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Repaso mi cuaderno de notas y encuentro el mapa que hizo Débora Arisi, brasileña, antropóloga, ojos bien abiertos y celestes. A un costado de la carpa donde mujeres indígenas hacían un homenaje a la tierra ofreciéndole semillas, estábamos conversando con Jorge (léase yogyi) y Waki, jefes marubo y mayoruba, respectivamente. Son dos de las comunidades más grandes de la Amazonia, donde viven casi 300 etnias distintas. Un rato antes, yo estaba sentada en una de las gradas, con un aparatinho, así decía el locutor, del que “salían las voces de las traductoras”. El mío no andaba, y es que fallan muchas veces. Una mujer joven, con la cara limpia, se paró delante de mí para leer mi credencial, que decía “Imprensa”. Mi nombre y mi medio habían estado escritos con birome roja, que se fue destiñendo lluvia tras lluvia.

Desde Belém do Pará

“Los movimientos sociales deben mantener su autonomía de los gobiernos”, dice el líder del MST en esta entrevista concedida durante la realización del Foro Social Mundial. Para el dirigente, la reforma agraria clásica ya no alcanza.

Su nombre va de boca en boca entre los pobres de Brasil. João Pedro Stedile lidera sin ningún rótulo el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) de Brasil, y la Vía Campesina, el correlato que extiende esa lucha más allá de estas fronteras. Poco antes del inicio del Foro Social Mundial, el MST cumplió 25 años de una lucha que en sus inicios consistió básicamente en la toma de tierras por la fuerza, y en la reivindicación de la reforma agraria que, creyeron en algún momento, iba a facilitarse con Lula da Silva en la presidencia. Eso no sucedió, y los cambios que según explica Stedile adoptó el capitalismo en las zonas agrarias, hizo necesaria una reformulación de objetivos. El MST no ha roto los puentes con el gobierno petista, pero no se considera ni parte ni socio.

Desde Belém do Pará

“El mundo desarrollado decía lo que teníamos que hacer en América latina, parecían infalibles y nosotros incompetentes, nos vendieron que el Estado no podía nada y que el mercado desarrollaría nuestros países, y ese mercado quebró por falta de responsabilidad y control, la palabra de orden de hoy es: otro mundo es posible, y aún más, es necesario e imprescindible que busquemos un nuevo orden.” Hubo una ovación cuando dijo “otro mundo es posible” y otra más cuando habló de la “quiebra del dios mercado”. El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, no había participado del encuentro entre los presidentes de Paraguay, Venezuela, Ecuador y Bolivia con los movimientos sociales, el jueves, sencillamente porque no fue invitado por los organizadores de ese acto puntual, que fueron los miembros del MST, los Trabajadores Sin Tierra. Pero el hangar de la Universidad Estadual todavía no había recuperado su aspecto habitual de gimnasio, cuando otro encuentro se llevó a cabo por la noche, y allí sí se sumó Lula a Fernando Lugo, Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales.

Desde Belém do Pará

Por primera vez desde la existencia del Foro Social Mundial (FSM), cuatro presidentes latinoamericanos en ejercicio se sumaron a los debates. Fernando Lugo, de Paraguay; Rafael Correa, de Ecuador; Evo Morales, de Bolivia, y Hugo Chávez, de Venezuela, vinieron a Belém en un gesto que rebasa la empatía que existe entre los participantes y las políticas que ellos llevan adelante en sus respectivos países. Los cuatro, cada uno a su manera, coincidieron en que otro mundo no sólo es posible, sino que ya nació, de la mano de los procesos democráticos que están teniendo lugar en la región. Y también coincidieron en reconocerse herederos, portavoces, receptores del ideario que el FSM proclama desde 2001. Hablaron frente a integrantes de los movimientos sociales de la región, a quienes agradecieron que con sus luchas les hayan allanado el camino hacia el gobierno.

Desde Belém do Pará

Uno debería estar en más de cinco lugares al mismo tiempo para tener una idea completa de lo que está pasando en esta ciudad. Los paneles y los debates son simultáneos y se llevan a cabo en distintas sedes. Eso obliga a elegir un eje, y el de ayer fue indudable: entre los temas más importantes de esta edición del Foro Social Mundial (FSM), la Amazonia, el pulmón del planeta, reclama la atención de líderes que incluso vienen de ámbitos diferentes al ambientalismo. Leonardo Boff, por ejemplo, es una de las principales personalidades que se alistan ahora en la defensa del medio ambiente, “porque de ella depende la preservación de la vida, del agua, del aire. Estamos tratando a la tierra como los torturadores tratan a sus víctimas”.

