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	<title>Sandra Russo &#187; las 12</title>
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		<title>Geishas con memoria</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Sep 1999 06:00:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
				<category><![CDATA[las 12]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[página 12]]></category>

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		<description><![CDATA[Memorias de una geisha, del norteamericano Arthur Golden, servirá a Steven Spielberg como guión de su próxima película. Desde hace semanas el libro es uno de los más vendidos en Estados Unidos, provocando un geisha-boom del que se hizo eco Madonna en su nueva versión mediática. La novela abre la puerta del mundo misterioso en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif" color="#333333"><img align="left" src="http://www.pagina12.com.ar/1999/suple/las12/99-09-10/geisha.jpg" />Memorias            de una geisha, del norteamericano Arthur Golden, servirá a Steven            Spielberg como guión de su próxima película. Desde            hace semanas el libro es uno de los más vendidos en Estados Unidos,            provocando un geisha-boom del que se hizo eco Madonna en su nueva versión            mediática. La novela abre la puerta del mundo misterioso en el            que una casta de mujeres son educadas desde niñas para mantener            entretenidos a los hombres.</font> </em></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif">Probablemente            Memorias de una geisha (Alfaguara) no provoque el ingreso de su autor,            Arthur Golden, al pabellón de los escritores de novelas célebres            ni al de los escritores célebres de novelas, pero el mérito            de este graduado en Harvard en Historia del Arte que se especializó            más tarde en Historia Japonesa en Columbia y que residió            durante varios años en Tokio no es poco. Su prosa, discreta pero            delicada, está puesta al servicio de un tema que Golden conoce            a la perfección, y lo que sedujo de la novela –un best seller            inequívoco en Estados Unidos, que desató un geisha-boom            que registran las revistas femeninas, del que Madonna se hizo eco en            su nuevo vestuario, y que pronto se convertirá en el guión            de la nueva película de Steven Spielberg– es que no es otra            cosa que una puerta que se abre y deja al descubierto un universo sobre            el que los occidentales saben poco, que los fascina, que parece encubrir            alguna rara clave sobre la masculinidad y la feminidad, y que está            marcado a fuego por una cultura milenaria que responde a una visión            completa del mundo.<span id="more-60"></span> </font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif">Golden sitúa la escena –el relato que hace de su propia            vida Sayuri, una geisha de Kioto instalada desde su madurez en Nueva            York– en el Japón de entreguerras, y más precisamente            en el distrito de Gion, unas cuantas manzanas de Kioto desbordantes            de casas de té, en las que centenares de geishas trabajaban llevando            a cabo ese aparente no-trabajo que consistía en hacer amable            el tiempo que sus clientes pasaban con ellas.</font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif">Las geishas también tienen dinastías, pero el personaje            central de la novela nació como Chiyo, hija de pescadores pobres.            Como miles de niñas de la época, Chiyo fue comprada poco            antes de la muerte de su madre, a sus cinco años, para ser educada            en una okiya, una casa de geishas. El tránsito que hará            la pequeña Chiyo desde su Yoroido natal hasta la okiya Nitta,            de Gion, es el mismo que hace el lector: ella no sabe nada de geishas,            ignora los pasos que deberá dar para convertirse en una de esas            mujeres deslumbrantes que caminan de a dos o tres por las calles de            la ciudadela rumbo a las casas de té. No sabe los códigos            sagrados, las jerarquías irrompibles, las artes que deberá            aprender para ganar prestigio en ese mundo hipercompetitivo pero enloquecedoramente            cortés y gentil en el que nadie dice lo innecesario ni pregunta            lo que no cae de maduro. </font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif">La historia de Sayuri se irá desprendiendo del relato que hace            ella misma, ya vieja e iluminada por su buena estrella, pero al que            imprimirá los temores, las incertidumbres y los desgarros por            los que tuvo que pasar sin otra alternativa, porque una cosa quedará            clara desde el principio: las geishas no tienen otra opción que            ser quienes son. El de geisha puede ser un destino con mayor o menor            suerte, con mayor o menor disfrute, pero no es un destino que se elija.