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Ultimamente veo choques de paradigmas por todos lados, como si esta época nos regalara la indetenible experiencia de los cambios. Esos choques son múltiples y globales, escarban en nuestras sociedades, las interpelan y las reagrupan, como se puede ver en el tablero mundial, donde la porción emergente del mundo ya es tan grande que esa porción parece considerar defender en bloque sus intereses. Pero esos choques de paradigmas, empujados por la historia, no se dan sólo en la política y en la economía. Se dan en lo subjetivo y, por supuesto, en la cultura.

Alguna vez escribí una contratapa que se llamaba “El pulóver peruano”. La verdad, sé que “el pulóver peruano” fue uno de los primeros emblemas que trajo por aquí la posmodernidad, o eso que nos ingresó no sólo a otro mundo material, sino también a otro mundo mental. En ese mundo, no se incluye. Se pertenece, se accede, se aspira. La contraparte es que se sufre, se padece, se disuelve. “El pulóver peruano” fue una metáfora surgida entre quienes pertenecen, acceden y aspiran. Nosotros pertenecemos, accedemos y aspiramos. Son otros los otros.

¿Me parece a mí, o ya pasó esto de que la temporada marplatense comience “pasada por agua”, y que en todos los canales de televisión haya noteros enviados a La Feliz que, como llueve, no pueden ir a la playa a mostrar chicas y entonces dicen en cada entrada que Mar del Plata está “pasada por agua” y merodean por no sé qué avenida en la que venden pulóveres y hacen entrevistas a matrimonios maduros que caminan abrazados o a matrimonios jóvenes que aunque sonríen están tensos porque ya no saben qué hacer con sus hijos, que chillan todo el tiempo?

El huérfano en mi infancia era un personaje de Dickens, alguien de otro siglo. Un niño o niña como yo, pero despeinados, vestidos con el tweed roído de un abrigo que no alcanzaba nunca para quitarles el frío. Estaban solos en las calles, o eran rehenes de algún maldito. Tomaban sopas inmundas y soportaban todo tipo de humillaciones. El huérfano era un personaje literario, aunque me acuerdo de Wolf, un compañero de la primaria. No tenía madre. Se había muerto cuando él era muy chico. Todos lo sabíamos pero no se hablaba de eso. Wolf era más bien introvertido, raro, nerd, pero aun así todos le dedicábamos un poco más de la cordialidad que hubiese merecido teniendo madre.

Hace ya algunos años, el libro de la norteamericana Clarissa Pinkola Estes, Mujeres que corren con lobos, causó un furor pocas veces visto entre el público lector femenino con alguna, aunque fuera mínima, conciencia de género. Fue uno de esos sucesos editoriales que surgen cuando un libro habla de algo que está en el aire y todavía no fue dicho. Mujeres… invistió y habilitó para millones de lectoras de todo el mundo la faceta guerrera femenina no como una contradicción, sino como un complemento de la feminidad profunda. Puede decirse, se me ocurre ahora, que Mujeres… fue un libro que incorporó cierta tendencia fálica como propia e inherente al género.

La clínica queda en Quilmes, pero del otro lado de la vía. Quilmes Oeste, cuando yo era chica, era otro mundo. Vivir del otro lado de la vía era ser diferente, tener otras costumbres, otros ritos, como ser de otro club. Mi madre lentamente fue trasladándose al otro lado de la vía. Sus confusiones empezaron hace años, los reemplazos de una palabra por otra fueron llegando como gotas, una tras otra. Sus esfuerzos por retener una idea terminaban irritándola. La veía luchar contra ese vacío que se le plantaba en la cabeza como una semilla maligna. El vacío crecía desmadejado en esa mente que despacio, sin tregua, se enredaba con imágenes de diferentes épocas de su vida. Hace unas semanas un ataque la mantuvo hablando sin parar días y noches enteras. Allí estaban, delante de sus ojos, invisibles para mí pero carnales y evidentes para ella, sus hermanos, su padre, su casa de la infancia. Estaba internada en una clínica común, a la que van los enfermos que deben guardar cama. La gente loca no es bien recibida en esas clínicas. Altera al resto. La habían atado a la cama y habían levantado las barandas. Ella las empujaba y me decía: “Estamos detenidas porque vos no sabés conducir”. Mi madre nunca fue muy piadosa conmigo, de modo que no me extrañó que atribuyera su estado a mi falta. Eso somos las mujeres, después de todo. Lo que no tenemos, lo que no sabemos, incluso lo que no perdimos.

Subte D, viernes, ocho de la noche. No mucha gente. Ya pasó la hora pico. Todos los asientos están ocupados, pero no son tantos los que van parados. Entre ellos hay un pequeño grupo de turistas norteamericanos muy jóvenes, cuatro o cinco. Hablan muy fuerte su lenguaje gomoso que parece extraído de HBO. En la estación Tribunales suben tres nenas pobres y desarregladas, aunque a ninguna de las tres les faltan sus trenzas. ¿Qué querrá decir una trenza en la cabeza de una nena pobre? ¿Qué mano y con qué propósito la habrá hecho? ¿A qué hora? ¿Habrá, esa mano, acariciado esa cabeza después de terminar de hacer la trenza? Dejan este tipo de dudas estas nenas. Una de ellas empieza a cantar una canción de Ricky Martin. Canta muy mal, pero su voz aflautada llena el vagón y, apenas termina, comienza su recorrido para recolectar monedas. Las otras dos nenas la siguen, como excéntricos guardaespaldas. La nena estira la mano ante un oficinista con cara de agotado. El mete la mano en el bolsillo y extiende cincuenta centavos. La nena agarra la moneda, pero en lugar de embolsarla y seguir su recorrido, agarra también la mano del oficinista, que se pone ligeramente en guardia. La nena se estira hacia la mejilla de él. Estampa un beso ahí. El oficinista sonríe. Dice: “De nada”, porque la nena después del beso le dijo: “Gracias”. La nena sigue el recorrido en la misma fila de asientos. Todos los pasajeros dan monedas y con todos se repite el rito. Gracias, de nada, beso.