas un par que este diario existía. Me tocó en suerte una cobertura inolvidable: ir a Chile a cubrir las elecciones con las que Augusto Pinochet se despedía. No se despedía del todo, porque había hecho una Constitución a su medida y quedaba como senador vitalicio.<span id="more-245"></span> Pero aquel Chile fue una fiesta. En el acto de cierre de la Concertación, en el que hablaba Patricio Aylwin, quien sería el presidente electo, miles y miles de personas se apiñaban haciendo flamear sus banderas. Esas y otras banderas habían estado guardadas durante los años de dictadura. Chile, esas dos sílabas, ese nombre comprimido y rítmico, significaba entonces muchas cosas. Sobre todo significaba todavía Salvador Allende, significaba el Estadio Nacional, en consecuencia significaba Víctor Jara. Chile era llorar por los ausentes, y se lloraba de pena y de alegría al mismo tiempo esos días.</p>
<p>Las democracias latinoamericanas fueron llegando como pudieron. Fueron oportunidades arrancadas al enorme y monstruoso ballet de una generación más de militares que se aceptaron a sí mismos como el brazo armado de un orden de cosas que quisieron instaurar como el orden natural de las cosas. En cada país hubo pequeños grupos de civiles que buscaron y obtuvieron su propia representación en las fuerzas armadas. Tenemos esa clase de burguesías. Bananeras. La chilena, aunque camuflada en la circunspección idiosincrática y el recato religioso, fue tan bananera como la que más. Por bananera entiendo haber rifado sin titubeos una de las democracias más sólidas del continente para sacarse de encima, con estado de sitio, asesinatos y encarcelamiento de opositores, a un gobierno legítimo que estaba orientado hacia los débiles.</p>
<p>Ese sigue siendo nuestro problema en la región. Cómo pueden sostenerse los gobiernos que no se inclinen en el gesto de aceptación acrítica a lo que les exijan los países más poderosos.</p>
<p>Chile en aquel tiempo también significaba Ariel Dorfman y Armand Mattelart, y su Para leer al Pato Donald. Aquellas generaciones de latinoamericanos estaban descubriendo algunos mecanismos de colonización mental, algunos ardides a través de los cuales nuestros pueblos seguían viendo bello al rubio y feo al negro, confiable al blanco y ladino al indio. La aparatología cultural, puro artificio de comunicación de masas, no tenía todavía oponente. No había Ciencias de la Comunicación ni teorías que nos explicaran por qué y cómo la gente votaba contra sí misma, en una ensoñación programada para vulnerar hasta lo indecible a las mayorías.</p>
<p>Teníamos bases de ciudadanía extremadamente acotadas y selectivas. Se daba por bueno lo extranjero y malo lo nacional, como en esa propaganda de la silla que describió hace poco la Presidenta y que muchos hemos vuelto a ver con ojos azorados. Un hombre que se sienta en una silla hecha en la Argentina, y se cae porque la silla está mal hecha, no resiste su peso. Se exhibían entonces muchas otras sillas importadas, en las que cualquiera podía sentarse con confianza.</p>
<p>Lo ingenuo, lo falaz, lo antipatriótico y lo antipolítico de esa propaganda hoy la haría imposible. Sobre todo porque nos hemos sentado en infinidad de sillas importadas que se cayeron, y porque hasta el más desentendido entenderá al menos como un problema la desocupación de los trabajadores que hacen sillas y la quiebra de las fábricas de sillas. Pero en aquella época, en aquella edad del pavo mental que vivimos como continente y que terminó con los peores crímenes que puedan imaginarse, los ciudadanos eran niños leyendo al Pato Donald. Con fuerzas armadas instruyéndose en la Escuela de las Américas. Con burguesías y oligarquías aliadas en la saña que siempre pretendió ser moral o ideológica y siempre mintió, porque era económica. Algunos pocos generaron o preservaron negocios gracias a convencer a muchos de que había un estado de cosas que era el orden natural de las cosas.</p>
<p>Nunca nada tuvo por qué ser como fue. Lo que pasó fue la historia, con sus móviles, sus protagonistas, sus responsables, sus ganadores, sus firmantes. Tanto dolor, tanta muerte, tanto exilio, anidó en la parte más soez de miles de personas que, con el cuello apenas un poco afuera del agua, quieren hundirle la cabeza al de al lado. Hace unos días un hombre más bien pobre, que criticaba furiosamente al gobierno argentino, gritaba que él se había esforzado por pagar su jubilación y que ahora resulta que más de dos millones de vagos que no aportaron gozarán de su mismo beneficio. Eso es lo que han hecho con la idea del Estado: subvertirla tanto, que ya esa gente no entiende por Estado algo en común, sino la amenaza del reparto. No hay ningún pensamiento más funcional a esos pocos que manipulan a tantos, que ése: que la equidad es una amenaza.</p>
