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	<title>Sandra Russo &#187; mujeres</title>
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		<title>Historias de miedos y fragilidades</title>
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		<pubDate>Sat, 05 Jul 2008 05:43:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[mujeres]]></category>
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		<description><![CDATA[por Silvina Friera En las arenas movedizas de los géneros narrativos que maneja, Sandra Russo se siente como en casa con el falso light: textos amables, ligeros y de rápida digestión, que experimentan con lo trivial o lo intrascendente, lo que se escucha en las colas de los bancos, en los supermercados, en bares y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/espectaculos/20080705/notas_e/na33fo01.jpg" align="left" /><em>por Silvina Friera</em></p>
<p>En las arenas movedizas de los géneros narrativos que maneja, Sandra Russo se siente como en casa con el falso light: textos amables, ligeros y de rápida digestión, que experimentan con lo trivial o lo intrascendente, lo que se escucha en las colas de los bancos, en los supermercados, en bares y en taxis. Pero tras esa leve capa de sobreentendidos, se despliega la densidad de los miedos y las fragilidades. La perplejidad y el desconcierto son dos de los hilos conductores que se perciben en los cinco libros de la periodista y escritora, que PáginaI12 ofrecerá a partir de mañana a sus lectores: ArqueTipas, ArqueTipos, Erótika y Perdonen nuestros placeres (dos libros en uno), No sabés lo que me hizo y Cleopatra y otros cuentos. “La escritura es un modo de autoconocimiento y hay que aprender a activar las partes más interesantes de uno mismo para cada registro. Hay que dejarse pegar, inquietar por los textos. El periodista trabaja con la guardia muy alta y con ropa de fajina, pero en estos registros hay que bajar la guardia, ponerse la joggineta o el baby doll y circular por otras zonas de uno”, explica Russo.<span id="more-214"></span></p>
<p>Los textos de ArqueTipas, publicados originalmente en las contratapas del suplemento Las/12, son diálogos entre mujeres que conforman una especie de coro de voces femeninas “con las que no siempre nos identificamos”. Russo explora las contradicciones entre lo que es y lo que tiene que ser una mujer. “Tenemos una tara nacional: si sos inteligente, no podés usar cremas antiarrugas. Son pelotudeces que tenemos metidas en el cerebro porque la realidad te está diciendo todo el tiempo que no es así. Sos jefa de hogar, te ganás tu guita y no querés tener patas de gallo y te da bronca que se te caigan las tetas. Vivimos en un país que no permite que afloren más personas con múltiples registros en los medios gráficos y que se den la libertad de no ser trascendentes ni los más inteligentes de la cuadra. Creo que hay que reivindicar todos los territorios personales, no solamente los políticamente correctos”, señala la periodista y escritora en la entrevista con PáginaI12. “En el registro del falso light, el tono puede ser hilarante, pero por abajo pueden ir otras cuerdas más sordas o más pesadas, envueltas en una especie de packaging ligero. Me gusta leer ese tipo de literatura y me detengo mucho a ver cómo los autores que me gustan trabajan esos climas de aparente banalidad y al mismo tiempo logran inquietarte.”</p>
<p>–¿Por qué el diálogo no es un registro tan frecuente en el periodismo y en la literatura?</p>
<p>–Está bueno pensar qué es el diálogo para nosotros, ahora que se estuvo hablando tanto de diálogo eufemísticamente. Hace tres meses que estamos hablando de diálogo cuando en realidad nadie quiere dialogar con nadie y no hay una interacción de ideas. En estos diálogos de ArqueTipas lo que me interesaba era que la voz de una mujer fuera modificada por la voz de la otra, salvo cuando hay personajes que específicamente no se dejan modificar, que están en un lugar muy obsesivo. Para hacer buenos diálogos tenés que capturar ciertas cuestiones de la oralidad, y eso implica que mientras estás escribiendo, vayas escuchando lo que dicen esas mujeres, de la misma manera que uno espera que cuando el lector o la lectora los lea, vaya escuchando esas voces y esos tonos. En todo lo que escribo trato de deshacerme de la obligación de ser graciosa. Lo que me interesa es que el lector lo lea, si surge algo gracioso, mejor. Por eso muchos de los remates son muy abiertos, y en lugar de ir por el lado del gag humorístico, me refugio en el desconcierto porque me parece que ahí hay algo de lo femenino.</p>
<p>–¿Cómo explica ese desconcierto?</p>
<p>–Siempre me concentro en equilibrios inestables. Los vínculos y los roles de los hombres y las mujeres, tan transitados que prácticamente uno no sabe qué más se puede agregar, salvo lo fenomenológico, algo nuevo que esté pasando, son territorios que interesan a la gente porque seguimos construyendo vínculos sobre arenas movedizas. Lo que se está moviendo son nuestros roles. Una de mis ideas recurrentes, que está presente en muchos de mis libros, es que las mujeres no tenemos tanta problemática con la fortaleza. El problema aparece con la debilidad.</p>
<p>–¿Por qué con la debilidad?</p>
<p>–Estamos desarrollando una puesta en escena de la feminidad de esta época. La toma de riesgo no está en lo visible sino en lo invisible. Muchas mujeres de mi generación sienten nostalgia de algo que nunca vivieron, sienten nostalgia de un marido muy protector, muy proveedor, o que se hacía cargo de las situaciones, que eran sus propios padres, pero nunca tuvieron maridos así, siempre tuvieron maridos que daban por hecho que las mujeres son lo más fuerte del mundo. A nosotras nos han tocado parejas feministas (risas). Los hombres son mucho más feministas que las mujeres; han encontrado mujeres fuertes y ellos lloran, son sensibles, dudan, retroceden y a nosotras nos falta ese derecho a lo alocado, a lo que no tiene demasiado sentido.</p>
<p>Si en los diálogos de ArqueTipas invitaba a sus lectoras a mirarse en el espejo de la obse, la impaciente, la apasionada que invierte su tiempo en amores contrariados o la autocrítica (que se ve gorda, con várices, patas de gallo, no tiene trabajo, ni novio ni marido), en los textos de ArqueTipos, con una buena dosis de licencia ficcional, mucho humor e ironía en la descripción del tipo de varones (el banana, el complicado, el casado, el tímido, el hipocondríaco, el de gusto dudoso, entre otros), pegaron instantáneamente entre los hombres. “A los varones les encanta que una hable de ellos. El día que salió el texto del protector en Las/12, todos creían que había escrito sobre ellos, todos tenían una idea de sí mismos como muy protectores –recuerda Russo–. Los varones tienen necesidad de saber qué atributos valoran las mujeres porque están muy desorientados. Los problemas de género grosso no los tienen las mujeres, los tienen los varones. Se fue la exigencia del macho proveedor, pero cuál vino. No saben, y tienen miedo de que no les dé el piné. No saben si tienen que llorar, si tienen que extrañar, si tienen que sufrir, si se tienen que declarar. Están completamente desorientados.”</p>
