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	<title>Sandra Russo &#187; identidad</title>
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		<title>El segundo pecado original</title>
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		<pubDate>Sat, 22 Mar 2008 06:00:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hubo una vez un matrimonio que formaron los escritores Sara Gallardo y Héctor A. Murena. Se encontraron y se quedaron juntos allá por el ’70, mutuamente deslumbrados por la sintonía del dolor existencial que padecían. Ella no era solamente Gallardo; era además Drago y Mitre. La generación del ’80, que dibujó la forma ingrata de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080322/notas/na36fo01.jpg" align="left" />Hubo una vez un matrimonio que formaron los escritores Sara Gallardo y Héctor A. Murena. Se encontraron y se quedaron juntos allá por el ’70, mutuamente deslumbrados por la sintonía del dolor existencial que padecían.</p>
<p>Ella no era solamente Gallardo; era además Drago y Mitre. La generación del ’80, que dibujó la forma ingrata de este país, corría por sus venas. El era un poeta y ensayista que no tenía raíces oligárquicas, pero era sobre todo un melancólico protagonista y testigo de la escena americana. “Ese es nuestro secreto de americanos, la herida que gotea lenta y dolorosamente, por la que se nos va nuestra vida: no tenemos historia, no tenemos padre.” Es una frase de El pecado original de América, acaso la obra por la que más se lo recuerda, escrita hace más de medio siglo.<span id="more-180"></span></p>
<p>Esa obra tuvo una base y un disparador, que fue el Sarmiento, de Ezequiel Martínez Estrada. Murena reconocía en Martínez Estrada a su maestro, pero al mismo tiempo, escribió, en tanto buen discípulo, se dedicó a desarmar los argumentos del maestro. Más allá de esos argumentos puntuales, que sería largo exponer, tal vez sea más eficaz, al servicio de esta nota, advertir que Martínez Estrada portaba un apellido que falseaba un linaje, como el de todas las oligarquías latinoamericanas.</p>
<p>Murena, que para un oligarca era un cualquiera, lo percibía. Los Estrada, los Gallardo, los Drago, los Mitre y tantos otros falseaban linajes inventados en episodios sangrientos, en descomunales atropellos a la condición humana. No había pasado el tiempo suficiente como para que los rastros de esos crímenes fueran borrados. América era un territorio, según Murena, acosado por un segundo pecado original. Aquí no habían venido, de otro lado, de Europa, los mejores. Aquí habían llegado los codiciosos, los inescrupulosos, los aventureros en busca de tierra y oro. Esa fue la materia prima moral de las clases dirigentes americanas. Antepasados sin freno para detenerse ante la canallada. Sólo a través de operaciones mentales complejas y del abuso del poder, sus descendientes convirtieron a aquellos originarios acumuladores de territorio y riqueza en próceres no sólo para ellos: los elevaron al podio de los próceres nacionales.</p>
<p>“El pecado original de los países americanos radica en el hecho de que fueron formados por seres que entregaban el alma a cambio del oro, y por seres sin alma a quienes sólo movía la voracidad. Todas las superestructuras que han surgido naturalmente sobre él, y las que hemos implementado para taparlo, llevan su impronta. Ese mal de formación, perpetuado por las superestructuras que rigen nuestras vidas, y actualizado constantemente –porque cada inmigrante que llega es un alma que compramos con nuestro trigo– representa la mácula originaria”, escribió Murena en sus Apéndices.</p>
<p>Sara Gallardo, antes de casarse con Murena, había estado casada con Luis Pico Estrada. Los apellidos de la oligarquía suelen tejer esas redes concéntricas que garantizan que los de afuera quedan afuera. ¿Pero qué hay adentro?</p>
<p>Al menos en el interior de esa mujer que recién ahora comienza a ser releída como una de las grandes escritoras de su tiempo, lo que había era horror. Extrañamiento y horror. Una mirada virgen sobre su propio entorno social y familiar la hizo capaz de escribir no sólo Los galgos, los galgos sino también la Historia de los galgos (una versión abreviada y furiosa), en la que el protagonista es un hombre, Julián. Un heredero. Un hombre que hereda tierra. El hijo de un terrateniente.</p>
<p>La prosa de Gallardo surge desde esa herida, la que describe quién fue su segundo esposo. Gallardo no entra en la trampa de su tremenda estirpe. No tiene estirpe. Julián, su personaje, tampoco. Lo que tiene es tierra. Lo que tiene es título de propiedad. Y tiene fobia. Quiere escapar. Hereda quinientas hectáreas que valen poco y va a conocer su reino. ¿En qué otro lugar del planeta, si no en este continente tan extenso y vacío, puede alguien recibir por herencia un reino sobre el que no tiene más derecho que el de una escritura arrancada dos o tres generaciones antes a fuerza de sangre y fuego?</p>
<p>Cuando Julián le cuenta a su mujer, Lisa, una pintora tan ajena a la danza de los apellidos selectos como el propio Murena, que han heredado el campo, ella grita:</p>
<p>–¡Somos dueños de un pedazo del planeta!</p>
<p>Julián se inquieta y no sabe por qué, pero está en lo correcto al inquietarse, porque no cualquiera está preparado para ser estanciero en un país como la Argentina. Después de varias horas de viaje en tren, Julián y Lisa llegan al campo.</p>