<p>Estos días en los grandes medios escuché a unos cuantos comunicadores machacar con el ejemplo chileno. Se referían a que Michelle Bachelet fue a saludar personalmente al presidente electo, el empresario Piñera. Vienen dando el ejemplo chileno porque Chile ya significa otras cosas. Significa beige, no rojo. Lo rojo se apiña en Bolivia, que ninguno de ellos da nunca como ejemplo de nada, a pesar de que es el país de la región cuya economía creció más el último año, y cuyos logros sociales van mucho más allá de lo aceptable para el statu quo. En Bolivia la democracia cura, educa y alimenta. En Bolivia el presidente Morales habla de la “revolución democrática” porque hay que sincerarse: que coman, se curen y se eduquen todos es lo revolucionario en estos países exóticos sólo si se los mira con el ojo del amo. La equidad, es necesario repetirlo, está siendo vestida de amenaza. Ese también es el ojo del amo.</p>
<p>Lamenté profundamente el triunfo de Piñera, lamenté ese retroceso, esa berlusconiada. Lamenté por anticipado lo que pasará y lamenté también tener que sepultar aquel recuerdo, el de Chile explotando de alegría con el fin de la dictadura. Porque la democracia, pensábamos todos entonces, no era solamente el llamado a elecciones sino la posibilidad de recrear las redes de solidaridad y de equidad que la dictadura había roto. La democracia, creíamos entonces, como había expresado aquí el entonces presidente Raúl Alfonsín, era una herramienta para dar de comer, para curar, para educar. Pues bien: eso lo ha hecho Bolivia y no Chile. No lo ha hecho hasta ahora, y con Piñera menos. Los ejemplos no son inocentes.</p>
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		<title>Marubos y Mayorubas</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Feb 2009 06:00:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Repaso mi cuaderno de notas y encuentro el mapa que hizo Débora Arisi, brasileña, antropóloga, ojos bien abiertos y celestes. A un costado de la carpa donde mujeres indígenas hacían un homenaje a la tierra ofreciéndole semillas, estábamos conversando con Jorge (léase yogyi) y Waki, jefes marubo y mayoruba, respectivamente. Son dos de las comunidades [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20090207/notas/NA36FO01.jpg" align="left" />Repaso mi cuaderno de notas y encuentro el mapa que hizo Débora Arisi, brasileña, antropóloga, ojos bien abiertos y celestes. A un costado de la carpa donde mujeres indígenas hacían un homenaje a la tierra ofreciéndole semillas, estábamos conversando con Jorge (léase yogyi) y Waki, jefes marubo y mayoruba, respectivamente. Son dos de las comunidades más grandes de la Amazonia, donde viven casi 300 etnias distintas. Un rato antes, yo estaba sentada en una de las gradas, con un aparatinho, así decía el locutor, del que “salían las voces de las traductoras”. El mío no andaba, y es que fallan muchas veces. Una mujer joven, con la cara limpia, se paró delante de mí para leer mi credencial, que decía “Imprensa”. Mi nombre y mi medio habían estado escritos con birome roja, que se fue destiñendo lluvia tras lluvia.</p>
<p>–¿Prensa? –me preguntó, sin saber mi idioma.</p>
<p>–¿Cómo? –yo estaba distraída con el aparatinho.</p>
<p>La mujer rubia sonrió, me agarró la mano y la estrechó con fuerza. Una manera cordial de obligarme a acercarme, porque el sonido ambiente obligaba a gritar.</p>
<p>–Soy Débora Arisi, soy antropóloga. Yo vivo con los marubo, de la zona del Javarí. Están en problemas, graves problemas. ¿Puedes hacerles una nota?<span id="more-239"></span></p>
<p>Le dije que sí. Tiró de mi mano y allí fui, siguiéndola por esa enorme tienda llena de indios de atavíos o desnudeces muy bellas. Llegamos a una tribuna en la que decenas y decenas de caras pintadas de rojo y negro nos miraron. Tenían las mejillas pintadas de negro y el rojo les tapaba la frente y los contornos de los ojos, como un antifaz.</p>
<p>–Ella es periodista de un buen periódico argentino. Va a hacerles una nota sobre la hepatitis –les dijo en un brasileño muy cerrado.</p>
<p>Las decenas y decenas de caras rojas y negras dejaron ver lo sepia de los dientes. Me sonrieron. Será una escena difícil de olvidar.</p>
<p>–Jorge, vamos afuera para poder hablar. Y Waki, tú también.</p>
<p>Mientras salíamos, me susurró:</p>
<p>–Waki es un jefe mayoruba muy importante.</p>