<p>Cada vez más fronterizos con la ficción, los textos de Erótika y Perdonen nuestros placeres (dos libros en uno) y No sabés lo que me hizo son los puentes que conducen a los siete relatos de Cleopatra y otros cuentos. “Los escribí para probar –dice Russo–, no había pensado hacer un libro de cuentos, pero los cuentos y mi primera novela, Edad Media, que todavía no publiqué, son territorios donde me siento extranjera. No soy una cuentista ni una novelista.” En al menos tres de los relatos –Verde manzana, Néstor y Alicia y Corset– los personajes tienen que lidiar con algo de ellos que no es muy confesable en público. “Lo que estoy buscando en esas ficciones son situaciones donde uno puede contactarse con el otro, no importa si es un desconocido, y que hacen explotar cosas que están invisibles. Toda la narrativa tiene que ver con encontrar situaciones que hagan visibles lo que en la realidad uno percibe, pero lo tapa, lo controla.”</p>
<p>–¿Cómo trabaja los núcleos autobiográficos en los cuentos en comparación con los textos periodísticos?</p>
<p>–Los manejo de manera inversa. El núcleo autobiográfico en una nota periodística lo considero válido porque tengo una primera persona en la que confío. A lo largo de los años aprendí a depurarla y sé perfectamente que no me engolosino con la primera persona. La uso para atrapar a un lector. Recuerdo una frase de Kureishi: “Si escribís en primera, existís”. Claro que esa primera persona tiene que ser cautelosa con lo que va a contar porque toda tu vida no le interesa a nadie. Ese núcleo autobiográfico está al servicio siempre de otra cosa, nunca es lo más importante, siempre es un disparador para hablar de otras cuestiones. En cambio en los cuentos, esos núcleos autobiográficos también son disparadores, pero para una inmersión más profunda. Y la única manera de producir esa inmersión es desfigurando lo autobiográfico. Presto situaciones que viví y cada uno de los personajes sale disparado para otros lugares. Por eso no me preocupa si en dos cuentos aparece el mismo núcleo autobiográfico, el de la viudez, que está en Cleopatra y en Verde manzana. Yo me expongo mucho en lo que escribo, expongo a la gente que conozco y la gente se pelea conmigo. Lamento haber perdido dos o tres amistades, pero no lo puedo evitar: el que me cuenta algo sabe que quizá desfigurado, deformado, mezclado con otra cosa, puede aparecer en mis textos. Ahora no me quieren contar nada más. ¿De dónde voy a sacar los temas? ¡De las cosas que me cuentan! Hay gente que se siente expuesta de una manera rara en su interioridad, porque no pongo nombres ni apellidos, pero se reconocen y eso los hace sentir mal. A veces cuento cosas de más (risas).</p>
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		<title>La mujer peronista</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Jun 2008 06:00:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[mujeres]]></category>
		<category><![CDATA[política]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Recibí por correo electrónico una “carta de una ciudadana a CFK”, que alguien que no conozco me mandó, supongo que para esclarecerme. La carta está completamente exenta de cualquier argumento interesante o sostenible más allá de un rechazo visceral, pero está sostenida en un aparente “de mujer a mujer”. Y es así, “de mujer a mujer”, que en estos días aflora la más descarnada misoginia.</p>
<p>La carta en cuestión es apenas un ingrediente más en este festival de conchudez (perdón por el término, pero es el más preciso que se me ocurre). No es el eje, no es el centro ni el núcleo de este conflicto, pero sí es un rasgo importante el hecho de que en el amplio espectro opositor sean mujeres las que se “descarguen” contra la Presidenta con diversos argumentos y en diferentes tonos, con diversos grados de inteligencia y propiedad. Hay algo en la feminidad de la Presidenta que irrita sobremanera a otras mujeres, mucho más que a los hombres.<span id="more-208"></span></p>
<p>En esta carta, la ciudadana en cuestión afirmaba que “Señora: estamos en el año 2008, hace casi una década que hemos comenzado el nuevo milenio, ya ninguna mujer occidental, profesional y dirigente se siente discriminada por ser mujer”. Qué loco, pienso, si todavía ni siquiera se ha rozado la primera y básica reivindicación de género, que es a igual trabajo, igual salario. Las mujeres seguimos ganando menos dinero por el mismo trabajo que hace un hombre. ¿Que “ninguna” mujer “occidental, profesional o dirigente” se siente ya discriminada por su género? Primero, eso no es cierto. Y segundo, la mayoría de las mujeres argentinas serán occidentales por la fuerza, pero no son ni profesionales ni dirigentes. ¿Y ellas? Que se queden allí, en la invisibilidad, y que no jodan.</p>
<p>No voy a transcribir párrafos de esa carta porque finalmente es solamente una carta de una mujer con nombre y apellido, difundida por otras mujeres con nombre y apellido que se sienten identificadas con su contenido. Pero sí me gustaría subrayar que esta operación de odio y resentimiento repta como una serpiente en los interiores de muchas mujeres que no discuten ideología ni política: discuten género. Esto es lo inconcebible. Porque es una patraña. El género, naturalmente, es el caramelito que les ofrece a esas mujeres el pensamiento conservador y patriarcal para roer la realidad desde sus más bajos instintos.</p>
<p>Hemos trabajado y defendido la perspectiva de género desde hace muchos años, pero estos días renuevan el interés en este extraño fenómeno de mujeres que detestan a la Presidenta porque está en un lugar que les parece inmerecido e inapropiado. En la carta, la airada ciudadana hasta le niega a la Presidenta el derecho de reivindicarse como la primera mujer en ser electa para ese cargo. La homologa con Isabel (bueno, Carrió también lo hace cuando la dejan: compara a Cristina con Isabel, por un lado; y se abandona a toda su capacidad de resentimiento, por el otro). Y con Evita. “No nos engaña&#8230; es un viejo símbolo del peronismo ortodoxo ‘la mujer peronista’ al lado de su pueblo y de su hombre, que le posibilita la vanidad del poder.”</p>
<p>¿Qué hay con esa mujer peronista al lado de su pueblo y de su hombre? ¿Qué hay con haber llegado al lugar con el que se soñó? ¿Qué hay con ejercer el poder, qué problema intrínseco, profundo y necio hay con ejercer el poder, que a una mujer sólo le está permitido acercarse a él a través de “la vanidad”?</p>
<p>Las mujeres hemos peleado mucho por alcanzar lugares que están fuera del control de nuestros hombres. Es más: hemos peleado también por tener un nombre propio que nos designe y por ser quienes somos más allá del hombre que tengamos al lado. Pero hemos de concluir, al menos provisoriamente, que en nuestras peleas de género no hemos dimensionado en toda su espantosa y falsa naturaleza esa mirada turbia, envidiosa y capaz de todo que sale disparada de ojos con rimel y corazones de hielo.</p>
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		<title>El cuerpo y el tiempo</title>
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		<pubDate>Mon, 05 May 2008 06:00:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hay una campaña publicitaria que veo últimamente y que no sé de qué marca es. Siempre que paso por alguna gran avenida y veo los dos afiches de esa campaña, me propongo fijarme qué publicita, pero el auto pasa rápido y la visión de las enormes fotografías vuelve a capturarme la mirada. Es que a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080505/notas/na14di01.jpg" align="left" />Hay una campaña publicitaria que veo últimamente y que no sé de qué marca es. Siempre que paso por alguna gran avenida y veo los dos afiches de esa campaña, me propongo fijarme qué publicita, pero el auto pasa rápido y la visión de las enormes fotografías vuelve a capturarme la mirada. Es que a las fotos las acompaña una leyenda, una “bajada”, y el ojo no alcanza a leer tanto. Las imágenes son dos, y de ellas sólo recuerdo textualmente una de las leyendas. La foto es la de una chica a la que no se le llega a ver bien la cara. Medio plano. Hay un mentón, y hay pelo largo, pero los rasgos de la cara no se llegan a ver. La chica tiene puesta una musculosa blanca, y no usa corpiño. Tiene unas tetas importantes, de las que está orgullosa, o por lo menos segura del efecto que provocan, porque sólo así una chica se dejaría fotografiar con musculosa ajustada, ese escote, esa transparencia un poco violenta de los pezones. La leyenda dice: “A los catorce le decían tabla de planchar”.<span id="more-195"></span></p>
