Curiosidades argentinas
Saturday, February 6th, 2010El miércoles estaba entrando a un restaurante porteño con algunos miembros de la organización barrial Túpac Amaru. Milagro Sala venía media cuadra más atrás, con su marido y otros compañeros. Cuando estábamos por entrar, un policía federal que estaba con otro en la puerta del restaurante de enfrente me miró y me hizo una seña. Nos detuvimos. El policía, un hombre de mediana edad, cruzó la calle y vino directo hacia mí. Yo debo haber retrocedido un poco y la cara se me debe haber puesto involuntariamente tensa: el policía estiraba su mano, iba a agarrarme el brazo. (more…)
Repaso mi cuaderno de notas y encuentro el mapa que hizo Débora Arisi, brasileña, antropóloga, ojos bien abiertos y celestes. A un costado de la carpa donde mujeres indígenas hacían un homenaje a la tierra ofreciéndole semillas, estábamos conversando con Jorge (léase yogyi) y Waki, jefes marubo y mayoruba, respectivamente. Son dos de las comunidades más grandes de la Amazonia, donde viven casi 300 etnias distintas. Un rato antes, yo estaba sentada en una de las gradas, con un aparatinho, así decía el locutor, del que “salían las voces de las traductoras”. El mío no andaba, y es que fallan muchas veces. Una mujer joven, con la cara limpia, se paró delante de mí para leer mi credencial, que decía “Imprensa”. Mi nombre y mi medio habían estado escritos con birome roja, que se fue destiñendo lluvia tras lluvia.
Después de todo cada vez que se habla de “setentismo” de lo que se habla es de un falso setentismo; ni siquiera de un falso recuerdo, sino más bien de una abstracción generada en la lengua a través de una operación de poder.
Una pregunta puede ser formulada de muchas maneras. Una respuesta es siempre vaga si no se sabe a qué pregunta responde. Uno puede decir que sí o que no a muchas cosas, a una cantidad increíble de cosas, pero hay sólo un puñado de cuestiones a las que diciéndoles que sí o que no, uno es quien es.
“No hay nada más triste que un tren inmóvil bajo la lluvia.” Ese micropoema de Neruda siempre se me quedó adherido a la memoria, quizá porque la imagen que trae a la cabeza es lo que golpea el recuerdo. Igual que este otro, que no es un micropoema, sino una microescena, que me tocó vivir en mi adolescencia, cuando los trenes eran del Estado, pero el Estado era de las Fuerzas Armadas. En un vagón solitario del Roca, viajando de la Capital a Quilmes, de noche, sentada y leyendo rompiéndome los ojos con esa media luz que iluminaba los vagones de esa época. Me distrajo un pibe que se paró en el pasillo a la altura de mi asiento. El pibe sacó una navaja de su bolsillo, abrió y comenzó a hacer unos cortes en la cuerina del asiento. No tuve tiempo ni para asustarme, como veo, ahora que lo escribo, que debería haber hecho. “Qué hacés”, le dije. El se encogió de hombros. Yo no me animé a decir más nada. No sabía qué decir en realidad. No tenía muy claro por qué estaba mal cortajear esos trenes de mierda a los que había que esperar horas, y en los que había que esperar horas cuando todos los días se paraban en algún tramo del recorrido. Eran los trenes a los que se subía el Ejército todas las mañanas para requisar a los estudiantes que viajaban en dirección a La Plata. Nadie los quería.
Cuando los que hoy andamos por la mediana edad éramos chicos, viajar en avión era una iniciación que a veces se postergaba más que todas las otras. Todavía no existía siquiera la palabra globalización, y lo que quedaba lejos quedaba lejos del todo. De los aviones llegaban imágenes fascinantes, como las de los pilotos y las azafatas, que parecían seres en tránsito permanente y además conseguían perfumes y cigarrillos importados. Ser azafata o piloto de avión era una de las primeras cosas que se nos ocurrían cuando nos preguntaban qué queríamos ser cuando fuésemos grandes. Las azafatas con sus uniformes y sus valijitas con ruedas nos parecían, desde la mirada de los diez o doce años, mujeres un poco mundanas y al mismo tiempo respetables, con sus polleras por la rodilla y sus pañuelos de seda atados con gracia al cuello o despuntando del bolsillo del blazer. No eran mujeres, en todo caso, cuya mayor preocupación era qué hacer de cenar. En aquel imaginario prepúber, esas mujeres siempre sonrientes dormían una noche en París y la siguiente en Nueva York, en hoteles lindos y pagados por la compañía. Hablaban inglés y estaban siempre maquilladas. Así como en la Edad Media ser monja era un buen recurso para no casarse, en nuestras preadolescencias ser azafata parecía un buen recurso para viajar.