<p>El primero en hablar fue Jorge. Débora estaba tan nerviosa que no me traducía, más bien me repetía textualmente lo que Jorge iba diciendo. Y cada tanto me arrebataba el cuaderno en el que yo tomaba notas, y hacía listas explicativas, dibujos de plantas y mapas de diferentes regiones de la Amazonia. “8.544.444 ha”, leo ahora. Eso es la Amazonia.</p>
<p>Los marubo y los mayoruba son las principales etnias de la terra indígena vale do javari. La integran, según anotó Débora, os povos marubo, mayoruba, matis, kanamari, kalina, korubo. En las aldeas marubo de Lameirao, en los años ’80 entró el virus de la hepatitis. Todos ellos. A, B, C y Delta. Empezaron a morir.</p>
<p>En las riberas del río Javarí viven cerca de 3700 personas. Según Jorge, el 80 por ciento de ellas contrajo alguno de los virus. Jorge tiene los ojos enrojecidos. Hace apenas unas horas, desde un puesto cercano a su aldea, su hermano le dijo que tres de sus parientes están vomitando sangre. Ellos saben que es el principio del fin. Morirán sus parientes, como murió el 26 de enero Edilson Kanamari, un líder de 43 años, de hepatitis Delta.</p>
<p>No les llevan vacunas. La infraestructura sanitaria brasileña no llega a ellos. La piden a gritos. Han pasado, en estos años, a darles una dosis. Pero no llegan para la segunda o la tercera. De modo que esas 3700 personas no están inmunizadas, como podrían estarlo, como lo está la gente en las ciudades. Y esas personas que mueren de hepatitis no sólo se llevan su vida con ellos. Se llevan lo que queda de sus pueblos. Se llevan lo que sobrevivió a la selva y a la conquista. Jorge y Waki anuncian la inevitable extinción de los marubo y los mayorubas.</p>
<p>¿Qué piden? ¿Qué necesitan para garantizar la continuidad de sus linajes? Heladeras. Corriente eléctrica y heladeras donde guardar las vacunas ellos mismos o el puesto sanitario que necesitan. En 1996 creyeron que todo se terminaba. Ese año murieron 39 mayorubas de hepatitis en la aldea de Lobo. El virus, dicen, entró por Perú. Todas estas etnias vivieron siglos sin conocerlo.</p>
<p>Débora volvió a arrastrarme de un brazo hasta un enorme mapa de la Amazonia que estaba colgado en la carpa. Me mostró la región y dónde viven unos y otros. Las distancias son bestiales. Pocos pueblos tienen barcos con motor. Los otros usan el peque peque. Tardan cuatro, ocho, diez días para llegar a alguna parte a pedir ayuda. Ella está vacunada. Pero la malaria fue imposible evitarla. La contrajo cuando hacía poco que había llegado. Nombra a otro antropólogo que Jorge y Waki conocen, un tipo que vive en la selva porque está haciendo un trabajo sobre poesía mayoruba. Ya tuvo más de veinte malarias. De modo que en esta charla al costado de la carpa donde se lleva a cabo una actividad del Foro Social Mundial, la Amazonia se me entreabre de otra manera. Como un territorio abandonado, misterioso, algo que guarda lo secreto de lo virgen. Un territorio que todavía es la casa de muchas etnias aisladas que todavía no han sido “descubiertas”. Los korubo fueron “contactados” recién en 1996.</p>
<p>Pero también es un territorio al que van imantadas personas como Débora o el antropólogo poeta, gente con vocaciones rotundas, gente que vive su apostolado laico viviendo en tiendas precarias en la selva, ganándose la confianza de los pintados de rojo y negro recién cuando logran hablar su lengua. En la selva se habla el idioma de la selva. Y se aprende el brasileño para poder protestar.</p>
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		<title>Setentismo</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Oct 2008 19:48:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Después de todo cada vez que se habla de “setentismo” de lo que se habla es de un falso setentismo; ni siquiera de un falso recuerdo, sino más bien de una abstracción generada en la lengua a través de una operación de poder. Sería mejor dejarlo claro. Cada vez que se habla de “setentismo”, todos, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20081004/notas/na40fo10.jpg" align="left" />Después de todo cada vez que se habla de “setentismo” de lo que se habla es de un falso setentismo; ni siquiera de un falso recuerdo, sino más bien de una abstracción generada en la lengua a través de una operación de poder.</p>
<p>Sería mejor dejarlo claro. Cada vez que se habla de “setentismo”, todos, los que estamos a favor o en contra de cualquier cosa, entendemos algo en lo que no necesariamente pensamos. A esa palabra que es usada en el habla común argentina como un desprendimiento de discursos que bajan desde la política y los medios, la lengua le ha hecho flecos, o satélites, o flechas. Esas segundas capas de sentido no guardan una relación ajustada con lo que pasó en los ’70, sino más bien un recorte manipulado por el poder. Santucho es un nombre setentista. Camps, no.<span id="more-236"></span></p>