<p>A la otra foto la vi menos veces, pero también es un recorte de la cara de una chica, en blanco y negro, con el eje central en la boca. Una boca–pico, de labios abultados, vulvosos. La leyenda dice algo así como “A los catorce le decían que tenía un buzón”.</p>
<p>Las dos fotografías y las dos leyendas están unidas por una lógica de significado, podría decirse por una estructura. Una variación de la del “antes y después”, que quedó sellado a fuego en las páginas de publicidad de las revistas de comics: esas que nos dejaron en la memoria al “pobre alfeñique” que era el hombre, antes de hacerse físicoculturista. Pero esa estructura sigue repitiéndose, alargando el mito.</p>
<p>El mito en esencia es el mismo: lo usan quienes ofrecen métodos, aparatos, pastillas, vitaminas, aminoácidos, cirugías, extensiones, postizos, métodos de adelgazamiento, métodos anticalvicie, belleza dental, en fin, cualquier cosa que permita cambiar drásticamente el aspecto físico. Se apela, sobre todo en esos casos, a un quirófano simbólico, habilitado por el derecho de cada individuo a “encontrarse” físicamente consigo mismo, como si nuestros cuerpos y sus terminaciones fueran obstáculos fácilmente derrotables. Se nos incita a la derrota de nuestros cuerpos verdaderos, en pos de una autoimagen difusa, tejida con recortes de revistas de actores y actrices y modelos y famosos que portan los cuerpos de belleza oficial.</p>
<p>En esos casos de “antes” y “después”, él o ella dejaron atrás un “antes” donde habían sido débiles, poca cosa, mitades de camino, y avanzaron con firmeza hacia un “después” que los exhibe ya dueños de algún atributo físico deseable.</p>
<p>En los dos casos de esta nueva campaña callejera, se trata de atributos femeninos, a saber: buenas tetas, labios carnosos. Si el “antes” está congelado en una edad (trece, catorce), la imagen del “ahora”, que se superpone al “después” del mito, en este caso, nos permite imaginar que todo pasó muy rápido: las chicas de las fotos son muy jóvenes. Eso es lo que entusiasma siempre: la rapidez. Esta época no tolera los procesos.</p>
<p>El problema del mito, que sobrepromete, que garantiza lo azaroso, es que hay muchas mujeres con tetas chiquitas y bocas de labios finos. El problema es qué les dicen esas fotografías y esas leyendas a las chicas que ya pasaron los catorce y siguen siendo tablas de planchar o siguen teniendo bocas muy diferentes de la de Angelina Jolie o Dolores Barreiro, que por otra parte son chicaneadas por el colágeno que se pusieron.</p>
<p>Nunca antes hubo tantas adolescentes con trastornos de alimentación y nunca antes hubo un discurso mítico tan unánimemente aceptado. El discurso sobre la belleza femenina ha sido una de las grandes trampas de la historia para someter a la mitad de la población. Es un discurso viscoso y cínico, de acuerdo con el cual “lo que se escribe” y “lo que se dice” corre en sentido favorable a la salud y la diversidad, pero que es acompañado por discursos visuales despóticos que exigen cuerpos de Photoshop. Ninguna mujer común puede aspirar, sin una considerable carga neurótica, a parecerse a alguien cuya fotografía además fue trabajada en pantalla. Las chicas ya no quieren ser flacas: quieren ser dibujos de flacas.</p>
<p>La belleza oficial jamás será abolida, pero al menos, teniendo en cuenta los miles de anónimos dolores que provoca en aquéllas y aquéllos cuyos cuerpos no se ajustan a ella, puede por lo menos ser cercada por la idea de que lo verdaderamente bello generalmente es libre.</p>
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		<title>Una mujer</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Apr 2008 06:00:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[mujeres]]></category>
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		<description><![CDATA[Los hombres tienen más fuerza física. Quizás ésta, una de las diferencias inequívocas entre hombres y mujeres, haya sido la responsable de millones de destinos humanos, el disparador del aire comprimido que nos alteró la percepción, el tuétano del hueso que no dejamos de roer, como ratitas entrenadas. La fuerza física fue la que los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080418/notas/na40fo01.jpg" align="left" />Los hombres tienen más fuerza física. Quizás ésta, una de las diferencias inequívocas entre hombres y mujeres, haya sido la responsable de millones de destinos humanos, el disparador del aire comprimido que nos alteró la percepción, el tuétano del hueso que no dejamos de roer, como ratitas entrenadas. La fuerza física fue la que los llevó a ellos a cazar, mientras nosotras nos quedábamos a recolectar. Hoy, los hombres siguen yéndose y nosotras quedándonos. Es un chiste.</p>
<p>La fuerza física fue en aquel comienzo el atributo necesario para la supervivencia de la especie. Que las hembras fueran las que gestaran y parieran a la especie pudo valerles una mitad del poder. Pero no. Si uno lo piensa, el trato habría sido justo. Pero el trato fue injusto. El varón fue el narrador de la humanidad. Los varones nos han contado cómo sucedió todo, por qué, cuáles fueron los motivos, cuáles fueron los resultados y cuáles los argumentos. Casi todas las civilizaciones han dado por válida, siempre, la narración de los varones. Las mujeres hemos ido escuchando esa voz como si no hubiera otra, porque pasamos siglos y siglos de silencio, sin reivindicar siquiera el sonido de una voz propia. Necesariamente, cuando esa voz comenzó a hacerse audible, a principios del siglo XIX, fue una voz oprimida, rabiosa. La voz femenina que hizo cuña en la cultura fue primero una voz que cargaba con el peso de las que nunca hablaron. Cuando Virginia Woolf escribió sobre el cuarto propio, no sólo estaba reclamando la intimidad física necesaria para expandirse como sujeto. Estaba reclamando esencialmente la intimidad subjetiva imprescindible para tener juicio propio.<span id="more-191"></span></p>
<p>Hay un closet femenino. Así como hay un closet heterosexual. Los gays nos han enseñado muchísimo al respecto. Su emblemática “salida del closet”, con la angustia y los conflictos que supone enfrentarla, nos hablan a los heterosexuales de nuestros propios roperos, en los que hemos dejado, colgadas y descartadas, nuestras otras partes disponibles.</p>
<p>Hay un closet femenino. Allí todavía están, colgadas y descartadas, para muchas mujeres, algunas de las mejores partes de la feminidad. Hace apenas un siglo que somos criaturas con dos dedos de frente. Hasta entonces éramos algo así como chimpancés hembras, o mejor, personas con capacidades diferentes: sobre todo, capacidad de abnegación y de negación.</p>