<p>–Pisamos tu tierra –dice Lisa.</p>
<p>Y Julián, en la voz del narrador, admite: “Y así descubrí que yo, el que llegaba, era el patrón”. Una frase genial, pasible de ser arrancada de la boca de un personaje de ficción escrito por una mujer con muchos apellidos y con una aplastante conciencia de que no es posible descubrir sin horror que el patrón es el que llega, y no el que vive en ella. Esa frase podría haber sido repetida infinidad de veces en América. “Yo, el que llega, soy el patrón.”</p>
<p>- &#8211; -</p>
<p>Gallardo y Murena ya murieron. Pero me pregunto qué verían, qué escribirían, qué opinarían de este país en estos días, cuando después de un período de producción extraordinaria los autazos fenomenales cruzan las rutas, y la negativa a ceder algo de lo suyo hace a los dueños de la tierra, oligarcas o no, reinventar la vigencia de aquel segundo pecado original. El de la avaricia, el de la codicia, el de la ambición sin el tope ni la racionalidad que en otros continentes es de rigor si, además de la tierra y la riqueza, un sector privilegiado quiere también tener nación.</p>
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		<title>Lo latinoamericano</title>
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		<pubDate>Sat, 29 Dec 2007 06:00:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Alguna vez escribí una contratapa que se llamaba “El pulóver peruano”. La verdad, sé que “el pulóver peruano” fue uno de los primeros emblemas que trajo por aquí la posmodernidad, o eso que nos ingresó no sólo a otro mundo material, sino también a otro mundo mental. En ese mundo, no se incluye. Se pertenece, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20071229/notas/na32fo02.jpg" align="left" />Alguna vez escribí una contratapa que se llamaba “El pulóver peruano”. La verdad, sé que “el pulóver peruano” fue uno de los primeros emblemas que trajo por aquí la posmodernidad, o eso que nos ingresó no sólo a otro mundo material, sino también a otro mundo mental. En ese mundo, no se incluye. Se pertenece, se accede, se aspira. La contraparte es que se sufre, se padece, se disuelve. “El pulóver peruano” fue una metáfora surgida entre quienes pertenecen, acceden y aspiran. Nosotros pertenecemos, accedemos y aspiramos. Son otros los otros.</p>
<p>El solo hecho de poder leer y comprender lo que se lee es un síntoma de pertenecer. Amigos, la posmodernidad trajo consigo esta paradoja: la alfabetización, la verdadera alfabetización, que implica no sólo lectura y escritura sino básicamente la comprensión de un texto, es la principal herramienta con la que se corta en dos la sociedad. El desalfabetizado queda afuera, no entiende, no simboliza, no hace dobles lecturas. La posmodernidad implica la desalfabetización de la mayor parte del planeta, y la neurosis aguda del resto.<span id="more-166"></span></p>
<p>“El pulóver peruano”, decía al principio, fue una contratapa cuyo contenido sinceramente no recuerdo y después de todo poco importa. Pero sé que esa expresión, “tener un pulóver peruano guardado en el ropero”, significa que uno ha creído en cosas en las que ya no cree. Guardarlo en el ropero significa además que esas cosas en las que uno ha creído lo avergüenzan.</p>
<p>No sé si fue una trampa. Quizá estemos condenados a los péndulos, quizá no hemos encontrado nada todavía que nos eleve al estado de una mística social y política. El cinismo y el escepticismo son dos variables de personalidades afines a la posmodernidad.</p>
<p>Sin embargo, la historia fluye a nuestro alrededor de manera enigmática. Y de pronto América latina, aquella de las venas abiertas que también pasaron de moda, como la estética psicobolche, se despierta.</p>
<p>Y de pronto uno comprende que en las últimas décadas fuimos, los sujetos instruidos y bienpensantes de los países periféricos, captadores encapsulados de la realidad. Hicimos una lectura del mundo, del que se ve desde aquí, como si la cápsula nos incluyera a franceses y argentinos, a norteamericanos y chilenos, a británicos y colombianos. Como si a nuestro alrededor no deambularan, en las calles y en los subterráneos, en los bares y en nuestra propio servicio doméstico, aquellos que viven un dolor extenso y transgeneracional, la ciega crueldad posmoderna.</p>
<p>Y sin embargo, decía, América latina ofrece escenas como la de la creación del Banco del Sur, en las que se expresa y se concreta uno de los sueños que tenían los que tenían un pulóver peruano. El hermano latinoamericano, con el que tanto hemos jodido cuando la visita de la prepaga la hacía un médico ecuatoriano, es otro hermano latinoamericano. La propia realidad, sin que la fuercen, está reinvistiendo al hermano latinoamericano. Ahora no es la cultura la que pide, la que reclama, la que insta. Es la política.</p>
<p>Y entonces la política misma se reinviste. Esa práctica que los mismos políticos no cuidan de su extraordinario desprestigio, se vuelve otra cosa con los presidentes de Chile, Bolivia, Venezuela, Uruguay, Ecuador, Paraguay, Brasil, Argentina. Ya no es una pancarta. Es una realidad compleja, con procesos nacionales muy distintos, pero así y todo lo que brilla es la idea de unir fuerzas, que todos somos un tanque y pareciera que nunca nos hemos dado cuenta. La costura de estos nuevos lazos geopolíticos que incluye empatía ideológica e intereses económicos comunes, se hizo despacio y a medida que fue asomándose una nueva generación de líderes.</p>