<p>El tiempo ha sido encapsulado por el poder. No por el poder gubernamental solamente, porque ya es tiempo al menos de incorporar generalizadamente la idea de que el pensamiento crítico se inscribe como tal contra el poder, pero el poder hace décadas que se ha diversificado y es como esa escultura que Marta Minujín hizo para el Tafirol. Tiene muchas caras. Opera por sobre el poder político, sin negarlo ni compitiendo con él en la esfera pública.</p>
<p>Pero no es ni un gramo menos peligroso que el poder político. Todo lo contrario. El poder político es el que participa de la democracia. El otro participa de todo.</p>
<p>No voy ahora con la cita de Marx sobre la tragedia y la farsa porque ya la sabemos de memoria. Pero incluso el hecho de que esa frase haya ido pasando este año de boca en boca, indica una percepción general de que hay cosas que están repitiéndose, que estamos acosados por la sensación de un raro déjà vu, cuando en realidad la etapa que estamos viviendo se caracteriza por rasgos muy diferentes a los que enmarcaron al verdadero “setentismo”.</p>
<p>La Mesa de Enlace recuerda a los patrones camioneros chilenos que encendieron la chispa para el golpe de Pinochet. Se puede considerar esa imagen válida para una argumentación, o se puede creer que no es “ajustada” por diversos motivos, pero nadie discute la verosimilitud de, al menos, la evocación. Eso no forma parte de lo que hoy se tilda de “setentista”. Nadie diría que Buzzi es “setentista”. Precisamente, lo que irrita de su perfil a los que no lo quieren –porque Buzzi genera rechazos viscerales– es que salpica con gestos “setentistas” (sí, haberse embanderado con una abuela de Plaza de Mayo) un rol claramente reaccionario. Sus representados fueron, junto con el Gobierno, los grandes derrotados de la puja por la 125.</p>
<p>Con la reapertura del caso Rucci, esa percepción volvió. Nadie citó la frase, pero quedaría bien combinada con los recuerdos que trae el caso Rucci (cuyos familiares con toda lógica quieren saber quién lo mató). En este caso, una de las grandes diferencias con los setenta es que la dirigencia sindical se mantiene del lado de la institucionalidad. Es una diferencia sustancial. Lo que vuelve es entonces no un suceso nuevo que replica uno anterior, sino un recuerdo fuerte, que sirva para tirar tierra vieja sobre nombres de hoy. La de Rucci es una de las páginas más negras, más irracionales del peronismo. Una vertiente horrible para su desmesura. Todo lo oscuro sale en cuanto se abre fuego.</p>
<p>Lo oscuro es imparable después que se abrió fuego. Incluso en circunstancias legítimas, incluso del lado bueno, que según quién puede ser cualquiera, esa última instancia que quema todas las naves democráticas y habilita además a atenerse a oscuridades impensadas de propios y ajenos, tiene que haber habido muchas otras derrotas democráticas anteriores para que un crimen como el de Rucci ocurriera. Tantas, que ya exceden lo político y entran en lo existencial.</p>
<p>El crimen de Rucci es “setentista”. No se le llama “setentista” a un Falcon verde, ni a una mujer que mandó postales de Para Ti a Europa para desmentir la campaña antiargentina, ni a los morochos con lentes y sobretodo que eran servicios, ni a los policías infiltrados en las universidades que andaban con libros de Paulo Freire para hacer hablar a los perejiles, ni al señor del promedio que decía “yo, argentino”. Todo eso quedó en los setenta, pero el setentismo se redujo a una partícula de olor fuerte, a una intención soterrada, a una explicación que no requiere más palabras. “Setentismo” huele a pólvora. Y me permito no oler pólvora por ninguna parte, vamos.</p>
<p>La lengua se jacta más de lo que obliga a decir que de lo que prohíbe decir. La lengua madejada por el lenguaje político y periodístico chorrea significados colaterales que siguen soplando el oído de la gente aun cuando las palabras se extinguieron. En materia intelectual, Barthes distinguía entre “descomponer” y “destruir”. Asumía que la tarea del intelectual es “descomponer” la conciencia burguesa, no “destruirla”. No por una elección, sino por dialéctica: sin condiciones prerrevolucionarias, como no las había en la Francia del ’50 ni en casi ninguna parte hoy, la “destrucción” implica un salto al vacío. “Mientras que al descomponer, acepto acompañar esta descomposición, descomponerme yo mismo en la misma medida: desbarro, me aferro y arrastro conmigo.” Esa es la razón por la que es bueno, cada tanto, descomponer palabras.</p>