Desde Belém do Pará

Atabaques y berimbaus. Miles y miles, sonando a lo largo de la Avenida Presidente Vargas. Ochenta mil personas bailaron bajo una lluvia copiosa que fue invocada minutos antes. No fue ni un milagro ni una casualidad: a esta hora en Belém siempre llueve, pero poco antes de las cuatro de la tarde podía escucharse una voz superponiéndose a otras, invocando a la Madre Tierra. “Elevemos una plegaria a la tierra que amamos, a la tierra que debemos preservar. Señora de la sabiduría, fertiliza. Danos lluvia, que ella traiga amor, alegría, sensualidad.” Cuando el primero de los chaparrones tropicales se soltó sobre la multitud, los gritos y los cantos se multiplicaron en una fiesta un poco loca, desatada, maravillosa. Así empezó, oficialmente, el octavo Foro Social Mundial.

Desde Belém do Pará

Esta tarde, la cita es a las cuatro en la plaza céntrica de Belém. Allí, las decenas de miles de participantes se verán las caras por primera vez, aunque en estos días previos se intuyeron, se cruzaron y se esparcieron en los eventos descentralizados que funcionan en paralelo. Por octava vez consecutiva, el Foro Social Mundial, después de haber cruzado el océano un par de veces y realizarse en Africa y Asia, vuelve a una América latina muy distinta a la que lo vio nacer. La crisis global es el inevitable disparador de los paneles. Es que esa crisis fue temida, anunciada, anticipada por muchas voces en este Foro a lo largo de los años. Y esa certeza es la que reafirma a los miles de participantes de todo el mundo, miembros de organizaciones sociales muy diversas pero todas ellas con un eje, que es el de siempre: otro mundo es posible.

La primera vocación que creí tener fue la sociología. Me inscribí en un año desafortunado, 1976, y ya he relatado en alguna oportunidad la sórdida experiencia que fueron esos pocos meses, tratando de saber qué materias uno estaba cursando o quién era el profesor titular: eso sucedía mientras las Fuerzas Armadas tomaban las primeras medidas, que incluían la desaparición de gran parte del cuerpo docente de esa carrera.

Junichiro Tamikazi, un ensayista y novelista que como otros grandes nombres de la literatura del Japón fundó su obra en la nostalgia de una tradición milenaria que se les estaba escapando de las manos, escribió un libro que tiene por nombre el mismo que este artículo y que es una extraordinaria reflexión sobre el papel de la sombra en la vida cotidiana de ese país. A lo largo de la historia, Occidente buscó e inventó maneras eficaces de iluminar sus escenas públicas y privadas. Oriente, por el contrario, desarrolló su cultura en la penumbra, haciendo de la luz no una constante, sino una aparición, una ráfaga.

[Acerca de la muerte de Pinochet.]

Supongamos que Jorge Rafael Videla, cuyo solo nombre nos provoca cierto reflejo de rechazo estomacal, no se hubiera ido para hacerle lugar a otro chacal, sino que esos siete años de atrocidades que vivimos hubiesen quedado congelados y concentrados en un nombre, y que el dueño de ese nombre y de la vida y de la muerte de cada ciudadano, a cierta altura, ya cercado por el desgaste inevitable del crimen y el robo, nos hubiese ofrecido la democracia pero sólo a cambio de una nueva Constitución. Y supongamos que esa Constitución, que era ofrecida sí o sí como moneda de cambio y como chantaje al mismo tiempo, lo hubiese convertido a Videla en senador vitalicio, para garantizar sus fueros y su impunidad.

Maya creció en un pueblo norteamericano de poco más de trescientos habitantes. A pocos kilómetros de allí creció Tom, su marido y el padre de sus cuatro hijas. Pero Maya y Tom no se conocieron en un McDonald’s ni en esas kermesses campesinas yanquis en las que se canta música country y los hombres usan sombreros y las mujeres el pelo batido. El flechazo fue en el campo, pero en Japón. Es que Maya y Tom son desde muy jóvenes ese tipo de ciudadanos globales que se están multiplicando y que deambulan sin apuro por latitudes extrañas, excéntricas, si por centro de este mundo se toma su país de origen.

Esta semana, el escritor peruano Mario Vargas Llosa opinó que “no hay que sobreestimar el indigenismo”. Lo dijo mientras el boliviano Evo Morales no para de sobresaltar incluso a sus vecinos blancos, y mientras el peruano Ollanta Humala, a pesar de los bordes vidriosos de su figura pública y los desbordes homofóbicos de sus padres, disputará la presidencia del Perú en el ballottage del 4 de junio.