<p>No digo que nos pongamos a escuchar Quilapayún. Pero los poros se abren para tantas posibilidades, es tan fácil por este camino recuperar un deseo. Si había una manera de desviar de la región el pensamiento hegemónico que mata de hambre a los pobres, era ésta. Con socios, como todo el mundo. Pero con socios diferentes a los de una corporación. Socios en convicciones.</p>
<p>Quizá pronto estemos en condiciones no de volver a ponernos el pulóver peruano, pero sí alguna camiseta.</p>
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		<title>Lamer el chocolatín</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Jan 2007 06:00:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[(texto publicado en la revista La mujer de mi vida en 2004) Cuando era chica y empezaba mi programa favorito –el Capitán Piluso-, mi mamá me daba, a veces, un chocolate Suchard de los amarillos, los que tenían cereales. Eran días especiales. Quién sabe por qué, a los seis años yo administraba mi Suchard amarillo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img align="left" src="http://www.chocolate-history.co.uk/images/chocolate-bar.jpg">(texto publicado en la revista <a href="http://www.lamujerdemivida.com.ar/">La mujer de mi vida</a> en 2004)</p>
<p>Cuando era chica y empezaba mi programa favorito –el Capitán Piluso-, mi mamá me daba, a veces, un chocolate Suchard de los amarillos, los que tenían cereales. Eran días especiales. Quién sabe por qué, a los seis años yo administraba mi Suchard amarillo para que me durara todo mi Capitán Piluso.</p>
<p>Esa era mi manera de disfrutarlo: nadie me lo había enseñado, pero ésa siguió siendo mi manera de disfrutar muchas otras cosas. Administrándolas. No soy una heroína romántica, parece. Quizá sea una heroína anti-romántica. O quizá sea todo lo contrario, y esconda en mí a una verdadera Amante del Teniente Francés incapaz de volver de la locura de perderlo. Trato de ubicarme otra vez en esa escena. Chiquita, frente al televisor en blanco y negro, con media hora por delante de entretenimiento asegurado, un entretenimiento multiplicado a mil por el disfrute del Suchard amarillo. El chocolatín entre mis manos regordetas. Yo tomando una decisión sin que nadie me advirtiera que ante el goce hay que tomar algunas decisiones. Yo sabiéndolo y evaluándolo con el instinto desnudo de ese autoconocimiento o, acaso, con la sospecha de que puedo privarme de algunas cosas pero no de todas y de ninguna manera de otras. Sabiendo que hay privaciones que me resultan insoportables. Hubiese podido tragarme el Suchard entero. Hubiese podido comérmelo a mordiscones. Hubiese podido dividirlo en sus seis bloquecitos e ir comiéndolos de a uno. El abanico de posibilidades cuando está por mirar su programa favorito y tiene a su disposición su chocolate favorito es amplio y lleno de matices. Yo optaba por&#8230; chuparlo. Prefería perderme la gloria del cereal crujiente estallándome entre los dientes, prefería perderme la posibilidad de llenarme la boca de chocolate y quedarme después paladeándolo y rastreando sus vestigios en secretos lugares entre la lengua y las encías. Optaba, así, por canjear la intensidad del mordiscón por la seguridad de la lamida. Esa era mi manera de anticiparme a la insatisfacción y de espantarla.<span id="more-65"></span></p>
<p>No sentía que estaba pagando ningún costo. No lamentaba no tener tres Suchards ni que el tamaño del Suchard no se adaptara a la media hora de Capitán Piluso. Me hago acordar a esa frase de mionca porteño: “No tengo todo lo que quiero, pero quiero todo lo que tengo”. Ahora, escribiéndolo, advierto en esa maniobra dilatoria de la lamida una clave para vérmelas después con otras cosas que me gustan y pueden terminarse. Con lo que deseo y falta. Con lo que adoro y se va. No era, la lamida del Suchard, trampa sino estrategia. Rara estrategia, es cierto. Qué loca. ¿A quién se le ocurre chupar un chocolatín durante media hora y recién después atreverse a morderlo? ¿Qué otras cosas habré lamido lánguidamente, más que gozando evocando el goce, casi esquivándolo, a cambio de quedarme a salvo del papel de aluminio vacío entre las manos?<br />
A eso me manda la insatisfacción. No hay insatisfacción sin una expectativa. No hay idea de vacío sin idea previa de lo lleno.</p>
<p>Y hay combates. Feroces combates que se libran en lo más profundo de cada cual para que lo lleno quede lleno, para seguir eludiendo el vacío o haciéndolo tolerable. Combates lastimosos y a veces invisibles para que la plenitud sea algo más que un lamparazo mientras nos sacan La Foto de la Vida.</p>
<p>Scott Fitzgerald escribió en alguno de los artículos del Cruck Up que no hay ningún sentimiento humano tan instransferible como la vitalidad. Siempre leí, cuando él escribe “vitalidad”, la sensación contraria a la insatisfacción. Porque la vitalidad no es otra cosa, creo, que la confianza en uno mismo y en la propia fuerza para revertir el vacío en algo lleno. La vida, dice él, es un camino a la demolición. La vida hace que se los chocolatines se terminen. Que lo que hoy o lo que ahora es dicha o capullo transmute en recuerdo o en podredumbre. No se puede vivir sin vitalidad, y esto es: no se puede vivir sin estar preparado para las pérdidas y sin fe en que tras esas pérdidas habrá nuevas y mejores oportunidades.</p>
