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Rancas no era un pueblo cualquiera. Era, en los ’50, un caserío quechua como tantos otros, incrustado en los Andes Centrales, pero su peculiaridad era que, aunque pocos lo recordaban, Rancas había entrado en la historia el 2 de agosto de 1824. Ese día, en la plaza del caserío, el general Simón Bolívar hacía aprestos militares y se preparaba para la victoria del ejército independentista en la batalla de Junín, que tuvo lugar muy pocos días después. Aquel 2 de agosto, Bolívar contaba con 7900 soldados de infantería, 1000 de caballería, 6 piezas de artillería. Eso era todo. El ejército realista estaba diezmado, pero aún era mucho más fuerte, y dominaba el Alto Perú. En Rancas, Bolívar pronunció su última arenga antes de la gran batalla, la definitiva.

[Publicada en 1916 y recién rescatada por editorial Miluno, esta novela epistolar de Franziska zu Reventlow encuentra a la protagonista en un sanatorio donde supuestamente va a curarse de sus problemas con el dinero, aunque en realidad ella quiere escapar de sus acreedores. El psicoanálisis era, entonces, una curiosidad, incluso una excentricidad. Y, como retrata este prólogo de Sandra Russo, zu Reventlow fue una de sus pacientes más sublevadas.]

El complejo con el dinero
Franziska zu Reventlow
Miluno
160 páginas

A lo largo del siglo XX el psicoanálisis se entrometió tanto en nuestras vidas y nuestros puntos de vista, que hay que hacer un esfuerzo para imaginar cómo se pensaban a sí mismos los hombres y las mujeres antes de Freud. Un lapsus, un complejo, una trampa del inconsciente, una conducta obsesiva, la relación que todas esas cosas pueden tener con nuestros deseos reprimidos… Occidente pasó mil novecientos años prescindiendo de esas herramientas con las que hoy leemos, nos psicoanalicemos o no, nuestras vidas cotidianas. Franziska zu Reventlow, en 1916, dejó constancia de cómo, en esos años, algunos excéntricos europeos comenzaban a incorporar, un poco alocadamente en este caso, las nociones que después se convirtieron casi en dogma para muchos. El suyo es un testimonio casi involuntario: el psicoanálisis naciente es el ingrediente que explica las peripecias atolondradas de la protagonista y sus amigos. En una doble lectura, sin embargo, se puede seguir la trama, que anima a una mujer –la propia Franziska– que se rebela sin necesidad de panfletos contra el destino que le estaba previsto como miembro de su clase y de su género, y al mismo tiempo observar cómo aquellos primeros terapeutas experimentaban métodos heterodoxos con sus pacientes, en este caso un grupo de excéntricos sin remedio.

Por Silvina Friera.

En las arenas movedizas de los géneros narrativos que maneja, Sandra Russo se siente como en casa con el falso light: textos amables, ligeros y de rápida digestión, que experimentan con lo trivial o lo intrascendente, lo que se escucha en las colas de los bancos, en los supermercados, en bares y en taxis. Pero tras esa leve capa de sobreentendidos, se despliega la densidad de los miedos y las fragilidades. La perplejidad y el desconcierto son dos de los hilos conductores que se perciben en los cinco libros de la periodista y escritora, que PáginaI12 ofrecerá a partir de mañana a sus lectores: ArqueTipas, ArqueTipos, Erótika y Perdonen nuestros placeres (dos libros en uno), No sabés lo que me hizo y Cleopatra y otros cuentos. “La escritura es un modo de autoconocimiento y hay que aprender a activar las partes más interesantes de uno mismo para cada registro. Hay que dejarse pegar, inquietar por los textos. El periodista trabaja con la guardia muy alta y con ropa de fajina, pero en estos registros hay que bajar la guardia, ponerse la joggineta o el baby doll y circular por otras zonas de uno”, explica Russo.

Leía esta semana, en el blog El boomerang, una nota de Marcelo Figueras en la que mencionaba “Las Ménades”, el cuento de Cortázar en el que un grupo de mujeres escucha un concierto de música clásica que las desborda de emoción, embargadas por un goce artístico “bestial”, desmesurado. O quizá no se trate sólo de público que disfruta “bestialmente” de la Alta Cultura, sino de mujeres que se identifican, aunque “bestialmente”, con la delicadeza, la profundidad y la armonía de la música. Buena lectura en estos días en los que con actitudes bestiales se habla de democracia y se pechea.

