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De un tiempo a esta parte, Elisa Carrió logró ser considerada inimputable por mucha gente, que encuentra sus vaticinios y sus diagnósticos tan arrebatados y delirantes que considera que no vale la pena ponerse a contestarle. Después de todo, es la líder de una de las principales fuerzas de oposición, e incluso cierto pudor democrático obliga a quienes vertimos opiniones a pulir los adjetivos, para evitar la épica del rechazo. Sin embargo, creo que la tensión creciente de estos días exige algunas responsabilidades en todos, y creo que hay límites que se han cruzado. Límites que tienen que ver con todo lo sufrido, con todo lo perdido colectivamente.

El 2 de marzo empecé a trabajar en Radio Nacional, en un programa que se llama El nombre de las cosas. Esta nota arranca como una gacetilla, pero no lo es, ya verán. En nuestro universo diario de 12 a 14, América latina es nuestra casa grande, por la que hemos vuelto a sentir un amor como el que nos perforó la adolescencia. En el programa hay una sección diaria, “Enforados”, que mantiene abierta la agenda del Foro Social Mundial. A mí me pegó fuerte ver en Belem do Pará a cinco presidentes que saludaron a otros tres ausentes (Michelle Bachelet, Cristina Fernández, Tabaré Vázquez), y que eran, los ocho, un bloque de matices, ¡de Bachelet a Chávez! Pasando por Evo, a quien todo el mundo, ese mundo mejor es posible, reconoce como el mejor, el más puro, el más audaz. Pero Evo no sería posible sin el indio que se despertó. Bolivia, tan ignorada, tan maltratada por los grandes medios, está a punto de erradicar de su territorio el analfabetismo. Y en lo que me toca, lo que me toca de muy cerca, en las ideas y en las emociones, ése es un buen ejemplo de aquello en lo que creo, aquello que yo asocio con el bien.

La palabra “embestida” contiene a una bestia. Conviene que lo sepamos. Cuando se señala o anuncia o enuncia que estamos socialmente frente a una “embestida”, se sugiere, se camufla o se declara que alguien o algo acomete bestiamente contra otra cosa. Fuera del ámbito político, en el ámbito original de la palabra, pueden ser bueyes, toros, jabalíes, animales generalmente portentosos los que “embisten” siempre “contra” algo. La “embestida” incluye “contra”. Es la bestia ciega y en manada la que baja el mentón, alza los cuernos, corre, hace temblar la meseta o la sabana y acomete.

Entre los lugares comunes más tramposos que circulan en este país desde el año pasado, puede ubicarse a “la caja”. Primero fue una palabra casi inevitable en bocas opositoras para referirse al ministro Julio De Vido. Elisa Carrió, que ahora desbarranca con sus visiones del Estado de Israel “invadido” y con una presunta violencia doméstica en Olivos, fue pionera en hablar de “la caja”. En innumerables intervenciones públicas señaló a “la caja” como el objetivo inconfesable que movía una u otra política de Estado. Mientras se instalaba a “la caja” como una recaudación negra que serviría básicamente para financiar campañas políticas del oficialismo, otros dirigentes opositores tomaron la posta y con el tiempo, “la caja” salió de la esfera del Ministerio de Planificación y se extendió a cualquier decisión oficial. El colmo fue una declaración de Bussi, hace una semana, quien después de todo el camino recorrido, la saliva derrochada y la presión ejercida, concluyó: “Está demostrado que las retenciones tienen por objeto la recaudación”.

Todavía el conflicto entre ellos no había saltado a la luz pública, pero los integrantes de la Mesa de Enlace ya estaban al tanto de que uno de ellos, Biolcati, se había cortado solo. Al día siguiente vendría la incomodidad, que les duró apenas dos días, en este país en el que buena parte del periodismo ha renunciado inexplicablemente a la repregunta. Los grandes medios con ellos no lo practican. Se limitan a ser una burda caja de resonancia de cualquier cosa que digan. Una vez más, un desencuentro entre el Gobierno y el sector de los dueños de la tierra es exhibido con el Gobierno como responsable moral de la “falta de códigos”, y ahora Biolcati, si pecó de algo, es de “caballero ingenuo”. ¡Su mujer se lo dijo! ¿Es cierto, Biolcati, que cuando volvió a su casa su mujer lo retó? A escribir esta pavada se reduce el periodismo en los grandes medios. Ya vuelvo al día anterior al comunicado de la Federación Agraria que habló de la “operación Verbitsky-Biolcati”. Pero después de conocido y leído públicamente ese comunicado, mientras en privado la Mesa de Enlace analizaba cómo volver del bochorno y disfrazar la evidente traición, una ignota vocera de la Federación Agraria “salió a aclarar” que no habían querido decir lo que dijeron. Un cronista de TN fue un vocero más eficaz: “Repetimos, entonces. Se trató de una mala interpretación de una línea del comunicado, y de ninguna manera ése fue el título”, dijo el cronista, listo para integrar los Sucesos Argentinos de las peores épocas.