<p>El insatisfecho es un esperanzado, porque espera siempre algo mejor. Pero también es un desesperanzado, porque espera en vano. Puede que un lamparazo nos saque La Foto de la Vida, pero esa foto es inmóvil. Cuando se apaga el lamparazo las sonrisas se borran, las pieles envejecen, los amores acaban, las calenturas se enfrían, las flores se marchitan. Y es ley.<br />
Pese a mis maniobras dilatorias con los placeres, no pude evitar, naturalmente, que la insatisfacción me diera su puñetazo en el estómago. La conozco. Es temible. Pero no soy habitué de esos barrios en los que las mejores casas nunca están en alquiler. Sí frecuento gente que vive en esos barrios. Y es como si vivieran a la intemperie. Los insatisfechos crónicos viven del recuerdo, pero del recuerdo de lo que nunca sucedió. Parecen prendidos a la teta extinguida de una diosa que alguna vez los alimentó y en la que ellos tuvieron fe. Hay algo religioso en los insatisfechos. Viven con un romanticismo del que yo carezco. Hay algo religioso en la manera en la que se aferran a la idea de la perfección, y en el desdén con el que rechazan lo imperfecto.<br />
“Pensaba a veces que aquellos eran, sin embargo, los días más felices de su vida, la luna de miel, como la gente la llamaba. Para saborear sus dulzuras seguramente habría que haber puesto el rumbo hacia esos países de nombre sonoro donde los días que siguen a la boda propician la más suave languidez. En sillas de posta bajo cortinitas de seda azul, se sube al paso por senderos escarpados, mientras se escucha la canción del cochero que deja su eco por las montañas (&#8230;).<br />
Por la noche, solos los novios, con los dedos entrelazados en la terraza de una villa, hacen proyectos mirando las estrellas. Le parecía que en algún sitio de la tierra se tenía que dar la felicidad, como una planta oriunda de aquel suelo y que en cualquier otro lugar prospera mal (&#8230;). Hubiera deseado tal vez poder hacerle a alguien aquellas confidencias, pero, ¿cómo podía hablar de un malestar inaprensible que cambia de apariencia como las nubes y forma remolinos como el viento?”</p>
<p>Es al principio del capítulo 7 que Emma Bovary descubre que ella jamás irá a ninguno de esos países en los que “se tenía que dar la felicidad”, como una planta natural de esos suelos. Ella jamás irá, ella jamás olerá esos perfumes. ¿Son esos países en los que crece la planta de la felicidad los que quedan lejos de Emma, o es Emma la que lleva en sí misma la lejanía? Ella quería hacer coincidir su propia vida con escenas, olores, texturas, paisajes, ritos y nombres que no existían más que en su imaginación. Ella llevaba esos países dentro de sí, como una epifanía abortada. Por eso mantiene su malestar en secreto. Porque sabe que ese malestar no tiene nombre o que si tiene un nombre es Emma. No es que le faltara algo. Es que lo real le sobraba.<br />
Aunque no soy habitué de esos barrios en los que las mejores casas nunca están el alquiler, la primera ves que leí Madame Bovary supe un libro piadoso. Hay que compadecer a los insatisfechos. Y también hay que compadecer a las pobres niñas pragmáticas que lamen sus chocolatines en lugar de comérselos, porque administran sus placeres para no quedarse sin ellos, y jamás se entregan a ninguno en cuerpo y alma, con total avidez.</p>
<p>A la insatisfacción se la convoca o se la elude. La insatisfacción siempre nos habla de lo pobres que somos.</p>
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		<title>Mardel</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Jan 2007 06:00:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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<div style="text-align: center"><img align="left" src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20070106/notas/NA32FO01.JPG" /></div>
<p class="margen0">¿Me parece a mí, o ya pasó esto de que la temporada marplatense comience “pasada por agua”, y que en todos los canales de televisión haya noteros enviados a La Feliz que, como llueve, no pueden ir a la playa a mostrar chicas y entonces dicen en cada entrada que Mar del Plata está “pasada por agua” y merodean por no sé qué avenida en la que venden pulóveres y hacen entrevistas a matrimonios maduros que caminan abrazados o a matrimonios jóvenes que aunque sonríen están tensos porque ya no saben qué hacer con sus hijos, que chillan todo el tiempo?<span id="more-5"></span></p>
<p>Nunca supe, ni cuando yo misma era arrastrada por esa avenida en la que venden pulóveres, ni mucho después, cuando nadie me arrastró y fui con marido e hija a replicar una escena de mi infancia, qué tienen de especial esos pulóveres. No son lindos ni baratos. Pero es lo que hay que hacer cuando llueve en Mar del Plata: comprar pulóveres.</p>
<p>Eso es lo bueno en Mardel: siempre hay algo que hacer (¡parece la frase de un notero!). Mardel, más que una ciudad balnearia, parece un centro de operaciones veraniego en el que sus visitantes reaccionan casi por acto reflejo: hay que ir a la playa si hay sol, y si se va a la playa, hay que aplaudir cuando un niño se pierde, hay que jugar a la paleta o al tejo, hay que meterse en el mar y gritar que el agua está fría, pero hay que salir de ella diciendo que está divina, hay que pasear por el puerto, comer cornalitos, ir al casino, hacer cola para varias cosas, quedarse mirando las estatuas vivientes, y hay que ir al teatro, a ver piezas ligeras en las que el público se ríe antes de que los personajes hagan nada.</p>