Junichiro Tamikazi, un ensayista y novelista que como otros grandes nombres de la literatura del Japón fundó su obra en la nostalgia de una tradición milenaria que se les estaba escapando de las manos, escribió un libro que tiene por nombre el mismo que este artículo y que es una extraordinaria reflexión sobre el papel de la sombra en la vida cotidiana de ese país. A lo largo de la historia, Occidente buscó e inventó maneras eficaces de iluminar sus escenas públicas y privadas. Oriente, por el contrario, desarrolló su cultura en la penumbra, haciendo de la luz no una constante, sino una aparición, una ráfaga.

Galeano es conocido como Galeano, y rara vez se pronuncia su nombre de pila. No hay otros Galeano en la vida pública, así que uno no debe estar aclarando que se trata de Eduardo y no de otro. Y ese accidente de la realidad hace que Galeano sea nombrado sólo por su apellido que, yo creo, para muchos suena como el nombre de un planeta.

Se comenta por ahí que Abel era nómade y Caín, sedentario. Y hay hasta quien dice que la historia de la humanidad puede leerse en función de la oposición, el rechazo, la necesidad de expulsión que sienten los sedentarios por los nómades.
Abel era pastor y Caín, labrador. Uno deambulaba junto a su rebaño de acuerdo con el clima y con el estado de la tierra. No estaba atado a un lugar sino a un estado de cosas: iba tras él, en un continuo microclima que creaba su propio desplazamiento. El otro echaba raíces, se definía a sí mismo como parte de un solo paisaje, le ponía nombre a su lugar de origen, creaba una bandera, componía un himno, y reglamentaba las condiciones en las que los extranjeros podían atravesar su territorio.

[Un cuento del norteamericano Stephen Dobyns indaga en los diferentes tipos de risa posible, y a través de un relato disparatado hunde a sus lectores en el tema de la carcajada existencial.]

–¿Dirías tú que seriedad y miedo están relacionados?

–Yo creo que la seriedad está influida por el miedo –dijo Harriet, y pensó en la seriedad de su marido y en cómo éste la exhibía cual si se tratara de una prenda. Su risa, por lo general, había sido una risa irónica o sarcástica o prepotente; una risa siempre crítica y, por ende, seria. ¿Era posible reír sin pretender establecer juicio alguno? La vida de Jason Plover había sido un edificio construido para demostrar la solemnidad de su empeño. Pobre Jason, muerto por caída de cerdo: su fin había desbaratado todas las premisas de su vida.

Memorias de una princesa rusa es un texto anónimo, como son anónimos muchas leyendas, mitos, imaginerías o formas textuales que muestran su potencia representativa no precisamente cuando surgen, sino cuando perduran. No hay datos ciertos sobre este relato ubicado en la Rusia de fines del siglo XVIII, pero sí innumerables ediciones en todo el mundo, y también existe, indudable, el inmediato reconocimiento del género erótico cuando se lo menciona aun a quienes jamás lo han leído. Ahora, en versión local, la flamante editora argentina AC incluye estas Memorias… como uno de los dos primeros títulos de su colección de literatura erótica. Y en sus páginas la princesa Vavara Sofía vuelve a delirar y a hacer delirar tanto a sus amantes como a los lectores de sus peripecias de alcoba, increíbles casi todas ellas, y es que de eso se trata este género: de poner en palabras la libido colectiva.

Memorias de una geisha, del norteamericano Arthur Golden, servirá a Steven Spielberg como guión de su próxima película. Desde hace semanas el libro es uno de los más vendidos en Estados Unidos, provocando un geisha-boom del que se hizo eco Madonna en su nueva versión mediática. La novela abre la puerta del mundo misterioso en el que una casta de mujeres son educadas desde niñas para mantener entretenidos a los hombres. 

Probablemente Memorias de una geisha (Alfaguara) no provoque el ingreso de su autor, Arthur Golden, al pabellón de los escritores de novelas célebres ni al de los escritores célebres de novelas, pero el mérito de este graduado en Harvard en Historia del Arte que se especializó más tarde en Historia Japonesa en Columbia y que residió durante varios años en Tokio no es poco. Su prosa, discreta pero delicada, está puesta al servicio de un tema que Golden conoce a la perfección, y lo que sedujo de la novela –un best seller inequívoco en Estados Unidos, que desató un geisha-boom que registran las revistas femeninas, del que Madonna se hizo eco en su nuevo vestuario, y que pronto se convertirá en el guión de la nueva película de Steven Spielberg– es que no es otra cosa que una puerta que se abre y deja al descubierto un universo sobre el que los occidentales saben poco, que los fascina, que parece encubrir alguna rara clave sobre la masculinidad y la feminidad, y que está marcado a fuego por una cultura milenaria que responde a una visión completa del mundo.