En la polémica sobre los artesanos en Palermo Soho, que viene a ser el que rodea a la Plaza Cortázar, hay un par de cosas interesantes para analizar. “No queremos que esto se convierta en un Once”, le escuché decir a un comerciante que paga los altísimos impuestos y alquileres. Esa zona que hoy está tapada de extranjeros se puso en valor en los últimos años, y al mismo tiempo se cambió no sólo la cara, por lo visto, sino también el ánimo que la sostiene.

Hace tiempo, cuando en el canal América todavía Francisco de Narváez no era el invitado especial de todos los programas periodísticos, dos noches por semana uno se preparaba para ver TVR. Iban pasando las duplas de conductores (¡TVR hasta había conseguido hacer interesante a Fabián Gianola!) y, sin embargo, la impronta del programa se mantenía en la edición y el contenido de sus informes especiales. Uno de los clímax, que provocó escándalo por lo revulsivo, lo ambiguo y lo iconoclasta, fue aquel que hicieron después de la caída de las Torres Gemelas, musicalizado con Sinatra cantando “New York, New York”. TVR nació y se ganó su espacio así, de una manera distinta a la del millón de programas que repasan lo que pasó en la televisión. Tenía un plus.

La jueza Carmen Argibay habló fuerte la semana pasada. Su explicación sobre el fallo que evitó la libertad de sesenta chicos detenidos en institutos rasgó el telón del Truman Show. Bajo los efectos narcóticos del relato que tejen los medios y las declaraciones públicas de funcionarios del área de seguridad, e incluso bajo los efectos del otro relato, el alternativo, el que aborrece y denuncia las condiciones en las que están detenidos los chicos en conflicto con la ley penal, la medida de la Corte fue un baldazo de agua helada. Y Argibay, lejos de ponerles acondicionador a sus palabras, las erizó: habló de gatillo fácil, esbozó una vida real más allá del telón de la obra que representamos todo el tiempo como comunicadores o multiplicadores de un diagnóstico sobre seguridad.

La hojeada rápida a los diarios de mayor tirada, este domingo, fue un déjà-vu. Vuelven a ser protagonistas, junto con las noticias, las ofertas. Recordamos otras épocas en las que los grandes diarios del domingo eran portadores de varias dobles páginas en las que supermercados, automotrices, compañías de celulares, bancos y megatiendas de electrodomésticos atosigaban a los lectores con sus ofertas. Se dice, en las secciones de economía, que esto se debe a la desconfianza de los consumidores que, ante el futuro inmediato incierto, no gastan. Especialmente, no se deciden a embarcarse en cuotas. El aceleramiento de los hechos es tal, que hace apenas una semana, en muchos shoppings, no aceptaban tarjetas. En los supermercados, hace ya un par de meses que apenas dos pagos con tarjeta eran cargados con un 3 o un 4 por ciento de interés.

Cuando se pide justicia, es mejor tener claro qué se pide. Y cuando se responde a un pedido de justicia, mejor que la policía no sea la que conteste. Por el crimen de Hugo Mayares, el vecino de El Palomar que fue asesinado el domingo pasado, la Bonaerense detuvo a tres jóvenes, uno de ellos de catorce años. Los testigos del crimen dicen que no hubo ningún chico entre los asaltantes, y esperan “que las detenciones no hayan sido apresuradas para que no hagamos la marcha”. Los vecinos de El Palomar iban a cortar el Acceso Oeste, y los medios estaban preparados para cubrir otra “pueblada” contra la inseguridad, un tema pendular que aparece y desaparece según qué otras cosas estén pasando. Es notable, por ejemplo, que en los largos meses que duró el conflicto con los sectores ruralistas, la inseguridad no haya estado en la agenda. ¿Había menos asaltos? ¿Los pibes chorros estaban mirando a De Angeli en TN y no salían a la calle?

Lo que pasa es que ahora todo el mundo es Tercer Mundo. Mentalmente, por lo menos. Hasta el director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, que el sábado elogió el gasto público para estimular la demanda interna. Mantener al menos tibias las economías mundiales en la emergencia. Ahí los países se dividen. Los emergentes han vivido en emergencia desde el último diseño del mundo. Los países centrales son ahora países en vías de hundimiento. La recesión les devolverá lo que ellos sembraron en los países emergentes durante las últimas décadas. El formidable castigo lo reciben por haber incurrido en lo que un griego perfectamente podría llamar hybris, es decir, el pecado capital, la soberbia, el exceso de un defecto, e incluso de una virtud. Ese castigo tiene muchos nombres, pero se resume en uno: desempleo.

Hay un vallenato del colombiano Andrés Landera que se llama Cuando lo negro sea bello. Así se llama también un programa de radio en la 93.50. En él participo leyendo columnas que escribí en el 2001. En ese programa pasan una deliciosa música tropical; deliciosa y compleja. Es la cumbia original, antes de que pasara por las discográficas que le dejaron sólo su esqueleto rítmico.