</font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif"><strong>Gei: arte</strong></font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif"><strong />En las okiyas solía haber una geisha exitosa y consagrada y otras            de menor jerarquía, algunas criadas que las atendían y            una dueña de casa, una madre. Las criadas, si tenían posibilidades            y suerte, podían convertirse en aprendizas desde antes de los            diez años. Comenzaban a ir a una escuela de geishas, donde eran            instruidas en las artes con las que después deberían deleitar            a los hombres: la tarea que definía a las geishas estaba emparentada            mucho más con la sensualidad que con la sexualidad. De hecho,            para el sexo había prostitutas. Una geisha era contratada para            tocar el shamisen, para bailar, para alumbrar a todos con la delicadeza            de su complicadísima vestimenta y sobre todo para mantener con            ella conversaciones ágiles y achispadas que hicieran olvidar            a los hombres todas sus preocupaciones. </font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif">En la introducción de la novela, cuando el falso traductor revela            cómo fue el encuentro con Sayuri y describe su perplejidad cuando            la dama decide relatarle su vida, Golden escribe que “las geishas            no tienen la obligación de hacer votos de silencio, pero su existencia            se basa en la convicción, típicamente japonesa, de que            lo que sucede durante la mañana en la oficina y lo que pasa por            la noche tras unas puertas bien cerradas son cosas muy distintas, y            han de estar separadas en compartimentos estancos. Las geishas sencillamente            no dejan constancia de su existencia”. El arte de entablar una            relación distendida y a veces profunda con un hombre sin hacer            preguntas indiscretas ni internarse en el terreno fangoso de las confesiones,            o el de amenizar una fiesta con chistes y provocaciones seductoras pero            siempre elegantes, era aprendido sin palabras, transmitido de geisha            a geisha. A los hombres que cada tarde o cada noche se reunían            en los salones reservados de las casas de té no les daba lo mismo            cualquier geisha, ni cualquiera de ellas podía convertirse en            una de las más solicitadas sólo por su belleza o por su            gracia al tocar el shamisen: una geisha estúpida no tenía            éxito. La agilidad mental, el tacto para saber cuándo            cambiar de tema, cuándo ofrecer más sake o declinar el            convite, cuándo demostrar conocimientos sobre algo o cuándo            fingir la más absoluta ignorancia, ésas eran las claves.            </font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif">“Es preciso recordar que una geisha es ante todo una actriz, alguien            que te divierte”, dice Sayuri. Había que saber canciones            de diferentes tipos, baladas populares, canciones de teatro Kabuki,            poemas musicalizados. Había que saber tocar varios instrumentos            musicales, de cuerdas y percusión. Había que ser experta            en la ceremonia del té, más parecida a un baile que a            un grupo de gente sorbiendo un líquido verde y caliente. </font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif">Los juegos grupales también eran importantes, inocentes aunque            pícaros: por ejemplo, según relata Sayuri, uno de ellos            consistía en que cada participante de una fiesta debía            contar dos historias, y los demás debían adivinar cuál            de ellas era verdadera y cuál falsa. El que perdía, se            tomaba una copa de sake. El mundo de las geishas y sus clientes constituía            una trama ligera, translúcida y refinada que velaba una escena            en la que después de todo sólo había hombres y            mujeres dispuestos a divertirse sin perder, en el camino, su modo de            ser japoneses. </font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif"><strong>El mizuage</strong></font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif"><strong />Una            aprendiza se diferenciaba de una geisha no sólo por el esplendor            todavía no del todo revelado de sus kimonos, sino además            por su peinado. Una aprendiza era virgen, y su peinado, llamado “durazno            abierto” –el pelo enrollado y partido al medio, sujeto en            un trozo de tela, siempre seda roja–, que remitía simbólicamente            a una vagina que se ofrecía intocada. El peinado era tan rebuscado            e incómodo que la primera visita al peluquero implicaba además,            a partir de esa noche, el aprendizaje de una nueva forma de dormir,            de lado, y sobre un nuevo tipo de almohada, un takamakura que permitía            apoyar la cabeza pero dejándola inmovilizada durante toda la            noche. La virginidad de las aprendizas terminaba en el mizuage, el debut            sexual para el que, si la niña –de unos catorce, quince            años– era muy solicitada, los clientes hacían, como            en un remate, sus ofertas a la dueña de la okiya: toda la educación,            los alimentos, los gastos de las niñas en sus años iniciales            y los de su manutención durante su vida como geishas –que            por lo demás eran muy placenteras: eran servidas por las criadas            y, de día, su ocupación consistía en visitas a            los fabricantes de pelucas o a los videntes para que les leyeran el            horóscopo– eran devengados de los ingresos que ellas generaban            yendo cada tarde y cada noche de fiesta en fiesta. </font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif">Por lo demás, de una geisha consumada, no se esperaba más            que el despliegue de sus artes, que incluía sus juegos de seducción.            