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Hace poco estuvimos en Niceto para escuchar a Dick el Demasiado. Me dejé convencer, porque aunque la cumbia electrónica es tan moderna, no deja de replicar a la cumbia que me impidió dormir durante casi un año. Mis vecinos de abajo eran en ese entonces decenas de chaqueños llenos de chicos que cada fin de semana cumplían años o tomaban comuniones, y la cumbia invadía mi casa esas madrugadas. Yo intentaba dormir cerrando las ventanas y poniendo burletes, pero el sonido a ese volumen (la cumbia no puede ser escuchada a bajo volumen, se desnaturaliza, pierde una de sus condiciones naturales) se filtraba como la lava de un volcán, y era de fuego todo lo venía de abajo. Era de fuego el clima de ese baile entre cerveza y vino de damajuana. Era de fuego el tenor del lenguaje que cargaba los gritos y las carcajadas de hombres y mujeres, como si no hubiese niños, como si los niños que cumplían años o tomaban comuniones fueran la excusa (tener tantos niños era parte de esa estrategia) para que cada sábado y domingo esos hombres y mujeres tuvieran su ceremonia de liberación, su territorio propio de fiesta y fiesta y fiesta, hasta el amanecer. Era de fuego, también, el arma de uno de los hombres, que me había dejado entrever cuando una noche, ya pasadas las cinco, les toqué el timbre llorando, porque estaba descontrolada por el cansancio y el aturdimiento. Mientras una de las mujeres me decía que iban a bajar el volumen (siempre me decían lo mismo), el hombre me dejaba ver el arma. Definitivamente, la cumbia había quedado sellada en mi memoria como la banda de sonido de algunas de las peores noches de las que puedo acordarme.

En el año 2005 fui invitada a reflexionar acerca de los desafíos del tango de cara al futuro. El resultado fue el libro “El tango, mañana” (once artículos y un cuento). El artículo que yo escribí se transcribe a continuación. Los demás artículos pueden leerse aquí.

A mi abuelo paterno no llegué a conocerlo. Se llamaba Francisco. Era peluquero. La familia vivía en el barrio de Montserrat, sobre la avenida San Juan, en un conventillo. Delante de la casa estaba la peluquería. El cliente más famoso de mi abuelo Francisco fue el Mono Gatica. A lo mejor el Mono vio la foto alguna vez, sentado en el sillón de peluquero de mi abuelo. La foto de Rosano, el pueblo natal de Francisco, estuvo siempre ahí a la vista, enmarcada al lado del espejo. Era la foto de un paisaje calabrés. Un pueblo desolado en las alturas desde donde se veía el Adriático y el verde profuso de los olivos y los árboles cítricos. Francisco murió dos años antes de que yo naciera.

“Pocas veces quedé tan cansado como esa noche. Al otro día le dije a mi hermano que estaba angustiado; que no sabía cuántas noches como ésa nos quedaban por delante.” Así terminaba su crónica Mariano, que tiene treinta y muy pocos, después de relatar extensamente cómo vivió su santo jueves en River, su noche Stone. Sensaciones semejantes a las que describió Mariano refirieron otros, más o menos jóvenes que él, sobre la fiesta de U2. El correo electrónico funcionó esta semana como un soporte de decenas de cronistas deseosos de comunicar ese tipo de excitación sudorosa y viral que se vivió en esos conciertos, aunque con los matices propios que exuda cada banda. Gente de veinte o cuarenta, con reflejos hormonales activados y autónomos. Gente con necesidad de expulsar algo de lo que tragó toda esa noche; gente lactante ávida de buena leche; gente con súbita vocación de chequear que eso que le atravesaba el pecho no era algo individual, sino una porción de la torta gigantesca de la que habían formado parte; gente buscando que el hechizo se convirtiera en palabras, y gente que, como Mariano, advertía que las palabras no designan casi nunca lo mejor que nos pasa: que lo mejor que nos pasa no se escribe, se siente; que no se comunica, se comparte; que no se dice, se vive.

(Sobre Almendra, cuando Página 12 editó el CD de la reunión de 1979)

Hace poco me reencontré con una carta que en 1979 una chica de diecinueve años mandó al Expreso Imaginario. Esa carta tuvo un notable rebote en el correo de lectores de la revista. La carta hablaba, un poco ingenuamente, de cierto tipo de soledad generacional. Muchos se sintieron identificados, menos una tal Laura Ponte, que opinó que la autora de la carta era una groupie de cuarta. Laura, que resultó ser la lesbiana que Roberto Pettinato lleva en su interior desde hace tanto, después de todo tenía razón. Un par de meses después de la carta y en parte gracias a ella, no podía creer lo que me estaba pasando. Era la jefa de prensa de Almendra.