<p>Tengo un grupo de amigos bastante más jóvenes que yo, con los que en verano solemos terminar nuestros correos con la oración: “We Love Mardel”. Es como una declaración de argentinidad rendida, de sobreadaptación aclimatada, algo en lo que a veces experimentamos en otros ámbitos y que, creo, es lo nos hace entendernos tan bien pese a la escalera de edades, un estar ni de ida ni de vuelta, sino más bien un querer estar en alguna parte. Querer pertenecer. Nos interesa mucho pertenecer a alguna parte, pero por ahora no nos sale.</p>
<p>El otro día, uno de ellos, Christian, mandó un correo desde Mardel. Se fue a pasar el fin de año con su pareja, y fue todo un acontecimiento porque su pareja acaba de salir del ropero. En ese correo, se despidió contento porque se iban a sacar una foto con los lobos de la Rambla. Y yo le creí su alegría, porque no era cínica. Christian no es cínico. No había un aire previsible de icono kitsch en su mirada de los lobos. Le gustan en serio, pero no porque les vea a esos lobos marinos algún atributo estético, obviamente. Creo adivinar que Christian ve en esos lobos un atributo ético.</p>
<p>Y una foto ahí con su pareja me parece que tiene posibilidades de integrar un álbum de familia. Una familia nueva, es cierto, diferente a esos matrimonios que van a comprar pulóveres, pero familia al fin. ¿Una familia nueva? Desde hace tiempo tengo la percepción de que los heterosexuales les hemos transferido a los gays algunos valores muy importantes. La estabilidad, sin ir más lejos. Los caracterizan esas dos etapas por las que los heterosexuales no pasamos, al menos no fácilmente: una profusa y promiscua vida sexual, y una tardía estabilidad feliz. No tengo la menor idea de si esto es lo que les pasa a los gays, pero sí sé que son las imágenes que transmiten.</p>
<p>Los matrimonios heterosexuales, en cambio, transmiten fastidio. Los dos han dejado de vivir demasiadas cosas por el otro. Al menos eso era el matrimonio heterosexual tradicional. El de Mardel. El matrimonio cuya meca es Mardel. El matrimonio que Mardel recibe con los brazos abiertos. Me imaginaba el otro día que alguna vez podríamos ser nosotros, los de “We Love Mardel”, los que llegáramos primero que nadie en el año a La Feliz, y que fuéramos interceptados por la policía caminera y aplaudidos por funcionarios municipales y un grupo de porristas, e invitados a bajar del auto para tomarnos un champán en la garita: eso sí sería un buen recuerdo. La diferencia entre aquella ciudad balnearia de nuestra infancia y la actual es que nuestros padres, cuando nos sacaron la foto con los lobos, no sabían que era tan fácil deshacer, desviar, rehacer el curso de la propia vida. Ellos gozaron de esa ignorancia porque su época los protegió de las elecciones individuales. Creo que nuestros padres nunca se preguntaron si les gustaba Mardel: a Mardel se iba.</p>
<p>Hoy nuestros matrimonios pasan por la prueba de encastrar no dos personas de orígenes a veces psíquicamente opuestos, sino por su obligación de ser también la mejor elección siempre, porque nos sentimos burgueses si no revisamos nuestras elecciones con crisis recurrentes.</p>
<p>Digo que Christian les atribuye a los lobos de la Rambla un atributo ético, porque aunque no lo dice para él esa postal implica su infancia suburbana, Merlo a full, un descanso de este otro tiempo en el que todo está permanentemente abierto, hasta los kioscos, y también nuestros destinos.</p>
<p>“We Love Mardel” quiere decir: añoro el tiempo en el que no existía la pregunta ¿qué quiero?</p>
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		<title>Orfandades</title>
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		<pubDate>Wed, 27 Dec 2006 06:00:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El huérfano en mi infancia era un personaje de Dickens, alguien de otro siglo. Un niño o niña como yo, pero despeinados, vestidos con el tweed roído de un abrigo que no alcanzaba nunca para quitarles el frío. Estaban solos en las calles, o eran rehenes de algún maldito. Tomaban sopas inmundas y soportaban todo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="margen0"><img align="left" src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20061227/notas/NA32FO01.JPG" />El huérfano en mi infancia era un personaje de Dickens, alguien de otro siglo. Un niño o niña como yo, pero despeinados, vestidos con el tweed roído de un abrigo que no alcanzaba nunca para quitarles el frío. Estaban solos en las calles, o eran rehenes de algún maldito. Tomaban sopas inmundas y soportaban todo tipo de humillaciones. El huérfano era un personaje literario, aunque me acuerdo de Wolf, un compañero de la primaria. No tenía madre. Se había muerto cuando él era muy chico. Todos lo sabíamos pero no se hablaba de eso. Wolf era más bien introvertido, raro, nerd, pero aun así todos le dedicábamos un poco más de la cordialidad que hubiese merecido teniendo madre.</p>
<p>Cuando uno atraviesa muchos años después el golpe de ser huérfano en serio, no entiende lo que pasa. Primero no lo entiende. Hay que procesar la información y esperar a que surja alguna explicación razonable a esta ley de la vida para la que uno jamás está preparado.</p>