<p>Ahora que somos sujetos y que el dinero ha reemplazado al dinosaurio, en estos tiempos en los que la fuerza física es un atributo degradado, presumimos que somos dueñas también de abrir nuestros roperos y vestirnos con lo que se nos dé la gana. Pero no, que lleva tiempo. Y una se enreda con una misma. Ahora que la fuerza de voluntad es tanto o más valorada que la fuerza física, las mujeres tenemos oportunidades magníficas. ¿Pero queremos oportunidades magníficas en términos profesionales o económicos? Muchas mujeres, en estos tiempos, están tan agobiadas que le llamarían “oportunidad magnífica” a poder romper en llanto en el hombro de un varón. Y ellos&#8230; antes nos abrían la puerta y ahora nos quitan el hombro. No hay nada que espante más a un varón argentino mayor de cuarenta años que una mujer que “lo necesite”.</p>
<p>Nosotras queremos a los varones. Hubo un par de generaciones que, la verdad, no los querían. Y cómo los iban a querer. Apenas se toma conciencia de que por el hecho de ser mujer una criatura de la especie humana ha sido sistemáticamente castigada en todas las culturas, eso da rabia. Muchísimas mujeres han vivido sus vidas con absolutamente todas las oportunidades recortadas y, sin embargo, al mismo tiempo vivieron de ese modo sin que se les ocurriera que algo raro, algo siniestro, algo tremendo pasaba.</p>
<p>Uno de los correos electrónicos con los que los ruralistas llamaban durante el paro a cacerolear decía que había que “poner en su lugar a esa simple mujer que se cree más de lo que es”. Tal cual. Pasmaba. Me lo reenvió, también azorada, Claudia Piñeyro, la autora de Las viudas de los jueves. Una escritora cuyo mayor logro, yo creo, es la fidelidad con la que ha captado una faceta de esa noia femenina, ese vacío atroz. “Una simple mujer que se cree más de lo que es” estaba, en el correo original, escrito en rojo. Subrayado. Quien lo haya decidido, quien haya optado por pintar esas once palabras con el color del rouge, de la sangre menstrual, de la protección contra la envidia, de los labios cuando desean, no tiene cuarto propio. Esa definición probablemente autorreferencial de quien concibe a la Presidenta como “una simple mujer que se cree más de lo que es” no hace más que repetir, como un eco bobo, seco, lo que nos han dicho siempre. La suficiente cantidad de siglos como para que ahora una mujer escriba eso sobre otra mujer.</p>
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		<title>Una flor</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Apr 2008 06:00:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Se trata de una mujer común, ni linda ni fea, una mujer entre tantas. Peronista, debe ser de familia peronista. Militaba en los ’90 cerca de Ernesto Landau, un caudillo bonaerense que en ese preciso momento era el apoderado del PJ. El de los ’90 era un PJ vergonzoso. Hubo una alianza en Escobar, con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080416/notas/na40fo01.jpg" align="left" />Se trata de una mujer común, ni linda ni fea, una mujer entre tantas. Peronista, debe ser de familia peronista. Militaba en los ’90 cerca de Ernesto Landau, un caudillo bonaerense que en ese preciso momento era el apoderado del PJ. El de los ’90 era un PJ vergonzoso. Hubo una alianza en Escobar, con Patti, que asumía su primera intendencia. Esa mujer, Claudia Achu, fue designada encargada del cementerio de Escobar, sin tener ninguna experiencia en gestiones de ese tipo. Y aquí empieza a fisurarse el hueso de la historia.</p>
<p>En el reportaje que le hizo en este diario Adriana Meyer, Achu relata su historia con una pasmosa naturalidad. Y en el verosímil de esa historia, es importante que Achu, en aquel momento, haya sido una mujer casada, con dos hijos, auxiliar de enfermería de profesión, quizá de vocación. Se tiró a medicina, pero llegó a segundo año. Pero fue asistente social y trabajó en los barrios y en los hospitales. Quién le hubiese dicho que iba a terminar encargándose de los muertos.<span id="more-192"></span></p>
<p>Esta historia, cuyo hueso quedó expuesto en el juicio a Luis Patti, también habla de las vocaciones profundas, las que vienen sopladas por alguna interior. Las vocaciones que se realizan más allá de cualquier circunstancia. En ese sentido, la historia de Claudia Achu es asombrosa.</p>
<p>Achu necesitaba remover tumbas y no podía. Y necesitaba habilitar más tierra en el cementerio y no podía. Como el cementerio de Escobar era una de las cajas del intendente, esta señora Achu, con una rara mezcla de inocencia pejotista y obstinación femenina, fue a verlo a Patti. Achu sabía quién era Patti. Se presume en el relato que en aquella entrevista puso por delante su deber de recaudar para el intendente por encima de la sospecha de que ese mismo intendente era el que había sembrado el cementerio local de muertos sin identificación.</p>
<p>La orden fue no tocar, no hablar, no remover, olvidar. Aquí la figura de Achu comienza a recortarse de las que la rodean. Aquí empieza a latir en la historia la pulsión de la verdad, que encuentra en su camino a Achu. Ella en ese preciso momento destinaba un sector recién removido del cementerio a una empresa de sepelios. Pero cuando se iba a hacer la inhumación, el encargado corrió a avisarle que abajo del cuerpo reducido esa mañana había otro, sin cajón, con zapatillas.</p>
<p>Pese a que la orden ya había venido y que el intendente era Patti y que Achu no tenía ni apoyos políticos ni otro trabajo, la mujer prohibió tirar ese cuerpo NN al osario. Al día siguiente la echaron. Y pese a todo lo que ya se dijo, pero que conviene tener presente todo el tiempo, como Achu lo debe haber tenido, la mujer decidió no irse a su casa sin antes hacer una denuncia en un juzgado de Campana.</p>
<p>Descubrieron más de cien cuerpos sin identificar. Entre ellos el de Gonçalvez, cuya causa fue clave para la detención de Patti. La denuncia y la declaración de Achu también. La denuncia, radicada en 1996, ya había pasado al olvido después de la ley de Punto Final. Achu no sólo se había quedado sin trabajo. Se divorció y se tuvo que ir de Maschwitz con sus dos hijos, para los que tuvo que pedir protección.</p>
<p>En el reportaje del lunes, Achu dijo en un momento: “Yo no lo enfrenté desde la ideología, sino porque era lo que tenía que hacer”. Me permito, por la presente, pasarle resaltador a esa frase. Pese a su inserción partidaria, pese a las intimidaciones que siguieron, pese a que esos NN se pusieron accidentalmente en su camino, la historia de Achu es la que alguien, como ha habido siempre, como es de esperar que siempre habrá, sencillamente se planta ante lo que considera inaceptable. Alguien que de pronto sabe algo y se ve compelido a actuar en consecuencia. Las personas como Claudia Achu son las que nos devuelven, cada tanto, el mejor rastro de la condición humana.</p>
<p>A ella la invitaron los hermanos Gonçalvez cuando enterraron a su padre ya identificado, y ellos ya estaban juntos gracias a esa identificación. Achu no fue. Sí los había conocido, dice que cuando se vieron se abrazaron como si se conocieran de toda la vida. Pero Achu no fue al entierro porque, dice, “no quise que esto se politizara”. Ella quería simplemente “que esa gente tenga una flor en su tumba”.</p>
<p>Achu es un ejemplo de los escasos. El de los que hacen lo que tienen que hacer.</p>
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		<title>Dolor País</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Mar 2008 06:00:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
				<category><![CDATA[mujeres]]></category>
