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	<title>Sandra Russo &#187; padres</title>
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		<title>Levantar una casa</title>
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		<pubDate>Sat, 23 Feb 2008 06:00:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Tenía que “levantar” la casa de mis padres. Se dice increíblemente así. En el lenguaje copulan la materia y el ánima. Se levanta una casa cuando se la crea, cuando se la hace surgir de la nada, y ella va surgiendo de abajo para arriba. Pero también se la levanta cuando se la vacía, y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://static.pagina12.com.ar/fotos/20080223/notas/NA32FO01.jpg" align="left" />Tenía que “levantar” la casa de mis padres. Se dice increíblemente así. En el lenguaje copulan la materia y el ánima. Se levanta una casa cuando se la crea, cuando se la hace surgir de la nada, y ella va surgiendo de abajo para arriba. Pero también se la levanta cuando se la vacía, y ya no quedan restos de quienes vivieron allí. Sólo ahora, que me tocó hacerlo, me doy cuenta de esos dos sentidos, y de la notable diferencia de resonancias entre ambos. El primero infla los pulmones de esperanza y energía. El segundo lame el pecho con su saliva triste.<span id="more-174"></span></p>
<p>Cintia, que es quien vive ahora en la que fue la casa de mis padres, afortunadamente entiende lo que implica levantar una casa en mis circunstancias de hija única. Un prolongado paro de empleados estatales suspendió en los últimos meses las operaciones inmobiliarias en la provincia de Buenos Aires. Eso, además de provocar muchos perjuicios y bla bla bla, también permitió que muchos compradores y vendedores tuvieran oportunidad de conocerse más allá de sus roles, rehenes de un vocabulario yo diría que atroz.</p>
<p>El domingo pasado con Cintia nos mandamos una de sitcom. Habíamos quedado en vernos el lunes en una heladería de Quilmes. Me equivoqué de día. Pensé que el domingo era el lunes. O me dejé llevar por la ansiedad de entrar a esa casa que ya tiene otro piso, otros colores en las paredes, otra luz. Me tomé un remís y cuando íbamos por la autopista me animé a decirle al remisero: “Qué vacío está todo. Parece un feriado”, temiendo escuchar lo que efectivamente escuché: “Es feriado, señora. Es domingo”. Estábamos en la mitad de la autopista, ¿qué podía hacer? Nada. Me dije: paseo por Quilmes un rato y me vuelvo. Llegué al barrio. Me bajé unas cuantas cuadras antes. Esas calles tienen perfume de jacarandá. La casa que había sido de mis padres estaba con las persianas bajas. Les toqué timbre a Nené y a Luis, los vecinos de toda la vida, ochenta y pico los dos. Me sirvieron un café y me dieron charla un rato.</p>
<p>Después ellos me dijeron que Cintia, la nueva vecina, se había armado su dormitorio en el garaje. Crucé y golpeé. Cintia se despertó y, tal como yo lo había imaginado, cuando pensé que tal vez estuviera todavía durmiendo, me recibió al grito de “¡Me encantan las visitas inesperadas!”, y me hizo pasar.</p>
<p>Había tenido insomnio, me explicaba mientras se movía por la cocina como disculpándose de andar con esas mechas en una casa ajena, porque para ella ésa todavía es “mi” casa. En el piso había diarios y arriba, una bandeja, una lata de pintura y un pincel. “Tuve una madrugada muy movida. Pinté una bandeja y después leí la vida de Abraham Lincoln”, se rió, mostrándome una edición de bolsillo en inglés.</p>
<p>A la casa, en rigor, no pude “levantarla”. Hice todo por control remoto, diciendo muchas veces “sí, sí, llevátelo”, hasta que quedaron las cosas más íntimas. Y a esas cosas las embaló Cintia. Embaló hasta las aspirinas. “Es que yo no sabía qué podía llegar a tener un valor sentimental, así que embalé absolutamente todo”, me dijo, y yo me preguntaba por qué vía increíble podía llegar a convertirse una aspirina en un objeto con valor sentimental. Pero eso es parte del encanto de Cintia. Deja muchas posibilidades abiertas.</p>
<p>Esta semana llegaron las cajas que embaló Cintia a mi casa. Pese a que había un juego de cristal tallado de infinitas copas y poncheras, Cintia me dijo el domingo: “Son casi todas fotos”.</p>
<p>Cintia tenía razón, si se refería a objetos con valor sentimental inflamable. Este fin de semana me dediqué a ver con qué fotos me quedaba y qué fotos mandaba definitivamente al olvido. Guardé las de mis padres. Tiré las de las personas que yo no conocía. Tampoco las guardé todas. Elegí solamente las fotos en las que se están riendo.</p>
<p>Uno necesita recordar nítidamente las sonrisas de su padre y de su madre. Gracias, Cintia.</p>
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		<title>María en el bosque</title>