<p>Verlos envejecer. Verlos volverse más pequeños. Verlos vacilar, olvidar, recordar. Se vacila, se olvida y se recuerda de una forma distinta cuando llega la vejez. Todos ellos, nuestros padres, están un poco locos. La vejez, ¿será una forma de locura o libertad? Uno los escucha decir cosas que años atrás no hubiesen dicho nunca. Uno los ve exagerarse a sí mismos, ser ellos mismos pero mucho más, los ve concentrarse como esponjas de personalidades que de pronto sueltan todo lo que contienen. Eso altera.<span id="more-53"></span></p>
<p>Y altera saber que los estamos acompañando. En ese camino que va en una sola dirección. Qué tema para las fiestas, ¿no? De ninguna manera: son estos temas, estos laberintos, los que afloran en estos días, bañados por esa tontina del shopping y la ilusión.</p>
<p>La ilusión es propiedad privada de los niños. Son ellos los únicos que son enteramente capaces de tenerla. Precisamente, porque como yo cuando era niña, creen que la orfandad es lo que le pasa a ese personaje de Dickens que tiembla porque está durmiendo en la calle y acaba de llover, y su abrigo de tweed roído se ha mojado, y entonces ni siquiera su vestuario de huérfano le sirve: un huérfano es alguien sin aliados.</p>
<p>Los padres, en forma real o fantasmática, son quienes nos han presentado el mundo. Nos recibieron y nos dijeron ¿ves? Esto está muy bien, esto está muy mal, esto no lo harás jamás, esto no puede dejar de hacerse. Nuestra propia vida fue un largo intento de separar sus palabras de nuestras emociones y nuestros sentimientos. Los hemos amado y los hemos odiado, como corresponde. Pero han sido el parámetro invisible que marcaba nuestra estatura.</p>
<p>Cuando se dice que en estas fiestas uno se acuerda de los que no están, no necesariamente, pero en muchos casos los que no están, o no estarán, o no se sabe si volverán a estar, son los padres.</p>
<p>Y esto que pasa tanto y que le pasa a tanta gente mayor de cuarenta años, no se habla. No se habla en los medios de comunicación, no se habla entre amigos, no se habla con los padres. Y me pregunto si uno no llegaría más entero a esta instancia si este pasaje vital cobrara cuerpo, se compartiera, se visibilizara. Me pregunto si no nos ayudaríamos más, padres e hijos, hablando sobre el dolor, el fastidio, la rabia, la desesperación, la garúa de tristeza que ocasiona estar a cargo de los padres.</p>
<p>Y permitiría también que circule la certeza de que uno puede sobreponerse, y puede cosas que no sabe que puede.</p>
<p>Ese personaje de Dickens un día fui yo. No tengo el abrigo de tweed gastado, pero la orfandad me llevó directamente a la pregunta central de David Copperfield: “¿Seré yo el protagonista de mi propia historia, o le estará reservado a algún otro ese destino?”.</p>
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		<title>Mujeres que corren a todos</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Nov 2006 06:00:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[hombres]]></category>
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		<description><![CDATA[Hace ya algunos años, el libro de la norteamericana Clarissa Pinkola Estes, Mujeres que corren con lobos, causó un furor pocas veces visto entre el público lector femenino con alguna, aunque fuera mínima, conciencia de género. Fue uno de esos sucesos editoriales que surgen cuando un libro habla de algo que está en el aire [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="margen0"><img align="left" src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20061103/notas/NA32FO01.JPG" />Hace ya algunos años, el libro de la norteamericana Clarissa Pinkola Estes, Mujeres que corren con lobos, causó un furor pocas veces visto entre el público lector femenino con alguna, aunque fuera mínima, conciencia de género. Fue uno de esos sucesos editoriales que surgen cuando un libro habla de algo que está en el aire y todavía no fue dicho. Mujeres&#8230; invistió y habilitó para millones de lectoras de todo el mundo la faceta guerrera femenina no como una contradicción, sino como un complemento de la feminidad profunda. Puede decirse, se me ocurre ahora, que Mujeres&#8230; fue un libro que incorporó cierta tendencia fálica como propia e inherente al género.</p>
<p>Su éxito dice entre otras cosas que eso estaba sucediendo en la realidad y que no estaba todavía conceptualizado. Hace algunos años, se usaba la palabra “fálica” como una acusación.<span id="more-55"></span></p>
<p>Las mujeres que corrían con lobos no eran, sin embargo, mujeres corridas de lugar, sino ubicadas en el centro de un instinto. A las mujeres nos han sido culturalmente confiscadas la ferocidad, la ira, la capacidad de ataque, el deseo de revancha. Todo eso ha ido a parar al equipaje que trae consigo la mala mujer. Más allá del libro, en el cotidiano promedio, empezó a haber un nuevo consenso implícito sobre lo femenino: no somos naturalmente buenas, ni dóciles.</p>
<p>Ese movimiento de sentido trajo nuevas conductas femeninas, como tomar la iniciativa. Muchas mujeres de todas las edades viven señalando con el dedo o gritando lo que quieren. No lo ocultan, como las geishas ocultaban la cara atrás del abanico. Esa es otra faceta con incipiente público admirador. Las mujeres empezaron a correr a los hombres. Correrlos para conocerlos, correrlos para tener una cita, correrlos para tener sexo, correrlos para tener la llave de la casa, y así sucesivamente, hasta que al hombre en cuestión le agarra el inevitable ataque de fobia masiva, y hace su retirada a la cueva.</p>