		<category><![CDATA[política]]></category>
		<category><![CDATA[página 12]]></category>

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		<description><![CDATA[Son las ocho menos cinco de la noche. Escribo en Palermo y cuando abrí el Word por la ventana se escuchaban los cacerolazos que acaban de terminar. Empezaron cuando terminó de hablar Cristina, y duraron diez minutos. Fueron, yo diría, como una reacción intestinal. Ahora, desde el otro cuarto, se escucha en la televisión hablar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080328/notas/na03fo01.jpg" align="left" />Son las ocho menos cinco de la noche. Escribo en Palermo y cuando abrí el Word por la ventana se escuchaban los cacerolazos que acaban de terminar. Empezaron cuando terminó de hablar Cristina, y duraron diez minutos. Fueron, yo diría, como una reacción intestinal.</p>
<p>Ahora, desde el otro cuarto, se escucha en la televisión hablar a un dirigente de Gualeguaychú. Dice que el discurso de Cristina estuvo “lleno de odio”. Dice que el crecimiento lo hicieron ellos, que el paro no se levanta, que primero quieren las medidas. Dice que a Parque Norte fue gente paga, que los llevaron, y en un tono increíblemente patotero desafía que le manden a la patota.</p>
<p>Es doloroso este país. Es como si aquella cruza de inmigrantes y gauchos hubiese dado a luz algo malformado, algo defectuoso. Hay demasiado odio todavía. Hay enormes, patéticos clichés que se repiten y pasan de boca en boca sin que tengan más sustento que el odio. La televisión, en estos días, cubrió el conflicto montada en esos clichés. Los medios retroalimentaron los malos entendidos. El campo versus el Gobierno es una ecuación planteada por una parte que los medios tomaron como válida sin revisar. El campo en general no es nada. Es tierra vacía de intereses. Y la tormenta que arrecia es una furiosa tormenta de intereses.<span id="more-184"></span></p>
<p>Tenemos una Presidenta que fue elegida constitucionalmente hace poco tiempo. Una mujer. Para muchas mujeres que estuvieron caceroleando diez minutos, esa mujer es una nueva “perona”, está próxima a ser “esa mujer”. Hay un desprecio hacia la figura presidencial que tiene esencia femenina, y es doblemente doloroso percibirlo cada día con mayor claridad. En una columna publicada en este diario esta semana, Marta Dillon se refería con claridad a este tema: a una cuota de desprecio que cae sobre Cristina por el hecho de ser una mujer.</p>
<p>Lo que me eriza el pensamiento es que, insinuado, velado todavía pero ya palpable, ese desprecio vuelve a anidar, como hace medio siglo, en las mujeres de los sectores cuyos intereses bloquea o frena este gobierno. Como un estigma patriarcal, esas mujeres se dedican a odiar la potencia femenina encarnada en la Presidenta, mientras sus maridos se dedican a preservar cosas. Cosas chiquitas o grandes. Porque lo que sucede es básicamente eso. Este conflicto se desencadena porque hay sectores que quieren preservar este “modelo de país”, una frase hecha que desarmada podría querer decir este escenario, en el que la buena gente del campo es arrastrada, por las variables económicas y las coordenadas ideológicas, a unir sus fuerzas a quienes históricamente los han abusado.</p>
<p>Esta semana, después de publicar el artículo “La plaza de las trillizas”, recibí varios correos críticos (conmigo) que contesté, porque las críticas y sus argumentos me parecían legítimos. Ana Clara Bórmida, Gabriel Tron, María Eugenia Longo, Marisa Stornini fueron algunos de los lectores que me arrimaron sus ideas con respecto a los pequeños productores, a los campesinos, a la gente del campo que está protestando y que no tiene relación alguna con la oligarquía o los terratenientes. Entablados los diálogos, hay lógicas que caen por sí solas: hay tiempos que están a favor de los pequeños. Los pequeños del campo y la ciudad tienen mucho más en común entre ellos que con los poderosos de uno u otro lado.</p>
<p>Hay que tranquilizarse. Tejer vínculos nuevos. Escucharse. Sacudirnos hilachas de viejas alianzas que nos han dado este país odioso y odiador. El tiempo está a favor de los pequeños, siempre y cuando se pongan de acuerdo.</p>
<p>***</p>
<p>Mis respetos y mi recuerdo para Silvia Bleichmar, autora de Dolor País.</p>
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		<title>¿Quién quiere ser una perra?</title>
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		<pubDate>Wed, 19 Mar 2008 06:00:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
				<category><![CDATA[contratapa]]></category>
		<category><![CDATA[mujeres]]></category>
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		<description><![CDATA[Acabo de escribir el título, y me quedé mirándolo. Nunca escribo los títulos antes que las columnas. Las perras me estuvieron persiguiendo durante este último tiempo, en varias de sus versiones. Perras como Gema, la chihuahua de mi hija, que pertenece a un reino semántico derivado de la película Legalmente rubia y sobre el que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080319/notas/na40fo01.jpg" align="left" />Acabo de escribir el título, y me quedé mirándolo. Nunca escribo los títulos antes que las columnas. Las perras me estuvieron persiguiendo durante este último tiempo, en varias de sus versiones. Perras como Gema, la chihuahua de mi hija, que pertenece a un reino semántico derivado de la película Legalmente rubia y sobre el que podría escribir un texto entero. Esa película, que mandó al reino de las mejor-pagas-de-Hollywood a Reese Whiterspoon, ídola de las púberes, dejó un tendal en materia de tendencia y estética chihuahua. Hay que agregar que Kate Moss tiene una. Las chicas tienen hembritas. Son, digamos, perras de belleza interior, que saben apreciar adolescentes contrariadas por los parámetros normales de belleza. O perras, como algunas mujeres que hacen guachadas propias de mujeres, otro tema que viene asomando a destajo de la conciencia de género, pero por propia conciencia de género ya se puede ir ventilando: hemos reivindicado la solidaridad de género como bandera política y emocional femenina. Pero a medida que las mujeres van llegando a lugares de poder, en toda la escala social, hemos comprobado muchas veces que hay mujeres dominadas por un sentimiento equivalente a la misoginia, y que yo llamaría “hostilidad hacia el propio género”. Mujeres que guardan en sí resabios de prejuicios patriarcales, sumados a esa dinamita que es la envidia femenina. El resultado, amigos, es letal.<span id="more-182"></span></p>
<p>También estuve viendo que en las revistas para teens se usa la palabra “perra” positivamente, y el título de esta contratapa podría ser un título cualquiera de esas revistas. La palabra perra vinculada a lo sexual está siendo resignificada. La perra es la obnubilada por su celo. La que antepone su celo (su deseo, digamos, su calentura, su vapor, su voluntad) a su moral. Subordina su celo a su moral. Para lo otro están las damas o las ladies, pero las revistas para teens no hablan de cómo ser una dama, porque lo que vende es dar tips para ser perra.</p>
<p>La perra es rehén de su ser perra. Esa identidad absuelve a su portadora de casi todo: las perras se cagan en todo. Bueno, yo creo que esto también es todo un tema.</p>