Así se llaman unas puertas blindadas cuya publicidad me perturba cada vez que la pasan. Muestra a un negro corriendo. No es una persona corriendo ni un hombre corriendo. Es un negro corriendo. Tampoco es un negro como Barack Obama o como Pelé o como Rubén Rada. Específicamente, es un negro de mierda. El personaje que corre moviendo con él la panza inequívocamente hinchada de cerveza es un hombre quizás argentino, quizá paraguayo o peruano, sin rasgos europeos. Su fisonomía es la de cualquier hombre común y corriente que toma el tren a las seis de la mañana en Moreno para ir a trabajar a la obra en Capital. O la de un colectivero, o un taxista. O la de un kiosquero, o un mecánico. Pero tiene la barba crecida y la cara sudada mientras corre. Corre hacia lo que en una segunda instancia se ve que es una puerta. Choca con toda la fuerza de su cuerpo grueso contra la puerta. Rebota contra Lo Blindado y cae.

El tajo entre las maneras de leer la Argentina sigue su corte hacia abajo. Se hace profundo. O quizá no se esté profundizando, sino haciéndose crónico, como una alergia, y el movimiento no sea hacia abajo, sino rítmico. Compulsivamente rítmico. El Gobierno sale a anunciar algo y la oposición de centroderecha grita: ¡Robo! ¡Trampa! ¿Cuántas veces pasó ya? Anuncio y revoloteo. Muchos micrófonos y una voz que grita: ¡Esto es un robo! ¡Esto es una trampa!

El 17 de Octubre tuvo este año más de un acto y más de un significado. Eso, además de ser consecuencia de una escisión cuya cabeza visible es Chiche y su cabeza política es Duhalde, también da cuenta de que hay más de una manera de entender la palabra lealtad. Las poco felices palabras de Chiche para expresar su opinión sobre el ex presidente Kirchner taparon, como algún escandalete tapa siempre, qué tipo específico de lealtad se celebra un 17 de Octubre.

En esta sección, el lunes pasado, pensamos en Playboy a propósito de las fotos de María Luján Telpuk. Pensamos que no era curioso, sino más bien de rigor, que una mujer joven y atractiva cuya imagen salta a los medios a raíz de un caso como el de la valija de Antonini reciba su oferta y la acepte y sea entonces Playboy el medio a través del cual los lectores puedan ver a esa mujer desnuda.

Al escándalo de la valija no podía faltarle una chica Playboy. Ya había pasado con una pulposa compañera de los sin techo brasileños. Y aunque María Luján Telpuk tenga techo y un ex trabajo seguro pero embolante, comparte con la sin techo brasileña haber lanzado señales de humo erótico desde las páginas de política de los diarios de sus respectivos países. En el caso brasileño, es posible una lectura específica, ya que la marca Playboy tiene connotaciones muy fuertes. Aunque debe haber habido algunos compañeros de la pulposa que le deben haber advertido que estaba prestándole el cuerpo a un sistema de signos en el que también se inscriben todas las pestes capitalistas, la mayoría de ellos debe haber festejado “llegar” a la tapa de Playboy. “Mostrar” qué hembras hay en sus filas. Cierto orgullo confesado o no debe haber recorrido a muchos sin techo que estaban siendo representados en la tapa de una revista erótica norteamericana por una de sus mujeres, desnuda, vuelta objeto de deseo de hombres capitalistas. La lógica de barrio aplicada. Los movimientos políticos no le prestan mucha atención a la idea que tienen de los cuerpos de sus mujeres. Hombres y mujeres. Eso implica otros debates. Pero sobre los movimientos o partidos políticos latinoamericanos. Porque nuestras hermanas latinoamericanas son nada menos que las latinas, el nuevo objeto de deseo yanqui.

El fin de época encuentra a Estados Unidos con un probable presidente negro, y con una candidata a vicepresidenta republicana que representa la idiosincrasia cuáquera protestante en toda su inquietante hondura. Es más folklórico que sea una mujer la abanderada del armamentismo civil en un país cuya primera ley fue la del rifle. Los Estados Unidos surgieron de aquellas películas de nuestras infancias, todo ese país fue un western y siguió reservándose el derecho de western en otros territorios. Lo clásico del western es su “fuera de la ley”. Casi todo estaba fuera de la ley. No había leyes. El sheriff era la autoridad más firme, y su sola mención da idea de una autoridad agujereada, de una maqueta de autoridad. Los caminos podían ser emboscadas, las caravanas atravesaban llanuras o valles en los que podían ser atacadas por indios o ladrones, la vida estaba desestructurada. Y sobre esa desestructura de horizontes impensables, de la posibilidad del oro, del “fuera de la ley” que imperaba en todas partes, sobrevino la raíz cuáquera protestante. Un corset implacable que moralizó la vida cotidiana y acompañó, como parte del carácter nacional, el surgimiento de esa nación.