Estos eran enseñados, más que por las maestras de la escuela            de geishas, por la “hermana mayor” que algunas “hermanas            pequeñas” lograban tener. Eran geishas importantes que se            hermanaban con otras menores y que consideraban prometedoras. Las ponían            bajo su ala, las llevaban a todas las fiestas, les presentaban a sus            clientes, las recomendaban a las dueñas de las casas de té,            y les revelaban todos sus trucos. En una de las primeras fiestas de            Sayuri, Mameha, su hermana mayor, le enseña cómo servir            una simple taza de té haciéndole creer al hombre que tiene            delante que le permite ver una parte de su cuerpo a la que ningún            otro tiene acceso: le dice a Sayuri que, al extender el brazo para servir            el té, se suba la manga del kimono por encima del codo, de modo            que el hombre pueda ver la piel de la parte interna del antebrazo. “Debes            asegurarte de que todos los hombres que se sienten a tu lado lo vean            por lo menos una vez”, dice Mameha. El ejercicio duró toda            una tarde. Sayuri debía subirse la manga del kimono pero dando            la impresión de que el gesto era inconsciente, de que estaba            concentrada en el té, y antes de hacerlo debía ubicarse            en el piso a la izquierda del hombre en cuestión, para que al            servir la taza su antebrazo derecho quedara expuesto a la mirada del            cliente. La recomendación de Mameha incluía hacer todo            lo contrario si las circunstancias ponían a Sayuri en la situación            de servir una taza de té a una vieja geisha: de ninguna manera            una aprendiza joven y lozana podía mostrar su piel a una mujer            mayor, para evitar poner en evidencia lo irreversible del paso del tiempo.            </font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif"><strong>El danna</strong></font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif"><strong />Los clientes de las geishas en general eran hombres casados a los que            sus esposas no les reprochaban esa forma de diversión. Excepcionalmente,            algún soltero quedaba prendado de una de ellas y la convertía            en su mujer. Muchos las dejaban embarazadas y las obligaban a abortar,            pero otros, sin reconocer al hijo, lo protegían y jugaban un            rol parental durante toda la vida. Algunos se encariñaban con            una geisha y la contrataban noche tras noche durante meses o años.            Pero la relación más fuerte entre un hombre y una geisha            se establecía cuando él se convertía en su danna.</font></p>
<p><font size="2" face="Trebuchet MS, Arial, helvetica, sans-serif">Ser el danna de una geisha implicaba hacerla su amante, y en cuestión            de sexo, tener su exclusividad. Pero ningún danna se oponía            –ni hubiese estado bien visto hacerlo– a que su geisha siguiera            cobrando por divertir a otros. Cuanto más solicitados eran los            favores sociales de su geisha, más orgulloso estaba el hombre            de ser su danna. Las tratativas para ser danna se llevaban a cabo con            la dueña de la okiya respectiva –muy, muy pocas geishas            célebres lograron ser trabajadoras independientes–, que            era adonde irían a parar los aportes del varón: pagaría            parte de la deuda de la geisha con su okiya, sus maquillajes, su escuela,            su médico, y le haría regalos importantes. Para celebrar            el hecho de que un hombre se convirtiera en el danna de una geisha,            se hacía una ceremonia formal. La relación solía            durar unos seis meses, que es por lo general lo que, al menos en Japón            y en esa época, duraban las grandes atracciones.</font></p>
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		<title>Las 12, ¿un año escrito solamente por mujeres?</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Apr 1999 06:00:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[mujeres]]></category>