<p>Quizá debería abocarme a una serie de columnas en las que se desarrollen los rasgos de estos diversos tipos de perras. Pero además, y sin cambiar el eje, estuve preparando material para mi taller de escritura, y sin haberlo previsto me encontré trabajando con tres autores cuyos textos informan sobre perros de maneras extraordinarias: Sara Gallardo, en Los galgos, los galgos, el sudafricano Coetzee, en su novela Desgracia, y Horacio Quiroga en varios de sus cuentos, pero especialmente en La insolación. En el prólogo de los Cuentos escogidos de Quiroga, Liliana Heker escribe a propósito de ese cuento, escrito desde el punto de vista de los perros, que el escritor depositó en ellos su “estado de perplejidad ante la conducta inexplicable de ciertas personas”.</p>
<p>Tratándose de perras en particular, también todas las versiones citadas (la perra fashion, la perra misógina, la perra sexual) delatan un estado de perplejidad frente a oportunidades que antes estaban vedadas a las mujeres. Las chicas que viven pendientes de su peso y su aspecto personal, como si en ello se resumiera una identidad que no encuentran en otro lado; la perra que arremete contra otras mujeres porque las sabe más débiles que los hombres y porque tampoco encuentra una identidad femenina que concilie el poder con la solidaridad; la perra que se satisface sexual y egoístamente porque no encuentra un modo de gozar que combine gozo y amor. A todo esto, las perras de verdad tienen poco que ver con estas acepciones humanas modernas que aparecen casi como irresistibles. Estas versiones del ser perra acaso den cuenta de una incomodidad ante el mundo público que todavía las mujeres no hemos resuelto. Como tratándose de mujeres, los sentimientos positivos se hubieran quedado atascados allá en la casa de la que salimos para confrontar nuestras biografías en las calles, en las oficinas, en los despachos, en las fotografías de las revistas, en los modelos de mujer a los que aspiramos. Cada una de estas versiones incluye, incluso, la incomodidad de su descripción, como las banderas del género nos hubieran obligado a creernos más buenas, más honestas o más frontales de lo que somos algunas de nosotras, que en esta materia no hay paquete ni conjunto. Hay singularidades sin resolución.</p>
<p>La palabra perra está actualmente tan dócilmente connotada como una aspiración legítima, que cabe al menos la chance de preguntarnos si de verdad queremos eso. Por mi parte, me quedo con la antigua y entrañable mina de ley.</p>
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		<title>Unos amores difíciles</title>
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		<pubDate>Sun, 02 Mar 2008 06:00:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Vivimos en el tiempo de los amores efímeros, pero añoramos el flirteo. Los vínculos son fatalmente frágiles, pero el sufrimiento por amor sigue siendo algo muy duro. En su nuevo libro Amar y flirtear, Sandra Russo elaboró un contrapunto entre Adam Phillips y Zygmunt Bauman, aceptando la fatalidad de la época líquida, pero apostando aún [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/radar/20080302/notas_r/russo.jpg" align="left" /><em>Vivimos en el tiempo de los amores efímeros, pero añoramos el flirteo. Los vínculos son fatalmente frágiles, pero el sufrimiento por amor sigue siendo algo muy duro. En su nuevo libro Amar y flirtear, Sandra Russo elaboró un contrapunto entre Adam Phillips y Zygmunt Bauman, aceptando la fatalidad de la época líquida, pero apostando aún a algunos sentimientos sólidos.</em></p>
<p><strong>por Violeta Gorodischer</strong></p>
<p>“Llorarás más de diez veces por amor, romperán más de diez veces tu corazón”, dice Leo Mattioli en una de sus canciones más conocidas, esa que todavía sigue sonando en la tele, en la radio y en más de una fiesta que se despacha a mitad de la noche con la cumbia romántica a todo volumen. Un mensaje que ya es familiar no sólo por la popularidad de la letra sino porque se multiplica también en los discursos masivos sobre el amor: desde la telenovela y el bolero, hasta las películas de Hollywood, las canciones pop, la ópera e incluso la narrativa contemporánea. Siempre, de una u otra manera, se sufre. “Quizá cierto malestar de época esté relacionado con el hecho de que no existan discursos para auxiliarnos sobre nuestras preocupaciones amorosas, o mejor dicho: los discursos circulantes provienen del folletín, del bolero, Montaner, esas cosas mejores o peores, pero que lo único que dicen es lo mismo que sabemos: el amor hace sufrir”, plantea Sandra Russo, periodista y escritora, autora del flamante libro llamado ni más ni menos que Amar y flirtear, donde se propone tomar el toro por las astas y sumergirse de lleno en los vínculos amorosos actuales. Así, con el firme propósito de llevar a cabo una reflexión profunda, Russo trata de establecer una unión (o más bien contrapunto) entre Phillips y Zigmunt Bauman, autores que supo seguir con fruición y que, según cuenta, le cambiaron los paradigmas por completo. En líneas generales, el planteo es más o menos así: si en Amor líquido Zygmunt Bauman arguye que lo que define a la modernidad son las relaciones “líquidas” de las que es fácil escurrirse, y añora los antiguos tiempos de solidez, en Flirtear-Psicoanálisis, Vida y Literatura, Adam Phillips reivindica el flirteo como forma de atracción habilitada, no sólo desde el punto de vista sentimental sino incluso con las ideas, con los mismos esquemas teóricos de una época que no deja de ofrecer opciones para todos los gustos. Entonces ambos intentan hallar respuestas que tienen que ver con las relaciones humanas. Concretamente, con el amor. “Los dos hablaban de lo mismo, pero desde diferentes verbos, esto es: con acentos teóricos diferentes. Vivimos como dice Phillips, pero en el fondo aspiramos a lo que dice Bauman”, sostiene Russo. Y partiendo de esta hipótesis, da pie al cruce entre ideas de diferentes críticos y sus propias conclusiones personales para trazar un mapa de los vínculos entre hombres y mujeres “emocionalmente frágiles” que huyen del sufrimiento. “Hay un cansancio en el aire, ganas de ir hacia una fragilidad que todavía no tiene forma. No la del sexo débil, más bien una necesidad de fragilidad andrógina que puedan compartir ambos sexos”, dice. Si en el desfile de autores citados, la elección puede resultar arbitraria (Foucault, Berger, Rosa Montero, Roxana Kreimer), la explicación es simple: “No tiene ningún eje más allá de lo que yo ya tenía leído y me iba rebotando a medida que iba escribiendo. Son cosas que guardo en el disco rígido y van saliendo a medida que escribo. Foucault, por ejemplo, para mí más que una lectura es un punto de vista. Una vez que uno lo lee empieza a usar sus textos como puntos de vista. Yo al menos los uso así: puede ser en una nota sobre política o en una reflexión sobre hombres y mujeres, son maneras de ver el poder”.<span id="more-175"></span></p>
<p><strong>LA PROPIA VIDA</strong></p>