<p>Toda la tarea del cortejo, la seducción, el timing y hasta la provisión de cerveza, parece haber quedado en manos femeninas, que también se ocupan de sus juguetes eróticos en imágenes porno soft que se multiplican.</p>
<p>El péndulo de las tendencias parece haber completado un ciclo más. Hoy en el aire, a diferencia de hace unos años, no hay necesidad de que a una mujer le subrayen que es fuerte. Lo que hay es cansancio, bastante cansancio, y ganas de encontrar a un hombre en el que descansar.</p>
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		<title>El otro lado de la vía</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Aug 2005 06:00:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La clínica queda en Quilmes, pero del otro lado de la vía. Quilmes Oeste, cuando yo era chica, era otro mundo. Vivir del otro lado de la vía era ser diferente, tener otras costumbres, otros ritos, como ser de otro club. Mi madre lentamente fue trasladándose al otro lado de la vía. Sus confusiones empezaron [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img align="left" src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20050826/notas/NA32FO01.JPG" /><br />
La clínica queda en Quilmes, pero del otro lado de la vía. Quilmes Oeste, cuando yo era chica, era otro mundo. Vivir del otro lado de la vía era ser diferente, tener otras costumbres, otros ritos, como ser de otro club. Mi madre lentamente fue trasladándose al otro lado de la vía. Sus confusiones empezaron hace años, los reemplazos de una palabra por otra fueron llegando como gotas, una tras otra. Sus esfuerzos por retener una idea terminaban irritándola. La veía luchar contra ese vacío que se le plantaba en la cabeza como una semilla maligna. El vacío crecía desmadejado en esa mente que despacio, sin tregua, se enredaba con imágenes de diferentes épocas de su vida. Hace unas semanas un ataque la mantuvo hablando sin parar días y noches enteras. Allí estaban, delante de sus ojos, invisibles para mí pero carnales y evidentes para ella, sus hermanos, su padre, su casa de la infancia. Estaba internada en una clínica común, a la que van los enfermos que deben guardar cama. La gente loca no es bien recibida en esas clínicas. Altera al resto. La habían atado a la cama y habían levantado las barandas. Ella las empujaba y me decía: “Estamos detenidas porque vos no sabés conducir”. Mi madre nunca fue muy piadosa conmigo, de modo que no me extrañó que atribuyera su estado a mi falta. Eso somos las mujeres, después de todo. Lo que no tenemos, lo que no sabemos, incluso lo que no perdimos.<span id="more-25"></span></div>
<p>El brote se extendió y fue tan arrasador que muy pronto la derivaron a la clínica que está del otro lado de la vía. Un lugar apacible en el que los enfermos no guardan cama, y tampoco sabría decir si guardan algo. ¿Qué es la locura? ¿Dónde queda ese otro lado, ese revés de la trama que estampa la locura en los ojos de quienes la padecen? ¿Por qué los locos parecen guantes dados vuelta, como decíamos los jóvenes de ayer? Un guante dado vuelta no puede esconder nada: el guante dado vuelta exhibe la obscenidad de su interior, la forma tosca de sus costuras. Todo lo que los cuerdos callamos, lo que velamos, lo que suavizamos, lo que pretextamos, lo que disimulamos, ellos lo muestran. La enfermedad los priva de los escondites y de las estructuras. Fluyen, ahí, casamientos y velorios, muertes y nacimientos, amores y dolores, ternura y ferocidad, la carne viva de los sentimientos, de lo que no se pudo digerir, lo que quedó atascado en una historia, la horrenda y apabullante debilidad de alguien que soltó las riendas y sigue viviendo como un caballo desbocado, asomado al vértigo de sí mismo.</p>
<p>Hoy llegué a la visita media hora antes. Pedí permiso porque tenía que ir a trabajar. Estaban todos cantando. A coro. Cantaban una canción de amor. Tenían puestas unas cintitas rojas en el cuello, como un mínimo vestuario de coristas extraviados que sin embargo perseguían la nota exacta. Mi madre estaba sentada y aplaudía. Ella nunca cantó. Ni cantó ni bailó. Esta tarde estaba sentada y sonreía, mientras sus actuales compañeros de ruta disfrutaban ese rato previo a las visitas. Mi madre siempre se ocupó de su casa. Su casa fue su reparo pero también, sospecho, la baranda que la separó del mundo, la que la dejó detenida, aunque fue ella, ciertamente, la que no aprendió a conducir. Pienso en la que ella era, antes, cuando todavía la enfermedad no había asestado semejante puñalada en su centro. Fue una mujer compleja con una vida simple. Una mujer plegada que debe haber querido desplegarse. Cuando me vio, hoy a la tarde, llegar de improviso, me hizo señas para que me sentara a su lado a escuchar al coro. Mientras las dos aplaudíamos la segunda canción, acercó su cara a mi oído y me dijo: “A mí me hubiese gustado ir a la luna”. Cuando uno se familiariza un poco con la locura, no es tan difícil escuchar sus desvíos. “¿Y por qué no fuiste?”, le pregunté. “No me alcanzó la voz”, contestó ella.</p>
<p>Y si me pongo a escribir esto es porque creo que hay un tipo de extravío que es el de mi madre pero no sólo el de ella. Y en su homenaje, me gustaría dedicar estas líneas a aquellas mujeres que quisieron ir a la luna pero llegaron al otro lado de la vía, a todas esas mujeres de esa generación difícil, tan inconsciente de sus derechos y sus límites, tan encerradas en sus cocinas y en sus mandados y en sus mandatos, a esas mujeres frágiles que adoraron y envidiaron que sus hijas fueran tan diferentes, casi como las hijas de las otras que ellas fueron sin saberlo. A esas mujeres a las que no les alcanzó la voz.</p>