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		<pubDate>Sat, 11 Aug 2007 06:00:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La vi como nunca la había visto ni me imaginé que la vería. Esa tarde en que abrí la puerta de su cuarto ya intranquila porque no contestaba a mis llamados, la vi arrodillada al lado de una palangana. Estaba con el pelo atado y comía un tostado de jamón y queso que sostenía con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20070811/notas/NA32FO01.jpg" align="left" />La vi como nunca la había visto ni me imaginé que la vería. Esa tarde en que abrí la puerta de su cuarto ya intranquila porque no contestaba a mis llamados, la vi arrodillada al lado de una palangana. Estaba con el pelo atado y comía un tostado de jamón y queso que sostenía con las dos manos. Iba a comerlo y a vomitarlo. No pude decir nada. Cerré muy despacio la puerta del cuarto y bajé la escalera sintiendo que los escalones eran las ramas de un árbol.<span id="more-146"></span></p>
<p>María está en un Programa de Trastornos Alimentarios desde marzo, y esta nota está escrita con su consentimiento. Le di a leer una versión anterior, pero me dijo que prefería que escribiera algo más “crudo”. Me extrañó, pero decidí aceptarlo. Es un adjetivo importante viniendo de alguien cuya mente, desde hace mucho, está obsesionada en la comida. Tanto con la comida como con un texto, algo crudo es algo no cocinado, que se tira sobre la mesa o el papel y cae con un sonido hueco por el golpe.</p>
<p>En febrero María me confesó que vomitaba todo lo que comía. Desde entonces habíamos hablado y llorado mucho, habíamos reabierto el pasado para tratar de entender, nos habíamos peleado bastante. Pero se suponía que estaba mejor. Hasta esa tarde el problema de María para mí era por un lado discursivo, porque nos obligaba a poner en palabras lo que nos pasaba (creo que las madres de las chicas con estos problemas deberíamos considerar que ellas, que hacen de su dolor un síntoma, son a la vez un síntoma de nuestras maternidades; no llamo a esto culpabilizarse, sino ser realista); por el otro, era un problema sobre el que yo iba acumulando imágenes: la dificultad para agarrar el tenedor, los súbitos deseos de un helado diet lamido con voracidad, cierta máscara en su cara cuando mentía, sus amigas cuidándola, el gesto de su incapacidad para ir un bocado más allá del que el trastorno admitía.</p>
<p>Pero esa tarde la vi sumida en el aquelarre de una enfermedad enloquecedora. Estaba en recaída. Con mentiras y disimulos, y sin poder evitarlo, se había ido internando más y más en ese bosque tenebroso.</p>
<p>Silvia García es una argentina que vive en Alemania y escribe cuentos de hadas al revés. Tengo que contarles uno de ellos (no lo sabía hasta que en el párrafo anterior escribí la palabra “bosque”), que se llama La casita de chocolate.</p>
<p>Una niña le pregunta a alguien cómo se hace para llegar a la casita de chocolate. Su interlocutor, que nunca se sabe quién es, le contesta que la casita está en el medio del bosque, y que es maravillosa, pero que para llegar hasta ella hay que atravesar ese lugar repleto de criaturas monstruosas, plantas carnívoras, seres de otro mundo, fantasmas y animales jamás vistos en otros bosques. La niña dice que irá a buscar la casita. Y después dice que su interlocutor se ha quedado satisfecho de ella, porque ella le ha demostrado que aprendió la relación entre valentía y recompensa. Pero le dice después al lector algo así como que ha engañado a su interlocutor: “Qué va, a las niñas como nosotras lo que nos interesa no es la casita, sino ese bosque fabuloso”.</p>
<p>Leí muchas veces ese cuento, pero recién ahora puedo darle otra interpretación, o advertir qué del cuento me fascinó desde que Silvia me lo mandó desde Heidelberg. La estructura del cuento, que sigue, incluso con su vocabulario, la de los cuentos clásicos, tiende a darle a ese final un sentido también posible: las niñas no están interesadas sólo en el género de la maravilla, sino también en el del terror. Las niñas son seres completos que pueden elegir incluso interesarse más por los monstruos que en el chocolate. Es decir: una lectura de género fácil.</p>
<p>Pero ahora me aparece una tercera lectura, la capa de más abajo. La casita es el objeto de deseo de las niñas y los niños. El chocolate funciona como anzuelo perfecto del deseo infantil. Hay una prueba del héroe, algo de cuento de iniciación en la historia, como en todos los cuentos clásicos. Superar adversidades para tener recompensa. Pero la niña del cuento no va hacia su deseo, no puede. ¿Y si la voz que elige el bosque tenebroso no fuera libre? ¿Y si esa voz dijera lo que no dicen pero experimentan muchas mujeres, que no saben cuál es la ruta a su deseo, que creen que su deseo es satisfacer a otro, que odian en silencio a aquel que deben satisfacer, que en consecuencia no saben qué desean ni pueden darse alegría?</p>