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		<title>Doce años</title>
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		<pubDate>Sat, 20 Sep 2008 19:39:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Una pregunta puede ser formulada de muchas maneras. Una respuesta es siempre vaga si no se sabe a qué pregunta responde. Uno puede decir que sí o que no a muchas cosas, a una cantidad increíble de cosas, pero hay sólo un puñado de cuestiones a las que diciéndoles que sí o que no, uno [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20080920/notas/na40fo01.jpg" align="left" />Una pregunta puede ser formulada de muchas maneras. Una respuesta es siempre vaga si no se sabe a qué pregunta responde. Uno puede decir que sí o que no a muchas cosas, a una cantidad increíble de cosas, pero hay sólo un puñado de cuestiones a las que diciéndoles que sí o que no, uno es quien es.</p>
<p>Todos, tres o cuatro veces en la vida, hemos dicho que sí o que no frente a algunos dilemas, y esas respuestas hoy nos hacen los que somos. Por eso es tan importante, en esos momentos clave de la vida, tener la suficiente lucidez como para plantearnos de un modo honesto e inteligente esos dilemas. Son las encrucijadas de la vida. Las hay siempre y las enfrentamos todos, nos guste o no, en algún momento. No ver las encrucijadas con claridad es una de las maneras más comunes de estropearnos el futuro, o la identidad.<span id="more-233"></span></p>
<p>Pero si alguien es niña, si tiene doce años, si fue abusada y si está embarazada, probablemente tenga de sí misma y del mundo ideas distorsionadas, como está distorsionado el propio cuerpo con ese embarazo que no le tocaba, con eso que le fue impuesto con una violencia tan pasmosa que no podemos decir ni una sola palabra que la encarne. Esa violencia y sus legados pertenecen a un mundo del que no sabemos nada. Somos extranjeros de ese sufrimiento. Y entonces, un sí o un no, ¿qué significan? ¿A qué responden? ¿Qué le habrán preguntado a la niña mendocina? ¿Querés tener a tu bebito? O, ¿querés matar a tu bebito? O, ¿querés interrumpir tu embarazo? O, ¿querés que tu bebé siga creciendo adentro tuyo, así después lo cuidás y jugás con él? ¿Qué le habrán preguntado que la niña mendocina dijo que sí?</p>
<p>Es tan fácil andar castigando los cuerpos y las mentes ajenas, embanderándose con la religión católica y con sus preceptos sobre el ser persona del pre-feto de cinco minutos de vida. Es tan fácil llenarse la boca con el amor a la vida mientras se toma por asalto una habitación de hospital donde una niña de doce años se debate en el horror de sí misma y en los enigmas del destino. Es tan cruel y tan ciego cargar con la propia moral sobre una niña que es una niña, sobre esa niña a la que una violación y un embarazo no le han quitado su dignidad de niña, y por lo tanto no puede y no debería decidir sobre el irreversible paisaje de su propia vida, ya desarticulada de la felicidad, ya hundida en el horizonte de la maternidad a una hora que no es, de la forma que no es, con sentimientos que no son, y como resultado de un terrible recuerdo que ya lleva tatuado en la mente.</p>
<p>Las tribus fundamentalistas católicas se han dado un festival en Mendoza. No hay ningún atenuante para interrumpir un embarazo cuando el punto de vista es religioso. Ninguno. Ni doce años ni la violación de un padrastro. Un embarazo para esas tribus fundamentalistas y para los jerarcas del Vaticano que imparten las normas de las vidas que ellos no viven, ya no es un embarazo. Es un símbolo. Es una última trinchera tras la que resisten exactamente los mismos que dicen que el preservativo es inútil para prevenir el VIH, y desaconsejan su uso. Un embarazo es nada menos que el resultado justo de un coito. Es el propósito último que dispensa el deseo sexual y lo sublima. Por esa lente distorsionada se sublima hasta la perversión de un violador, si como resultado de la violación hay embarazo. Hay quien dijo que la peor de las perversiones es la abstinencia.</p>