<p>La efectiva fórmula es ir mechando experiencias propias que irrumpen para mostrar la intimidad más guardada y tocar algún nervio del sentir colectivo. ¿De ahí esa exposición radical que la lleva a hablar de la sexualidad de su madre, sus propias relaciones de pareja, la primera vez que vio una porno, el dolor por la pérdida, incluso a hacer un capítulo entero en base a sus cadenas de mails con los alumnos del taller de escritura que dicta? Sí, pero no es únicamente por eso: “Tengo una especie de intuición: cuanto más subjetivo y de entraña es un pensamiento, más lo voy a poder compartir con la gente. Cuanto más de adentro viene más fuerte pega, y eso ya no está bajo mi control”. Claro que esta suerte de exposición feroz viene a jugar un rol bien distinto del auge de lo autobiográfico que de un tiempo a esta parte está copando las novedades editoriales. Porque si Russo da cuenta de las situaciones más viscerales de su vida, no es para aferrarse a ellas con uñas y dientes. “Voy a contar algo muy personal”, dice en uno de los capítulos, abriendo el juego. “Algo que no me hubiera animado a contar en una contratapa periodística, pero que en el contexto de este libro puede encontrar su sentido amplificador, que es por lo único que públicamente uno, cuando viene del periodismo, puede admitir la primera persona”. Y acto seguido, el momento en que se enteró de la muerte de su marido deja paso al cuento de una mujer que pierde 50.000 pesos en el Hipódromo. “Expongo situaciones vitales pero las uso como disparador para pensar otras cosas”, reflexiona a posteriori. “En esta escena, que es una de las más fuertes, metí una ficción mía que tiene que ver con la idea de la pérdida, que está en la muerte, en el juego, en la falta. Es eso irreparable que te hace desestructurarte y después rearmarte de otra forma.” Es que tal vez sea justamente esa voluntad de rearmarse (de reubicarse) lo que aparece como matriz del libro. Algo así como escapar al fin de los rótulos y escabullirse en las líneas de fuga, el vaivén justo entre el amor verdadero y un poco de aire. “En la vida necesitamos dos o tres vínculos verdaderamente sólidos, entendidos como una comunión absolutamente incondicional. Todo lo demás va y viene”, sentencia Russo, dejando entrever aquello que se hace evidente pasando los primeros capítulos: no es equitativa con ambos autores. “Cruzo lo de Bauman y lo de Phillips pero tomo claramente partido por Phillips”, bromea. Porque si bien admite que el logro de Bauman fue ponerle palabras a un sentimiento de época, también señala que lo que el hombre parece haber olvidado es definir de qué tipo de solidez hablamos cuando anhelamos la fórmula de la felicidad. “Ahora hasta Katja Alemann tiene un Kabaret Líquido. Del texto de Bauman se habló en Ciencias Sociales y en Para ti, cubre un espectro muy amplio. El gran hallazgo fue haber encontrado una palabra para definir algo que estaba circulando y con lo que rápidamente millones de personas se identificaron, que es la sensación líquida. A eso le saca el jugo: ‘el amor líquido’, ‘la sociedad líquida’, tiene toda la línea de la liquidez como marca registrada. Un gran acierto, porque refleja una verdad. Ahora, teóricamente y existencialmente yo me identifico más con Phillips. Para mí Bauman aparece en el mundo intelectual como alguien podría aparecer en la tele diciendo: ‘¿Dónde hemos dejado nuestros valores? Ya no hay solidez’. Si bien es cierto que necesitamos de esa solidez, yo creo que lo más tentador de esta época, lo más asociado a la libertad y a ciertas dosis tolerables de locura, es lo que sostiene Phillips”. ¿Un tipo de solidez compatible con el flirteo? Por qué no. Por qué no pensar que a lo mejor estamos yendo hacia un formato distinto de relaciones posibles. Esas que en definitiva, como todo, no son más que una construcción cultural. En palabras de la propia Russo: “El amor romántico no es la única ni la mejor ni la inequívoca forma del amor. Quizá lo que no sepamos es cuál le sigue, cómo se construye, cómo se codifica y en qué consiste la gloria de un nuevo amor que selle los pactos necesarios y que al mismo tiempo eche sus raíces no en la pasión, sino en la amistad”.</p>
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		<title>Del Boca y Sarkozy</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Feb 2008 05:00:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[“Si vuelves, lo anulo todo.” Quién sabe si efectivamente el presidente francés Nicolas Sarkozy envió ese mensaje de texto a su ex mujer Cecilia. Quién sabe si estaría, en ese caso, dispuesto a anular todo, o si lo envió a conciencia de que Cecilia, que ya está en otra cosa (bah, con otro hombre) no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080209/notas/nac32.jpg" align="left" />“Si vuelves, lo anulo todo.” Quién sabe si efectivamente el presidente francés Nicolas Sarkozy envió ese mensaje de texto a su ex mujer Cecilia. Quién sabe si estaría, en ese caso, dispuesto a anular todo, o si lo envió a conciencia de que Cecilia, que ya está en otra cosa (bah, con otro hombre) no volvería, y fue un gesto más de la exagerada cortesía francesa. Quién sabe si no fue un pedido de Cecilia, humillada por su vertiginoso reemplazo. Quién sabe si Sarkozy se empeña en mostrar a Carla Bruni porque no logra superar el abandono de Cecilia. ¿Cómo saberlo? Esto es lo que tienen las noticias sobre la vida privada de la gente pública. Pueden circular impunemente, porque aunque los protagonistas hagan declaraciones y se exhiban haciendo esto o aquello, uno nunca puede acceder a la verdad. ¿Cuál es la verdad verdadera de las vidas privadas? Probablemente ni el propio Sarkozy pueda explicar el desmadre que armó con su victoria política, su divorcio, su noviazgo y su nuevo casamiento. Hasta ahora, todo indica que se dejó llevar. Como estrategia política, su actuación es deplorable: perder 13 puntos de popularidad en un par de semanas es una proeza kamikaze.<span id="more-171"></span></p>
<p>- &#8211; -</p>
<p>Cuando los historiadores franceses Philippe Aries y Georges Duby dieron forma a la Historia de la vida privada invirtieron el punto de vista desde el que se podía leer la historia. De los hechos puntuales, las batallas y las fechas, pasaron a investigar mentalidades. Qué comía un campesino medieval, cuál era el destino de las mujeres solteras en el Renacimiento, qué distribución tenían las primeras casas burguesas, en fin: cómo se vive, con quién, en qué términos, supuso un giro teórico: el interés pasó de lo público a lo privado, porque lo privado es una fuente inagotable de información acerca de las mentalidades de época. Y las mentalidades, o las subjetividades, como se las llama en las ciencias sociales, están moldeadas por estándares políticos.</p>
<p>Lo político y lo público estuvieron muchos siglos pegoteados. Pero ya tenemos claro que tanto lo público como lo privado dependen de lo político. Si Sarkozy está bajando vertiginosamente en las preferencias de los franceses, es porque los franceses han leído, en el colapso sentimental del presidente, banalidad, exageración, descontrol de esfínteres políticos.</p>
<p>- &#8211; -</p>
<p>La Historia de la vida privada permitió, en su momento, descubrir un universo que había sido evitado por otras historiografías. El mérito de Duby y sus discípulos fue comprender y hacer comprender que los actos privados se desarrollan en un marco social que acepta o repele determinadas conductas. Lo que nos hace felices o infelices, lo que nos distrae o lo que nos aburre, lo que nos ilusiona o lo que nos desilusiona es como una papa frita marcada: los individuos no hacemos más que volver a ponerla en aceite hirviendo. Tanto lo público como lo privado están marcados por un imaginario simbólico del que participamos sencillamente, sin hacer nada. El solo hecho de vivir hoy, y no hace cincuenta años o dentro de diez años, nos hace los que somos. Y hoy somos sujetos ávidos de la vida privada de los otros. No es una mirada de historiadores, claro. Es una hojeada casi lasciva sobre los aspectos más intrincados de las vidas privadas ajenas. Lo que hacen o lo que no hacen los otros nos habla de nuestras propias vidas.</p>
<p>- &#8211; -</p>