<p>Con María pasamos momentos muy duros, porque perdimos a su padre cuando ella tenía cinco años. Esa marca es una implosión de un orden para el que yo no estaba preparada, y María mucho menos. Se quedaron en blanco los manuales. Pero nunca habría imaginado que María iba a tener, a los quince años, trastornos alimentarios. Y aunque como periodista he hecho notas sobre esos trastornos y he hablado con varios especialistas, tampoco había podido comprender, como ahora, la pesadilla cotidiana que esconden esas enfermedades que giran alrededor de la comida, de lo que entra, de lo que se convertirá en nosotros, de lo que viene de la madre, de lo rico y lo nutritivo.</p>
<p>La vi como nunca la había visto antes. Envuelta en la maraña de la enfermedad, que actúa como un titiritero infame, como un ventrílocuo voraz, como un estafador de la conciencia, como un fundamentalista islámico en las percepciones, como un gusano que parece de seda y está lleno de mierda. No cualquier mierda. La mierda que segregan las imágenes de mujeres que caen desde el helicóptero del mercado. La mierda de esos cuerpos que por primera vez en la historia humana asocian, desde hace décadas, la belleza con la muerte.</p>
<p>Aceptar contar esto tiene que ver con dar testimonio de una enfermedad esquiva y traicionera, que activa partes opacas de la personalidad, como la mentira. María quiere curarse. Salirse del laberinto. Y yo lo escribo, porque aunque todavía no los identifiqué del todo, tengo el alma predispuesta a reparar mis errores. La escritura, en este caso, es un puente hacia lo que sangra y no tiene nombre ni imagen. Hacia lo que no se puede decir. Escribimos esta nota, María y yo, para que si alguna otra chica con estos problemas la lee, se sienta acompañada. A María este final le parece muy bien.</p>
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		<title>Fantasmas y absolución</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Nov 2006 06:00:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El hecho en sí mismo, recortado, en este caso casi decapitado de su contexto, suena horrible, es revulsivo, no mueve a compasión. Pero recortar este hecho, decapitarlo de su contexto, equivaldría a una injusticia, y es bueno celebrar cuando la justicia es justa. Una joven madre que mata a su bebé no puede sino enrarecer [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img align="left" src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20061128/titulares/NA01FO01.JPG" />El hecho en sí mismo, recortado, en este caso casi decapitado de su contexto, suena horrible, es revulsivo, no mueve a compasión. Pero recortar este hecho, decapitarlo de su contexto, equivaldría a una injusticia, y es bueno celebrar cuando la justicia es justa.</p>
<p>Una joven madre que mata a su bebé no puede sino enrarecer el aire a su alrededor. Pero el aire alrededor de esa chica, María Elizabeth Díaz, estuvo siempre enrarecido. Es posible, muy posible, que cada noche en la que de pequeña era abusada esa chica no haya tenido conciencia ni del abuso ni de la injusticia que se estaba cometiendo en su contra. Cuando se nace mercancía y no persona, se soporta ese destino. Conciencia de persona tienen los otros, no los que desde chicos habitan un mundo en el que hay fuertes que los aplastan cotidianamente bajo la mirada de tantos. Hay testigos, pero no parecen reaccionar como si se estuviera ante crimen alguno: en esos feudos, en esos nichos de poderosos de los que dependen familias enteras, ¿una mujer abusada reacciona? ¿Y una niña? ¿Cómo reacciona una niña que es esclavizada sexualmente y que crece junto con una clara noción del poder, la debilidad, la resignación, la imposibilidad de escapatoria?<span id="more-59"></span></p>
<p>No obstante, quién puede meterse en la cabeza de alguien con la historia de ella. Quién puede saber exactamente qué se siente cuando la propia panza va creciendo como resultado de la explotación, el dolor, la humillación. El padre pone la semilla con todo su amor en la panza de la madre. Todavía así se les explica a los niños cómo se gestan los bebés. María Elizabeth está fuera del canon. Ningún padre, ningún amor, ningún consentimiento. Violaciones sistemáticas y una panza que la invade y la presiona más allá de sus límites psíquicos. ¿Quién sabe cómo reaccionaría ante una situación así? Nadie. Y por eso es loable que el tribunal cordobés no haya juzgado a María Elizabeth con los parámetros secos de la ley, porque su caso chorrea odio, extravío y un tipo de padecimiento al que no llega ninguna palabra.</p>