<p>Pero no nos gobierna la Iglesia Católica. Si fuera así, tampoco habría divorcio. Apenas volvió la democracia, el debate sobre el divorcio también hizo salir a la calle a la reserva católica con fobia al mundo. Fue Santo Tomás, un ex libertino, el que designó a las cosas de este mundo como “inmundas”. Este mundo, se sabe, es el escenario en el que transcurre lo humano. En este mundo vivimos como podemos, hacemos lo que podemos, sufrimos lo que nos toca. Pero es necesario hacer visible la vara que mide nuestras inmundicias. El sexo no es inmundo; ni el sexo con amor ni el sexo sin amor son por sí mismos inmundos. Hay coitos inmundos, cómo no, así como hay abstinencias aberrantes. La Iglesia Católica puede dar fe del resultado aberrante de muchas de las abstinencias que patrocina. No es casual que los varios juicios que se llevan adelante en este momento contra sacerdotes católicos pedófilos tengan como víctimas no a niñas sino a varones. La faja de la represión suele abrirse con fuerza por el lugar más apretado. Las pulsiones humanas no pueden mantenerse fajadas, y estallan de las maneras más crueles cuanto más se ha querido aplastarlas.</p>
<p>Las fanáticas pro vida que entraron a la habitación de hospital donde estaba internada la niña mendocina a la espera del aborto que había solicitado su madre y que le fue negado, esas brujas que entraron con sus folletos de fetos muertos y sus palabras terribles a convencerla de que no abortara, consiguieron lo que buscaban. Han ganado una batalla a costa de la vida de una niña de doce años. Se han engullido su futuro y sus emociones. Son caníbales.</p>
<p>Por último, el juez de Familia Germán Ferrer, con su fallo y sus comentarios, ha dado cuenta, quizás a través de un fallido, de cómo la Justicia se ha alejado de su eje en este caso, con un punto de vista completamente distorsionado, igual que la suerte de quien dependía de ella. El juez Ferrer eligió una posición equidistante de dos demonios, los “grupos pro vida” y los grupos “pro abortistas”. La madre de una niña de doce años violada por su padrastro no tiene nada que ver con ningún grupo de ésos. El juez tenía que preservar la dignidad de la niña y hacer justicia para ella, no para ningún grupo. Los atropellos contra la niña y los 300 mensajes de texto que le mandaron al juez eran de los fanáticos pro vida. Instalar dos demonios donde no los hay es una práctica retórica que trae malos recuerdos y da vergüenza ajena.</p>
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		<title>El tren</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Sep 2008 06:00:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[“No hay nada más triste que un tren inmóvil bajo la lluvia.” Ese micropoema de Neruda siempre se me quedó adherido a la memoria, quizá porque la imagen que trae a la cabeza es lo que golpea el recuerdo. Igual que este otro, que no es un micropoema, sino una microescena, que me tocó vivir [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20080906/notas/na40fo01.jpg" align="left" />“No hay nada más triste que un tren inmóvil bajo la lluvia.” Ese micropoema de Neruda siempre se me quedó adherido a la memoria, quizá porque la imagen que trae a la cabeza es lo que golpea el recuerdo. Igual que este otro, que no es un micropoema, sino una microescena, que me tocó vivir en mi adolescencia, cuando los trenes eran del Estado, pero el Estado era de las Fuerzas Armadas. En un vagón solitario del Roca, viajando de la Capital a Quilmes, de noche, sentada y leyendo rompiéndome los ojos con esa media luz que iluminaba los vagones de esa época. Me distrajo un pibe que se paró en el pasillo a la altura de mi asiento. El pibe sacó una navaja de su bolsillo, abrió y comenzó a hacer unos cortes en la cuerina del asiento. No tuve tiempo ni para asustarme, como veo, ahora que lo escribo, que debería haber hecho. “Qué hacés”, le dije. El se encogió de hombros. Yo no me animé a decir más nada. No sabía qué decir en realidad. No tenía muy claro por qué estaba mal cortajear esos trenes de mierda a los que había que esperar horas, y en los que había que esperar horas cuando todos los días se paraban en algún tramo del recorrido. Eran los trenes a los que se subía el Ejército todas las mañanas para requisar a los estudiantes que viajaban en dirección a La Plata. Nadie los quería.<span id="more-230"></span></p>
<p>Creo que con el pibe no pasó más nada. Se debe haber bajado. Yo seguí viaje un poco estupefacta, porque esa escena me había revelado un concepto que se puede estudiar en la escuela o la facultad, pero que cobró vida en esa escena. Yo no le pregunté “¿qué hacés?”. No puse signos de interrogación a lo que decía. Era más bien un planteo, un problema a resolver, no sé siquiera si se lo estaba preguntado a él: qué estás haciendo, por qué pasás por acá y sacás una navaja y cortás los asientos, qué ganás, qué perdés, qué significa que te desahogues con este asiento de tren en el que vos viajás y yo también, qué estás diciendo.</p>