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		<title>Subte D</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Nov 2004 06:00:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Subte D, viernes, ocho de la noche. No mucha gente. Ya pasó la hora pico. Todos los asientos están ocupados, pero no son tantos los que van parados. Entre ellos hay un pequeño grupo de turistas norteamericanos muy jóvenes, cuatro o cinco. Hablan muy fuerte su lenguaje gomoso que parece extraído de HBO. En la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img align="left" src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20041130/notas/NA32FO01.JPG" />Subte D, viernes, ocho de la noche. No mucha gente. Ya pasó la hora pico. Todos los asientos están ocupados, pero no son tantos los que van parados. Entre ellos hay un pequeño grupo de turistas norteamericanos muy jóvenes, cuatro o cinco. Hablan muy fuerte su lenguaje gomoso que parece extraído de HBO. En la estación Tribunales suben tres nenas pobres y desarregladas, aunque a ninguna de las tres les faltan sus trenzas. ¿Qué querrá decir una trenza en la cabeza de una nena pobre? ¿Qué mano y con qué propósito la habrá hecho? ¿A qué hora? ¿Habrá, esa mano, acariciado esa cabeza después de terminar de hacer la trenza? Dejan este tipo de dudas estas nenas. Una de ellas empieza a cantar una canción de Ricky Martin. Canta muy mal, pero su voz aflautada llena el vagón y, apenas termina, comienza su recorrido para recolectar monedas. Las otras dos nenas la siguen, como excéntricos guardaespaldas. La nena estira la mano ante un oficinista con cara de agotado. El mete la mano en el bolsillo y extiende cincuenta centavos. La nena agarra la moneda, pero en lugar de embolsarla y seguir su recorrido, agarra también la mano del oficinista, que se pone ligeramente en guardia. La nena se estira hacia la mejilla de él. Estampa un beso ahí. El oficinista sonríe. Dice: “De nada”, porque la nena después del beso le dijo: “Gracias”. La nena sigue el recorrido en la misma fila de asientos. Todos los pasajeros dan monedas y con todos se repite el rito. Gracias, de nada, beso. <span id="more-13"></span><br />
“Increíble”, dice uno de los norteamericanos. No les resulta increíble la pobreza, ni la mendicidad infantil, sino el contacto físico al que ninguno de los pasajeros de ese asiento se ha resistido. Les resulta increíble que mejillas oficinistas, tribunalicias o universitarias –ya vamos por la estación Facultad de Medicina– se ofrenden para esa ceremonia que, a juzgar por las caras de todos, les resulta, se diría, hasta reconfortante.</p>
<p>“¿Acaso soy el guardián de mi hermano?”, le dice Caín a Dios. El filósofo Emmanuel Lévinas, en Filosofía, justicia y amor, analiza esa frase. “No hemos de interpretar la respuesta de Caín como si él se burlase de Dios, o como si respondiese como un niño: ‘No he sido yo, ha sido otro’. La respuesta de Caín es sincera. En su respuesta falta únicamente lo ético; sólo hay ontología: yo soy yo y él es él. Somos seres ontológicamante separados.”</p>
<p>El sociólogo Zygmunt Bauman, en Etica posmoderna, toma a Lévinas para explicar cuáles son los supuestos que tras la caída de la modernidad unen a las personas, y cuáles son los lazos ante los que presuponemos debe emerger cierto tipo de responsabilidad. La nena es la nena, el oficinista es el oficinista. Ontología pura. “¿Dónde está tu hermano?”, le preguntó Dios a Caín. “¿Soy acaso el guardián de mi hermano?”, es una respuesta que no da cuenta de ningún lazo, de ningún contrato, de ninguna responsabilidad. Dice Bauman: “La filosofía es una ética&#8230; la ética es antes que la ontología&#8230; la relación moral es antes que el ser”. La ética, en otras palabras, implica “descomponer identidades”, implica que Caín sea menos Caín, no tan Caín. La ética implica superar el ser hasta llegar a un mejor ser: la ética, en fin, implica sentir cierta responsabilidad por el prójimo, implica emparentarse incluso con una nena pobre que canta una canción de Ricky Martin en el subte.</p>
<p>La responsabilidad hacia el otro es, de acuerdo con estos filósofos de la ética, no el producto de un compromiso ni de una decisión personal sino más bien una convicción y una disposición al acto que nos viene de lo más profundo de esa identidad que se descompone. Se descompone el individuo para dejar aflorar lazos entre individuos. “La responsabilidad ilimitada en la que me encuentro proviene del otro lado de mi libertad”, dice Lévinas.</p>
<p><!-- /#cuerpo --><script type="text/javascript"> //<![CDATA[ var cuerpo = new get_obj('cuerpo'); cuerpo.style.fontSize = ACTUAL_FONTSIZE + "px"; //]]&gt; </script> <!-- #botonera_bot --> Los filósofos hablan difícil. Creo entender, esta noche en el subte, que la mejilla del oficinista puesta en contacto directo con la mejilla de la nena pobre dice algo sobre la parte blanda de la condición humana. La piel tempranamente áspera de la cara de la nena ha encontrado en el roce rápido contra la mejilla del oficinista un eco perdido de una respuesta que no es la de Caín sino la de alguien que de alguna manera vaga y misteriosa se siente responsable de su hermano.</p>
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