<p>Que la Justicia haya tenido en cuenta el contexto en el que esa chica mató a su bebé implica una mirada que acaso la rescate, o al menos la consuele: las instituciones no sólo absolvieron a una joven violada y perturbada que actuó fuera de sí, sino que además le devolvieron a esa joven la certeza de que nació persona y tenía derechos.</p>
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		<title>Ese duelo</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Aug 2006 06:00:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Sandra Russo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Dos días después de hacerme un aborto, fui a una reunión social en la que había una mujer que poco antes había perdido su embarazo de seis meses. Todos trataban de estar alegres y ocurrentes, pero al mismo tiempo de medirse, de guardar cierto recato. Y aunque esa mujer era muy fuerte y conversaba y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img align="left" src="http://www.pagina12.com.ar/fotos/20060825/notas/NA32FO01.JPG" />Dos días después de hacerme un aborto, fui a una reunión social en la que había una mujer que poco antes había perdido su embarazo de seis meses. Todos trataban de estar alegres y ocurrentes, pero al mismo tiempo de medirse, de guardar cierto recato. Y aunque esa mujer era muy fuerte y conversaba y sonreía, costaba mucho esfuerzo disipar la nube de angustia y sufrimiento que la envolvía. Me acerqué a ella en un momento, y a pesar de que no nos conocíamos mucho, me habló de lo que le había pasado. Me dijo que tenía la sensación de que todo era irreal. Me dijo que su cuerpo estaba en esa fiesta, pero que su alma estaba en otra parte. No sé por qué me lo dijo a mí, pero la escuché. Yo del aborto no le dije nada. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué yo había decidido interrumpir un embarazo, justo a ella que no lo había decidido y lo había perdido? Era claro que esa mujer estaba sumergida en un duelo del que le costaría mucho salir.</p>
<p>Del duelo del aborto, en cambio, no se habla. Como no se habla del aborto, no se habla del duelo del aborto.<span id="more-110"></span></p>
<p>Déjenme decirles a los que creen que de este tema todavía tampoco se puede hablar, que una mujer, si llega a la instancia del aborto, llega acorralada y descentrada. Y llega sola. El momento que va desde saber que se está embarazada al momento en el que una abre las piernas en un lugar sórdido y rodeada por desconocidos es un trance emocional de los más duros, difícil de describir, un trance por el que pasan tantas mujeres y sobre el que sin embargo no hay una sola línea escrita. La soledad es completa.</p>
<p>En muchos casos, esa mujer viene de librar una batalla interna feroz. Porque una parte de ella está dispuesta al embarazo. Quizá no a la palabra embarazo, quizá ni siquiera a la idea, pero en el cuerpo de esa mujer, entre sus células y las de ese embrión, se está gestando también un vínculo. Hay tejidos que se comunican, y sangre que se mezcla, y hay millones de partículas biológicas enamorándose de ese nuevo ser, porque nuestro cuerpo está preparado para el amor, no para el rechazo.</p>
<p>No es necesario que un grupo de fanáticos nos diga que eso que late ahí está vivo. Ese es el desgarro, ésa es la pesadilla. Eso es lo que muchas mujeres que abortan sienten y no pueden hablar con nadie. Eso que late ahí está vivo y es en potencia lo que cada una de esas mujeres alucinan en noches de insomnio. No es necesario el recordatorio de los pro-vida. Vaya nombre. Pro-vida es nuestro cuerpo, que ama más allá de nosotras.</p>
<p>Y a medida que esa mujer comprende que no puede ser madre, porque psíquicamente no puede, porque eso pasa, porque así es la cosa, porque nada en ella logra constituirse en un impulso que la haga vencer adversidades, porque esa mujer es débil o porque tiene mucho miedo, no es que elija abortar: comprende que no le queda otro remedio. No hay muchos posibles peores momentos en la vida de una mujer. Se paga. Por el aborto no sólo se paga en consultorios clandestinos, también se paga un precio mucho más alto con el tiempo, gota a gota, en visiones, en inquietudes, en tristeza sin motivo aparente, en remordimiento.</p>
<p>Ninguna mujer aborta algo que al menos por un instante, en su conciencia, no haya sido su hijo. Y si se llega a hacerlo, si se llega a tomar esa decisión tan dura, es porque sencillamente no se puede seguir, no se tiene resto, no se tiene coraje, no se tiene deseo. Hay momentos en los que algunas cosas no podemos. Es así, ultramontanos: hay momentos en los que algunas cosas no podemos. Así nos hace la condición humana.</p>
<p>Hablar del aborto es necesario para poder decir algunas de estas cosas.</p>
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