		<category><![CDATA[página 12]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace poco mas de un año, en las primeras reuniones de edición del entonces futuro suplemento de mujeres de Página/12, se discutían acaloradamente varias cuestiones y se olfateaba, como es norma en este diario, que todo aquello que despierta el debate encendido entre directores, editores y redactores, tiene jugo. Se había echado una hojeada a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><font size="2" face="verdana, helvetica, arial"><font size="2" face="verdana, helvetica, arial"><img align="left" src="http://www.pagina12.com.ar/1999/suple/las12/imagenes/logola12.gif" /> Hace poco mas de un año, en las primeras reuniones de edición del entonces futuro suplemento de mujeres de Página/12, se discutían acaloradamente varias cuestiones y se olfateaba, como es norma en este diario, que todo aquello que despierta el debate encendido entre directores, editores y redactores, tiene jugo. Se había echado una hojeada a los suplementos femeninos de los diarios nacionales y a también a los de diarios extranjeros, y estaba claro que no era nada de eso lo que se quería hacer. Se bosquejó, entonces, un suplemento gráficamente rico,escrito y pensado solamente por mujeres, que abarcara desde política o internacionales hasta moda y decoración. Se intuía que de todo, también de estos últimos rubros usualmente asimilados a los &#8220;servicios&#8221;, se puede hablar con inteligencia y profundidad, que el truco finalmente siempre consiste en hacer notas interesantes. Pero entre decir y hacer hubo un mes clave &#8211; abril del año pasado- en el que todavía flotaban las preguntas de aquellas primeras reuniones en las que se decía qué dotación genética iba a tener Las/12. Algunas eran:</p>
<p>-¿Por qué un suplemento escrito por mujeres? ¿Acaso las mujeres no escriben en el diario?<br />
-¿Por qué una &#8220;mirada de mujeres&#8221;? ¿No se supone que esa mirada está desparramada en todas las secciones?<br />
-¿Escrito solamente por mujeres?  ¿Eso no es discriminar a los varones?<br />
-¿Y escribir sobre qué? ¿Moda, belleza,gastronomía, decoración? Las lectoras nos van a tirar el suplemento por la cabeza.<br />
-¿Un suplemento de mujeres que sólo podría nacer de un diario como Página/12? ¿El costado femenino de las noticias de política, sociedad o internacionales? Suena bien, pero andá a hacerlo&#8230;<font><font><span id="more-61"></span></font></font></p>
<p>En abril de 1998 las/12 salió a la calle con una nota de tapa que en su momento resumía aquellas intenciones. &#8220;El cliente&#8221;era mirar el incipiente tema que se iba a llevar mucho espacio en los diarios y en los noticieros durante todo el año, pero cambiando el eje: en el debate de código de Convivencia Urbana de la Ciudad de Buenos Aires todo el protagonismo se lo llevaban hasta entonces las prostitutas y los travestis, por un lado, y los vecinos de Palermo, Flores o Constitución, por el otro. Las/12 habló, entonces, de quienes pagaban por tener sexo, y buceó en los motivos que llevan a un hombre a preferir pagar a seducir. Aparecían los testimonios de hombres melancólicos que confesaban que &#8220;se va de putas porque una mujer siempre agustia, y las putas no&#8221;, o de hombres exitosos que admitían que &#8220;a las minas siempre las veo venir con el signo $ en los ojos, así que agarro el teléfono y me aseguro el toco y me voy&#8221;. Después fueron llegando, cada semana, otros temas en los que siempre e indefectiblemente la clave estuvo no sólo en diferenciar los intereses femeninos de los masculinos, sino además en abrir debate entre las mujeres, dando por sentado que esa entelequia que algunos llaman &#8220;la mujer&#8221; no existe. Las tapas fueron dando cuenta de un lenguaje y un tono que después de un año ya constituye la identidad del suplemento. No vamos a enumerar todas, pero a algunas de ellas elegimos recordaras porque nos gustaron, porque sirvieron para que programas radiales o televisivos las usaran como disparadores de debates, porque grupos de mujeres de diferentes ámbitos las usan hoy como material de consulta. Por ejemplo &#8220;Mujeres y corrupción&#8221;, &#8220;Por qué matan las mujeres&#8221;, &#8220;El fin de la intimidad&#8221;, &#8220;Las mujeres hablan sobre impotencia (sin parar)&#8221;, &#8220;Madres NN&#8221;, &#8220;HIJOS&#8221;, &#8220;Juguetes eróticos&#8221;, &#8220;Histeria masculina&#8221;, &#8220;Aborto y denuncia&#8221;, &#8220;Clitoris&#8221;, &#8220;Madres lesbianas&#8221;, &#8220;Ilegales, legos y solas&#8221; &#8220;Bisexualidad&#8221; o &#8220;Autoerotismo&#8221;.</p>
<p>En los grupos de mujeres consultados por las empresas Entrepreneur antes de la salida a la calle de Las/12 fue evidente que las consultas no reconocían en ninguno de los suplementos femeninos de los diarios nacionales rasgos de identificación o pertenencia como lectoras. &#8220;Lo miro pero no lo leo&#8221;, &#8220;No trae nada que importe&#8221; o &#8220;Lo conozco pero no me acuerdo como es&#8221;, eran las respuestas tipo. En este año de vida, Las/12 generó, a juzgar por el rebote que cada semana llega a la redacción a través de e-mails, cartas, llamados y cometarios, una complicidad que nos enorgullece, tanto de parte de mujeres como de varones. Que a quienes hacemos este suplemento nos encante hacerlo debe contituir, simple y cristalina, una clave e esas que el marketing todavía no logró reemplazar ni sustituir. La sintonía entre lectoras/es y periodistas sigue siendo una alquimia bendita.</p>
<p></font>   </font></p>
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