Hubo una época que probablemente recuerden los mayores de cuarenta. En esa época había militares sanguinarios en el gobierno, John Travolta bailaba con pantalones ajustados, Porcel y Olmedo hacían reír, Neustadt y Grondona hacían editoriales, y uno deambulaba sin rumbo preciso por la calle Corrientes, entraba al cine Arte, veía películas de Wajda o de Zanussi, los libros interesantes los llevaban bajo el brazo pero forrados, y no había mucho más para hacer.

“Cuando hablo de la felicidad, hablo también de su hermano, el sufrimiento; es una relación fraternal que tiene que ver con la esencia de la vida.” Lo decía John Berger en una entrevista realizada por el periodista español Juan Cruz y publicada el lunes pasado en este diario. Pintor y escritor, Berger explicaba, más adelante, que lo que toma como objeto de su trabajo no necesariamente es experiencia propia. “Mis facultades narrativas me permiten identificar las circunstancias de desesperación de largo recorrido. La naturaleza del proceso narrativo se produce así: te permite entrar en otras pieles, en otras desesperaciones.”

El espanto es tan desmesurado que parece que ya no hubiera nada por decir. Solamente tenemos palabras, y no alcanza. Las palabras deberían tener el filo de una navaja o el poder explosivo de un Tomahawk, pero no lo tienen, no almacenan combustible, no arden. No arden como ardió entera la familia de Alí Smain, ese niño iraquí que según dice el diario perdió en un bombardeo del lunes, en Kindi, a su madre, su padre, sus hermanos, a sus tíos y a sus primos. También perdió los brazos y seguramente perderá la vida. Ojalá se convierta en un símbolo, porque los símbolos, a veces, son más poderosos que los Tomahawk.

El domingo escuché en el lapso de una hora, en tres canales distintos y en boca de periodistas que la pronunciaban en diferentes sentidos, la frase según la cual “la primera víctima de una guerra es la verdad”. No recuerdo haberla escuchado con tanta insistencia y tanto afán en otras guerras. Ese mismo día, con la respiración cortada por las imágenes que Al Jazeera puso al aire y que mostraban con más crudeza que los cuerpos de los norteamericanos muertos el pánico inyectado en los ojos de los norteamericanos tomados como prisioneros, tuve la rara certeza de que hay ideas que suben a la superficie de la conciencia colectiva recién cuando se quiebran, cuando estalla la paradoja que encubren, cuando se asientan en un debilitamiento de su propio sentido. Quiero decir: seguramente la primera víctima de toda guerra es la verdad, pero también, seguramente, el hecho de que en esta guerra esa frase sea tan frenéticamente revisitada indica que, esta vez, al menos una forma de la verdad está pugnando por encontrar, literalmente, su aire.

“Es nuestro conflicto de mamíferos: lo que dar a los demás y lo que conservar para nosotros. No traspasar esa línea, contener a los demás y ser refrenado por ellos, es lo que llamamos moral.” Eso dice Ian McEwan en su novela Amor perdurable. En unas apacibles colinas de las afueras de Londres, donde el protagonista y su mujer han ido a almorzar en un reencuentro romántico, sobreviene una tragedia: un globo aerostático fuera de control está a punto de estrellarse con un abuelo y su nieto a bordo. Desde todas las direcciones llega un puñado de hombres –seis o siete– para ayudar. Se cuelgan de las cuerdas del globo para evitar que vuelva a subir, pero el viento conspira contra el salvataje. Los levanta del piso. Son unos pocos minutos de zozobra y desesperación. Una situación completamente límite: “Si no hubiéramos roto filas, nuestro peso combinado habría llevado el globo a tierra antes de llegar a la pendiente”, dirá el narrador después de que uno a uno, y por miedo a ser arrastrados junto al globo, todos los hombres se fueran soltando y abandonando al globo a su suerte. Todos menos uno: sólo uno se resistió a soltar la cuerda, pero como era sólo uno, su peso no fue suficiente. Subió junto con el globo y después cayó para morir desde doscientos metros de altura.

En algún remoto lugar de la lengua, hospitalidad y hostilidad encuentran una raíz común. Ambas son las caras de una misma moneda que un anfitrión le arroja a un extranjero. Cualquiera de ellos o nosotros, unidos en ese “ellos” o ese “nosotros” en virtud de un conjunto que podría surgir de una nacionalidad, de un idioma, de una etnia o de un género, puede responderle al otro con gentileza o agresión. ¿De qué depende que ante alguien se desplieguen los ritos de la cortesía y la civilidad, del asilo o del refugio, mientras otros sólo encuentran puertas cerradas, desprecio, explotación o abusos? ¿Quién es el extranjero, hoy, cuando un chino y un neocelandés o un uruguayo y un belga juegan partidos de backgammon por la red para combatir el insomnio? ¿Qué pregunta del extranjero resulta tan incontestable que se dirigen contra él los resabios más salvajes de los nacionalismos?