<p>Andrea del Boca interrumpió esta semana su programa La mamá del año para llorar y contar su drama personal. Así titularon los diarios y anunciaron los noticieros: “su drama personal”. La hija que tuvo con alguien con quien nunca formó pareja estaba de vacaciones con el padre en un lugar impreciso, y Andrea derramó en cámara esas lágrimas redondas que le salen por esos ojos que han vertido a lo largo de tantos años falsas lágrimas. Andrea del Boca no conduce ese programa por azar. Ella misma es la mamá del año todos los años, porque ése es el papel que representa desde que entró en guerra con el padre de su hija. ¿Cómo saber si es la verdad la que ella cuenta, si es posible que sea apenas una parte de la verdad, la que ella opta por hacer pública?</p>
<p>Otra vez y otro escenario para el eterno dilema de lo privado: fascina lo que se sabe a medias, lo que es pasible de ser adaptado al propio relato, lo que obliga, a los millones de interesados, a tomar un grotesco partido entre uno u otro. Es literalmente imposible saber la verdad. Lo que hay es en todo caso una representación de la verdad, una parte de la verdad, una astilla de la verdad. Porque lo privado no es privado en tanto es exhibido, y porque lo que se exhibe es editado por los propios protagonistas. Lo privado al estilo Del Boca o Sarkozy tiene bastante poco de privado. Casi no tiene nada. Hay personajes públicos que se autoacuchillan para mostrar sus vísceras. A los espectadores les encantan las vísceras. Se alimentan de ellas.</p>
<p>- &#8211; -</p>
<p>Sin embargo, estos dos casos difieren en un punto trascendente: Del Boca llora, Sarkozy ríe. La opinión pública rehén de las vísceras ajenas es proclive a la empatía con los que lloran. Los que ríen dan que pensar. Desde que empezó su romance con el presidente francés, Carla Bruni ríe junto a él. No le resulta fácil a esa opinión pública digerir la exhibición de la felicidad, aunque nadie tenga la menor idea de lo que realmente pasa. Como fuere, el mensaje de texto que fue publicado en todo el mundo le debe haber congelado la sonrisa a la ex modelo italiana. El mensaje no la ubica en el lugar de mujer irresistible, sino de premio consuelo. Y aunque nunca se sepa si Sarkozy sigue enamorado o no de Cecilia, lo que a Bruni la debe haber sobresaltado es que el mensaje se haga público. De esa trampa no se sale. Si algo se ventila tanto, sale el olor a azahar, pero también el olor a desperdicios.</p>
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		<title>Con o sin medias</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Dec 2007 06:00:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<category><![CDATA[mujeres]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20071201/notas/NA32FO01.jpg" align="left" />Con el calorcito, aparecieron las piernas. Son un paisaje de verano las piernas femeninas. Apenas empieza el calor y las adolescentes van por la calle con minifaldas y sin medias, y las que ya no son tan jóvenes gradúan, según una compleja red de autoimágenes, hasta dónde desean mostrar las suyas, las piernas de las mujeres decoran el paisaje urbano, lo avivan, son algo más para mirar. Los hombres y las mujeres miran las piernas femeninas. Los hombres porque las disfrutan (las que miran, las disfrutan). Las mujeres, para comparar tantos tipos de piernas diferentes a las suyas. Las mujeres tenemos una relación especial con nuestras piernas. Una serie de ritos que cumplimos o no cumplimos define esa relación.</p>
<p>Depilación con cera, con bandas, con prestobarba. Ultima corrección con pinza. Humectación profunda. Incluye pies. Y uñas. ¿Rojas o con brillo, a la francesita o sin nada? Todas ésas son decisiones banales que, sin embargo, destilan el olor a ladrillo de una construcción social. Llevar las uñas rojas y cortas indica algo muy diferente a llevarlas esculpidas. Una mujer de uñas cortas y rojas tiene poco que ver con una de uñas esculpidas. ¿De qué podrían hablar?<span id="more-162"></span></p>
<p>En su ensayo Medias Miradas, el sociólogo español Enrique Gil Calvo trabaja el tema de las medias femeninas y de sus mensajes publicitarios desde principios del siglo XX. Entre muchas otras cosas, señala que las medias “parecen un condón que recubre los miembros inferiores de las mujeres, ajustándose como una segunda piel a sus piernas”. Y su función es la de un preservativo de barrera, que cierra las vías de acceso (visual o físico) a las sagradas (y por eso prohibidas) aberturas femeninas.</p>
<p>Hay dos iconos publicitarios históricos y transgeneracionales en relación con las medias. Uno de ellos es el acto de ponerse y quitarse las medias. Todos tenemos esa imagen en la cabeza. La hemos visto. En revistas, en películas, en publicidades. Las medias que se quitan o se ponen no son las asquerosas medibachas, imposibles de llevar con dignidad. Son las otras, las que se quitan o se ponen de a una, las que se usaban en los años ‘40 y ‘50 sin connotación sexual explícita, y reaparecieron hace unos años ya resignificadas por la cultura porno. Esas son medias, claro, que no regulan ninguna abertura. Más bien, la ofrecen.</p>
<p>El otro icono son las piernas cruzadas por encima de las rodillas. Sharon Stone en Bajos instintos, sí. Esa escena en la que ella descruza las piernas sin medias para volver a cruzarlas en el otro sentido, e impunemente deja ver a un puñado de hombres su abertura. Ella muestra lo que debe ser sólo promesa o insinuación porque es una sospechosa de asesinato, y en tanto tal debe generar la sensación de que es capaz de cualquier cosa. Hasta de no usar medias y mostrar la vagina.</p>
<p>Por el contrario, el icono tradicional de las piernas cruzadas, dice Gil Calvo, que describe esa figura como “un triángulo isósceles invertido”. El lado horizontal superior es la línea de las rodillas entreabiertas, y el vértice inferior lo ocupan los pies cruzados por el tobillo para entrelazarse. “De acuerdo al código simbólico del fetichismo masculino, semeja tanto un monte de Venus como, más concretamente, una auténtica vulva, donde el hueco de las rodillas apunta al lugar del clítoris, las dos pantorrillas abrazadas representan la pareja de labios vulgares, y el nudo que forman tobillos y pies, centrando el interés de la imagen, alude directamente al coño propiamente dicho.” Desde 1933, las publicidades de medias de todo el mundo han recurrido a las piernas cruzadas. Y es posible recordar, por ejemplo, una célebre fotografía de Ava Gardner fumando con boquilla y las fabulosas piernas cruzadas: la imagen chorreaba sensualidad.</p>
<p>Este año abundaron las calzas y las leggins: el tobillo está siendo sexuado. Esa nueva abertura en el tobillo manda directamente a los pies, otro fetiche masculino. Pero el verano conspira contra todos estos mecanismos de codificación implícita. Esa funda que son las medias y que permiten mirar a medias la piel femenina, hacen su retirada y lentamente, en estos meses previos a la temporada, la calle se puebla de piel. Estamos siendo invitados al festival de culos y tetas que suelen ser las revistas de actualidad en enero y febrero, cuando la exposición de los cuerpos hace pensar en un camping nudista y, como en cualquier camping nudista, lo que no hay es erotismo.</p>
<p>Con o sin medias, el erotismo nace de lo entreabierto, y nunca de lo evidente. El erotismo reclama lo que falta, que siempre es un poco más.</p>
<p>El show del stripper termina cuando se sacó toda la ropa y ya no tiene secretos. Ya no tiene un poco más.</p>
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