<p>Tuve entonces más claro el concepto de Estado. Esos trenes eran, se suponía, de todos, pero el Estado había sido tomado por las Fuerzas Armadas. Lo que habían sustraído los militares a la población era, además de la libertad, las instituciones democráticas, un contrato social y político y varias cosas más: era también el Estado. Lo habían sustraído, digo, del imaginario colectivo. El Estado no era percibido como propio, sino como ajeno. Siempre hubo vandalismo ferroviario. Concentra un tipo de rabia vaga. No hablo de los incendios o destrozos intencionales con objetivos políticos, como encuadra el Gobierno los incidentes de Castelar y Merlo, sino de vandalismo espontáneo. Pibes cortajeando asientos o rompiendo vidrios.</p>
<p>Y sí hubo, bastante después, en democracia, con trenes ya privatizados, protestas legítimas de gente harta. Especialmente en el Roca y el Sarmiento. Chispas de impotencia acumulada durante días y días que de repente estallan. Y a propósito, me gustaría señalar la abrumadora carga de sentido que, incluyéndonos a todos, tiene el hecho de que le demos tanta importancia al cumplimiento de los horarios de las líneas aéreas, y tan poca importancia al cumplimiento de los horario de los trenes.</p>
<p>La importancia de ese cumplimiento sólo se basa en la dignidad atribuida al pasajero. Las esperas en aeroparque son un hit en los noticieros televisivos. Hemos visto millones de ellas. ¿Cuántas hemos visto del incumplimiento de horario de los trenes? Los pasajeros de líneas aéreas son nota simplemente por estar sentados en el piso, y cuando se acercan al micrófono los movileros suelen preguntarles qué perjuicio les provoca la espera, y ellos casi siempre hablan de cuestiones de trabajo. Los pasajeros de los trenes salen en televisión cuando se incendia un vagón o cuando se corta una vía. Los funcionarios también se ocupan de los pasajeros de los trenes cuando algo altera el orden público. Espontáneo o intencional.</p>
<p>Los pasajeros de los trenes hablan también, como los pasajeros de avión, de cuestiones de trabajo. No es que no lleguen a una reunión importante ni que la espera los complique para cerrar un negocio, es más bien que no les pagan el día porque el tren los hace perder el jornal o el premio por presentismo. En la idea que tenemos sobre ciertos medios de transporte, en el maltrato que naturalizamos o en el que nos despierta irritación, en la prioridad que se le da a la información pública sobre uno u otro tema, late nuestra idea de quiénes usan esos medios de transporte.</p>
<p>Los pasajeros de los trenes están hechos de la misma arcilla que los pasajeros de los aviones. Han debido subir sus umbrales de frustración, porque llevan vidas que dan por hecho lo que a los pasajeros de los aviones los escandalizaría. Los pasajeros de los trenes pagan poco. La tarifa ferroviaria argentina es muy barata. ¿Podrían pagar más? Muchos de ellos, no. Que los trenes sean privados no significa, no puede significar que no haya Estado protegiendo a los pasajeros de los trenes. Los pobres, cuando se trasladan, son pasajeros de trenes. Las políticas públicas deberían llegar cuanto antes a ese territorio adverso, maltratador, de nadie, que son los trenes del conurbano.</p>
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		<title>El patio de los Campanelli</title>
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		<pubDate>Sat, 23 Aug 2008 06:00:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[política]]></category>
		<category><![CDATA[página 12]]></category>
		<category><![CDATA[sociedad]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080823/notas/na40fo01.jpg" align="left" />Cuando los que hoy andamos por la mediana edad éramos chicos, viajar en avión era una iniciación que a veces se postergaba más que todas las otras. Todavía no existía siquiera la palabra globalización, y lo que quedaba lejos quedaba lejos del todo. De los aviones llegaban imágenes fascinantes, como las de los pilotos y las azafatas, que parecían seres en tránsito permanente y además conseguían perfumes y cigarrillos importados. Ser azafata o piloto de avión era una de las primeras cosas que se nos ocurrían cuando nos preguntaban qué queríamos ser cuando fuésemos grandes. Las azafatas con sus uniformes y sus valijitas con ruedas nos parecían, desde la mirada de los diez o doce años, mujeres un poco mundanas y al mismo tiempo respetables, con sus polleras por la rodilla y sus pañuelos de seda atados con gracia al cuello o despuntando del bolsillo del blazer. No eran mujeres, en todo caso, cuya mayor preocupación era qué hacer de cenar. En aquel imaginario prepúber, esas mujeres siempre sonrientes dormían una noche en París y la siguiente en Nueva York, en hoteles lindos y pagados por la compañía. Hablaban inglés y estaban siempre maquilladas. Así como en la Edad Media ser monja era un buen recurso para no casarse, en nuestras preadolescencias ser azafata parecía un buen recurso para viajar.<span id="more-227"></span></p>
<p>Ilusiones módicas, primeras, de clase media. Cualquier familia del barrio podía estar orgullosa de tener una hija azafata. Los Campanelli tenían una hija azafata, creo que era Liliana Caldini. Y aunque los Campanelli eran todos medio brutos, con padres que hablaban cocoliche, poco ilustrados, todos tanos en su salsa argentina, la azafata se había refinado con su trabajo y marcaba la diferencia. Pertenecía a esa familia, de la que no renegaba, pero su dicción era distinta, sus modales eran otros. Ser azafata era un trabajo que hacía bien, y hasta esos hermanos machistas y energúmenos que tenía la señorita Campanelli estaban orgullosos de ella.</p>
<p>Probablemente no haya sido el azar el que trajo a mi memoria a aquellos Campanelli que habré visto alguna vez, pero que quedaron instalados en la memoria televisiva de una época. De algún modo, la clase media argentina de los ’60 era una gran familia Campanelli, un grupo muy numeroso compuesto por gente que compartía una misma plataforma de largada, y cuyos miembros eran dueños de aspirar a otra cosa o de quedarse a seguir los ritos familiares. Convivían allí personajes grotescos con eternos escarbadientes en la boca, y abogados o médicos recién recibidos para beneplácito de padres y madres que no había tenido educación. El patio de los Campanelli era así un laboratorio de estrategias individuales entrelazadas con oportunidades que llegaban desde el ámbito público. Eso no se explicitaba porque se daba por hecho: la Argentina de entonces asumía como natural el hecho de que el esfuerzo y el talento fueran premiados con ascenso social. Sólo cuando el esfuerzo y el talento individuales ya no fueron suficientes para salir de ese patio se hizo visible el agujero que quedó después de la muerte del Estado y de las políticas públicas para que los peces chicos tuvieran oportunidades.</p>
<p>Me vienen a la cabeza recortes de otros programas televisivos más tardíos. Se estaba por privatizar nuestra línea de bandera y familias enteras de trabajadores de Aerolíneas Argentinas lloraban en cámara. Era la punta de un iceberg cuya base nos estaba tocando a casi todos, pero manipulados, obnubilados, hechizados por el discurso que enarbolaba las privatizaciones como una “modernización” inevitable para sacarnos de encima el “elefante” del Estado, pensamos que el problema era de otros, de ellos. Bernardo Neustadt fue quizás el profeta más insistente de aquellos dislates. Decía, cuando se privatizó ENTel, que íbamos a poder elegir entre el teléfono azul o el teléfono verde, que la competencia era la base del capitalismo y que con la privatización entraríamos a la modernidad.</p>
<p>Después pudimos elegir poca cosa, casi nada. Los ciudadanos se convirtieron en usuarios y consumidores que rara vez lograban encontrarse con una voz humana en los servicios de atención al cliente. Aquel discurso que hacía pie en la libertad de mercado se guardó en la letra chica la abolición de la libertad para diseñar la propia vida. Sin políticas públicas que equilibraran a los sectores poderosos y a los sectores débiles, muchos Campanelli fueron desalojados, igualados para abajo con otros que ya tampoco podían aspirar a un patio propio.</p>
<p>A los países emergentes el capitalismo no les dio ni siquiera su lógica de progreso. Fuimos tomados por chatarra, con ideólogos que hicieron vista gorda porque ya se habían convertido en empresarios, y con una clase dirigente vergonzosa, intelectualmente pobre y moralmente plana. Aquel proceso necesitó convertir la política en cloaca. También necesitó convencernos de que la política era cloaca. Necesitó alejarnos de la política. Previó individuos incapaces de establecer estrategias colectivas. Recortó a cada uno en su isla, gestó jóvenes abúlicos, sembró desconfianza en el prójimo, puso rejas en las ventanas y en las mentes, operó en lo más profundo: allí donde nacen las ganas de cambiar.</p>
<p>Esta semana recuperamos algo. Una voluntad común. Una empresa que fue nuestra en tanto fue estatal, y dejó de serlo cuando fue vendida y comprada como una mercancía sin valor simbólico. Aerolíneas Argentinas, además de una línea de bandera, es un símbolo que vuelve a esta casa en la que habitamos todos.</p>
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